2 sept 2015

Una Botella de Vodka Polskii

Martin tomo una botella de Vodka Poskii, de 350 cc, y se aproximo a la caja. No habia algun motivo en especial para elegir esa botella entre otras. No conocia la marca, y eso era todo. Ya conocia, bastante bien, a las clasicas: Smirnoff, Absolut, Skyy, Eristoff. Le habian dado muchas buenas horas y dolores de cabeza proporcionales. En realidad, habia entrado buscando una botella de Stoli, pero ultuimamente no habia caso. Conseguir una misera botella era mas dificil que llevar una vida honesta. Ademas, solo tenia 100 pesos en el bolsillo. Si hubiese habido Stoli, tendria que haberlo robado.
El dia habia empezado frio y aburrido y, a medida que transcurria, se tornaba frio y horrible. Realmente, hubiese preferido meterse a tomar un cafe en el Gato Negro o en el London. Un cafe con leche y una porcion de torta costaban aproximadamente 80 pesos. Y el solo tenia 100. El cafe y la torta significaba pasar la noche completamente sobrio, a base de agua de la canilla. Era viernes y las noches de los Viernes eran desoladoramente largas. ¿Que otra cosa podia hacer? Le hubiera encantado salir a tomar una cerveza a Palermo o a Villa Crespo. Una o dos Pintas de Cerveza en algun Irish Pub. Y una hamburguesa. Minimamente hablamos de 200 o 250 pesos. No podia permitirselo. No podia permitirse muchas cosas, ultimamente. Gracias a dios el gas y la luz seguian llegando, como magicamente, por obra y gracia del señor. La electricidad llegaba cortesia de la incauta vecina, que no veia o no queria ver el grosero cable que colgaba del suyo. Pero Estela no era tonta, y Martin sabia que tarde o temprano tendria que negociar. Las solteronas son duras e inflexibles, y Martin sabia exactamente el pago que se le exigiria. Al diablo con ello, de todos modos. Aun no habia llegado el dia. Ese pensamiento de "aun no" le servia bastante a menudo para no hacerse problemas. 
¿Que diablos pasaba? La cajera era sin dudas demasiado estupida. Estaba tardando una eternidad en realizar no se que complicada operacion con el Pinpad. El gordinflon que atendia, que llevaba una caja de algun vino importado, parecia no tener ningun apuro, por lo que la infinita idiotez de la cajera se prolongaba indefinidamente. Martin miro a la cajera: Alta, caucasica, Pollera tubo, blusa blanca y saco negro, impecable. Pelo recogido y unos anteojos de diseño que le daban un aire a ejecutiva de piso presidencial. Una verdadera puta. Una puta inutil, pero al menos bastante linda, y muy alta. A Martin le gustaban las mujeres que eran mas altas que el. 
Como la cosa, contra todo sentido comun, se prolongaba, la atencion de Martin se desvio hacia los vendedores (nada peculiar, todos ellos pierrots gastronomicos), luego hacia las botellas (Zubrowka, Gin Bombay, Copa Cabana, Old Crow, ect). Luego se fijo en la fila. En realidad, eran solo tres personas: El, el gordinflon que intentaba llevarse la caja de vinos, y un anciano alto y elegantemente vestido. Martin era el ultimo en la cola. Parecia mala suerte, pero con 100 miserables pesos en el bolsillo, uno no podia pretender privilegios. 
El caballero elegante, que vestia de impecable franela azul y saco negro de paño ingles o Kashmir de la india, tendria seguramente una treintena de billetes de cien pesos en su billetera, por descontado. Tambien tendria, con toda seguridad, varias cuentas bancarias. Cientos de miles de billetes de 100 pesos. Martin, que no habia comido nada desde el dia anterior, sintio un vuelco en el estomago. Sin embargo, se mantuvo firme en su posicion, concentrandose en la calva cabeza del anciano. Surgio en el un odio repentino hacia el anciano. Mirandolo bien, daba asco.  Burgues asqueroso. El viejo tenia todos los caracteres de la burguesia acomodada. Empezando por la ropa, hecha a medida y seguramente de sastre, o al menos de las elegantes tiendas que en su tiempo competian con Harrods. Luego era el porte, la forma de pararse. Una forma de pararse que solo el dinero puede proporcionar. Holgada, casi desafiante, pero tambien tranquila, como si tuviese todo el tiempo del mundo. De hecho lo tenia, porque tenia dinero. La plata puede conseguir absolutamente todo: desde cerveza y hamburguesas a tiempo y buen porte. Dependia de la cantidad, era claro. Y el viejo aquel tenia mucha, mucha pasta. Burgues, viejo podrido y burgues.
Martin miraba ahora con odio la calva del anciano. No era completamente calvo, pero se acercaba. Conservaba aun, blanco y brillante, esas dos holgazas de pelo que nace cerca de las orejas. El pelo era blanco y brillante, muy bien cuidado. Todo el anciano parecia recien sacado de un lavavajillas. Estaba reluciente, completamente asceptico. A Martin se le ocurrio que si lo olia, seguramente oleria a limon o a alguna colonia de primera marca. Penso en Old Spice. Otra cosa que lo enfurecia era la postura del anciano. Recta, amplia, de una facilidad casi militar. Si el anciano hubiese estado ligeramente encorvado, el enojo de Martin se hubiera disipado, se hubiera canalizado contra algun ente abstracto: el capitalismo, la modernidad, el monetarismo. Pero el anciano estaba parado demasiado correctamente. Su espalda era, enfundada en el saco de paño ingles o de carisimo Cashmir de la India, demasiado cuadrado como para no despertarle un odio natural.
- Burgues asqueroso - murmuro Martin, mas para si mismo que para el anciano, que de todos modos no le prestaba la menor atencion, pues hablaba con un vendedor, exageradamente servil este, sobre Brandys y demas tertulias escocesas. Mientras el anciano, que al parecer habia tenido o tenia viñedos, intentaba explicarle al vendedor la diferencia entre un Bourbon y un Scotch de Kentucky, Martin metio instintivamente la mano en el bolsillo de su raida campera de jean. Dentro, muy en el fondo del bolsillo gastado, tan gastado que incluso podia pasarse un dedo por uno de los agujeros, estaba la navaja mariposa. A Martin, que no por nada se apellidaba Corsicca, le encantaba esa navaja. La habia comprado por nada, hacia muchos años, en el Parque Centenario. La consideraba como un resquicio de su descendencia italiana, como algo muy propio de los mafiosos de Sicilia y Cerdeña. La navaja mariposa era artera, su naturaleza misma consistia en esconder la hoja. Facil porte, facil descarte, facil armado y desarmado: Eran todas caracteristicas propias de la rapiña, de la puñalada en la oscuridad. Venganzas, ajustes de cuentas, dedos y orejas cortadas como advertencia (Sylock y Antonio), quizas algun ojo. Idas y venidas del Proletario. Penso tambien en ese otro italiano, que ponia bombas en los bancos y embajadas, aterrorizando a los burgueses. Miro al anciano. Seguramente, el padre o el abuelo de aquel vejestorio habria vivido aterrorizado, por unos meses, de Di Giovanni. ¿Que era Di Giovanni? Un paria, un animal de trabajo, un italiano que vino con una mano atras y otra adelante, como decia su abuelo. Pero a diferencia de su abuelo, Di Giovanni no habia venido a esclavizarse en una fabrica, en un almacen o en un puesto de pescaderia del puerto. Habia venido a poner bombas, a dispararle a sangre fria a burgueses y traidores, a gritar "E viva la annarchia!" y tambien a ser fusilado. Miro nuevamente al anciano. ¿Cuantas cajas de vino llevaria? No cargaba ninguna. Claro. Habia hecho un pedido, y seguramente se lo enviarian al domicilio. Tipico, tipico del capitalista acomodado. Todo por encargo. Que lo muevan ellos, los otros, los que no hacen encargos, los que viven al dia. Los trabajadores. Los cabecitas negras. Los eternos parias, proletarios, burros de molino. El no era Di Giovanni, no tenia pistolas ni bombas, pero al menos... al menos tenia, en el bolsillo, en su mano derecha, una esplendida navaja mariposa. Solo era cuestion de hacer el archisabido movimiento de muñeca y, ¡zas!, la navaja sacaba su lengua de acero. Siete centimetros de acero. Siete centimetros de Italia del Sur, de Cossa Nostra. Siete centimetros de historia, de lucha de clases.
¿Que haria luego? Martin miro al anciano. Aunque era bastante alto, no era lo que se dice fornido. Ademas, estaba de espaldas. Solo tenia que acertar una, una unica puñalada. Bien dada, entre las costillas, y seria todo. Tardaria a lo sumo dos segundos, tal vez tres. En el tercer o cuarto segundo ya estaria corriendo, y antes de los diez segundos estaria doblando la esquina. Los vendedores parecian distraidos. Uno conversaba con el anciano, el otro miraba porfiadamente a una señora que se debatia entre un Ron de pesima calidad y un Vodka Barato. El tercero estaba en el fondo del almacen, paseando entre los vinos mendocinos. La licoreria Bramante's no tenia seguridad ni cuidadores. La puerta, de hoja doble, se abria empujando en cualquier sentido. Solo habia que correr. Apuñalar y correr. Guerra de guerrillas. Pirateria, como los vikingos. 

Mario, el vendedor mas veterano de la licoreria Bramante, ubicada sobre calle Florida, sostuvo con sorpresa al anciano con el que estaba hablando. El caballero, cliente regular de la tienda, se habia desplomado inesperadamente. El joven detras suyo lo habia apuñalado. Esteban, otro de los vendedores, estuvo muy cerca de apresar al criminal, bloqueandole el paso en la puerta. Lamentablemente el joven, pues no era mas que un muchacho, logro escapar con ayuda de la suerte.

Martin saco la navaja mariposa y automaticamente desplego la hoja. Siempre lo habia fascinado esta facilidad. En sus tiempos libres, que por esa epoca eran todos sus tiempos, se la pasaba abriendo y cerrando la navaja. El movimiento tenia algo lindo, algo de contrapeso, de armonia. Era como cargar un cañon o hacer figuras con las manos. Era todo un experto.
Todo ocurrio en un instante. No pudo precisar bien donde entro la puñalada. Fue cosa de un segundo, de medio segundo, de nada. La navaja mariposa no sintio resistencia. Entro como si fuese en una planta de lechuga o en un almohadon. "No dio en ningun hueso" llego a pensar Martin, pero cuando lo penso ya estaba corriendo hacia la puerta. No supo si el anciano acuso el golpe, si llego a entender algo, si se desplomo o se mantuvo de pie. En un segundo todo era llegar a la puerta, llegar y derribar de un golpe al vendedor que intento cerrarle el paso. La reaccion del vendedor enfurecio a Martin. ¿Como habia reaccionado tan rapido? ¿Que era, ese vendedor? ¿un vendedor o un policia? Si habia reaccionado con tanta rapidez era porque esperaba algun acontecimiento de ese tipo.
De todos modos, Martin amago a tirar un puntazo con la navaja y cuando el vendedor se concentro en esa mano, le descargo un puñetazo con la izquierda, haciendolo retroceder. Para suerte de Martin, el vendedor tropezo con varias cajas de Chabils que estaban a modo de Stand cerca de la entrada, dejandole el paso libre. En cinco segundos llego a la esquina. En quince, se hallaba a tres cuadras del lugar. Vio a un colectivo frenar y casi arrancar al instante. Practicamente se colgo de la puerta y subio al coche. Agradeciendo al chofer, pago y se sento en un asiento individual, mirando a la avenida. Habia escapado. Ahora no podria ir al centro por un tiempo y, por otro tiempo, no podria andar por la zona de San Nicolas. Bramante's era otro sitio prohibido, de ahora en mas. 
En algun momento, despues, tendria que bajarse de ese colectivo (no sabia cual era) y buscar otro, que lo lleve a su habitacion, a su mugrienta habitacion de pension. Luego de eso, lo esperaba la noche del viernes, larga y aburrida. Siempre es larga y aburrida para los que no tienen plata para hacerla mas corta. Pero, despues de todo, no era tan malo. Al menos tenia una botella de Vodka Polskii, y cien pesos en el bolsillo.

25 ago 2015

La Violinista (Final)

Fue en una plaza, frente al palacio de Tribunales. Yo habia vuelto al centro un par de veces, siempre en rapidas incursiones, esporadicas, a la caza de un libro o de algun disco. Solo una vez habia tomado un subte. Esa vez habia ido en colectivo, y me habia bajado antes. Tenia ganas de caminar por calles nuevas, de dar vueltas. El centro, sin tiempos ni impedimentos, sin metas fijas, se me aparecia como un enorme laberinto, como una enorme biblioteca derruida, llena de galerias y pasadizos inexplorados y, cada tanto, una plaza. Todo se me aparecia, bajo el cielo plomizo, bajo una luz cenicienta. No se cuanto tiempo camine, pero se que atravese plazas y largas calles y, entonces, cuando atravesaba la plaza de los Tribunales, la vi. Estaba sentada en un banco. El pelo castaño sobre los ojos, la bufanda roja, la expresion perdida y lejana. Como siempre, estaba sola. Pero ahora no estaba sola entre la gente, sino libremente sola, sola entre las palomas. Tenia el arco en una mano, y el violin, recostado en el hombro, en la otra. Camine directamente hacia ella. Mientras me acercaba, oi unos leves tintineos metalicos. Tocaba.
Sin decir una palabra, me sente a su lado. Intente, ahora sin oscuros bultos entre nosotros, descifrar el sentido de su musica apagada, de la sorda melodia. Mire muy de cerca sus pestañas negras, su pelo castaño, sus dedos finos y largos, que ejecutaban la extraña mimica de una interpretacion, el juego de pulsar las cuerdas.
En cierto momento, tal vez porque habia notado mi presencia, tal vez porque la melodia habia acabado, dejo de tocar. Habia pasado un buen tiempo, porque el sol, antes en el centro del cielo, se ocultaba ahora tras los edificios. La violinista habia levantado la cabeza, y miraba a lo lejos, lejos de la plaza.
- Hola- dije.
- Hola- dijo ella. Su voz parecia muy joven, y sin embargo era un problema definir la edad. Me lanzo entonces una rapida mirada, como escudriñandome. Tenia los ojos de un marron muy claro.
- ¿Te gusto?- preguntó.
- ¿que cosa?- respondi estupidamente. Justo antes de responder, senti que iba a mirarme de vuelta, ahora con una mirada mas larga, realmente exploradora. Pero no. Mi respuesta freno la mirada antes de que surja, y nuevamente me parecio lejana, como perdida entre los edificios, a punto de difuminarse.
- Ah- exclamo. - Yo creia que...- La frase quedo a medias. Parecia pensar en algo, meditar alguna cuestion importante o que se le habia cruzado por la mente. Al final dijo "En fin" y entonces yo me di cuenta, quizas demasiado tarde, por lo que me preguntaba.
-Perdoname -le dije- ¿Vos creias que yo..
-Si. Pero no importa.
Luego de aquello hubo un silencio. Pero era, en mi cabeza, un silencio plagado de voces. La cancion, la cancion, la cancion. Asi que realmente habia estado tocando todo este tiempo. La mire, y cuando la mire vi que me observaba.
- Sabes, yo hago una musica bastante rara. A mi me gusta, pero... pero creo que no es algo para todo el mundo. A veces algunos escuchan. No te creas que escuchan todo, no. Escuchan... o mas bien, sienten. De repente creen haber oido algo, como cuando uno se imagina un sonido, o como cuando recuerda un sueño. En fin, algo que no es escuchar, porque escuchar viene de afuera y no de adentro. Otros, que son muy pocos, escuchan realmente notas. Yo crei que vos eras uno de esos.
-Si soy- interrumpi- Muchas veces, en el subte, me han llegado algunas notas. Es verdad que eran minusculas, cripticas, casi imperceptibles entre todo ese ruido, pero las escuche. Y ahora, mientras tocabas, tambien escuche algunas. Hubo una que se parecia a un Sol, y otra a un La Bemol, un La Bemol muy chiquito y como con asma.
- Ah, entonces si ois-dijo con una sonrisa. La sonrisa era como una lampara encendida.
- Claro.
- ¿Por que no respondiste al principio, cuando te pregunte si te gustaba?
- ¿Eh? Ah, eso. Bueno, mira... no sabia que hablabas de eso...
- ¿de eso? ¿que es eso?- Habia recalcado mordazmente el segundo "Eso". -¿No querras decir, mas bien, la musica?
- Claro-respondi- Pero succede que cuando pienso en una cancion no pienso en esas notas que vos producis... lo que haces no se parece en nada a una cancion.
- Si se parece. Es facil decirlo si no la escuchas. Vos solo escuchas las puntitas de mis notas. Si ni siquiera las escuchas enteras, mucho menos las vas a retener y a encadenar. Eso no lo podes hacer, y nunca me cruce a alguien que haya podido. ¿por que crees que nunca pido colaboracion?
- Por cierto- le dije- ¿por que tocas siempre en los subtes?
La violinista volvio a levantar la vista para mirarme, y nuevamente su cara se encencio como si fuese una lampara o un atardecer. Una linterna bajo el agua.
- Yo toco en todos lados- dijo orgullosa. - ¿Acaso no estaba tocando tambien hace un rato?
- ¿y entonces?
- Entonces nada. Yo toco en todos lados. Vos solo viajas en el subte, y de verme ahi deducis que solo toco en los subtes, lo cual es bastante tonto, si lo pensas. Tonto ademas de egoista.
Lo pense. Es cierto, ella tenia toda la razon.
- Reducis todo a tus expectativas y a tus tiempos. Crees que solo estoy en los subtes porque tu rutina te lleva a verme ahi. Crees que mis extrañas canciones son solo pequeñas notas, cricridos de grillos, porque solo escuchas eso. Escuchas como pensas, muy fragmentariamente. En eso sos como todos los demas.
- ¿como?- Ese ultimo discurso me habia tomado desprevenido.
- Crees que no hablo porque no me ois, crees que siempre uso la misma bufanda, crees que nadie me ve porque no me ves hablar con nadie. Incluso estas creyendo que yo estaba, que yo estoy en esta plaza para encontrarte a vos, para cerrar algun circulo. Incluso crees que me queres o que nos une algun tipo de cosa especialisima, ¿no?
No dije nada. Ella continuo.
- Crees, realmente, muchas tonterias. Tambien crees que despues de hoy, de este momento, no me vas a ver nunca mas. ¿Si o no?
Tuve que admitirle que efectivamente era eso lo que pensaba. Ella me miro, y en la mirada habia una socarrona superioridad dialectica, tipica de quien recibe la respuesta que espera. Tambien habia algo de un no se que ensayado y, lo que realmente me sorprendio y aun hoy me sorprende, habia todo lo contrario, es decir, un poco de autentica perplejidad. Se puso de pie y echando a andar me dijo:
- Vos podrias verme cuando quisieras.

21 ago 2015

La Violinista

A Veces me la encontraba en el subte, como un punto entre los puntos, como un personaje secundario de un gran cuadro, a ella, la violinista. Creo que la primera vez fue en un otoño, de no hace muchos años, pero tampoco de hace pocos. Iba parada, en el medio de un vagon repleto, casi contra la puerta. Lo primero que me llamo la atencion fue el arco, el arco del violin. Lo sostenia en alto, con el brazo casi extendido, como si fuese un puntero, una espada o un enorme dedo indice. Luego fue el violin, de hermosisima madera, que descansaba sobre su hombro como si fuese un niño dormido. En ultimo lugar, fue su cara. Algunas caras son complicadas de describir. Tienen algo... algo que uno no sabe bien de donde viene, algo que se nota en la cara pero que no esta del todo en ella, que parece como si le vienese a la cara de otro lado, tal vez del alma, o del pasado. Quien sabe, pero la cara de la violinista tenia este queseyoque de expresion lejana, insondeable.
Tenia el pelo castaño, tirando a oscuro. Tenia el flequillo largo, y le caia sobre los ojos. Tenia pestañas oscuras y muy largas. Asi, parada entre la multitud subterranea, parecia una estatua antigua y hieratica. Entonces me di cuenta que tocaba. Fue la expresion de la cara: Los ojos bajos, la boca levemente contraida en un asomo de sonrisa, la mano sosteniendo el diapason. Los dedos pulsaban levemente, imperceptiblemente, las cuerdas del diapason. Parecia que estaba revolviendo algo, rascandose la cabeza o acariciando un gato. Note que tenia las uñas largas y pintadas de un rojo oscuro. Los sonidos que salian del violin eran casi inaudibles y, de hecho, no habia casi ningun sonido. Se oia cada tanto una leve pulsacion, metalica, cristalina y apagada, que inmediatamente se perdia entre el murmullo de la gente, entre el ruido del subte y las bocinas que anunciaban paradas, estaciones y proximidades. Tocaba, tocaba y no tocaba. Mas bien parecia estar haciendo una mimica, algun tipo de play back, parecia estar ensayando, y me recordaba a los niños que, caminando por la calle o sentados en un escalon, repiten metodicamente su leccion, murmurando como monjes. La violinista tocaba o hacia que tocaba, y sus chispas musicales se perdian entre las luces y las sombras del vagon en movimiento. El arco del violin, levantado en el aire, evocaba a las posturas rafaelianas o Leonardinas, una mano hacia el cielo, señalando lo sublime, otra hacia la tierra, recordando lo pasajero.
Luego de ese primer encuentro, volvi a verla muchas veces, siempre en el subte. Nunca la vi tocando propiamente, con el arco, como lo hace cualquier violinista, produciendo los largos chillidos o las vibrantes tonalidades tan propias del violin, nunca la vi ejecutar un solo detache, nunca un stacatto. El arco parecia cumplir solo una funcion estetica, liturgica, o simplemente magica. Siempre estaba extendido en alguna direccion, ya sea recto cual un obelisco, o oblicuo, como el florete del esgrimista. Y la violinista tambien, siempre hieratica, siempre silenciosa y sonriente. Nunca la vi pronunciando una palabra, nunca la vi hablar con alguien, nunca la vi levantar la vista. Parecia que el mundo no existia para ella, o al menos no se le imponia con la monotona violencia con la cual se nos imponia a todos los demas pasajeros. En efecto, luego de verla varias veces, comence a desplazarme del objeto a sus circunstancias, y de la causa a sus efectos. Deje entonces de fijarme en sus manos con uñas pintadas de bordo, o en la bufanda rojinegra que siempre llevaba (rojinegra a cuadros, llena de pequeñas pelusas multicolores) e incluso pude desembarazarme de la fascinacion que ejercia el hecho de nunca poder ver claramente sus ojos, tan rodeados como estaban siempre de pelo y de pestañas.
Atendiendo a las causas, note varias peculiaridades. La primera era que nadie le prestaba la menor atencion, cosa entendible por un lado, dado el maquina ajetreo del transporte publico porteño, y mas en horas picos, que era cuando yo viajaba, pero bastante raro por el otro, dado que no era nada normal una violinista que viajaba con el violin en una mano y el arco en otra (porque, en efecto, jamas la vi con un estuche, una funda o nada parecido)  y porque, uno podria suponer, un arco levantado en alto o apuntando hacia cualquier sitio, generaria bastantes accidentes o, si bien no accidentes, si muchos punzonazos molestos. Pero no. Nunca nadie choco ni contra el violin ni contra el arco de la violinista, y esto era sencillamente increible. Tal vez no lo parezca a simple vista, pero quien asi piense nunca ha viajado en el subterraneo de Buenos Aires. Uno viaja, por decirlo de modo elegante, cual salchicha embutida en su paquete, o como una bala en su recamara o, mas precisamente, como un escarbadientes en su frasco. Uno viaja sellado al vacio, sin espacio para moverse y sin aire y, para dar un ejemplo, no es nada raro tener que soportar una espalda en la cara, un codo en la costilla o un pie encima durante varias estaciones. En cada estacion, la subida y bajada de iracundos pasajeros genera, justo en las puertas, intensos remolinos, movimientos que son verdaderos caos centrifugos y centripetos, y entonces era sencillamente milagroso ver como, en cada oportunidad, nadie empujaba o apretujaba, nadie chocaba con ella o se ensartaba con el arco en las costilla o en la cara. No. Nada de eso. La gente simplemente pasaba a su lado sin tocarla, y uno podria creer que la violinista poseia una burbuja invisible o un campo de fuerza. Su falta de contacto fisico con el resto de las cosas era desesperante, fantasmal.
Otra del rarezas era que, en todo el tiempo en que la vi (llego un tiempo en que me la encontraba regularmente una o dos veces por semana, no importaba el subte o la hora en la que viajaba) no habia cambiado practicamente nada. La ropa era siempre la misma o muy parecida, aunque debo aceptar que, y este es otro misterio, no puedo recordar especificamente ningun conjunto. Se que en cada ocasion la ropa parecia la misma, pero no puedo precisar, si me lo preguntasen ahora, que ropa era la que usaba. ¿Debo culpar de esto a mi deficiente atencion, aun cuando en otros aspectos se me halla revelado como muy precisa? ¿o acaso hay otra causa, mas extraña, de este olvido? Solo puedo recordar detalles como la bufanda rojinegra, el pelo castaño que un dia aparecio teñido de mechones rojos, o el pañuelo negro que un dia llevaba atado en la cabeza como una gitana. Si recuerdo solo estos detalles es porque lo demas debio de pertenecer identico.
Claro que el principal asunto era la actividad misma de la violinista, puesto que decirle violinista es mas una cosumbre mia que una definicion real. En esto se presenta el mismo problema que en la Ratona Cantora de Kafka. Por ejemplo, la violinista jamas pidio dinero por su musica. Es cierto que, si lo hubiese pedido, nadie se lo hubiese dado, porque su "musica" era mas bien una mimica, una mimica que cada tanto soltaba algun pequeño sonido, una serie muy corta de imperceptibles tañidos. La observacion me demostro que estos tañidos no eran voluntarios, y que cuando la violinista efectivamente arpegiaba una cuerda, era porque la raspaba con la uña del dedo. El movimiento era mas bien de digipuntura, una presdigitacion propia del que practica. Movia los dedos lenta y armonicamente, rozando las cuerdas casi sin tocarlas. En ciertas oportunidades tenia yo una sensacion extraña. Era como si mirase a traves de un velo o me hundiera en el agua. En efecto, creia a veces que la violinista nos presentaba a todos nosotros algun tipo de enigma. Que en su figura, en sus poses de estatua viviente, en su imperceptible melodia, habia un mensaje cifrado, una alegoria, un misterio, algo propio para iniciados.
Una noche la soñe y, en el sueño, todo ocurria como en la realidad. Yo subia al subte, ocupado con mi vida y mis problemas, y al cerrarse la puerta y comenzar a andar el vagon, la veia contra la puerta contraria, entre la gente apretada. Entonces ella comenzaba (en realidad ya lo hacia desde antes) a tocar, y nadie oia. El subte viajaba por los tuneles y parecia un viaje normal, hasta que, al mirarla de nuevo, la vi como una delicada pero enorme araña patuda. Sus patas eran larguisimas y muy finas, y daban la apariencia traslucida del plastico. Parecian, en efecto, enormes pajitas ambar. Las patas llegaban practicamente hasta el techo del vagon, y ahi arriba, en el techo, estaba el cuerpo de la araña. Ocho ojos inexpresivos me miraban. Entonces escuche la cancion o, mas precisamente, la vi. Pero no era una cancion en absoluto, sino una tela, una red. Con sus patas delanteras, la araña realizaba un imperceptible frotarse y, de esta friccion entre sus patas, emergian hilos de una baba blanca y finisima, que lentamente, reptando por el suelo, se enrollaba en la gente. La gente parecia no ver los hilos o, si los veia, ignorarlos por completo. Esa noche me desperte con un enorme sobresalto y, al salir de mi casa esa mañana, tome el colectivo.
Luego del sueño, segui encontrandomela regularmente, varias veces a la semana o unas pocas veces al mes, no lo recuerdo, por un tiempo indeterminado. En todo ese tiempo, nunca me acerque a hablarle. A esto obedecian varias razones. Ademas del natural terror que me inspiraba (terror que solo era superado por la curiosidad), estaba tambien mi natural timidez, y lo poco propicio de la ocasion para entablar una conversacion. En efecto, hubiese tenido que pasar por encima de varias personas para llegar a su lado y, una vez hecho esto, ¿que hubiera podido decirle? Ni siquiera estaba seguro de que hablase español, pues nunca la habia escuchado decir palabra.
Pero no. No quiero engañarlos. Si en ese tiempo no me acerque a ella, es porque habia una razon mas profunda, una razon que oscilaba entre el miedo y la morbidez. En efecto, uno puede intuir esta causa de las observaciones anteriores. Esta era una sospecha que se me habia presentado casi imperceptiblemente, y que tomo forma un dia como cualquier otro. Si la violinista no chocaba con nadie, si nadie escuchaba la musica, si nadie le hablaba y ella a nadie, si nunca la vi subir o bajar del vagon, y si ademas la encontraba tan repetidamente, ¿podia ser entonces que la violinista existiera realmente solo en mi cabeza? Era una pregunta que, al mismo tiempo que se me antojaba absurda, me mantenia despierto por las noches. Habia noches (o tardes, o mañanas) en que me obligaba a recordar minuciosamente todos mis encuentros con ella, buscando pruebas, fenomenos, acciones que me certificaran su existencia externa. ¿No habia hablado acaso con ese señor? ¿Acaso no se habia corrido hacia la izquierda en Tribunales, con motivo de dejar pasar a otra señora? ¿No habia recibido un empujon en Callao? No. No y no. No no y no. ¿Pero acaso nadie la habia mirado? En todos esos viajes, ¿no habia captado yo otras miradas que, improvisada o casualmente, se topaban con ellas? Tampoco. O al menos era dificil decirlo. De cualquier modo, no habia seguridad. Y si no habia seguridad, entonces bien podia ser que la violinista fuese un producto de mi imaginacion, un producto de mi delirio. Habia solo una manera de comprobar esto: Hablar con ella. Aunque tambien era cierto que, si yo estaba loco, mis alucinaciones podian contestarme. No obstante, hablando con ella podria exponerla ante un tercero, o aunque sea tocarla, para comprobar su solidez, o la solidez de mi locura.
Llegue a esta conclusion pocos dias antes de mi renuncia en la empresa. En efecto, venia yo hace tiempo prepararndo mi salida, y esta ocurrio, como ocurren las cosas importantes, sin importancia alguna, de la noche a la mañana. En los ultimos dias, la violinista no aparecio en los subtes. Esto no era algo raro, puesto que podian pasar varios dias e incluso algunas semanas sin que apareciese. Yo la imaginaba entonces en otros subtes, en otras lineas. Siempre estaba la sensacion de que volveria a aparecer, asi como siempre esta la sensacion de que algun dia llovera, o de que el sol saldra mañana. Con el correr de los meses, la violinista se habia vuelto para mi parte de la rutina, si bien es cierto que era como una ventana o una puerta, es decir, algo que, pese a estar dentro de la estructura, supone una salida y, mas alla de ella, lo desconocido.
No aparecio en esos dias, y luego yo me encontre sin necesidad de viajar en los subtes, pues todos llevan al centro de la ciudad, y yo me hallaba muy comodo en mi barrio periferico. Años de viajar al centro me habian quitado todas las ganas de seguir utilizando el infernal subterraneo y, si bien es cierto que la violinista me intrigaba, tambien lo es que mi orgullo se resistia a buscarla. No queria tomar un subte solo por la estupida esperanza de encontrarla. De todos modos, el desenlace ocurrio unos meses despues.

15 jul 2015

Mañana es Lunes porque No (Carta del Antifilifor a Filifora)

"Es Lunes", dijste. Aunque primero me dijistes "no", y despues me miraste. Si, me miraste, y se ve que en mi cara hubo algo asi como un reproche, como un pedido de explicacion. Y te parecio estupido, lo se. El pedido te parecio estupido, o al menos exhasperante, un pedido innecesario, fuera de lugar. Al dia siguiente, mañana, dentro de unas horas, era Lunes, y yo lo sabia. Lo sabia o deberia saberlo, deberia haberlo sabido, porque tu cara hizo una mueca de cansancio, una cara de pocos amigos, y entonces me dijste, como explicandome, como refregandome en la cara no solo lo aplastante de tu razon, sino tambien el fastidio de hacertelo decir; "Es Lunes", dijiste, y esa era la causa del no.

Claro que era Lunes, estupida. Eso fue lo que pense, pero naturalmente no te lo dije. No te digo muchas cosas, y a veces lamento que no son aun suficientes las cosas que no te digo. Deberia decirte menos, cada vez menos. Y eso porque te conozco. Mientras mas te conozco, se que cosas debo ir callandome. Vos, en cambio, conociendome, conociendo mi aberracion por lo lunes, por los comienzos, por el numero uno y la unidad entera... Vos, justo vos, que conoces toda mi lucha, mi constante batallar contra ese hijo de Cronos, contra Cronos mismo, contra ese ferreo reiniciarse de las cosas, horrible eterno retorno de lo identico, identico retornar de lo horrible, horrible identidad de cada retorno... Y echarmelo en cara asi, no solo afirmando categoricamente su existencia con un "es", sino ademas, y esto fue lo que mas me dolio, anunciando su inminencia, porque mañana. Te juro que no esperaba una traicion asi.

Claro esta que o sos increiblemente cruel, un perfecto sorete, para hablar mas claro, o no sabes en absoluto lo que decis. Si, es eso: no tenes ni idea. Vos me dijiste que "no" y que "mañana es Lunes", pero en esas dos propocisiones hay varias cosas... Mas alla de que no hay conexion necesaria entre una y la otra, y por lo tanto la negacion queda incausada, sino y por sobre todas las cosas me sorprende lo categorico de tu segunda afirmacion.

Que arrogancia la tuya, que enorme poder de sintetis, un poder de sintesis terrible, comparable solo al de aquel profesor Filifor. Filifora, en tu caso. Condensar un inasible espacio de tiempo; pasar por encima asi nomas, sin miramientos, a tipos como San Agustin, para condensar un instante o varios (es imposible decirlo) dentro de una etiqueta llamada Lunes. Absurda manera de surfear sobre la nada, de crear el scalectrix, el devenir de la ruleta y del dado. ¿Acaso entendias lo que es necesario para que haya un Lunes? ¿Te dabas cuenta de la cantidad de pensadores, de siglos, de mentiras necesarias para un Lunes?

No, claro que no. No te dabas cuenta, no te das cuenta tampoco ahora. Imposibilidad. Eso es lo que en realidad estaba escrito sobre el porton del instante, y no sobre el camino. Sobre el Lunes esta tambien ese cartel: imposibilidad. Tambien esta en el infierno de Dante: imposibilidad. Aceptaria el Lunes de otros, pero no de vos. Evocas algo que no comprendes. Un misterio en el cual sos profana, en el cual no estas iniciada. ¿Lunes? Flatus Vocis! Puro nominalismo lo tuyo. ¿Y las consecuencias? ¿y las consecuencias, insensata? obsecuente. Que mañana sea Lunes acarrea detras de si todas las semanas y todos los dias del mundo, acarrea y trae a la realidad no solo todo el terrible pasado, con sus fechas conmemorativas y sus dias vividos al divino cuete, sino tambien todo el futuro estructurado, todos los horarios de entrada y de salida, todos los coches y barcos que parten, viajan y llegan, todos los ganadores de la loteria, todos los calendarios, todas las vidas que nacen con sus muertes a cuestas, todas las colas y esperas de tipo similar. Todo Borgeano pero muy cierto. Decir Lunes es una declaracion de principios, es implantar toda una cosmovision. Pero que sabras, que sabes vos de todo aquello, porque para vos mañana es Lunes y se acabo, religiosa y dogmaticamente todo se acabo. Habria que matarte o llevarte al loquero.

Es Lunes, dijiste, y esa era la causa del no, y yo senti entonces que mentias, que descaradamente mentias, que me tendias un lazo, una vil trampa. Lamentablemente y como siempre, la razon llego demasiado tarde; Lo descubri cuando ya no estabas (habias pegado un portazo para irte directamente hacia el Lunes) y yo, ya solo, tirado en el colchon y mirando al techo, dejaba caer la vista en el humo del cigarrillo, distraido por las formas siniestras que dibujaba: Era todo al revez. Primero y Principal, en el principio, fue el No. Siempre habia sido el No. Vos habias dicho que que No, que tristemente No, que un No categorico, determinante, nihilista. Que No, y como que No, y no a pesar del No sino por el No mismo, mañana era Lunes. Mañana es Lunes porque No.

13 jul 2015

La realidad es una pelicula clase B

Juan caminaba por las calles. Caminaba y caminaba, como buscando algo. Buscaba una salida, pero detras de cada esquina, otra calle comenzaba. Siempre habia otra calle, otra esquina, otro semaforo. Nunca una salida.
"Busco una salida", penso Juan; Pero mientras lo pensaba se reia, porque una salida a que, ¿no? Era absurdo y era lo mismo caminar que buscarla frente al televisor o en la cama de algun hospital, en la barra de algun bar o en la silla de cualquier despacho.
Ahora se daba cuenta, como tantas otras veces antes, que todo lo que uno (bueno, no cualquier individuo, pero el si) podia hacer era, de un modo u otro, buscar una salida.
Buscarla caminando era un derroche instintivo, un lujo vital, un beneficio del filosofo o del mendigo, que para el caso era lo mismo. Enfilo derecho por una avenida amplia e iluminada, notoriamente centrica. El aire era frio y humedo, y aunque la lluvia habia parado hacia dos horas, flotaba en el aire una neblina blancuzca, que en juego con el alumbrado de los faroles le daba al cielo un aire irreal. Los aleros de los comercios lo guarecian de las gotas de lluvia que ocasionalmente se desprendian de los arboles. Juan iba pegado a las paredes, como un bicho o un soldado de trincheras. Enfundado en su gabardina raida, escuchaba sus pasos sobre la acera desierta. Las luces que emergian, automaticas y ciegas, desde el interior de las cortinas de hierro, le hacian pensar en cementerios o en museos. Su sombra iba solitaria por delante, marcandole el paso. Aquello era sencillamente perder el tiempo, perderse de todas las cosas y de todas las personas. Pero, ¿que otra cosa podia hacer? Era un dia especifico de la semana, era una hora especifica de la noche. Todo el mundo tenia algo que hacer en ese momento, todo el mundo tenia algo que hacer al dia siguiente. ¿Adonde ir? Cualquier sitio en el que apareciera, irrumpiria en un orden ya fijado con anterioridad, preestablecido, causaria esa incomodidad bien disimulada por los amigos; No habria que hacer ni de que hablar, y al cabo de dos horas estaria sintiendose verdaderamente miserable, para luego escarparse con la mas espontanea de las excusas, seguramente inventando algun pretexto inexistente. Notable paradoja aquella de que la causa de la compania sea tambien la excusa para la soledad. "Exelente frase", penso Juan. Claro que a esa hora cualquiera era poeta. Gran cosa, gran cosa.
Aunque por otro lado la cosa estaba tan mal. En cierto modo, en el mas cierto y honesto de los modos, no habia nada mejor que esa madrugada de vacio absoluto. Al menos era preferible esa angustia, casi un lujo, y no la otra, la de la jaula, la de los dias y los horarios encadenados, estructurados como en una via, días - durmientes, meses- folleto, años - programa, vida - carta de restaurante. Mejor eso que la libertad de gondola, que los momentos anudados sobre la misma soga, cual cadena deductiva que, aceptadas ciertas premisas pequeñoburguesas, le permitia saber a la gran masa de la humanidad en donde estaria al dia siguiente, en que cementerio seria enterrada o el nombre que tendrian sus proximos hijos.
Y mientras se perdia en esos razonamientos circulares, avanzaba en linea recta por la avenida, como un heroe de novela negra. "Ahora salen de ese callejon dos maleantes. Uno lleva pistola y el otro una navaja. Derribo al de la pistola de un puñetazo rapido, y el de la navaja huye. Lo sigo a distancia hasta un edificio de departamentos.". En esa parte del cuento decidio que tenia hambre.
Hambre. Una causa perdida, el hambre. Lo era desde hace siglos y seguiria siendolo mientras el hombre fuese hombre, o al menos hasta que los sueños de socialismo utopico que Bakunin, Kropotkin y el mismo compartian no se plasmasen, magicamente, sobre la tierra. Pero, en todo caso, era una causa perdida a esa hora de la noche, porque mas alla de los tres billetes sucios que albergaba en el bolsillo de la gabardina, estaba el principal impedimento de que el bodegon mas madrugador abriria en no menos de tres o cuatro horas, y Juan tenia hambre en ese momento. La lluvia comenzo nuevamente, como una confirmacion de la imposibilidad, de lo absurdo de todo aquello.
- A mi deberian de matarme en este mismo instante- mascullo Juan, mas para si mismo que para cualquier otro. De todos modos, era imposible. Imposible que me maten primero porque esta calle esta absolutamente desierta, parece mentira que de dia no se pueda ni caminar. Pero ademas imposible porque soy yo, y a la gente como yo nunca le pasa nada. Yo soy como un personaje de Perec. Algo asi como un fantasma. Vivo otras emociones, otras aventuras. Nunca me tocan los peligros de la clase media: nunca me enfermo, nunca tengo accidentes de transito, no sufro robos ni estafas.
Juan se paro en una esquina bastante iluminada, en donde la avenida cortaba con otra avenida. Mirando en angulo de la esquina, penso que era fantastico lo redonda que era. Lastima que estuviera enmarcada en esas porquerias metalicas, especie de barandillas inutiles, como si el cordon no diese a la calle, sino a un precipicio. Pensandolo mejor, era como una confirmacion de su teoria. La calle, el espacio, era el vacio. Vacio bastante bien estructurado, vacio funcionalmente subdividido, pero vacio al fin, no cabia engañarse. ¿Para que, ademas? Y asintiendo a su propia idea, estupidamente conforme con la tautologia, Juan se recosto en la barandilla y encendio un cigarrillo.
- Totalmente de novela negra.
Al cabo de algunos minutos, que tan vez eclosionaron en hora, Juan sintio un lejano clocleo sobre el asfalto, y al cabo de unos minutos tuvo delante de si a una chica joven, pobremente vestida, groseramente provocadora. Le ofrecia, segun entendio, los servicios habituales. Era logico, a esa hora y en una esquina demasiado iluminada.
- ¿Tenes departamento? - pregunto Juan
- No. ¿vos?
- Si, pero no es por la zona, y no tengo auto. No creo que quieras caminar cinco quilometros.- Ante el silencio de la chica, agrego - En todo caso, aunque quisieras, despues de caminarlos yo tendria ganas mas bien de irme a dormir.
- Aca a media cuadra hay un hotel - dijo la chica - Si te parece vamos ahi.
Juan la miro por un instante. Era una chica joven, andaria por los ventitantos. Estupidamente teñida, con esa (falsa) sensualidad popular de lo platinado. La ropa no le quedaba bien. La realidad era una pelicula clase B.
- ¿No tendras por casualidad algo para comer? - solto Juan. La frase se le antojo estupida, y le quedo como dando vueltas. Incluso creyo escuchar algo asi como un eco de su pregunta, rebeverando metalicamente contra los carteles de neon. La chica lo miro con algo que no de decidia entre incredulidad y fastidio.  Ahora es cuando me suelta alguna asquerosidad, penso Juan. Seguro me manda a la mierda, fija.
Juan se quedo con el cigarrillo en la boca, esperando la puteada que nunca llego. La chica simplemente se dio vuelta y desaparecio doblando la esquina. Bueno, era una lastima que no tuviera. El conjuntito plateado con la campera de jean era algo ridiculo pero que de algun modo encajaba. Si venia al caso, su gabardina pulgosa y su blue jean raido, que a fuerza de lavarropas mas que blue era de un grisaceo indefinible, eran tambien ridiculos pero adecuadisimos para la situacion. Juan se descubrio entonces lamentandose un poco por su negativa. Todo daba igual, y entonces tambien daban igual los billetes arrugados y humedos, igual daba gastarselos en comer que regalarselos a una chica a cambio de lo que alcanzase, aunque no fuera mas que una lamida de pija, que mas daba. Al menos le quedaban cigarrillos, y la vista de la esquina le gustaba. Era luminosa y gris, salpicada de varios charcos. Si miraba los charcos, juan podia ver el reflejo de los balcones y de las ventanitas de los edificios. Siempre que caminaba, lo hacia o mirando al suelo o mirando a los pisos altos. Era increible como de algun modo, por aglomeracion urbana o por magia cabalistica, los pisos superiores de los edificios sobrevivian al progreso y a la publicidad. Entonces resultaba que arriba de una infame tienda de ropa de moda se alzaban, como torreones de un castillo, innumerables ventanas grises, llenas de balconcitos o rejas metalicas. Otras veces, si uno alzaba la vista y aguzaba la vision, podia ver, por ejemplo, en lo mas alto de la fachada de un banco, como una pared mas antigua, de color indefinible, se alzaba por detras del reboque nuevo, por encima de los carteles publicitarios, evocando otras epocas; Era como si detras de esa Buenos Aires, que el odiaba,hubiese otra Buenos Aires, mas antigua y por lo tanto verdadera, que el desconocia y por lo tanto temia, pero al menos eso era algo, era el principio de algo.
Mientras pensaba esta otra ciudad, intentando conectar en su mente esos puntos de acceso, forjando en si mismo la ciudad, volvio a escuchar un clocleo, un taconeo que se acercaba, sin prisa y sin pausa, por la misma esquina por la cual la chica habia desaparecido. "Seguramente una compañera", penso Juan. Seguramente la anecdota del "¿tenes algo para comer?" habia ido de boca en boca, y seguro ahora mismo alguna otra chica, tal vez con mejores dotes de persuasion o al menos mas confianza, venia a probar suerte o al menos a reirse un poco. Tal vez venia solo a mirar, a mirar porque estaba siempre eso de ver para creer. Juan le dio la espalda a la esquina, recostandose contra el umbral de un edificio de departamentos. No tenia ganas de repetir la escena. Entonces escuchio una voz conocida.
- Toma- dijo la voz. Juan se dio vuelta y vio a la chica, con campera de jean y conjunto plateado, la expresion ausente, la mano extendida y, al final de la mano, una bandejita de plastico que contenia, aun caliente, una porcion de arroz con azafran y menudos de pollo. En silencio, Juan tomo la bandeja.
- ¿Como dijiste que te llamabas? - pregunto.
- No te dije - respondio escuetamente la chica, mirando ya para otro lado. Juan tenia la bandeja con una mano, con la otra el cigarrillo. Sin saber por que, miraba a la chica. Buscaba sus ojos, un encuentro de miradas. ¿Para que? imposible saberlo. No habia nada que decirle, y era una suerte que ella tuviese la pericia o el desinteres de mantener la cara volteada, mirando el suelo o algo en la otra cuadra, porque si ella lo hubiese mirado, no habria sabido que decirle, nada que decirle salvo un insustancial gracias. Y sin embargo, seguia ahi parada, no se iba. Habia hecho el amague pero seguia parada al lado suyo, lo suficientemente lejos como para impedir la vinculacion, pero lo suficientemente cerca para permitir el cuadro. "Claro, esta esperando a que coma" penso Juan. El arroz con menudos se enfriaba, y Juan opto por darle succesivas pitadas al cigarrillo. La chica le echo una o dos miradas, con autentica curiosidad. A la tercera mierada, sus ojos se encontraron. Como queriendo dar una explicacion, Juan sonrio y alzo el cigarrillo. La chica tambien sonrio. Sonrio y alzo las cejas.
- Hace lo que quieras- dijo la chica, justo antes de darle la espalda y desaparecer nuevamente.
Cuando la chica se fue, juan tiro el cigarrillo y, mientras lo apagaba con el pie, probo un primer tenedorazo de arroz. No estaba mal. No estaba nada mal.

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19 jun 2015

Another brick in the Mc

La cola es larga. Comprar una hamburguesa es todo un tramite. Comer se convierte en algo burocratico. La gente espera. Son varias colas, no solo una. No hay orden alguno, o mas bien si, si hay orden, un orden desconocido para mi, o tal vez demasiado conocido, que me horroriza.
Me horroriza que a la gente no le horrorize toda esta disposicion industrial. Se come en una verdadera banda de produccion. Con las manos dentro de mi saco, miro con algo de estupefaccion a los adolescentes que se mueven maquinalmente detras del mostrador. La pared del mostrador es identica al a tapa de The Wall: Ladrillos blancos e indiferentes. ¿socarrona coincidencia o burla solapada? Cualquiera de las dos, dignas de una foto. Las manos van y vienen, esos chicos se mueven realmente como las hormigas de una colonia. Da casi asco lo laboriosos que son.
¿siguen algun sistema? No me decido. Pienso que estan rigurosamente entrenados, pero no de un modo sistematico. Es mas bien un entrenamiento de la voluntad, una ascesis de atencion al cliente. Me imagino los lemas de las capacitaciones: "Haz lo que sea, pero haz algo", "un buen empleado es un empleado en movimiento", "mas vale repetir lo hecho que no hacer nada". La sensacion de personalidad se pierde en estas colas facilemente.
La cola en la que estoy no avanza mucho. No veo a la cajera, pero seguramente es una estupida. A nadie le molesta el poco espacio que hay en las filas. La gente que sale con su bandeja (esto tiene algo de campo de conentracion, de comedor de carcel, de trabajos forzados), cargada de hamburguesas y vasos plasticos, roza practicamente a todo el mundo. Es un milagro que ninguno le vuele la bandeja de un codazo. Todos tenemos aca algo de hormigas. Nos movemos incesantemente y nada interrumpe el sistema. De seguro que juega un buen papel el inconciente colectivo, el primitivo ser social. De otro modo, la entropia generaria choques y bandejas en el piso cada cinco minutos.
Reparo en varias cosas. Algunas son mas aburridas que otras. La tan gastada dicotomia entre la idea y la cosa. Me aburren los carteles publicitarios. Para que decir que la hamburguesa del cartel no tiene punto de contacto con la carne muerta que uno de va a llevar envuelta. Los carteles son todos colores vivos, tienen un valor por si mismo. Nos venden la ilusion de los años sesenta, la felicidad inmediata al alcance de un dolar. Pero no es un dolar, son noventa pesos, o ciento diez. A nadie le parece raro, y a mi me aterra. Pagar cien pesos por una hamburguesa, por un pedazo de carne semipodrida y semibañada en conservantes. Enormes comederos industriales, atendido por adolescentes sordidos que comienzan asi a limar sus energias. Pero todavia no comprenden, no saben que... pobrecitos. Ahora ya no los odio ni les tengo asco. Me dan mas bien lastima. Los ladrillos blancos en la pared. Hey, boss, let the childs alone.
Lo grosero de la estafa me maravilla. De hecho, me saco la galera ante lo magistral de su jugada. Hay algo de comico en todo esto. El ambiente no ya de confort, sino directamente de felicidad idiota, de congratulacion del idiotismo. Sonrisas idiotas y burlonas de si mismos. Todos payasos. Cien pesos una hamburguesa esa una estafa, lo saben, lo sabemos, y sonrien, aun asi sonrien y hacen fila. Brave new World. Agregale sal a tus papas por solo quince pesos. Tout va tres bien in the best of the possible worlds.
Los uniformes son mas lindos en las cajeras. Los chicos parecen directamente unos boy scouts idiotas, una especie de gendarmencitos corporativos, de chalequito y boina, todo en color caqui. Dan ganas de pegarles una bofetada o un zopapo en la nuca. Pero estan tan felices friendo papas y poniendole lechuga a las cosas que es mejor dejarlos asi.
A las chicas, por alguna razon extraña, el uniforme no les sienta tan mal. Por una cuestion extraña, o tal vez gracias a la division del trabajo, son todas feisimas, menos una. Oh cruel destino de la adolescente fea, destinada a levantar llamados en un call center, a embolsar porquerias en Coto o a agrandarme el combo en una linea de producccion.
Me fijo en una rubia alta y flacucha, la unica que no es deliberadamente horrida. Tiene tambien el unforme caqui con boina y chaleco, mezcla de boy scout y operario. Tiene el pelo recogido en una trenza. Es la trenza lo que la saca de lo vulgar. La trenza y la boina, mas lo rubio, dan algo germanico, algo suizo. Tal vez sea que es tan joven y que parece, incluso con su ridiculo uniforme, incluso con las manos llenas de tickets, tarjetas de credito y hamburguesas con queso, tan contenta. Por detras de la rubia pasa una chica vestida de civil, mas alta que el resto, con una melena negra que amenaza llenar de pelo todas las hamburguesas. Es la unica que va de civil y con el pelo suelto. Pasa como una rafaga, saludando a todos los empleados. Seguramente es una ex empleada o una futura empleada.
La gente se sigue retirando con sus bandejas, y noto que hay algo como una curva de la felicidad, una curva que bien podria comprarse a la curva de la vida humana: comienza en la fila, en donde la expectacion y la esperanza son enormes. Curiosamente, los que estan en el fondo de la fila parecen los mas felices. Paradoja. Miran, a una distancia perfecta, embelezados los enormes carteles, pletoricos de platonicas ideas de hamburguesa: con queso, con tomate, con "bacon" (es decir, con panceta), con huevo, con lo que sea. Especulan sobre su decision, se imaginan ya el enorme y perfecto medallon de carne, juegan con su poder de compra; Tasan, evaluan, imaginan las posibilidades. Sienten el dinero en su bolsillo y, como si estuviesen junto a una chimenea, sopesan tranquilamente su libertad de eleccion.
Los que estan ya a punto de ser atendidos parecen mucho menos contentos. Se dan cuenta que al fin y al cabo es solo una hamburguesa. Ven de cerca a la gente que se retira, y comienza a desvanecerse en ellos la magia de los carteles. Las hamburguesas no son tan altas, tan lindas, tan perfectas. Enorme disminucion ontologica de la hamburguesa, del dinero y, con el, de la realidad toda. Al final era solo el deseo, corriendose a si mismo, mordiendose la cola. Solo el deseo, como siempre.

14 jun 2015

Metonimia

Sintio una leve presion sobre la rodilla y solo entonces abrio los ojos; Solo un poco, pero los abrio. El sol se filtraba perezosamente por la persiana americana, dejando ver las particulas de polvo en el aire. "Toda una constelacion, gira y gira", penso, y volvio a cerrar los ojos. En realidad, la luz solo alcanzaba hasta la mitad de la cama, y el resto todavia estaba en la penumbra grisacea del amanecer. La constelacion de motas de polvo era realmente hermosa. Daba gusto, abriendo solo un ojo, verla flotar en el rectangulo de la luz, como una tonta nube de corpusculos, como una via lactea de basuritas. Parecen un conjunto de amebas, un cardumen, plankton con inteligencia, penso mientras sentia el cuerpo algo mas pesado. "Voy a quedarme dormido de nuevo".
Luego de otro rato, la presion sobre la rodilla derecha lo distrajo nuevamente. El sol no se habia movido ni un poco, y la cara de Mia era tan hermosa y tan gatuna como siempre. Ella se habia acurrucado contra su hombro, completamente dormida. Movimientos enteramente gatunos, de animal domestico, penso. Dejando de lado la constelacion y los muebles, parcos y pocos, se concentro en la cara de Mia. Era siempre muy hermosa, dormida o despierta, con musica o, como en ese momento, en el aburrido silencio de la mañana. Al verla asi, tan indefensa a a vez que tan segura, sintio ganas de cometer el horrible pecado de despertarla. Despertarla con un beso o con un tiron de orejas, incluso con una cachetada repentina. La pierna de Mia se apreto un poco mas sobre su rodilla, y todo su pequeño cuerpo, oscuro y escurridizo, parecio querer buscar un hueco invisible contra sus costillas. Sus rulos negros le cayeron entonces en los ojos y en la cara, y entre riendose y maldiciendola, cedio a la irresistible necesidad de atraerla contra si con el brazo libre. Mia se revolvio toda contra el y produjo un verdadero maullido (cosa increible) para luego quedarse nuevamente en la mas perfecta quietud. Sonreia.
Estaba demasiado comodo como para moverse. Las arañas siempre tienen ocho patas, y hubiera sido muy facil estirar una de esas patas, duras y puntiagudas, recubiertas de pelitos, para cerrar de un tiron la persiana y, no sin crueldad, sumir a la constelacion nuevamente en la nada, en las tinieblas. Solo lo detuvo la modorra que sentia, muy comprensible si se tenia en cuenta el placido calor que provocaba el acolchado. Los muslos y las tetas de Mia, presionadas contra el como un fuego frio, tenian tambien algo de culpa por esa inmovilidad que al parecer duraria aun algunos eones mas. "Zaratustra estuvo una vez bajo el arbol como yo estoy aqui y ahora", dijo en voz baja, sumido en vanas reflexiones. Mia no se movio un centimentro, pero respondio, tal vez ya algo despierta, con un ronroneo de aprobacion o al menos de complacencia. Era una preciosidad, penso. Si el era una araña, largo y peludo, ella era definitivamente un lince. Mientras le echaba los rulos un poco hacia atras, dejandole al descubierto la oreja puntiaguda y el cuello, tuvo un impulso extraño y, sin razon alguna, recordo el fondo del cajon.
Ya su mano dejaba caer uno y luego dos dedos sobre el cuello, para ir bajando suavemente hasta sentir el omoplato, tan fragil, y subir nuevamente hasta casi la nuca, para recorrer casi imperceptiblemente el contorno afilado y como de punta de flecha, de la oreja, y luego dejarse ir hasta el hombro, hasta el antebrazo, ya tan calido, y mas alla, casi en el limite del alcance (pues incluso las arañas tenian limite de alcance), la cintura.
Mientras o, mejor dicho, al mismo tiempo, su otra pata se deslizaba, furtiva y como reptando, hacia la manija del cajon de la mesita, abriendolo casi con repugnancia, recordando la Ballester Molina, arrastrandose entre los obstaculos, tanteando traicioneramente, apartando cajas de cigarrillos, fosforos, revistas, hasta sentir con la punta de los dedos, y luego con la palma, el frio tacto del metal. Al mismo tiempo que sacaba el revolver del cajon pasaba de la cadera al vientre, despertando repentinos maullidos; Enorme conflagracion final, el friosecopeso de un lado, la calidahumedalevedad del otro, un dedo en el gatillo y el otro ya sobre el monte de venus,
Se trataba entonces, en la penumbra del cuarto, debajo y entre las constelaciones doradas de polvo, de buscar, de revolver las patas peludas y los dedos. Comenzo a comprenderlo. Sintio ser un puente entre dos cosas, sintio estar viviendo una metafora, un pasaje que iba desde el clitoris de Mia hasta la bala alojada en la recamara de la Ballester, con un arco que era el mismo, atravesado por corrientes electricas, repentinamente invadido por una rabia que se concentraba en el puño que firmemente sostenia el arma, en el dedo que temblaba sobre el gatillo, que intentaba sentir la bala decisiva y final, bala que solo necesitaba un pequeño pulso... pero no, no porque los pulsos estaban todos del otro lado del puente, en la ribera opuesta del cosmos, en donde, a millones de años luz, atravesando todo el espacio de las constelaciones, su otra mano se movia ritmicamente dentro de los misteriosos orificios de otro tipo de arma, buscando tambien el disparo dentro de la recamara de carne y hueso, sintiendo los gemidos y los mordiscos de Mia, que ya despierta o aun en el limbo lo ayudaba a decidirse por un lado, clavandole las uñas y las rodillas, intentando ejercer (¿pero lo sabria, tendria en sus intuiciones felinas algun leve presentimiento de lo que ocurria en el otro lado?) una presion mayor que la que la sorda consistencia del revolver, medium de algun oscuro demonio nihilista, le demandaba. Eso era la absurda lucha entre el bien y el mal, el tire y afloje en donde, era sabido, la soga siempre se rompia y el mal, que viene solo sin que se lo predique, acababa siempre ganando. ¿que papel jugaba el en esa pugna? ¿Que papel jugaba ella?
La realidad exploto justo a tiempo, con el desagradable estallido de los chillidos fabriles del reloj despertador. Eran las maravillas de la revolucion industrial obligandolos a vivir otro dia, fastidiandolos para sacarlos del sueño y del silencio. Eran los mil pensamientos del dia, las fechas y el implacable correr del tiempo los que, impacientes y algo ofendidos por tanta soberbia eternidad, por tanto despilfarro en cavilacion inutil, golpeaban el pie contra el piso y miraban disgustados hacia la cama. Inesperadamente y aun jadeando, Mia dejo caer, en un remolino de rulos negros, su brazo en un feroz zarpazo sobre el odioso aparato de metal. Demostro su presteza felina al atraparlo en su rabioso chillar para, acto seguido, arrojarlo furiosamente contra el suelo, provocando una ola de carcajadas generales y tambien varios disparos de alto calibre.