15 feb 2021

 Estaba en la parada del 34 waiting the bondi. Con el barbijo puesto y la mirada perdida en algun punto del suelo. Mi cerebro divagaba en el analisis que Hume hace del criterio racional para evaluar un milagro: la negacion del hecho debe ser mas milagrosa que el milagro mismo.

En eso siento una mano en el hombro. Una mano pequeña, que mi cerebro intuye tiene que pertenecer a una criatura. La mano me da dos o tres toquecitos, gesto universal de llamado de atencion.
Me giro y levanto la vista. Espero ver un nene o una nena, pero mi cerebro inmediatamente ajusta y calibra, y lo que tengo delante es una anciana.
Es bajita, no debe medir mas de uno cincuenta. Da la impresion de haberse encogido, de ser una version mas pequeña de si misma, una version concentrada, depurada, que a lo largo de su vida fue perdiendo sutilezas y vanidades. El eslabon interior de una muñeca rusa. Tiene ojos saltones y pequeños, que de algun modo me recuerdan a los las ardillas o a cualquier roedor pequeño y curioso. Las pupilas son muy oscuras. Me recuerda un poco a mi propia abuela. La expresion es leprechaunesca, y diria burlona, pero para esto seria necesario verle la boca y la anciana lleva barbijo.
¿que quiere? ¿dice algo? Creo notar que habla, pero o habla muy bajo o habla un lenguaje diferente. Su brazo apunta al cielo, en cierta direccion. Miro y comprendo. Comprendo inmediatamente.
¡el arcoiris, el arcoiris!
Eso es lo que murmura, eso queria comunicar la emocion que veo en sus ojos de ardilla. Muevo la cabeza, devuelvo la mirada. Gesto x gesto. Que comprenda que comprendo. Le digo alguna estupidez, como "no se ven muy seguido", cuando en realidad lo que quiero decirle es gracias. Gracias, porque no cualquiera comparte un arcoiris. No cualquier ser humano siente esa necesidad, tan natural para mi, de no poder pasar la felicidad a solas, de tener que transmitirla de algun modo.
Solo soy feliz, pero con el otro soy completamente feliz. La anciana lo entiende tan bien en su gesto como Aristoteles en su politica.
Balbuceamos alguna otra cosa, yo en español porteño y la muñeca en su ruso natal. Entendimiento mas alla del lenguaje tipico del momento complice.
Cuando subimos al 34 al menos le dejo el asiento. Cierto: en comparacion con un arcoiris un asiento no es nada.
Reflexion de san valentin que se escribe sola. Elija su metafora favorita: el amor es como la lluvia en febrero, el amor es como un arcoiris en un cielo tormentoso, el amor es querer compartir lo bueno con el otro. Porque si. A lo fito en dar es dar.
Pero sobre todo el amor es amor a la vida, es capacidad de maravillarse como un chico a los 70 años. 
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Joaquin Armental, Ana Chazarreta y 2 personas más
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8 dic 2020

No me canse de jugar. Punto. La hoja contiene solamente aquella frase. ¿deberia continuar? Todo, absolutamente todo lo que quiero decir esta noche esta maravillosa y milagrosamente contenido dentro de esta frase. Estoy yo, estas vos, estan todos los sitios y las personas que pasaron por ellos. Y todas esas cosas de las que naturalmente no guardamos ningun recuerdo en absoluto. Cosas que son como fragmentos de hilo en los bolsillos, como cenizas abajo de la mesa. Todas aquellas cosas que se acumulan en los rincones oscuros, poco explorados, dificiles de accesar. 

Mantengo la punta de la pluma sobre el punto de la oracion. Posible punto final. Soy nervioso, lo se. La punta de la pluma tiembla. Los espacios vacios de la hoja presionan como una muchedumbre; Todo el espacio se agita como una turba. La presion que mi mano aplica sobre la pluma va volviendo al punto mas y mas oscuro, furiosamente negro tinta, cada vez con mas contraste, cada vez mas recalcitrante. Comprendo que no puedo seguir asi, que pronto la tinta disolvera - sin piedad, la tinta nunca la tuvo - la blanca celulosa y entonces habre hecho un imperdonable agujero en la hoja. 

No quiero atravesar la pagina. Me rehuso a apuñalarla. ¿que puedo hacer, sin embargo? Tampoco quiero destruir la perfeccion de la primera frase que sola, unica, sostiene todo el significado como si fuese Atlas.  

Cedo. Con una mueca horrenda escribo: No me canse del mar.

Tiempo perdido. ahora las frases van a salir una atras de otra.

No me canse de la noche. Tan amplia, tan amplia. Un espacio que se extiende. Sin paredes, sin geografia exactamente delimitada. Una cascada. ¿como cansarse?  Una playa sin orillas. Sonido por todas partes. Camino, camino, sigo caminando. 

Llego. Generalmente tarde, pero llego. Me gusta que todo este en silencio. Me gusta llegar ver mis cosas. Mis juguetes, por decirlo asi. 

¿de donde vino eso? Lo del mar y lo de la noche estaba muy bien. En cierto modo era todavia verdadero. Emanaciones correctas de la primera frase. Plotino mismo no tendria nada que objetarle. Lo demas son intentos vagos. Malas descripciones del espacio vacio que rodea a las primeras tres frases que - ahora que las veo bien - tranquilamente podrian empezar y terminar un poema. Y seria uno bastante aceptable. Deberia borrar todo lo que sigue. ¿deberia? 

Me preocupa sobre todo lo de los juguetes. Los espacios vacios no aportan nada pero tampoco molestan. Pueden soportarse. ¿que aportaba la molesta niebla de "el examen"? Absolutamente nada. Todo podria haber transcurrido sin ella pero, mas importante, todo transcurre con ella. Es decir, que no impide que pase nada de lo que debia pasar. El parrafo - todavia no terminado - de los juguetes me parece artificial, inutil, absolutamente no requerido por nadie. 

¿de donde salio eso de los juguetes? Detras de la oracion hay un frasasaseo inconciente, una cadena de palabras que tiene el deseo de ser razonamiento sin llegar a serlo. El razonamiento de fondo seria que la vida es pasar de un juguete a otro, de una jugueteria a la otra porque, despues de todo, ¿hacemos otra cosa que jugar? Nuestros chiches nos rodean a diestra y siniestra. Chiches animados y no tan animados. Todo chiche. Chiche el auto, Chiche la casa, Chiche el proyecto o el informe o el reporte o las cosas del ropero. 

Despues de esta parrafada inmunda levanto la cabeza y veo a mi gato recostado en el marco de la ventana. Me gustaria escribir algo sobre el. Es por lejos el juguete mas hermoso que tengo. Es completamente negro y, recostado como esta, resulta practicamente invisible. La noche esta justo al filo de la ventana. A nada de tragarselo por completo. Lo haria si no fuese por el mosquitero y por la bombita electrica del cuarto, que mantiene - si bien que a duras penas - a raya a la oscuridad. 

Deberia parar. El texto - el intento de texto - esta completamente arruinado. Ya no tiene caso arreglar lo de los juguetes, o pretender que la parrafada vuelva a su estado de brillante aforismo o de gracil poema, de haiku adolescente. Texto corto... reflexion... alguna especie de prosa rara... que se yo... tendria sentido si estuviese en la contratapa de algun cuaderno viejo. Una nota al pie, o un capitulo prescindible de Rayuela. Una Coda. ¿podria acaso guardarlo para coda de algun texto futuro? Podria. Siempre y cuando no escriba nada mas, siempre y cuando no continue agregando palabras, siempre y cuando detenga a tiempo la metastasis literaria, la incesante produccion de petroleo en forma de oraciones y signos de puntuacion. 

Y... no obstante, siento que el texto necesita un cierre. No puedo dejarlo asi. Paso mi mirada por los siete renglones (bastante mal aprovechados, podria haberlo escrito en tres) y siento que, efectivamente, debo decir algo mas. Pero no quiero decir nada. Recurro entonces, harto, al viejo recurso de la circularidad. Escribo de vuelta:

No me canse de jugar.

Y punto final. 

1 dic 2020

Irrevocable

 Pedro G., dependiente de la tienda de ultramarinos, se hallaba aquella mañana ordenando latas en el mostrador cuando escucho el familar campanilleo de la puerta. Levanto la cabeza para saludar al cliente y sonrio. Dejo de sonreir inmediatamente porque quien habia entrado le era bien conocida. 

Ah, Maria, es usted - dijo Pedro G. frunciendo el ceño - Pase. Maria lo miro con sus enormes ojos y se animo a esbozar una sonrisa timida. Estaba parada en la puerta, sin decidirse a entrar del todo pero, como ya habia ido hasta alli, finalmente dio unos pasos al frente y se adentro en la tienda. 

- Me pidió usted venir, y aquí me tiene - dijo ella por toda explicación.

Pedro G. carraspeo y tosió un par de veces como si luchase por aclararse la garganta. La verdad era que simplemente estaba azorado, como solía pasarle cuando se hallaba en apuros. Mecánicamente comenzó a mover las manos sobre las latas, pasándolas de aquí para allá, apilándolas y desapilandolas sin sentido. Mantenía la vista baja mientras intentaba adoptar el aspecto serio de quien se halla inmerso en una importante misión.  

- Hum - dijo finalmente Pedro - es cierto que yo la mande llamar. Tengo que hablar un asunto con usted Maria, de un asunto primerisimo que no admite la menor dilacion... pero... ejem... es decir... quiero decir que me encuentra usted ahora en un momento que... las responsabilidades del comerciante... como comprendera usted... como usted sin duda ve... - Pedro se detuvo sin poder articular nada mas; Volvió a carraspear y ni siquiera intento terminar la retahila de frases inconexas. Comprendio que se habia aturullado de un modo ridiculo. 

La joven volvio a sonreir e inclino levemente la cabeza en un gesto que Pedro no supo interpretar como de comprensión o de simple aceptación, por lo cual podríamos suponer tanto que comprendió como que no comprendió absolutamente nada. De todos modos, viendo que aquel seguía con las latas, comenzó a pasearse por la tienda. Sus pasos eran lentos y descuidados. Levantaba un pie y jugaba a balancear graciosamente el otro, como si estuviera ejecutando un paso de baile. Mientras lo hacia, miraba sin interés los productos de los estantes. Aunque la joven debía tener unos veinticinco años su rostro conservaba intactos rasgos de la primera juventud. Mantenía también muchas de las costumbres que tenia de niña, como aquella extraña forma de pasearse o su manía de pasar constantemente los dedos por su larga trenza. Pedro, que simulaba estar completamente abstraído en sus latas, seguía atentamente el frufru que producía el vestido azul de Maria sobre el piso de la tienda. La había descubierto muchas veces en aquellas actitudes extrañas y lo cierto es que nunca dejaba de sorprenderlo.

- Espere usted un instante -  dijo finalmente Pedro - en breve terminare esto y estaré con usted. 

Para comprender esta extraña escena en la tienda de ultramarinos, tendríamos que remontarnos a la noche anterior a aquella mañana. El hecho es que Pedro, en un momento de súbito envalentonamiento le había enviado una nota a Maria; La cosa es que aquel arrebato, como suele pasar con todos los arrebatos, había sido mas bien fugaz. Es decir, le había durado mas bien poco y se había ido desvaneciendo con el correr de las horas. Hay que decir que nuestro Pedro era un hombre de carácter mas bien endeble. Un tipo bastante indeciso y caviloso. Le costaba un trabajo horrendo comenzar las cosas y finalizarlas se le hacia siempre cuesta arriba. Aquella noche mientras cenaba con su esposa había tenido uno de sus acostumbrados y tortuosos sentimientos de culpa, al cual le había seguido un no menos tortuoso sentimiento de indignación por la virtud ofendida, y finalmente había terminado sintiendo un vivo desprecio por si mismo. Todos estos sentimientos eran tomados por Pedro como prueba irrefutable de que, pese a todo, seguía siendo en el fondo un hombre decente y moral, y que en efecto no todo estaba perdido para el. Era, simplemente, cuestión de enmendarse. En resumen, que Pedro había decidido terminar la aventura que tenia con Maria. Por supuesto, venia pensando terminarla desde hacia mucho tiempo. Casi desde el momento mismo en que se inicio. "Esto tiene que terminar" había sido si no bien el primero, si el segundo pensamiento mas recurrente que se le venia a la cabeza cuando evocaba la figura de Maria. El primer pensamiento era, por supuesto, completamente diferente y del todo opuesto al anterior, lo cual ocasionaba que naturalmente el amorío se prolongara indefinidamente. 

Esa noche, no obstante, se había convencido de que su decisión era definitiva. Sin perder tiempo había llamado a su cochero y, sin darle mayores explicaciones, le había indicado llevar un paquete -siempre tenia preparados paquetes de productos con anterioridad, era un sistema que habían ideado con Maria - urgente para la Casa Zardoya. Dentro del paquete estaba la notita donde le indicaba a Maria que fuera a verlo a la tienda en cuanto pudiera. 

Maria era una de las dependientas de la Casa Zardoya, la principal casa de comercio textil de Badajoz. Zardoya comercializaba productos que llegaban a España desde Portugal, adonde entraban sedas y telas exóticas de todas partes del mundo a través del puerto de Estoril. Casa Zardoya recibía estas mismas telas con algunas semanas de demora, lo cual era beneficioso pues los precios no hacían mas que subir. Como una de las dependientas principales, Maria se encargaba, entre otras cosas, de la correspondencia y del trato con los distintos proveedores. Así había conocido a Pedro. Al principio le había parecido un hombre aburrido, de lo mas común. Y lo cierto es que lo era. Y había comenzado a hacerle la corte de una manera directa. Luego de algunas ideas y vueltas habían comenzado a verse en secreto, mas por insistencia de Pedro que por verdadero interés de ella. Lo cierto es que Maria, no siendo para nada extraordinaria, era una joven bastante excepcional dentro de su medianía. 

A primera vista, uno no podría decir de ella nada diferente a lo que diría de las otras dependientas: era joven y simpática; Era también Atenta y humilde. Educada pero no aduladora, Alegre pero sin llegar a ser coqueta. Una segunda observación, mas de cerca, habría delatado cierta orgullosa dureza, cierta fuerza extraña disimulada siempre en un manto de falsa ingenuidad. Esta fuerza consistía en que Maria solía aceptar las cosas que le ocurrían con una naturalidad casi animal. ¿Era este instinto, que ahondaba en sus raíces mas profundas, una especie de confianza nata en sus fuerzas y facultades? Y ¿Qué facultades podían ser estas? Su juventud y su belleza eran las que primero saltaban a la vista. Sin embargo, se habría equivocado quien las tomase como sus principales cualidades. El principal rasgo de Maria era su callada pero poderosa natural fuerza de voluntad, la cual solía trocar en una tenaz dedicación al trabajo. 

Solo creía en un pensamiento: Trabajo, trabajo y mas trabajo. Cuando se decidía por algo o cuando algo le ocurría, solía llevarlo a termino hasta el final. Nunca había renunciado a ningún proyecto en toda su vida. Había llegado a la ciudad como simple costurera y en pocos años había llegado a una posición envidiable como dependienta principal en la principal casa del rubro. Los señores confiaban plenamente en su juicio y día tras día asumía mas y mas responsabilidades. ¿Cómo era posible entonces que una joven tan seria se permitiese una aventura que, siendo tan nimia e insignificante, entrañaba para su prestigio un riesgo tan grande?

Quizás fuera que ella no consideraba tales aventuras como riesgos en absoluto. Pero lo mas probable es que los aceptara como aceptaba el resto de las cosas; Es decir, como cosas que sencillamente le ocurrían. Dado que sus amoríos no tenían nada que ver con sus verdaderas metas, Maria los tomaba como algo que sencillamente le ocurría. Sabia que gustaba a los hombres. Lo había ido aprendiendo en el curso de su vida. Así era: no podía evitarse. ¿por que hacer un problema de ello? Y si bien a ella no le causaban una pasión especialmente intensa, cierto es que tampoco le causaban repulsión. Le gustaban, pro así decirlo, de la misma forma que le gustaba el chocolate con licor o caminar de noche por los parques. Eran una cierta clase de distracción, lo mismo que el láudano. Le atraían sobre todo los hombres casados que tenían que ocultarse y se arriesgaban al escarnio publico solo por pasar un rato con ella. La misma afición al riesgo la animaba a robarse artículos de la tienda que luego regalaba o simplemente tiraba en la calle. A Maria le gustaba todo lo que estaba vedado. 

Era una mala influencia, ella misma lo sabia. Maria lo pensaba o, mejor dicho, le agradaba pensarlo. La realidad es que no era mala en absoluto, sino que simplemente tenia un buen grado de crueldad infantil; De esa crueldad nata que todos tenemos de chicos y que nos lleva a arrancarle las alas a las moscas. Era una de las ya mencionadas cualidades infantiles de Maria. No pensaba demasiado las cosas o, si las pensaba, las pensaba como una especie de juego, como algo inocente del cual no podía surgir mal alguno para ella o para los otros. 

Apenas despachado el paquete con la notita, había ya Pedro comenzado a sentirse mejor consigo mismo. A las recriminaciones le habían sucedido una oleada de pensamientos beatos y optimistas. Se había ido a acostar sintiendo que volvía a ser verdaderamente recto. Cualquiera podía pecar. Si incluso Jesús había tropezado con su cruz - pensaba Pedro con la cabeza en la almohada - entonces era normal y hasta natural que un buen cristiano, trabajador y responsable como el, cediera de vez en cuando a una de las tantas tentaciones del mundo. Que maravillosas y que sabias eran las verdades de la religión ¡todo era posible con la redención! ¡en efecto, bastaba con enmendarse!

Lamentablemente estos sentimientos virtuosos no duraron mucho; Se fueron desvaneciendo esa misma noche a medida que sus ideas divagaban sin rumbo e iba quedándose dormido. A la mañana siguiente su resolución anterior se había esfumado del todo y como por arte de magia. Como si hubiera estado borracho la noche anterior, ni siquiera recordaba haberla tenido. Incluso se había levantado pensando en los lindos ojos de Maria, en sus rasgos frescos y juveniles, en la oscura trenza que siempre llevaba hecha. Se había olvidado absolutamente de la moral y de los deberes del buen cristiano. Esto, aunque pueda parecer muy raro, no tiene en realidad nada de misterioso. La fuerza de la costumbre, que es poderosa sobre todos nosotros, es especialmente pesada en individuos con poca fuerza de voluntad. Pedro recordó súbitamente su cometido de la noche anterior cuando vio a Maria entrar en la tienda. 

Lo cierto es que se hallaba en una situación del todo enojosa. Había tomado una decisión irrevocable y luego se había olvidado totalmente de ella. Casi sentía vergüenza al repasar su conducta. Sentía la necesidad de desprenderse de Maria y al mismo tiempo no tenia ninguna gana de ello. Mas allá de que todavía la joven le gustaba, se le hacia imposible el hecho mismo de enfrentarla para finalizar la relación.

A decir verdad, lo que en ese momento Pedro temía especialmente era que alguien mas entrase en la tienda y los viese. Cualquier sospecha, cualquier habladuría, llevaría a un terrible quebradero de cabezas. Tenia que terminar con el asunto cuanto antes pero, ¿Cómo hacerlo? Los minutos pasaban y dentro de la cabeza del pobre Pedro se agolpaban las explicaciones y las excusas unas sobre otras. Todo se mezclaba en una ridícula ensalada de palabras: los valores cristianos, la inmoralidad de los musulmanes, el deber del ciudadano y del esposo, la virtud de las jóvenes señoritas, el precio del azúcar siempre en alza. 

Completamente ajena a todas sus cavilaciones, Maria seguía curioseando por la tienda. No encontraba nada de raro en su situación. No le preocupaba en absoluto. Si alguien hubiese entrado en ese preciso momento, ¿Qué vería? Una mujer mirando los estantes, seguramente en busca de algún producto mientras el dependiente se aburría sobre el mostrador. Gran cosa. Maria reparo en un frasco de pasas y, muy disimuladamente, metió la mano y se guardo un puñado en el bolsillo.

- La amo, Maria - dijo Pedro repentinamente y sin venir a cuento de nada - Pero al mismo tiempo es usted una fuerza maligna en mi vida. Un verdadero disolvente, ¿me comprende?

- Comprendo que tiene usted una forma muy poco ortodoxa de declararme su amor ¿y que con eso? - dijo ella al tiempo que se metia una pasa en la boca. 

- Se burla usted - le recrimino Pedro frunciendo el ceño - Veo que se sonríe, que tiene el descaro de sonreírse de esa forma. No toma usted en cuenta los valores musulmanes sobre la cuestión ciudadana... es decir... que un comerciante, esposo y padre de familia, sin importar cuanto lo asedien las tentaciones del mundo... del mundo, si, es correcta la expresion... ejem... en fin, que usted y yo... así como están las cosas... uno puede siempre... puede siempre, claro esta, para estos pormenores, tomar el piadoso ejemplo de Jesus, el cual estando en el desierto, ¡completamente solo en el desierto! ¿se figura usted? ¿puede usted figurarse esa escena majestuosa?

- ¡oh claro! pero continúe usted - se burlaba Maria mientras cogía un nuevo puñado de pasas. 

- El ejemplo piadoso, Maria, el ejemplo piadoso es el que debemos seguir. Completamente opuesto a la inmoralidad de los moros, antes mencionada. Yo la amo a usted, la amo sinceramente y podría decirse que hasta con locura pero... en fin... comprenda que soy padre, que soy esposo, que soy un respetado comerciante de ultramarinos y usted... usted con todas sus virtudes, con su gran corazón y su enorme porvenir y... ejem... que en resumidas cuentas, todo es posible con tal de que uno quiera enmendarse, ¡con que solo exista el deseo de salvarse, nada esta perdido!

- De su docto y ordenado discurso - dijo Maria lentamente, mientras se lamia uno a uno los dedos - llego a entender que cree usted que debemos dar por terminado el idilio.

Pedro se azoro y comenzó a carraspear nuevamente. Movió el brazo torpemente y de un codazo tiro al suelo la dichosa pila de latas. Maria dejo escapar una risa nerviosa y se apoyo en el mostrador. Pedro se echo instintivamente hacia atrás. Tenia que hacer acopio de sus fuerzas para terminar aquello.

- No, es decir, si... No deseo que malentienda usted... usted, Maria, siendo tan virtuosa, tan bien parecida... es para mi es una criatura terrible... quiero decir, no se acalore usted... me refiero, por supuesto, a nada ofensivo, sino a... ¿Cuál es la palabra?

- ¿una metáfora?

- ¡Exactamente! Una metáfora de una fuerza maligna... ¿ha oído usted hablar del espíritu de la tierra? Son, por supuesto, cosas de paganos, pero sin embargo... y... anteponiendo a todo los valores de cristiano... que, en fin, yo no puedo mas verla a usted como hasta ahora.. por lo que... por lo que, bien tenga usted en dejar las cosas... ¿me comprende? Veo que vuelve usted a reirse...

- No me rio, caballero, creame que no me rio - dijo Maria pese a que a duras penas podia contenerse - No me rio y comprendo... comprendo y acepto... acepto y valoro y, ¡voy a decirlo todo! hasta pondero sus valores, su integridad a prueba de todo... ¿que puedo hacer yo, una joven desamparada? Simplemente resignarme, acatar su decision y desearle siempre el bien... pero... 

- ¡Estupendo, Maria! ¡Maravilloso! Me alegra y me alivia saber que cuento con su comprension... mas, veo que esta usted cavilosa en continuar hablando. ¡hable! Desde ahora usted y yo seremos almas gemelas, seremos como hermano y hermana... por lo cual no tenga usted reparo en decirlo todo.

- ¡Oh, por favor, sea usted mi hermano! - exclamo Maria con una voz vibrante que expresaba un regocijo increíble - ¿Verdad que puedo a usted decírselo todo? Pues bien, tengo, antes de retirarme como su hermana, como su alma gemela, una ultima cosa que decirle. ¿me oirá usted?

- Y muy atentamente - dijo Pedro. Maria se estiro sobre el mostrador cuan larga era hasta pegar su boca en la oreja de pedro.

- Estoy completamente desnuda bajo el vestido - susurro Maria en un tono deliciosamente ingenuo.

Pedro G, dependiente de la tienda de ultramarinos, dio un respingo tal que se golpeo la cabeza contra la pared. Como no llego a aclararse la garganta con un Hum! o un Ejem!, tuvo a continuación un ataque de tos. Tosió por unos dos minutos y luego, sin estar aun completamente recuperado, salió de la tienda arrastrando a Maria consigo hacia las buhardillas del puerto.

A los pocos días Maria, dependienta principal de la Casa Zardoya, recibió un nuevo paquete de ultramarinos, que escondía dentro una notita idéntica a la de los días pasados. Luego de leerla, sonrió burlonamente y la guardo en su cómoda junto con todas las notitas anteriores.


25 nov 2020

Una pequeña molestia

Estaba dando vueltas en la cama cuando, de repente y sin ningun tipo de preambulo, senti una molesta picazon en la planta del pie izquierdo. En verano habia empezado hacia una semana pero recien ahora se dejaban sentir los primeros calores del año. 

Tengo que confersarlo: odio el calor. No me averguenza admitir que espero cada verano como quien espera un castigo o una tortura. Pese a todo, no me resigno, lo cual significa que siempre estoy bien preparado. El aire acondicionado pseudoindustrial que tengo en mi pieza me permite permanecer fiel a mi costumbre de dormir siempre tapado, incluso con treinta grados. En fin, que me rasque un par de veces y volvi a la insufrible tarea de intentar dormirme.

Ultimamente me cuesta mucho conciliar el sueño. Lograr quedarse dormido es un pequeño milagro que realizamos diariamente. Deberia existir una palabra para todas esas cosas que realizamos sin comprender cuan facilmente ocurren hasta que, por alguna razon, dejan de ocurrir con la consabida facilidad. Recien ahi nos damos cuenta de que no tenemos la menor idea de como hacemos mucho de lo que hacemos habitualmente. Descubrimos, no sin mezclar un poco de horror con la sorpresa, que muchas de las cosas mas importantes de nuestras vidas, de las que dependdemos absolutamente, dependen a su vez de oscuros mecanismos acerca de los cuales no sabemos absolutamente nada. Mecanismos que solo podemos atestiguar, sin controlar ni comprender. Lo normal es que no nos interese mucho comprenderlos. Pero esto es precisamente porque funcionan. Y, cuando no lo hacen, suele ser ya demasiado tarde para ponerse a aprender. 

A los pocos minutos volvi a sentir en el pie izquierdo un hormigueo extraño. Esta vez, acompañado de un calor. Era como si tuviera los pies pegados a una estufa o muy cerca de una fogata. Pero no ambos pies, sino solamente el izquierdo, y no todo el pie, sino mas bien exclusivamente la planta. ¿verdad que era algo raro? El resto de mi cuerpo, incluido mi pie derecho y todo mi pie izquierdo exepto la planta, estaba frio, tan frio como si recien lo hubiera sacado de la heladera. Al calor - hormigueo succedio inmediatamente un cosquilleo nervioso, como si miles de pequeñas patitas me caminaran por la planta del pie. Comezon.

Me volvi a sentar en la cama y, cruzandome de piernas, me dedique a rascarme a conciencia y no sin cierta saña esa jodida planta del pie izquierdo. ¿asi que queria picar? Bueno, ya iba yo a sacarle las ganas. Me rasque con fuerza durante uno o dos minutos, hasta dejar casi insensible la zona. Volvi a acostarme pero a los pocos segundos volvi a sentir, ahora mucho mas fuerte, un terrible calor que me inflamaba ahora todo el pie, no solo la planta. 

Se me ocurrio que esto podia ser una contrareaccion a la furibunda rascada de hacia unos instantes. Algo similar a lo que ocurre cuando, luego de perder la sensibilidad de una zona por falta de irrigacion sanguinea, ocurre cuando la sangre vuelve a fluir por el miembro de una forma abrupta: esa mezcla de paralisis y pinchazos. Incluso podia ser alguna extraña reaccion alergica. No lo sabia. Intente aguantar estoicamente la molestia pero, al cabo de unos minutos no pude evitar volver a sentarme. El calor era ahora mas parecido a una inflamacion febril. Sentia el pie entumecido hasta el tobillo, y tenia la impresion de que, si encendia la luz, veria mi pie izquierdo rojo e hinchado como si lo hubiera mordido una tarantula o una vibora. Ese pensamiento me divirtio al mismo tiempo que me alarmo, pues no era del todo descabellado pensar que me habia picado algun insecto. ¿acaso no habia muchisimos insectos, como mosquitos, pulgas y garrapatas, que tenian picaduras indoloras? 

Sabia que estaba cediendo a la paranoia, y que si entraba por esa pendiente seguramente me quedaria sin dormir la noche entera. Ya me habia ocurrido con anterioridad. Tener alguna inquietud, alguna duda estupida, y darle cabida, darle aceptacion en mi fuero interno. Era desastroso. Como si fuera algun tipo de adiccion, la primera distraccion siempre desembocaba en otra, y finalmente perdia en absoluto no el sueño, sino la capacidad de sosegarme para dormir. 

Pero fue inutil. Volvi a sentarme con las piernas cruzadas y prendi el velador. ¡Por supuesto que tenia el pie rojo! Y tambien hinchado. Si bien me desagrado verlo, no puedo mentirles diciendoles que no me agrado acertar con mi teoria. Sin embargo, la victoria fue solo parcial. Si bien el pie estaba notoriamente hinchado y rojizo - sobre todo los dedos, que presentaban un desagradable aspecto de Wiener Wurst - lo cierto es que no pude encontrar en mi revision nada que se pareciera a una picadura de insecto. Toda la superficie del pie estaba limpida y rojiza. 

Puse el pie sobre una almohada y volvi a acostarme, esta vez boca arriba y todavia con la luz encendida. Despues de todo, aquel calor que latia y latia no era del todo desagradable. La comezon habia desaparecido del todo, quedando reemplazada o sepultada por aquella presion, por aquel abotargamiento que me daba la placentera sensacion de que mi pie izquierdo se hallaba semi desconectado de mi sistema nervioso. Tenia la impresion de que podria clavarle una aguja sin sentir verdadero dolor, y seguramente hubiera hecho la prueba si no fuese por el hecho de que no tenia agujas a mano. Me distraje pensando en experiencias similares de adormecimiento o perdida de la sensibilidad, abstrayendome a tal grado que estuve a punto de quedarme dormido. Seguramente lo hubiera logrado de no ser porque, justo en el momento en el que estaba por despedirme completamente del mundo real, volvi a sentir una intensa picazon, pero esta vez el el pie izquierdo. 

Solte un verdadero taco y volvi a incorporarme, esta vez cruzando la derecha sobre la izquierda para poder rascarme la mierda de pie. No pude evitar notar que me costo un poco mas cruzar las piernas. Y fue hasta que termine de rascarme el pie derecho que note que la hinchazon del pie izquierdo se habia  extendido hasta abajo de la rodilla. Ahora la Wiener Wurst ocupaba toda la extremidad inferior. El adormecimiento tambien era mayor. Si bien era leve cerca de la rodilla y en el gemelo, era casi total por debajo del talon. Tal que no podia mover los dedos en absoluto, y el unico movimiento que podia obtener del pie era un patetico temblequeo. 

En este punto, la mayoria de las personas hubiera entrado en panico, se hubiera puesto en pie de algun modo, probablemente cayendo y tropezando varias veces, hasta llegar al telefono mas cercano, y a los gritos hubiera llamado una ambulancia o al medico mas cercano. No fue mi caso. ¿que sentido tenia todo aquello? Para empezar, no tengo telefono en mi casa. Vivo en una zona bastante apartada. Segundo, no me gusta la gente, lo cual explica las razones compuestas del punto anterior. Tercero, ¿necesitaba yo mi pie izquierdo en ese momento? En absoluto. Lo que necesitaba, en cambio, y con urgencia, era dormir. La falta de sueño durante algunos dias era quizas la razon mas poderosa para explicar que, en aquel momento, me diera todo absolutamente igual. 

Estaba verdaderamente en un estado morboso. Era uno de esos estados en donde la parte del alma que se encarga de sentir y de recordar se despega completamente de aquella otra parte, fria y como de aracnido, que se encarga de los razonamientos, de las conclusioones logicas y de todos aquellos "por lo tanto" y "por consiguiente". Fue aquella araña la que me susurro, si se me permite el simbolismo, que quizas la misma secuencia se repitiese para el pie derecho. Esto me intrigo. Solo habia una manera de saberlo, y aquella era la que consistia en volvere a acostar, apagar la luz y esperar. 

Al cabo de unos quince minutos no pude resistir mas. Volvi a encender la luz y comprobe la validez de mi sentido aracnido: habia ocurrido tal y como esperaba. E incluso habia descubierto una nueva y valiosa informacion: la progresion de aquello que me succedia era creciente. Pues ahora no solo tenia Wurstizada ambas piernas por debajo de la rodilla, sino que la pierna izquierda de hallaba roja y pelada, casi como si la hubieran hervido por tiempo prolongado, casi hasta la zona del muslo interior. No faltaria mucho para que la pierna derecha siguiera el mismo camino. ¿que pasaria entonces?


Rosacea, Psoriasis, Herpes, Lupus. Se me vinieron a la mente como en un aluvion. Habia visto numerosos casos parecidos en ficciones medicas televisivas. En aquellos casos el paciente era salvado por algun medicamento impronunciable. O bien perdia la extremidad. O bien moria. Pero eso era en la ficcion. La vida real, pensaba yo, tenia que ser a la fuerza o mas interesante o mucho mas aburrida. Por lo cual me inclinaba a pensar que morir o perder mis piernas no era una posibilidad real y concreta. La cosa habia empezado de un modo mas bien raro y no podia acabar mas que de un modo igualmente inverosimil. Mis piernas mutaban y se convertian, cada una, en un calamar. O bien estallaban y quedaban a la vista dos femures y demas huesos de oro solido, lo cual me revelaba que yo era de alguna otra especie. O bien la picazon se extendia a todo mi cuerpo, y llegado cierto punto reventaba cual un chorizo que se deja al fuego por demasiado tiempo, o como un grano. O bien la progresion se iba en sentido inverso y terminaba desapareciendo. Cualquier cosa era posible. Todas estas posibilidades eran preferibles a la picazon. Seria lo que tuviera que ser.

Apague la luz, di un par de vueltas y luego mas vueltas, arrastrandome en la cama con el peso muerto de mis piernas. Mis movimientos me recordaron a los que hace un perro en una alfombra hasta ovillarse y empezar a roncar. En algun momento me quede dormido. 

















Repulsion Magnetica

 El metro, una formacion cromada del mas puro color plata, se detuvo en la estacion terminal. Las puertas se abrieron como si las impulsara una fuerza magica. Sin palancas, sin producir el mas minimo ruido, la mas minima friccion. Un aire gelido invadio la ya refrigerada estacion.

Los pasajeros que se hallaban sentados - ya nadie viajaba parado, eso era algo de los libros de historia, propio de una epoca en que los metros eran ridiculamente lentas y sus frencuencias absurdamente espaciadas - bajaron de la formacion arrastrando los pies, produciendo un confortable fru fru con su comodo calzado. La luz de la estacion, una luz uniforme y confortable color verde limon, era testigo todas las mañanas de aquella doble procesion ordenada y silenciosa: por un lado, la camada de pasajeros que bajaba en la estacion final. Por el otro, la nueva camada de pasajeros que subia en esa misma estacion, que para ellos no era la final sino la inicial. Una cosa curiosa, que seguramente contrastaria con los viajeros de metro de las decadas anteriores, era que las caras - confiadas, placidas, regordetas - de los pasajeros que bajaban era tan fresca y descansada como las caras de los pasajeros que subian. Poco importaba que los unos vinieran de su trabajo y los otros estuvieran recien yendo hacia el. Las fronteras entre el trabajo y la vida de ocio habian desaparecido hacia ya mucho tiempo. Se trabajaba en todos lados y se jugaba tambien en todos lados. Muchos de los trabajos eran ya ciertamente un tipo de juego - cumplir con metricas, alcanzar objetivos que impactaban en mundos distantes, lograr cifras cada vez mas dificiles, mas absurdas, mas astronomicamente delirantes; Muchos juegos eran ya ciertamente un trabajo en toda regla: tenian horarios fijos, responsabilidades, consecuencias economicas y hasta sociales. Ambos ganaban dia a dia en grados de complejidad. Grados de complejidad que habrian, sin duda, enloquecido al zapatero o al plomero de los mundos anteriores, pero que a los abotargados y bien comidos habitantes de la ciudad les parecia natural. Los juegos y el trabajo enlazaban de forma tal que era imposible saber en donde empezaba uno y terminaba el otro. Los mismos terminos "juegos" y "trabajo" eran resabios del pasado oscuro. Sobrevivientes linguisticos muy parecidos a "Dios" y "Alma". Palabras que todavia sobrevolaban el hablar cotidiano de todos pero que, stricto sensu, no significaban ya nada. 

La gente, todo el mundo, estaba ocupada. Tenia "asuntos". Hacia esto o aquello y por supuesto recibia por estas tareas tal o cual remuneracion. ¿como no iban a recibir un pago si cumplian con sus objetivos? Todo el mundo sabia muy bien que era cuestion de esforzarse, de alcanzar la cifra, de cerrar el trato, de vencer al jefe final para obtener luego la natural recompensa por el esfuerzo. Esfuerzo y recompensa eran algo tan obvio, tan simple, tan endemoniadamente facil de entender que hasta los chicos de primaria se maravillaban, leyendo la historia del pasado reciente, de que pudiera haber en el mundo tantos problemas relacionados con la falta de tareas y la falta de recompensas. ¿Es que antes no habia cosas por hacer? Esta pregunta se repetia incansablemente en todos los salones de educacion inicial.

Una vez que bajaban los que llegaban, subian los que esperaban ordenados en el anden. Por supuesto, esperar era mas bien un eufemismo, otra palabra fantasmagorica. Nadie esperaba realmente nada. Las formaciones de metro se succedian una casi inmediatamente detras de la otra, dando la impresion de una verdadera cadena de montaje logistico. De hecho, la separacion entre unidad y unidad era solamente de unos pocos metros. Mientras que apenas veinte años atras tan sincronicidad y coordinacion hubieran sido sencillamente imposibles (amen de causar un monton de accidentes) ahora todo ello era posible gracias a la implementacion de poderosos sistemas de levitacion magnetica. El sistema del metro era tan maravilloso como sencillo. Cada formacion tenia una carga magnetica que se activaba con la electricidad del riel. Misma electricidad que mantenia en maglev a los vagones sobre aquel, y que les permitia desplazarse con absoluta falta de ruido y rozamiento. Esto eliminaba totalmente las piezas mecanicas. Un mecanismo de contracarga electrica hacia lo propio con los frenos. Esta misma carga, acentuada en los vagones primero y ultimo de cada unidad, fijaba la precisa distancia entre formacion y formacion. El campo magnetico artificial de los vagones primero y ultimo era siempre negativo, lo cual hacia sencillamente imposible la colision entre las unidades. Estaban salvaguardadas por un irrompible colchon de repulsion magnetica. Los vagones intermedios segian entre si una orden de -+-+-+- , lo cual les daba a las formaciones una coaccion magnetica que los mantenia siempre unidos. Esta ruleta magnetica funcionaba con una precision tal que dejaba a los tradicionales relojes suizos como una chucheria made in China. 

Por su parte los andenes no eran, como antaño, un precipicio directo hacia las vias, sino que estaban entubados en un maravilloso vidrio templado holografico, en donde los pocos pasajeros que no tenian a mano su movil podia mirar interesantes animaciones o las noticias del dia. Este tubo tenia sendas entradas que se sincronizaban exactamente con las puertas de cada vagon de metro, haciendo virtualmente imposible los accidentes y los tan temidos suicidios. 

Una vez que los nuevos pasajeros subian al metro, tomaban asiento. Cuando los asientos se llenaban una buena cantidad de pasajeros viajaba parado. Esto no era en absoluto una molestia, e incluso habia quienes elegian entrar ultimos para poder hacer el viaje a pie. En un mundo donde casi la totalidad de los asuntos se ralizaban sentado o incluso acostado, estirar las piernas era un verdadero placer.  Todo este recambio se producia en apenas unos veinte o treinta segundos. En tan solo ese tiempo los pasajeros quedaban sentados, alumbrados por una simpatica luz azul acero. Las puertas se cerraban sin producir el menor ruido y el viaje comenzaba en el silencio mas absoluto, tan solo interrumpido por el casi inaudible murmullo de las turbinas refrigerantes. 

La musica ambiental era innecesaria, pues todos los pasajeros estaban completamente insertos en sus dispositivos. La gran mayoria usaba algun movil de realidad virtual, pero tambien habia quien usaba tabletas o moviles mas clasicos con proyecciones holograficas. Cada tanto algun pasajero sorprendia esgrimiendo algun libro de papel, lo cual era tomado como una expocision de clasicismo, como quien se vestia con ropas de la decada del sesenta o con diseños que imitaban los uniformes de las grandes guerras. Eran modas esteticamente bellas.

El tramo entre estacion y estacion era de unos pocos segundos, aproximadamente de unos treinta por estacion. El metro recorria casi cincuenta estaciones, trazando una especie de doble espiral de entrada y salida, llevando y trayendo gente continuamente desde las periferias a la city y viceversa.

Como era un viaje matutino casi nadie bajaba en las estaciones. Esa era una de las pocas cosas que no habian cambiado desde los tiempos antiguos: la dispocision de la ciudad. La City, antiguamente llamada centro o microcentro, era el corazon laboral, politico y financiero de la region. A esa hora de la mañana habia mucha mas gente yendo hacia la city que volviendo de ella. El viaje transcurria tranquilo y fluido, pero a partir de la vigesima estacion comenzo a ocurrir un fenomeno que, aunque habitual, nunca dejaba de producir en nuestros pasajeros una marcada incomodidad.

En esa estacion subio el primero de ellos. No tenia tableta, ni movil de realidad virtual. Ni siquiera tenia un celular, es decir, esos viejos dispositivos con botones que algunos padres les dan a sus hijos en el jardin de infantes. Nada, absolutamente nada en las manos. Nada en los ojos. ¿Que ser extraño era ese que miraba de frente, buscando los ojos del resto de los pasajeros? Pues ni aunque hubiera tenido un movil VR hubiera pasado desapercibido. Su ropa, su cara, su olor. Cualquiera de estas cosas lo habria delatado. Pero, sobre todo, aunque hubiera vestido un perfecto disfraz de ciudadano normal, lo habrian delatado sus ojos. No tenian la fria placidez que poseian el resto de los ojos. Eran ojos que miraban, ojos que querian, que pedian algo. La diferencia era notable. Los ojos de los pasajeros, en cambio, mostraban el regocijo de quien no tiene problemas o bien, el regocijo de quien cuando tiene un problema puede solucionarlo yendo a comprar la solucion a alguna tienda cercana. 

Entonces succedio lo que todos temian, lo que algunos, por haberlo vivido ya unas cuantas veces, incluso comenzaron a proyectar unos segundos antes de que ocurriera realmente. El sujeto - Un NN que no devolvia registros al ser escaneado por gafas VR - comenzo a dar un discurso dirigido a los viajeros del vagon. El discurso era grotesco y confuso, y mezclaba un monton de palabras que los confundidos pasajeros no podian - ni querian - entender. "Buenas tardes" (no era aquello una especie de saludo, una arcaica convencion social en desuso?) "Molestias", "Calle", "Necesidad", "Colaboracion", "Dios". 
Una joven de ojos negros, envuelta en un comodisimo marron de piel sintetica, desvio por unos instantes la mirada de su pantalla y no pudo evitar sentirse indignada. ¿con que derecho se la arrancaba asi, via esa cantaleta horrenda de palabras sin sentido, de sus asuntos, de sus responsabilidades? ¿ no sabia aquel tipo que su tiempo valia? Mejor aun: ¿no tenia aquel tipo nada de lo que ocuparse? y, lo mas importante de todo, ¿que diantres queria aquel hombre tan raro? Por supuesto, el pensamiento de la chica duro cosa de un segundo, apenas el tiempo suficiente para expresar un gesto de fastidio. Volvio a ponerse las gafas y no le dijo nada de esto. Varios pasajeros tuvieron gestos similares. 

El sujeto continuo con su cantaleta por dos o tres minutos y luego comenzo a recorrer el vagon con una bolsa abierta en sus manos. Aquello era el colmo de lo incomprensible. ¿que queria? ¿acaso vendia algo? ¿no sabia acaso que la venta ambulante, sin ningun tipo de licencia, estaba estrictamente prohibida, y que la compra ambulante era igualmente punitiva? La mayoria de los pasajeros se limito a sonreir beatificamente o a hacer de cuenta que no notaban al individuo. Solo dos o tres, adoptando un aire de ingenuidad ofendida,  negaron con la cabeza. 

Por supuesto, varios pasajeros sabian exactamente que el sujeto que ahora se bajaba del vagon con su bolsa vacia era un mendicante, un pobre, lo que antes se llamaba "desocupado" y ahora tenia el nombre, mas preciso y realista, de "ilegal". Lo que no sabian los pasajeros, salvo alguno que hubiera trabajado en la organizacion del metro, era que los vagones tenian instaladas camaras. Estas camaras fotografiaban o filmaban al molesto mendicante, el cual era detenido inmediatamente al bajar del metro. Una vez apresado, el ilegal era cordialmente conducido a la comisaria mas cercana, y luego no se lo volvia a ver nunca mas pidiendo por la misma zona. ¿se lo volvia a ver por algun sitio en absoluto? Como la mayoria de las personas hacia exactamente el mismo recorrido, nadie podia decirlo con exactitud, pero nunca conoci a nadie que dijiese haber visto al mismo ilegal en dos oportunidades. Antes, la existencia de los ilegales asotaba al metro y al resto de la ciudad como una plaga de langosta. Luego, con el correr de los años y el perfeccionamiento del sistema, habian ido desapareciendo como el resto de las molestias. Cada tanto aparecian aqui y alla, pero luego iban a la comisaria y de algun modo se encargaban de ellos. ¿de que modo? A nadie le importaba realmente, asi que nadie preguntaba. Las cosas funcionaban demasiado bien, de una forma demasiado silenciosa como para hacer preguntas.

Lo extraño fue cuando, en la siguiente estacion, volvio a subir uno de estos tipos raros. Este tenia un extraño baston blanco en la mano derecha, y se tambaleaba de un modo misterioso. Incomodos algunos, asustados otros, los pasajeros sentian algo analogo a estar viendo un fantasma: algo que no podia, que no debia estar alli, entre ellos, y sin embargo ahi estaba. Cuando la formacion se puso en marcha, el ilegal comenzo con un discurso parecido al del anterior. Como la repetecion de una misma escena, los pasajeros volvieron a apretar las muelas, a subir al maximo el volumen de sus reproductores de video, a fingir que recibian algun mail importante o una llamada de vida o muerte. El ilegal - un viejo paliducho de barba rala - fue y vino por la formacion con su andar inseguro, golpeteando aquel extraño baston que blandia en su mano derecha, mientras que ahuecaba la mano izquierda en un extraño simbolo. Un muchacho joven, que por sus ropas era sin dudas estudiante universitario, tuvo la idea de que quizas se tratase de alguna seña religiosa, y que aquel hombre seguramente era lo que se llamaba un "sabio" o al menos un iniciado de alguna sociedad secreta. Su curiosidad casi lo lleva a escuchar un poco del discurso del ilegal, pero llevaba en sus manos la gestion de una ampliacion importante y no podia distrarse ni perder un solo punto. 

Para sorpresa y estupefaccion de nuestros pasajeros, aquella mañana subieron al metro gran cantidad de ilegales: grotescas mujeres con varios chicos sucios de cada mano, extraños sujetos que ofrecian productos inutiles o meramente simbolicos, un monstruoso ser que se movia en lo que parecia ser un vehiculo no motorizado de dos ruedas, un sujeto que era practicamente un torso, sin piernas ni pies, que clamaba "solidaridad" ( varios pasajeros buscaron la palabra en internet, sin resultado alguno) mientras reptaba por el suelo del vagon; luego varios hombres jovenes e mirada amenazante, que mas que implorar parecian exigir algun tipo de compensacion por parte de los viajantes. Uno de ellos fue tan insistente que uno de los pasajeros estuvo a punto de marcar el codigo de terminacion en su movil, pero finalmente el ilegal decidio bajarse en la proxima estacion. Varios pasajeros no pudieron dejar de notar que habia varios guardias esperandolo inmediatamente a la salida del vagon. 


- Es curioso - le dijo esa misma tarde la chica de ojos negros a su compañera de cubiculo - que puedan acercarse tanto. Y por curioso quiero decir incorrecto. 

Su compañera, naturalemente, estuvo de acuerdo. Mientras tomaban un cafe, sus caras redondas y rebosantes de felicidad parecian decir que los tiempos ya estaban maduros para solucionar absolutamente, de forma cientifica y radical, todo tipo de problemas 

Aquella misma noche, mientras dormia en su comoda cama lunar de sabanas plateadas, bajo una luz negra que simulaba la mas perfecta oscuridad, la chica de ojos negros, ojos ahora totalmente cerrados, dormia profundamente y al mismo tiempo soñaba con un dispositivo similar al de los vagones; Un dispositivo verdaderamente maravilloso. Todavia no tenia bien claros los detalles - despues de todo era un sueño - pero seria algo que utilizara alguna fuerza tan poderosa, tan inapelable, tan impersonal como la fuerza magnetica. Ese algo no dejaria nada librado al azar, de desharia por fin de todos los escollos morales y filosoficos. Si uno no queria que la gente pise el pasto, era completamente inutil poner un letrero. Esta leccion se la habian dado, como a todo el mundo, en la escuela primaria. Si uno no queria que pisen el cesped, levantaba un muro alrededor del mismo. Un muro o un campo magnetico, porque un muro no deja ver el pasto, pero un campo magnetico si. La chica sintio una subita emocion que no pudo definir. Si hubiera tenido un vocabulario mas amplio o, mejor dicho, si hubiera manejado el vocabulario de la era pasada, sin dudas habria calificado a su sueño de teofania. En fin, que aquella noche soño con un dispositivo que impedia fisicamente que los ilegales se acercaran a los ciudadanos decentes. Levantaba un muro invisible pero infranqueable. Asi, el incordio podia parlotear todo lo que quisiera, que seria lo mismo que los animales del zoologico: algo gracioso, triste o interesante, pero en ultima instancia inofensivo. 

Al dia siguiente ya estaba presentandole la idea la departamento tecnico de la empresa para la cual trabajaba. La chica de ojos negros era, como todos, un ser eminentemente practico e inmediatamente tuvo el objetivo de materializar su sueño. Sabia que era posible. 

- Y eso no es todo. Si alguno de estos ilegales intenta romper el campo magnetico, suponiendo que se use un campo magnetico, claro, lo ideal seria que el campo reaccione de algun modo ejemplar - la chica de ojos negros hablaba con entusiamo -  se me ocurre que expandiendose subitamente para mandar a volar al ilegal unos cuantos metros, para que aprenda de una vez como son las cosas. ¿a usted que le parece?


29 oct 2020

La ciudad

Mientras recorria las calles la ciudad volvio a aparecer. Eran calles nuevas para mi. Años viviendo en el barrio y todavia me pasa de maravillarme con calles y pasajes que parecen brotadas de la noche a la mañana; Como si hubieran crecido despues de una tormenta. Por supuesto, es de creer que las calles, con sus casas, jardines y demas pecularidades ya estaban ahi desde mucho antes. 

Esta vez en particular fue por una especial configuracion de las sombras y la luz. Las sombras suelen ser muchas y la luz, en cambio, siempre es una sola. No se de donde habre sacado esa tendencia a unificar los espacios luminosos y a separar los sombrios. Dibujos de sombras en la luz y nunca al revés. La sombra es forma, la luz materia. La sombra es trazo, la luz lienzo. 

En ese especial dibujo que las copas de los arboles imprimian sobre el asfalto volvio a insinuarse la ciudad. Surgio como un holograma, se superpuso por unos instantes - dos o tres minutos - y luego volvio a desvanecerse, a hundirse en la nada o en ese espacio en el que reside la gran mayoria del tiempo, que si bien no es la nada - no puede ser la nada, porque ex nihilo nihil fit - es sin duda un lugar que se le parece bastante. Por supuesto, tengo que explicar que es esto de la ciudad

La ciudad es, por supuesto, la ciudad ideal. En pocas palabras puedo decir que dentro o detras o en algun sitio de la Buenos Aires habitual se esconde otra Buenos Aires. Una Buenos Aires fantastica, fantasmal, mitologica, magica. Podria seguir agregando adjetivos: Irreal. Pero irreal, justamente irreal, no. ¡Si justamente la ciudad es la verdadera Buenos Aires! Todo el resto, la gran mole de edificios, de calles y autopistas, de plazas, la divison de los barrios, etcetera... todo aquello esta muy bien, es de algun modo necesario. Pero es solo un armazon. El alma de Buenos Aires reside en eso que cada tanto emerge y que yo, de un modo un poco mistico, llamo simplemente la ciudad.

No soy lo suficientemente habilidoso como para explicar en que consta, o siquiera en que condiciones suele manifestarse. Uno va por una calle y de repente, tan claro, tan obvio como cuando sale el sol, uno siente que ha entrado en la ciudad. No sabe como entro, pero se sabe adentro. No sabe tampoco, naturalmente, como salir. Y asi como entro, de repente en un momento el sol se nubla y uno descubre que se haya de vuelta en la falsa Buenos Aires.

No es solo una cuestion de exteriores, de calles desconocidas. No es lo mismo que la conocida sensacion de lo nuevo. La ciudad puede sorprenderte en cualquier momento. En un ascensor, por ejemplo. O arriba de un taxi, mientras se mira por la ventanilla como quien ya lo ha visto todo. Incluso podes ingresar a la ciudad - tan misteriosamente como siempre - desde la comodidad de tu casa. La ciudad es tan intempestiva, irrumpe, fragmenta de tal modo la tranquila irrealidad cotidiana, que se termina reconociendo que no es tanto uno el que entra en la ciudad como la ciudad la que entra en uno. Y asi, como pasamos de vivir en una Buenos Aires real a - con algun pesar - reconocer que vivimos en la falsa, pasamos de creer que vamos de un lugar a otro a decir que esa extraña ciudad es un estado del alma, una disposicion, cierta forma de afinar el instrumento metafisico, aquel viejo vehiculo ontologico, la mariposa eterea pasada de moda.

Cuando uno descubre la ciudad, todo se transforma. El conocimiento de una dimension entera nos golpea en la cabeza. Ya nada puede volver a ser lo que era. Al principio se experimenta una cierta paranoia. Esto es muy natural. Si una dimension extraña puede descender, dios sabe desde donde, sobre nosotros en cualquier momento, es natural que uno se sienta acechado. Hay dias en que no me siento seguro ni en mi propia cama. Siento que la ciudad me ronda, siento a la ciudad latiendo detras de cada pared, oculta dentro de mi taza de te, veo a la ciudad disimulada en cada sombra. Progresivamente fui entendiendo que no hay nada que hacerle, y que lo mejor que se puede hacer es aceptar aparente aleatoriedad de la ciudad como se aceptan tantas otras cosas. La lluvia, por ejemplo. O los dolores de cabeza. 

Lo siguiente es reconocer que, dado que existe la ciudad y uno la habita de a ratos, uno es en esos ratos ciudadano. La analogia se extiende del lugar al sujeto, y a estas alturas la metamorfosis no puede calificarse de descubrimiento, y mucho menos de descubrimiento pasmoso. Quizas sea sorpresivo, esto si, aquel buen dia en que descubrimos que no estamos solos en la ciudad. Que existen otros. Otros ciudadanos. Otros habitantes ocasionales de la otra dimension. Que entran y salen, ¿tan azarosamente como nosotros? ¿o acaso han desarrrollado tecnicas, ritos de entrada y salida? ¿conocen secretos que nosotros ignoramos? Toparse con otro habitante en los pocos minutos - en el mejor de los casos he permanecido algunas horas - en que uno esta alla es casi un milagro. Tengo que confesar que a mi jamas me ha ocurrido tal portento. Si conozco la existencia de otros habitantes no es por habermelos encontrado alla sino por signos que encontre de este lado. Claras alusiones a la ciudad. Descripciones que serian imposibles para cualquiera que no haya estado de ese lado. Imposibles del todo para alguien que solo halla vivido aqui, entre los departamentos y la caca de perro. 

Podria seguir contandoles cosas, pero estoy seguro que seria inutil. Si conocen la ciudad, entonces ustedes mismos podrian hablar de todo esto mucho mejor que yo y si, por el contrario, no han salido nunca de la falsa Buenos Aires, entonces seria como intentar describirle a un sordo el sonido de una gaita usando lapiz y papel. 

¿para que escribo esto entonces? Bueno, supongo que como un signo. Una especie de santo y seña, un guiño para mis conciudadanos. Sepan que no estan solos. Somos incluso mas de los que nosotros mismos nos atrevemos a sospechar. Quizas llegue el dia (estoy seguro de que llegara) en el que solo habitemos aqui como ahora habitamos alla: de a ratos. Esos ratos seran cada vez mas cortos hasta que, un buen dia, desapareceremos de entre los autos y la falsa ciudad quedara vacia.