17 sept 2019

El cuarto de mi hermana

Despues de dos horas de dar vuelta mi pieza me decidi a buscar la revista en el cuarto de mi hermana.
No habia nadie en casa, ademas de mi mismo, claro. Entrar, salir. Completamente sencillo y facil. Despues de todo, tan sencillo y tan facil como entrar en cualquier habitacion. Al menos teoricamente. Claro que no era una habitacion cualquiera: era (creo que ya lo dije) el cuarto de mi hermana. Es decir, mirado desde un poco mas cerca, la cosa no pintaba bien. Nunca esta bien visto que un treintañero otaku y soltero como yo ande husmeando en la habitación de una colegiala. La colegiala y el otaku estan, cualquiera puede verlo, en equipos completamente diferente. La primera es la esperanza, la luz del futuro, eso que queda bien en cualquier foto y que no por nada se usa para publicitar absolutamente todo. El otro es como la basura que se esconde debajo de la alfombra. Algo repugnante, extraño, a lo sumo gracioso. Algo que la sociedad prefiere no ver salvo que sea absolutamente necesario. 

Aun asi... voy a entrar. Mas bien: me importa un carajo lo que piense la sociedad. Estoy acostumbrado a los juicios negativos, a que se me considere escoria. Mas importante que los prejuicios de la sociedad es el hecho de que, de aqui a un tiempo, he notado que faltan cosas en mi cuarto. No solo revistas, sino tambien discos compactos, juegos, figuras de accion. De todo. Como tengo tantas cosas cualquiera pensaria que no me daria cuenta si falta alguna en particular. Claro que cualquiera no es un coleccionista. Un Connaisseur como yo sabria que es exactamente al revez. Mientras mas merchandising se tiene, mas al tanto se esta de cada una de las piezas. He desarrollado un verdadero sexto sentido, algo asi como una conexion telepatica con mi coleccion. Por eso, aunque no tenga en claro cuales son exactamente las que faltan, noto que son varias. Es una sensacion como de perdida de peso. Como si mi habitacion, este receptaculo con cuatro paredes plagadas de posters y de estanterias repletas, cuyos unicos muebles son una cama y una enorme television inteligente, hubiera adelgazado imperceptible pero indudablemente. Si, faltan cosas. Hace tiempo que sospecho de ella, de mi hermana, por supuesto. 

Como todos los jovenes del pais tenemos padres adictos al trabajo que practicamente duermen en la oficina cuatro de los cinco dias de la semana. No se interesan por nosotros mas que en lo mas elemental: comida, vivienda, educacion, dinero. En lo demas es como si vivieramos solos mi hermana y yo. Tiene que haber sido ella. Ella o alguna de sus amigas, las cuales trae a casa bastante seguido. No es que me molesten particularmente las colegialas. Pero un caballero necesita tener su privacidad. Tampoco las divinizo como hacen tantos de mi clase. Considero a sus amigas como lo que son: clones de mi hermana. Distingo a mi hermana de sus amigas por algunas señas particulares que no puedo evitar reconocer: el largo del pelo, el color preciso de los ojos, el tono de voz, siempre un poco mas aspero. Si no fuera por estos matices (que de todos modos se difuminan mas con el paso de los años) no podria distinguir a mi hermana de cualquiera de sus amigas, tanto se parecen. Todas las colegialas son practicamente identicas en su modo de andar y de vestir. A veces siento que soy hermano de todas las colegialas de Japon, y mas de una vez me ha succedido que al saludar a mi hermana por la calle descubria, avergonzado, que se trataba de otra adolescente cualquiera que, por supuesto, se me reia en la cara cuando no hacia una mueca abiertamente despectiva.
De todos modos, considero que ella es responsable por todas las de su raza. Y alguna, ella misma o un clon suyo, ha estado robando piezas de mi coleccion. Si es asi, no se lo perdonare. Tendra que recibir un castigo o pagar un precio. Ya decidire que hago. Por el momento hay que encontrar evidencia. 

De manera que salgo de mi cuarto y cubro los dos o tres pasos que me separan del suyo. Coloco la mano en el picaporte y, zas, cede. Me sorprende que la puerta este abierta... ¿acaso no tiene cuidado de su privacidad? Yo siempre cierro mi puerta con llave. Y asi y todo me desaparecen cosas. Mi teoria es que mi hermana vende mis figuras y mis dvd's de edicion limitada por internet. Seguramente lo hace para costearse sus propios gastos. Los ultimos meses note que sus gastos superan a lo que podria costear con el dinero que le asignan nuestros padres. Solo con la ropa que se compra cada semana deberia quedar en numeros rojos. Y sin embargo ahi esta un dia saliendo con sus clones y el otro tambien y el tercero yendose a Kanto a un recital de BTS o de cualquier estupido idolo de turno. No es justo que se meta con mis cosas para lograr sus ridiculos objetivos. Tomar cosas sin permiso del cuarto de otro es completamente repudiable. No importa que la que toma sea colegiala y el que pierde sea un treintañero poco productivo que no tiene ni un trabajo estable y por ende vive de sus padres. Una injusticia es siempre una injusticia. Hasta la escoria tiene derecho a la propiedad privada. La sociedad capitalista me defiende en este punto, pienso, en el preciso momento en que hago girar el picaporte y entro, por primera vez, al cuarto de mi hermana.

Un espectaculo horrible, tal como lo pense. Un completo desorden. Me parece increible que una chica pueda ser tan sucia. Al apoyar una mano en la pared noto una fina capa de polvo. Me doy cuenta que esta fina capa (de un extraño polvo gris) lo cubre absolutamente todo. ¿es que mi hermana es estupida o algo? Vivir en estas condiciones anti-higienicas la va a terminar matando. Bueno, tampoco es que me importe mucho.

Su placard parece un gran animal hervivoro destrozado por otro gran animal carnivoro. Algo destripado. La ropa, que me cuido bien de no tocar, se abre casi en abanico sobre el suelo desde la puerta desvencijada. Tiene tal cantidad de ropa que es imposible que entre en ese pequeño ropero. Otra impresion posible seria la de los restos de una explosion. Eso mismo: si una granada hubiese estallado en su closet el resultado no diferiria mucho de lo que veo. Recien entonces me doy cuenta que estoy en penumbras, casi a oscuras. La luz que se filtra por la persiana cerrada (la ventana esta cerrada tambien) le da al cuarto un color anaranjado opaco bastante mortecino. La iluminacion es molesta y cubre de extrañas sombras el piso de alfombra. Decido que esta luz mortecina es suficiente y que no encendere la luz. Comienzo a buscar mi revista. Primero con la vista, luego mirando aqui y alla.

Las paredes estan a rebosar de posters de adolescentes cachondos haciendo poses a lo back street boys. De a tres o de a cuatro. Es asqueroso lo bien parecidos que son y asqueroso lo mucho que se parecen. Se me ocurre que son todos hermanos, hijos de una enorme larva productora de idols. Sin dudas esta larva es un extraterrestre que vino a la tierra a tomar el control de las juventudes femeninas para asi extinguir a la raza humana. Su plan, ahora lo veo con claridad, es reemplazar a los humanos por hibridos, cruzas de extraterrestres idols con nuestras hermosas colegialas. Me rio en voz alta mientras lo pienso, sin cuidado de que me descubran pisando terreno prohibido. He descubierto su plan y sin duda voy a detenerlos. Es decir, tan pronto como encuentre mi revista. Primero lo primero.

Mientras divago de este modo, me doy cuenta que el cuarto apesta. Me llevo el cuello de la remera sobre el puente de la nariz, de manera de improvisar una mascarilla que filtre el desagradable olor que inunda el cuarto. ¿que es? En un primer momento pienso que es gas, o al menos una fuerte concentracion de monoxido de carbono. El olor era dulzon y penetrante y, muy en el fondo, tenia un noseque de picante que daba ganas de toser o estornudar. Se me vino a la cabeza la imagen de una enorme planta carnivora en estado de putrefaccion. Intente alejar esta imagen de la cabeza y comence a buscar la revista. El suelo estaba lleno de otras revistas. La mayoria revistas de moda, modelaje y de, cuando no, idols de bandas nacionales pero tambien de esas horrendas bandas surcoreanas. Las aparto de un lado a otro con desprecio mientras busco mi revista (una edicion especial de chicas copa D). No me preocupo por desordenar: el cuarto ya es un completo desastre. Me molesta tener que andar revolviendo entre innumerables futones y almohadones, y tambien entre restos de comida y envases vacios... una cosa es que mi cuarto este asi, pero el cuarto de una colegiala se supone que deberia ser mas pulcro. Y para peor todo esta impregnado por esa fragancia horrible... Se me ocurre que tal vez podria abrir una ventana, pero inmediatamente lo descarto. Es arriesgado. Cualquiera (mi hermana, un clon o un vecino) podria verla abierta desde afuera. Luego ese hipotetico vecino podria tomar una foto y subirla a cualquier red social. Incluso podrian denunciarme como pervertido. Estoy seguro de que mi hermana estaria de acuerdo. Diria algo como "ese gordo asqueroso siempre fue un pervertido", e incluso hablaria con la prensa, inventando con lujo de detalles toda una lista de detalles desagradables que supuestamente sufriria viviendo conmigo, es decir, con un otaku pervertido.

Pensar estas cosas ciertamente no ayuda a mejorar mi humor. Mas bien todo lo contrario. No perdi oportunidad de pisarle algunas revistas. Una incluso la patee a un rincon. Idols de mierda. Justo en ese momento escuche  un ruido raro a mis espaldas. Al escuchar el ruido di un salto hacia adelante y dije algo como "que carajos" y cuando mire, vi que no habia absolutamente nadie. Fue un ruido crujiente, como si alguien pisara un monton de papel mache, como si alguien estrujase una hoja, muy nueva, de un anotador o como si alguien rasgase una cartulina. Fije mi atencion en los posters y rapidamente descubri el origen del sonido. Uno de los posters, quizas el mas grande, se habia despegado de la pared por una de sus esquinas. ¿que debia hacer? Pense que probablemente se hubiera despegado de todos modos, pero asi y todo volvi a pegarlo en la pared. Mientras pegaba el poster tuve nuevamente el acto reflejo de girarme. Y es que por un segundo, solo por un segundo... pero no, son estupideces...
Y aunque no lo fueran, es decir, aunque realmente me hubiera parecido ver algo como un parpadeo que se movia a mi derecha... ¿entonces que? Pues nada. Entonces me parecio verlo. Asi de simple. Cualquier estudiante de secundaria sabe que hay una diferencia esencial entre que a uno le parezca  que ocurra algo y que ese algo verdaderamente ocurra.
Voy hacia el escritorio y comienzo a revisar. Los cajones estan cerrados. Al parecer no es de todo estupida. Y sin embargo, sobre una de las repisas superiores encuentro una figura (sin dudas mia) de coleccion. Ni mas ni menos que Rei Ayanami. Noto como se me sube la sangre a la cara mientras pongo mis manos en la figura.

- ¡Esa imbecil! - murmuro para mi mismo. Aunque ya daba por sentado que me habia robado cosas, comprobarlo empiricamente no deja de ser algo diferente. Tome a Rei con una mano y continue mi inspeccion. Revise otras repisas y un pequeño aparador y encontre otra figura de accion (Kagamine Rin) y un disco de BlueRay de edicion limitada de los OVAS de Re:Zero (con escenas especiales). Cada cosa que encontraba iba subiendo mi nivel de indigacion. Era patente que mi hermana no solo no me tenia ningun respeto, sino que no sentia respeto alguno por las sanas leyes de la sociedad que nos daba sustento. Coloque mis objetos en una bolsa que saque de un tacho lleno de papeles (los papeles los deje en el suelo) y me felicite a mi mismo por haber recuperado esos objetos valiosos. Ademas tenia una evidencia incontestable para tener a raya a mi hermana por un buen tiempo. Aun asi, no se me escapaba que no habia cumplido el objetivo principal de la incursion: no habia recuperado mi revista.

Camine hacia la puerta y volvi a mirar la habitacion de conjunto. Entonces volvi a escuchar (esta vez tambien lo vi) al postar descolgarse de la pared. Esta vez se descolgo por el costado opuesto y... no solo se descolgo, sino que se rajo en diagonal... como si alguien le hubiese dado un tiron, pense. Claro que esto era imposible. Ahi no habia nadie mas que yo y pensar en un Yokai que acechaba en los posters de los idolos de adolescentes se me antojaba terriblemente ridiculo. Tanto que hasta me rei un poco. Mas que ponerme a pensar en Yokais era terminar de revisar el cuarto para poder volver a lo mio.

Habia revisado casi todas las superficies. Si no contaba los cajones cerrados, de los cuales no tenia ni la llave ni la habilidad para forzar las  cerraduras, solamente me quedaban dos lugares para revisar. Uno era el placard, y el otro era debajo de la cama. Respire hondo (¡ese olor nauseabundo!) y evalue mis opciones. Ambas me desagradaban intensamente. Buscar abajo de la cama se me antojaba sucio y ridiculo, sin contar que para una persona de mi... complexion fisica (digamos robusta) el hecho de agacharse no le resulta para nada grata. La otra opcion, hurgar en el placard, era aun peor. No solo era el lugar mas caotico y desordenado, sino que ademas estaba lleno de ropa usada. Ademas, el repulsivo olor que ya me estaba descomponiendo parecia provenir justamente de ese sector, o al menos concentrarse ahi. Como si todo esto fuese poco, ser atrapado revisando la ropa de una colegiala era identico a confirmar sus sospechas sobre mi supuesta perversidad.
Como no pensaba darles el gusto, decidi buscar primero debajo de la cama. Era muy probable que la revista estuviese ahi. Razone con justicia que dado que mi hermana no habia guardado mis otras cosas en lugares con llave (evidentemente le restaba importancia al robo o pensaba que yo era demasiado cobarde o estupido para meterme a buscar las cosas a su cuarto) entonces seguramente no lo haria con la revista. Primero me agache y trate de ver si estaba cerca del borde. No estaba. Sin embargo pude divisar, mas al fondo de la cama, algunos objetos difusos. Tendria que meterme abajo de la cama y buscarla bien al fondo. No habia de otras. Resoplando e insultando a todas las divinidades empece a reptar debajo de la cama con gran dificultad. Varias veces me clave cosas en los codos: pines, llaves, monedas, una cascara de nuez y cualquier pequeña chucheria que indefectiblemente termina siempre en lugares asi. Cuando ya tenia practicamente medio cuerpo debajo de la cama, comence a examinar los objetos. Tenia los lentes llenos de polvo y tuve que limpiarlos con un pañuelo descartable que por suerte llevaba en el bolsillo. Me parecio ver, a mi derecha, algo asi como una revista o un pequeño almanaque. Lo agarre y pase un par de paginas. Con sorpresa confirme que era, sin dudas, mi revista. Estaba arrugada y rota en los bordes. Imperdonable. Lo pense varias veces y hasta lo dije en voz alta. Imperdonable. Cuando volvi a escuchar al poster descolgarse, tuve un escalofrio pero luego, casi inmediatamente, supe instantaneamente lo que haria. Arrancaria, uno por uno, todos esos posters, los haria un bollo y se los dejaria, ojo por ojo, debajo de la cama.
Comence a arrastrarme hacia afuera. Solo en ese momento me di cuenta de, si bien habia entrado sin problemas, no podia salir. Habia quedado atascado a la altura de la cintura, la cual estaba casi comprimida contra los tirantes de la cama. Intente reptar hacia atras haciendo fuerza con mis brazos, pero no habia caso. Intentar girar sobre mi cintura para ayudarme con las piernas estaba completamente fuera de discusion. Tuve una vision fugaz de mi mismo: un otaku obeso atrapado debajo de la cama como un pez koi en una red, pataleando y bufando como un escarabajo patas arriba. Quizas si pudiera girarme un poco, aguantando la respiracion para comprimirme... y entonce la escuche: aspera, burlona, era la voz de mi hermana.
Estaba entrando a la casa. Si. Oi la puerta abrirse y luego cerrarse. Incluso escuche el crick-crack de la cerradura nueva. Escuche que mi hermana se reia. No estaba sola. Habia otra voz. Aguce el oido y vi que se trataba de una voz de chica. Un clon, otra colegiala. Me aterrorice porque sabia lo que venia. Sin duda subirian, como hacian siempre, directamente al cuarto de mi hermana. En efecto, las escuche subir la escalera hablando sin parar, como cotorras. Justo cuando abrian la puerta comprendi que mi unica opcion para evitar el ridiculo era, ya que no podia salir, entrar del todo. Haciendo acopio de todas mis fuerzas di un gran empellon y logre meterme, entero, debajo de la cama. Logre hacerlo justo un segundo antes de que mi hermana y Risa (asi se llamaba el clon segun recuerdo) entraban y encendian la luz.
- Con permiso - dijo Risa.
- Que porqueria, yo tambien queria ir al estadio - dijo mi hermana
- Vayamos al proximo, ¡era el ultimo! - propuso Risa.
- ¿Es en Fukuoka, no? Mierda, no creo que llegue con la pasta - dijo mi hermana.
- ¿Viste la cantidad de fans de Yama-Chan que habia en el evento? - dijo Risa
- ¿ ah si ?
- Si si, tenian las camisetas oficiales y todo 
- Si, yo queria una de esas - dijo mi hermana.
- No te parecio que habia muchas feas entras las fans - pregunto Risa
- Si. La verdad es que habia muchas gordas tambien - dijo mi hermana. No se me escapo que pronuncio "gordas" en su especial tono despectivo.
- ¿Te parece? - dijo Risa
- Si si, eran enormes - se burlo mi hermana.
- Bueno, pero Yama-tan es bueno hasta con las fans feas - dijo Risa en tono soñador.
- Supongo que es parte del negocio - acepto mi hermana - De todas formas no las soporto, me da asco escuchar a esas cerdas pronunciar su nombre.
- ¡te entiendo completamente! - exclamo Risa dandole la razon. Realmente eran clones, era imposible que esten en desacuerdo en cosas asi.
- Y hablando de gente obesa - continuo mi hermana - se me ocurre que tal vez podria vender algunas de las porquerias de mi hermano para juntar la plata del concierto.
- ¿que porquerias? - pregunto Risa, al parecer muy divertida con todo aquello.
- DVD's, gashapones, figuras de anime. Aunque no lo parezca, es basura bastante valiosa. ¡Incluso podria comprar una de esas camisetas!
- ¿no tendrias problemas con tu hermano? - le pregunto Risa. Vaya si los tendria. En cuanto lograra salir de abajo de esta condenada cama le daria una paliza a esa imbecil.
- Puede que se de cuenta... - dijo mi hermana, y aqui volvio a usar su horrible tono cinico - de todas maneras no creerias la cantidad de estupideces que tiene ese otaku asqueroso. No le va a hacer mal perder tres o cuatro y, ademas, Yama-chan lo vale-. Risa y mi hermana se estuvieron riendo un buen rato, mientras yo pensaba que cuando terminara con ella no la salvarian ni todos los Yama-chan del mundo. Fue en ese momento que volvio a escucharse el crujido. Las risas se cortaron y ambas dieron un gritito de susto, tipico de peliculas. Me rei para mis adentros pensando que el condenado poster se las habia jugado a ellas.
- Otra vez... - dijo mi hermana. Su tono ya no era cinico, sino absorto.
- ¿otra vez? - dijo Risa.
- Bueno, la verdad es que mi cuarto ha estado algo extraño ultimamente - dijo mi hermana. Entonces me di cuenta que era raro que, con lo quisquillosas que eran las colegialas, Risa no le hubiera comentado nada sobre el polvo o el olor. Con sorpresa note que, si bien habia polvo abajo de la cama, el olor habia desaparecido por completo. ¿Habria sido una alucinacion mia? Si era asi, tambien podria haberlo sido el polvo.
- Es... siento como si me estuvieran observando todo el tiempo - continuo mi hermana. Pense que Risa iba a hacer algun comentario del estilo de "¡que guay!" o "¡parece una pelicula de miedo!" pero en cambio, la escuchaba en silencio. Note que el ambiente que hasta hace un minuto era el tipico de las colegialas, habia cambiado. Por alguna razon me imagine que ambas estaban serias.
- A decir verdad - dijo mi hermana - sospecho que mi hermano haya hecho algo...
- ¿tu hermano? - dijo Risa, aparentemente sorprendida pero no tan sorprendido como yo.
- Ya lo viste al gordo ese. Es un otaku asqueroso que se la pasa jugando videojuegos y viendo anime. Ni siquiera ayuda en la casa. No me cabe duda de que es un pervertido. No me extrañaria que hubiese puesto una camara o una filmadora.
- ¿no te parece demasiado? - le dijo Risa, seria - despues de todo es tu hermano-.
Asi siguieron discutiendo de las probabilidades que habia (Risa creia que pocas, mi hermana que todas) de que fuese un pervertido o un pedofilo o un pornografo. No podia dar credito a lo que escuchaba.  Era increible. Seguian y seguian. No tenia dudas de que mi hermana pensaba mal de mi, pero nunca pense que creyera que soy un pervertido en el peor sentido de la palabra. Era insultante. Mas que insultante, era ridiculo. De todas maneras, estaba furioso; ¡incluso el clon cree que es demasiado!
- No creo que sea por su culpa - dijo Risa al cabo de un rato. ¡Exactamente, Clon! ¡hacele entender a esa estupida que es todo un delirio suyo!
- La verdad - continuo Risa. Hablaba haciendo pausas tan dramaticas que parecian de telenovela - la verdad, Mi-Chan... es que me di cuenta hace un tiempo...
- ¿eh, de que? - pregunto mi hermana
- Puede que no me creas, pero tengo algo asi como un sexto sentido... percepcion extrasensorial... o algo... la cuestion es que soy muy sensible para esas cosas... - dijo Risa. No pude detectar burla en su tono.
- ¿Que cosas? - dijo mi hermana elevando el tono de voz, entre divertida e incredula. -¿sos psiquica o algo asi, Rissan?
- Algo asi... suena mas  ridiculo si le pones un nombre pero... la cuestion es que... no habia venido a tu casa por tanto tiempo porque la ultima vez senti algo raro estando aca...
- ...
- Y fue precisamente aca, en tu cuarto - siguio Risa - Fue algo que me asusto...
- ¿y ahora? ¿sentis algo ahora? - pregunto mi hermana.
- ¿estas jodiendo, no? ¿estamos en alguna camara oculta, eh, Rissan?
- No es ninguna broma - dijo Risa. ¿Adonde queria llegar con aquella estupidez? ¿alguien mas en la pieza? ¡por supuesto que lo habia: Yo! Pense, riendome para mis adentros, que Risa era un fracaso como detectora de entes sobrenaturales. Aunque tambien estaba la posibilidad, menos divertida, de que me hubiera visto o notado de alguna manera y solamente estuviera gastandole una broma a mi hermana. Una broma que terminaria exponiendome, dejandome en ridiculo y confirmando las grotescas teorias que mi estupida hermana tenia de mi. Si era una coincidencia, era una coincidencia espantosa.
Justo en ese momento la revista, que tenia en mi mano derecha, se abrio por la mitad, produciendo un crujido que, en el silencio casi total que se habia formado en el cuarto, se escucho fuerte y claro. Inmediatamente escuche como ambas soltaban un grito sofocado.
- ¡mierda! - pense para mis adentros.
- ¡¿escuchaste eso?! - le solto mi hermana a su clon.
- ¡Si! - le susurro este. Por alguna razon supe que estaban abrazadas. Se habian parado y observaban directamente hacia la cama. Probablemente sospechaban lo que yo ya sabia: que habia algo ahi, debajo.
- ¡a la mierda todo, voy a revisar! - grito mi hermana. Vi como sus pies se acercaban, decididos, e incluso note como se levantaba la colcha de un tiron.
- ¡espera! - le grito Risa, asiendola por el codo - ¡Es mejor dejarla tranquila!
- ¡¿eh?! - se quejo mi hermana, intentando zafarse - ¡no digas estupideces!
- Yo no miraria si fuese vos - le advirtio Risa, con la voz ahogada.
- Es mi cuarto - le dijo mi hermana por toda respuesta. Conocia ese tono de voz. Estaba determinada a revisar. No habia nada que hacer. Me econtraria y mi vida estaria acabada. Mas acabada que de costumbre.
- Vamonos, Micchan, salgamos afuera mejor - le imploro Risa, en un ultimo intento que, sabia, era inutil. Sentia que el corazon se me salia del pecho. Mil ideas de evasion, todas inutiles, surgieron a la vez en mi cerebro inservible. En mi desesperacion me parecio volver a notar, fuerte y penetrante, al olor nauseabundo y dulzon. Pero ya no me preocupaba.
- Nos vamos, pero despues de que revise debajo - sentencio mi hermana. Intento avanzar pero Risa volvio a detenerla.
- ¡Espera, oigo algo raro! ¿vos no? - dijo Risa
- Esta casa esta siempre haciendo ruidos, es viejisima - dijo mi hermana
- ¡No es por eso, es otra cosa! - grito Risa en un tono histerico.
- ¡No me importa! ¡sea un Yokai, un demonio o un pervertido, quiero ver que es! - le respondio mi hermana. Entonces se agacho y por un momento sus rodillas quedaron a escasos centimetros de mi cara. Podia ver el contorno de su sombra con admirable claridad. Incluso los detalles del flequillo. Me di cuenta que llevaba puesto el uniforme.
- ¡Nooo, no soporto estas cosas! - grito Risa e inmediatamente salio corriendo de la pieza, dando un portazo
- ¡Risa! ¡Risa! ¡Espera! - le grito mi hermana mientras se paraba y corria tras ella.
- ¡No lo aguanto! ¡no lo aguanto! - seguia gritando Risa desde algun sitio de la planta baja. Su ataque de panico me habia una oportunidad unica para escapar.
- Tengo que salir de aqui - dije en voz alta. Saque primero la cabeza y, haciendo fuerza con los pies contra la pared, logre sacar la mitad superior del cuerpo. ¡Listo! Estaba sentado en el piso. Ahora solo tenia que sacar las piernas y... que raro... no salen... mierda, es ridiculo. Estan atascadas con algo, no, solo la derecha... pero (siento un escalofrio recorrerme el cuerpo, entiendo que no hay nada debajo de la cama capaz de aprisionarme la pierna) entonces siento que algo se cierra en mi tobillo. Se (pero no puede ser) no tengo dudas de que es (¡imposible!) es la conocida sensacion de cinco dedos (huesudos y frios) cerrandose en mi tobillo, apretando, ejerciendo una presion que me hace gritar, que me obliga a agacharme y a intentar ver ( quien ) que (esta) ahi abajo. Veo un par de ojos (una cara horrible, demacrada, de algo que parece) que me miran (¡cadaver, un cadaver!) mientras la mano me arrastra (¡mierda, que carajos!) hacia abajo de la cama, tiene una fuerza terrible (nononononoestonopasa) que hace inutiles mis esfuerzos por sostenerme de lo que sea (la colcha, el tirante de la cama) y de repente noto que ni siquiera puedo gritar, que estoy totalmente paralizado por el terror o por los efectos del asqueroso olor que ahora lo envuelve todo, y mientras aquello me arrastra a la oscuridad pienso que mi hermana es un ser despreciable y que Risa no era tan mal medium despues de todo.
Cuando aquella cosa me tuvo apresado, bien abrazado entre sus miembros putrefactor, me lanzo una mirada de desprecio
- Me conformo con este - dijo la cosa, y luego empezo a morder.



16 sept 2019

Housekeeping

Tirado en el sillon me doy cuenta, con fastidio, de que es domingo, que son las ocho y que tengo que sacar la basura.  Mi primer impulso es no sacarla. Es decir, dejar las bolsas y sacarlas mañana. Ese es mi primer impulso, pero al instante descubro que no es posible. En primer lugar, porque los basureros pasan solo miercoles y Domingo. En segundo lugar, porque vengo acumulando bolsas desde el miercoles pasado y mi departamento esta comenzando a apestar de una manera insoportable.
El olor, que no me importaria en circunstancias normales, se convierte en un problema cuando recuerdo mañana ire al cine con Romina y que luego, seguramente, quiera venir a mi departamento para acostarse conmigo.
Gruño y voy a la cocina. Sacar la basura es siempre un asco. Una a una voy juntando las bolsas y las meto en una enorma bolsa de residuo de color verde oscuro. Siento la textura enfermizamente blanda de la porqueria que nada dentro de la bolsa. El olor asqueroso a materia en descomposicion contrasta fuertemente con la imagen de romina desnuda en mi cama, imagen gracias a la cual tengo que soportar el olor.
Atravieso el living lo mas rapido posible (no quiero que el olor de las bolsas apeste el cuarto) y con la mano libre saco la llave del ganchito del cual cuelga al costado de la puerta. Logro abrir sin problemas y cuando salgo cierro la puerta con el pie; Voy hacia el asensor sin precuparme por darle llave a la puerta. Vivo en un septimo piso y se que las chances de robo son casi nulas.
Entro al asensor y marco planta baja. El asensor se detiene en el sexto (nadie sube) y en el quinto (nadie sube). Molesto, le doy una patada a la puerta del asensor cuando cierra. Vuelve a parar en el tercero; Esta vez sube alguien. Me sorprende comprobar que la que sube es una chica joven y muy linda. El asensor, que decididamente anda como el orto, va parando en todos los pisos. La puerta se abre y se cierra en el tercero y en el segundo. Al llegar al primero, tambien se abre y se cierra. La diferencia es que ahora el asensor no reanuda su marcha.
Incomoda, la chica presiona el boton de planta baja dos o tres veces. Yo aprovecho para estudiar a mi compañera. Es rubia y con rulos. Tiene unos ojos verdes un poco demasiado separados entre si, lo cual en vez de afearla la hace todavia mas linda. La boca, que seria irresistible si sonriera, se mantiene seria. Llevaba un vestido marinero largo a rayas azules y blancas. Le mire las manos y vi que ella tambien bajaba a sacar la basura. De alguna manera me hizo gracia, viendo el tamaño de la bolsa que sacaba, que no solo yo fuese tan descuidado con la limpieza.

- Como somos los Argentinos eh, siempre todo para ultima hora - le dije. La chica me miro sin comprender. Le hice un gesto con la cabeza, indicando la enorme bolsa de residuos que llevaba apretada entre la pierna y la pared del asensor. La chica miro mi bolsa y ahi cayo.

- Es asi - me dijo sonriendo. La sonrisa le sentaba a la cara como el sol a una pradera. No sabia que vivia una chica asi linda en el edificio. Me dije a mi mismo que tengo que ser mas observador y, un poco en broma y otro poco en serio, pense que a futuro podria tambien invitarla al cine o directamente a mi departamento. De repente la luz del asensor se apaga. La chica pega un grito involuntario.

- La puta madre que lo remil pario - dice la chica. Me acerco a la botonera del asensor y le digo que me deje ver que pasa.
- Pasa que se trabo el asensor - dice ella.
- Ya se. Pasa seguido - le digo. Era cierto. El asensor solia trabarse todo el tiempo, de buenas a primeras. La chica, que ahora comprendo debe haberse mudado hace poco, tal vez esa misma tarde, comprende que yo quizas tenga alguna solucion y se aparta para dejarme hacer. Reviso un segundo la botonera y encuentro lo que busco: el timbre a la empresa de asensores. Los asensores tienen un boton que comunica directamente con el monitoreo de la empresa. Hay una buena posibilidad de que esten de guardia. Toco el boton y espero.

- Servicio tecnico - dice el parlantito. Es una voz indiferente. Tipica de las guardias nocturnas.
- Se quedo el asensor - le digo. La voz me pregunta en que piso y cuantos somos. Luego me pregunta la direccion del edificio y por ultimo, me solicita un codigo que suele estar en una pequeña placa en la pared opuesta a la botonera. Me dirijo a la chica y le pido que me dicte el numero. La chica deja con cuidado la bolsa en el piso y, luego de improvisarse una vela con un encendedor, me dicta los digitos del numero, que yo le repito al impavido agente de soporte tecnico de asensores.

- Es una falla electrica del relevador - me dice la voz - lo vamos a solucionar ahora mismo, esperen.
- Ya lo estan arreglando - le digo a la chica. Ella me responde que ya escucho. La miro. Noto que esta cruzada de brazos y apoyada contra la pared que tengo enfrente. Los rulos le ocultan el rostro. Asi, me da la impresion de un animal agazapado. Completamente a la defensiva. Tengo el perfido deseo de acercarme lentamente, sin decir palabra. Por supuesto, no lo hago. En vez de esto y para darle seguridad, me siento en el piso.
Pasamos asi el rato hasta que, no entiendo por que, comienzo a sentirme nervioso. De repente, y sin que medie un pensamiento consciente, doy un respingo. Por un momento crei ver algo moverse dentro del asensor. Algo como una mosca o un pequeño animal. La chica sigue inmovil, parada contra la pared. Debe haber sido mi imaginacion. De todos modos, me molesta que la rubia no me dirija la palabra. Estoy pensando en que las lindas son siempre creidas cuando escucho, incredulo, el llanto de un bebe.
- La unica que nos faltaba - digo con fastidio. El llanto parecia llegar de uno de los pisos superiores. Era, como todos los llantos, increiblemente molesto. Mas que un llanto, era una rabieta. Ese crio lloraba con rabia. Cada vez mas alto. Lo escuche algunos minutos con creciente descontento hasta que no pude mas.

- ¡callen a ese chico de una vez, carajo! - grite al tiempo que me paraba. Sabia que, estando como estaba encerrado en un asensor, era muy poco probable que me escucharan desde el departamento desde donde venia el llanto. Entonces me di cuenta de que entonces yo tampoco deberia poder escuchar el llanto. El descubrimiento vino acompañado por un escalofrio. Mire a la chica y note que se habia acuclillado. Tenia las manos tapandose los oidos. Ahora el llanto se escuchaba mas fuerte, como si estuviese localizado directamente arriba del techo del asensor. Los berridos de la criatura se habian agudizado, llegando a un paroxismo insoportable.

- ¡cerra el orto la puta que te pario! - grite con todas mis fuerzas.
- ¡Callate! - me chisto la chica.
- ¿que decis? - le pregunte en un tono de voz lo suficientemente alto como para intimidarla. El llanto seguia y seguia, cada vez mas alto.
- No le hables, no lo escuches - me dijo la chica. Me di cuenta de que estaba completamenta aterrada. Yo tambien tenia dentro mio un terror creciente: el terror de estar encerrado en un asensor con algo inexplicable, con algo que lloraba y que (para que negarlo) lloraba ya adentro del asensor. Sin pensarlo, pegue un salto hacia la botonera y les grite a los tecnicos que arreglaran ese asensor de mierda de una buena vez. Apenas les habia terminado de gritar esto cuando las luces del asensor se encendieron y el mismo comenzo a funcionar. Comenzamos a bajar y en medio minuto llegabamos a la planta baja.
- Disculpen las molestias - llegue a escuchar que dijo la voz desde el parlantito justo cuando se abria la puerta. Deje bajar primera a la chica, que arrastraba su bolsa, y despues baje yo. Mientras caminaba lentamente por el palier vi que el portero, sentado en la recepcion, le miraba descaradamente el culo a la rubia mientras esta salia. Luego me lanzo una mirada complice que acepte con gusto. Buscando tema de conversacion, vi que tenia una radio por la que escuchaba San Lorenzo - Huracan.
- ¿Como va el partido, Enzo? - le pregunte.
- Horrible. Menos mal que jugamos los sabados, porque los domingos hay futbol - bromeo el portero, haciendo una conocida referencia al mal juego del ciclon. Yo iba a retrucarle algo en el mismo tono cuando me di cuenta de lo obvio: era Sabado. No se podia sacar la basura. El portero descubrio las bolsas que llevaba y me miro con expresion burlona.
- ¿otra vez perdiendo la nocion del tiempo? - bromeo. En efecto, no era la primera vez que confundia los dias y bajaba como un boludo con las bolsas. - Sabes que no podes dejarlas aca. - agrego, como anticipandome a mi idea de dejar las bolsas en la vereda.
-Ya se, ya se, soy un boludo - le dije. Vi entonces que la rubia entraba de vuelta al edificio, ya sin las bolsas.
- Señorita, ya le dije que la basura solo domingos y miercoles - dijo el portero, dirigiendose a la chica. Esta parecio no escucharlo (mas bien hizo de cuenta que no lo habia escuchado) y siguio caminando. Al pasar a mi lado me parecio descubrir que me habia sonreido. Una sonrisa rapida y velada, como de complicidad. Estuve a punto de sonreirle pero me congele donde estaba. Algo en su sonrisa me habia sugerido una idea enloquecedora. La idea o, mas bien, la cadena de ideas, se habia abierto paso en mi cerebro como un tren de palabras sueltas: llanto-basura-sabado-error-pero-que-tal-si-no... y luego, como emergiendo de un negro tunel en el cual la anterior asociacion se sumergia, emergia la siguiente pregunta: ¿QUE LLEVABA ELLA EN SU BOLSA?

Ultimo instante


Me divertía contando los círculos antideslizantes de la línea amarilla cuando escuché la conocida vibración que anuncia la llegada del subte cuando súbitamente sentí un empujón. Inmediatamente perdí el equilibrio y mi centro de masa se desplazó irremediablemente según las leyes de la gravedad, directamente hacia las vías;
¡Caía, me caía a las vías! No podía creerlo pese a que la certeza del desastre surgía en mi como la alarma de un botón de pánico. Intente hacer equilibrio, una especie de antena parabólica, entre espasmódica y desesperada, con los brazos y las piernas. Por un segundo tuve la esperanza de poder aferrarme a algo: la solapa de algún saco, la tira de alguna mochila, la mano desprevenida o solicita de algún héroe. Pensé que quizás podría aferrarme al aire. Pero (lo sabía antes de intentarlo) era inútil. Manotee en la nada mientras sentía como uno de mis pies resbalaba y perdía terreno. Mas que aterrado, me sentí ridículo. Se me ocurrió que exactamente así se sentiría una mosca atrapada en un mosquitero. Ese movimiento de las patitas, tan frenético como impotente.
Sentí un leve dolor en las puntas de los pies: eran mis dedos que en vano luchaban en ese segundo por agarrarse al suelo. Todos los músculos de mi cuerpo se habían contraído para intentar evitar el desplazamiento. Si la respuesta muscular se hubiera producido un segundo antes (no ahora, que ya estoy en el aire, cayendo) podría haber evitado la caída. Claro que para eso tendría que haber tenido noticia del empujón. Alguna vez había leído que la demora entre el estímulo y la respuesta demoraba unas pocas fracciones de segundo. Esas pocas fracciones marcaban la diferencia entre la vida y la muerte.

Una masa inconexa de pensamientos y sentimientos estallaron en mi cabeza. De entre ellos uno destacaba con particular urgencia: me iba a morir. Me iba a morir, me Moria, en breve dejaría de existir. Caería al piso y el tren me aplastaría. ¿Qué podía hacer? ¿esquivarlo? ¿detenerlo? Ridiculo: No había nada que hacer.

Ahora caía al piso. Sentía el gusto a tierra y el olor a mugre, a pis de rata, a pasto quemado, de las vías. ¿Sentía algún dolor? Tal vez llegaría a sentirlo, el dolor de la caída. Dolor en las costillas, en el cuello, en los codos y en las rodillas. El frio aguijón del metal contra los huesos. Quizás escucharía algún grito, si es que alguien llegaba a gritar. Luego, lo sabía, no sentiría nada. No gritaría, no pediría socorro. Cerraría los ojos o los dejaría abiertos. Vería la luz del vagón locomotora. Y tal vez, si tenía suerte, la cara espantada o diabólicamente sonriente del maquinista. Y luego nada.  El vagón, de varias toneladas de acero, me pasaría por encima. Primero me aplastaría las piernas, luego me trituraría al nivel de la cintura. Después me reventaría las costillas y la caja torácica, haciendo estallar uno a uno, pero casi al mismo tiempo una buena cantidad de órganos. El cerebro entraría en shock justo antes de ser aplastado el mismo. Un mecanismo bastante inútil si no se sobrevive. Quizás algún brazo o alguna pierna conservaría su forma, se salvaría de ser reducido a pulpa, cortado por los engranajes y disparado contra el costado del andén.
Caí y escuché la bocina. No recuerdo si llegue a pensar algo más. Y eso fue todo.

O, mejor dicho, debió haberlo sido. Lo fue, ¿cierto? Estoy muerto... ¿o no? Bueno, vamos a ver: o lo estoy o no lo estoy. Pero escucho la bocina: clara, ininterrumpidamente, como una alarma de incendios. Un tono monótono pero urgente. La sensación es rara, como quien despierta de un sueño. Los bocinazos suelen ser cortos y punzantes. La ley de propagación del sonido enuncia que la potencia de un sonido aumenta a medida que el emisor se acerca y disminuye según se aleja. Y sin embargo esta bocina suena y suena, es un pitido continuo y estridente, sin curva, como si en su punto más alto la onda de sonido de la bocina se hubiera congelado. Recién entonces me doy cuenta de que si no veo nada es porque tengo los ojos cerrados. Los abro. Primero uno, despacio. Después el otro, rápido. Es imposible que vea lo que estoy viendo, y sin embargo... Todavía estoy vivo. O al menos eso creo. No caben dudas de que sigo en la estación de subte. Veo, desde mi posición, el andén contrario. Las personas esperan el subte. Algunas, dos o tres, me miran entre asombradas y aterradas. Pero, pienso, hay algo raro en todo esto. Tardo todavía algunos segundos más en darme cuenta de que se trata.

¡Es el espacio, el espacio está completamente inmóvil! ¿el espacio, o más bien tendría que decir el tiempo? Es difícil decirlo. Espacio inmóvil o tiempo congelado es para mí exactamente lo mismo. O bien nada se mueve o bien el tiempo se detuvo. Como sigo escuchando la bocina decido que el tiempo es el que se detuvo. Si la escucho es porque hay ondas de sonido. Y si hay ondas de sonido entonces el espacio no puede estar inmóvil. Si escucho es porque mi cerebro está interpretando la onda sonora y construyendo, en los oscuros vericuetos de mis conexiones neuronales, esto que ahora llamo "molesto sonido de bocina". Comprendo que si escucho un continuo timbre es porque mi cerebro está recibiendo siempre la misma onda; Que no puede dejar de recibirla y que entonces la interpreta como continua.

Pues bien, supongamos que el tiempo se detuvo. Entonces, ¿puedo moverme? Intento mover las piernas y los brazos. Supongo que pienso esto: brazo, muévete. Pierna, muévete. Supongo que envió las órdenes a través de mi sistema nervioso a los receptores musculares de las extremidades. Pero o bien no envió la orden o bien la orden no viaja o quizás los músculos de las extremidades no responden. Se me ocurre que ninguna de las tres. Supongo que la orden es enviada pero que los músculos aun están interpretando la orden anterior, es decir, la de no moverse, la de evitar ser arrastrados por la inercia hacia las vías. No puedo enviar, al mismo tiempo, la orden de moverme y la de no moverme. Para poder moverme necesitaría del segundo siguiente, o al menos de la ya mencionada fracción necesaria para que la orden pueda viajar y ser atendida.

No puedo moverme. Ni hablar, ni gritar, ni siquiera pestañear. ¡pero puedo mirar! Efectivamente, noto que puedo mover los ojos y mirar ya a la izquierda, ya a la derecha. ¿se estarán moviendo mis pupilas, mis globos oculares? La duda me viene al instante, pero no tengo forma de saberlo. Hago un paneo de todos los campos visuales a los que puedo llegar desde mi inmovilidad general. ¿qué saco en limpio?  Tomando en cuenta lo que veo y la disposición de mi cuerpo (puedo sentir mi cuerpo) me doy cuenta de que estoy efectivamente cayendo a las vías del subterráneo. Mi cuerpo se halla inclinado hacia adelante, casi a cuarenta y cinco grados del suelo. Me doy cuenta de esto porque mi línea de visión está a la altura de la cintura de una persona adulta, por lo cual mi cuerpo debe estar ya casi totalmente en el aire.

Si miro hacia la derecha noto un intenso resplandor que me ciega. Sin duda es la luz del vagón locomotora. Noto, además, que el pitido de la bocina viene justamente de mi derecha. En cambio, si me enfoco exclusivamente en la izquierda, noto una total y absoluta oscuridad. Probablemente porque del otro lado está la continuación de las vías con el consiguiente túnel. Si miro a izquierda y derecha al mismo tiempo noto una graduación muy interesante que va desde el blanco al negro, pasando (para mi sorpresa) no por una escala de grises sino por lo que parece ser una original gama de colores que imagino producto o de un extraño efecto optico o de una inusual alteración de mis facultades visuales.
Entonces caigo en la cuenta de que no es, al menos físicamente, posible mirar a izquierda y a derecha a un tiempo. ¿y arriba y abajo? ¡también puedo hacerlo! Algo se debe haber desarreglado en mi percepción, porque sin duda estoy ejecutando movimientos oculares de sapo o de camaleón. Puedo mirar en direcciones opuestas al mismo tiempo. El efecto es muy curioso. Descubro que la realidad se compone de formas diferentes según combino las posiciones de mis ojos. Incluso puedo mantener, digamos, el ojo izquierdo fijo en un punto mientras revoleo el derecho de forma circular. Luego de probar un rato decido que esta combinación de punto y giro es sin dudas mi arreglo favorito, porque percibo al mismo tiempo la realidad como algo fijo y cambiante que... bueno, es difícil explicarlo. Juego un rato más y luego me canso.

Ahora mantengo fija mi vista en el suelo. Veo los rieles del metro y el riel eléctrico que permite el movimiento de las formaciones. Casi todo el campo visual está ocupado por las piedritas grisáceas que componen el suelo de los rieles. Me dedico a contarlas, pero cuando voy por la numero cincuenta y tres me doy cuenta de que estoy pensando. ¡pensando! ¿no debería ser imposible? Pensar, según tenía entendido hasta ese momento, era el resultado de operaciones eléctricas en el cerebro. Y si el tiempo estaba detenido (y ya había convenido en que lo estaba) entonces mis operaciones mentales deberían de estar tan congeladas como mis operaciones físicas o mi percepción sensorial. Y sin embargo, no era así. ¿o si lo era? Algo dentro mío me decía que, efectivamente y contra toda evidencia cartesiana, efectivamente yo no pensaba. Y sin embargo, pensaba. ¿qué es esto que hago, si no? Pero los movimientos entre mis neuronas están, tienen que estar, sin duda, congelados. ¿mis pensamientos no deberían ser entonces ese entramados de angustias y sinsentidos que me asaltaron mientras caía? Me analizo a mí mismo y encuentro, con la satisfacción del detective que hace una deducción correcta, que efectivamente en el fondo de mis procesos mentales están estos sentimientos de pánico y confusión; Pero congelados. Es decir, no los noto como ocurriendo sino como si fuesen recuerdos con una carga emocional imposible de desligar de los recuerdos mismos.

¿qué me dicen esos recuerdos? Que estoy cayendo y que estoy a punto de morir. Nada más. Alguna vez leí que cuando uno sufre una situación traumática, la percepción se agudiza. Había leído también que en algunos de estos casos el tiempo parece dilatarse o contraerse; Claro que siempre mínimamente, nunca como ahora, nunca como esto que vivo ahora. Claro que estos relatos eran siempre de gente que sobrevivía a estas percepciones. Por lógica para contarla hay que sobrevivirla. ¿de qué manera se agudizaba la percepción de una persona que iba a morir irremediablemente? Eso no lo sabíamos, también por razones obvias. Bueno, quizás yo si lo sabía. Pensé esto un buen rato. Había algo que no terminaba de convencerme en mi razonamiento. Lo descubrí al cabo de un rato: mi razonamiento fallaba porque presuponía que el perceptor sabía que iba a morirse. En efecto: el cerebro de una persona que vive una explosión y la sobrevive debería percibir exactamente igual que el cerebro que vive esa misma explosión, pero muere en ella. Sobrevivir o no sobrevivir la experiencia traumática es algo que ocurre siempre a posteriori de la experiencia misma. Comprendí con horror que si mi percepción era tan extraña y novedosa no era porque iba a morir; Era porque ya estaba muerto.

Muerto o, al menos, destinado indefectiblemente a morir. Aunque también cabía la posibilidad de que la mía fuera una percepción acrecentada fuera de lo común. Algún tipo de viaje astral, de experiencia mística única en su tipo y nunca antes vista en un mortal. Este último pensamiento me tranquilizo. Se me ocurrió que si sobrevivía a todo esto luego podría escribir un libro de esta experiencia. Me dedicaría a dar charlas y a lo mejor hasta podría idear algún tipo de religión o movimiento espiritual con el cual llenarme la panza hasta el verdadero fin de mis días. Debo haber estado pensando en estas cosas durante algún tiempo porque de un momento a otro me dormí.

Al despertar estaba en completa oscuridad. Mirase donde mirase, no había nada. De hecho, mirar era más bien hacer la intención de estar mirando. En la completa oscuridad en la que me encontraba ahora hablar de puntos cardinales era tan ridículo como hablar de arriba y de abajo estando sumergido en un espacio infinito. Me di cuenta de que, nuevamente, tenía los ojos cerrados. Me sentí estúpido por cometer de vuelta el mismo error. Entonces me di cuenta de que los tenía cerrados porque no podía abrirlos. Bueno: era natural. No podía mover los parpados, por ende no podía abrir los ojos. Pero ¿cómo había hecho antes para abrirlos?  No lo sabía. Solo recordaba que se habían abierto apenas había comprendido que los tenía cerrados. Ahora también lo comprendía y sin embargo seguía sin poder abrirlos. Estuve largas horas luchando por abrir los ojos y en algún momento, cuando ya me había rendido y estaba pensando en cualquier otra cosa, repente volví a tener un campo de visión con formas y colores. De hecho, me di cuenta que estaba viendo en un momento cualquiera, cuando ya hacia probablemente horas que miraba el suelo pedregoso del andén.

Por un momento crei que la bocina ha dejado de sonar pero, apenas lo note, vuelvo a oírla. Supongo que me he acostumbrado a ella de tal manera que puedo por completo. La bocina es igual al sonido de la bocina. Empiezo a pensar en otras cosas y dejo de oírla nuevamente. Al cabo de un rato vuelvo a dormirme.

Dormía y despertaba de a intervalos. Claro que "dormir" no era la manera más apropiada de explicar lo que me pasaba en esos apagones de conciencia. Mas bien era, me repito, una perdida aleatoria de la conciencia. Dejaba de percibir la realidad y el paso del tiempo de la misma forma en que dejaba de percibir, cada tanto, el sonido de la bocina. Mi conciencia era como una lamparita que se prendía y se apagaba siguiendo los dictados de alguna voluntad inapresable que se encontraba mas allá de mi control. Se me ocurrió que quizás era la misma voluntad que mantenía el tiempo congelado mientras mi cuerpo caía perpetuamente hacia las vías. Por supuesto que todas estas son especulaciones. Espero no se me reprochen estas divagaciones en una situación tan importante como la mía. ¿qué otra cosa podría hacer?

Yendo a problemas concretos: he intentado en numerosas ocasiones girar la cabeza o volverme o, al menos, girar los ojos de manera de ver quien fue el que me empujo. Lamentablemente parece serme imposible. Se que, si lograra de algún modo girarme, podría ver de frente a mi asesino. Quisiera saber si tuvo o no la intención de matarme. Creo recordar que el empujón me fue dado con las manos, pero bien podría haber sido un topetazo con el hombro o un empellón dado de costado con todo el cuerpo. Incluso una patada dada en plena espalda podría haber tenido el mismo efecto.

Para pasar el tiempo me imagino todas las posibles variantes de mi asesino: Puede haber sido un sujeto de gabardina y sombrero de ala ancha. Mejor aún: una fedora parecida a la que usaba el inspector ardilla. El sombrero le cubriría la cara. Me estaría empujando con una mano, mientras con la otra ocultaba el rostro bajando lo más posible el ala del sombrero. La mano le cubriría casi toda la cara, pero no podría disimular la sonrisa de sicario, que asomaría fragmentada entre los dedos y la mano. Aunque también podría ser un adolescente de remera y blue jeans. Quizás sería demasiado joven, casi un niño. Un niño psicópata, hijo de su generación. Odiaría a todos y a sí mismo. Al mundo entero. No tendría, como el villano de gabardina, motivos profesionales, sino que me habría matado pura y exclusivamente para sentir el placer de matar. ¿No había tenido yo mismo, muchas veces, la misma curiosidad?  En ese plano también me imaginaba a una adolescente, esta vez mujer, demasiado linda o demasiado fea pero siempre extraña, rubia y de pelo lacio. La mirada perdida, unos ridículos anteojos de marco que encerraban una mirada fría, como de reptil. Estiraba los labios en una sonrisa cruel mientras me decía algo como "Porque odio los Lunes". Claro que cualquier mujer me remitía a la trillada fantasía romántica en donde la asesina era una chica despechada por mi o algo por el estilo. Cada una de estas posibilidades tenía cientos de variantes, cada cual más realista o más descabellada que la anterior. Mis especulaciones acerca de mi asesino cubrieron, a lo largo de los días, todas las posibilidades: asesinos seriales japoneses, compañeros de trabajo celosos o vengativos, indigentes drogadictos que intentaban robarme, sicarios enviados desde Irak o Afganistán que por error me confundían con un agente de la CIA, torpes y gordinflonas mujeres embarazadas que me empujaban en su torpeza con pesados cochecitos donde llevaban horribles bebes con olor a pis o a coliflor, ciegos que envidiosos de mis capacidades visuales no dudaban en, amparados como estaban por su supuesta condición desvalida, enviarme a mi también hacia la oscuridad. Los motivos variaban también dentro del mismo asesino: ya me mataban para callarme algún secreto importante como para castigarme por no revelarlo. O lo hacían por amor o lo hacían por despecho. Tenían un motivo elaborado u obedecían a un impuso rabioso y momentáneo. Ya se vanagloriaban de mi muerte como corrían arrepentidos a entregarse a la policía. O escapaban o eran capturados. Algunos incluso saltaban detrás mío para morir conmigo. O eran empujados por la turba furiosa pero justiciera. A veces lo que sucedía era que el asesino ni siquiera se daba cuenta de que me empujaba. A veces ni siquiera tenía un motivo. A veces absolutamente nadie notaba mi muerte. Y si la notaban, a nadie parecía importarle.


En algún momento, no sabría decir cuando, perdí la noción del tiempo. Ya no recuerdo si estoy aquí hace días o si estoy ya hace meses o incluso años. Los vacíos de conciencia de los que he hablado ocurren con mayor frecuencia que nunca y, por si fuera poco, descubrí que no tengo forma de saber cuánto “tiempo” pasa entre apagón y apagón. He notado que no recuerdo tampoco gran cosa de mi vida pasada. He elucubrado tanto que bien podría ser que los pocos recuerdos que tenga sean puramente invenciones mías. No hay ninguna razón, pienso, que impida que yo haya estado siempre aquí, cayendo. Incluso palabras como "cayendo" y "vida anterior" se me antojan extrañas y casi carentes de significado. ¿qué significa cayendo? Comprendo que es una expresión para expresar cierto tipo de movimiento que por lo general va de arriba a abajo y que obedece a algo llamado gravedad. Pero lo que sea esta “gravedad”, no tengo la menor idea. Tampoco entiendo nada de arribas o abajos y - ¿para qué mentirles? - no logro comprender del todo bien aquello del movimiento. Algo en mi me dice que es algo completamente distinto de esto que ahora veo ahora (las piedras, las líneas de metal, lo blanco que quema allí y lo negro allá) pero, ¿qué otra cosa podría ser? Si me pongo a analizar la expresión "vida anterior" me pasa exactamente lo mismo. No entiendo eso de "anterior" y por "vida" entiendo existir, que es precisamente lo que hago ahora.


De repente tuve este pensamiento: "si puedo pensar con el tiempo detenido es porque estoy pensando no con mi cerebro físico, sino con otra cosa". El pensamiento salió armado desde lo profundo de mi mismo. No lo comprendo en absoluto. Naturalmente, puedo pensar. No comprendo tampoco por qué digo que el tiempo está detenido. Puedo contar las palabras que acabo de decir. Fueron ocho. ¿podría contar de uno a ocho si no fuera a través del tiempo? Vaya... hago estas reflexiones como quien recuerda una canción, pero no entiende la letra de lo que canta...

Existo nuevamente. Acabo de salir de la oscuridad una vez más. Veo estas piedras, veo lo blanco de un lado, lo negro del otro. Estas líneas plateadas (tengo el deseo de seguirlas) entre las piedras. Poseo prolongaciones que no se mueven y me recuerdan a las ramas de los árboles. Me parece ridículo tenerlas si no sirven para nada. Si me sirvieran para seguir las líneas, sería algo. Existo. No sé ni cómo ni para qué. Tampoco tengo mucha necesidad de saberlo. Antes, hace algún tiempo (no sé cuánto) me preocupaban estas preguntas. Ahora ni siquiera las entiendo. Las preguntan vienen como corolario del malestar. No estoy seguro de si el malestar es por las preguntas o si las preguntas vienen por el malestar. De todos modos, no las entiendo en absoluto, por lo que dejo que se vayan del mismo modo como vinieron.

Si tuviese que resumir mi existencia en este universo de piedras, lineas y quietud lo haria asi: existo - no existo - existo - no existo - existo - no existo. Existir es mirar las piedras, las formas que tengo delante, la luz o el túnel oscuro. También es formularme las preguntas y sentirme ya contento o ya triste. A veces también es recibir pensamientos extraños, con palabras extrañas, que emergen a mi conciencia de algún sitio. Algunas palabras como "muerte" o "tiempo" se repiten más que otras.

No existir es algo de lo que no estoy muy seguro. No sé qué es, ni como es, ni lo que hago cuando no existo. Si no lo percibo de ninguna manera entonces no puede ser. Y sin embargo, puedo inferir que hay momentos en que no existo. Lo infiero de ciertas discontinuidades en mi existencia. A veces, sin entender por qué, mis pensamientos se interrumpen. También mis percepciones. Y luego, cuando me doy cuenta de que nuevamente pienso o veo, noto que no recuerdo desde cuándo. Supongo que no existir ocurre siempre en una región de oscuridad insondable. También se me ocurrió que quizás cuando yo no existo exista otro, aquí, que mire las piedras o las personas del andén. A lo mejor nos turnamos. No existir no me disgusta en modo alguno.

Después de mucho tiempo me ha surgido otro pensamiento armado. Me da miedo ponerlo en palabras. Pero comprendo muy bien su sentido: el deseo de dejar de existir. No me gusta para nada este sentido. He existido siempre. Existir tampoco me desagrada en absoluto. ¿de dónde me viene esta idea?

Hay algo que me atemoriza de la luz. No llego a saber que es. Tengo la sospecha de que es porque la luz de la derecha esta más cerca. Si, debe ser eso. Cada tanto miro a lo blanco y veo que su fulgor se acerca, que su brillo se acrecienta y que el sonido es más penetrante, como más urgente.

¡Y no es solo el sonido! ¡también son las piedras! las piedras son cada vez más grandes. De tanto en tanto noto que puedo distinguirlas con mayor detalle, como si crecieran muy despacio a lo largo de los siglos, pero sin detenerse.

He tenido este pensamiento: "las cosas se están moviendo" y también este otro "las cosas se mueven de vuelta, muy lentamente, lo cual significa que". Aquí el pensamiento se corta. Las palabras se desarman. Pero el sentimiento horrible, el de las malas ideas, crece de forma monstruosa e ilimitada. Tengo que descartar este pensamiento cuando comienza a crecer así. Hace que todo se vuelva insoportable.

Me es imposible alejarlo. La idea viene cada vez que veo las piedras o la luz. No entiendo el porque me atemorizan tanto estas cosas. Son cosas que siempre han estado ahí. Las piedras, la luz, el túnel, la gente. Así es el mundo. También he notado que las caras de la gente se modificaron casi imperceptiblemente desde la última vez que las mire. Son los ojos. Una buena cantidad me mira. Tienen un brillo extraño que no les había visto antes.

He decidido cerrar los ojos (es una extraña forma de no ser que descubrí). No quiero ver las caras horribles de la gente ni sentir el pensamiento monstruoso que desborda. Ya no me importa si las piedras crecen o si la luz se acerca.

Noto algo distinto. Desagradable. Es algo insoportable. ¡Dolor! ¡Esto se llama dolor y lo siento ahora mismo! En el cuello, en las rodillas y en los codos. De manera constante lo siento. Lucho (semanas, años, siglos enteros) por abrir los ojos y en algún momento lo consigo. Huelo tierra. Huelo aceite. Siento la cara presionada contra algo sucio y puntiagudo. Ahora veo que son las piedras. Ocupan todo mi campo de visión. Mire donde mire veo piedras. Escucho la bocina y (esto es nuevo) también otras pequeñas bocinas. Gritos. Reconozco que son gritos. Todo suena al unísono, como un coro terrorífico.

Ahora las piedras cerca de mi cara tiemblan. Siento a la luz inmediatamente a mis espaldas, gigante, abarcándolo todo.

Luego dolor, pero solo por un instante. Un instante tan corto que ni siquiera me alcanza para sentir alivio.

8 sept 2019

Lunatica

Por más que me esfuerce no logro recordar quien la trajo. Posiblemente alguna de las amigas de mama, o tal vez algún vecino. Quizás fue un regalo alguien le dio a papa en la fábrica. O tal vez... es decir, es imposible, pero... muchas veces no puedo evitar pensar que no la trajo nadie; Que, como las calamidades o las enfermedades, vino sola.
Lo que, si recuerdo, aunque vagamente, fue la fecha. Fue en invierno. Llego un día de Julio. Recuerdo que había sol. Yo y Leti (el burro por delante decía mama frunciendo el ceño) jugábamos en el jardín. Como la tarde declinaba hacia bastante frio, por lo cual Leti estaba enfundada en esa campera gris perla que le daba un aspecto extraterrestre, como si fuese un astronauta que en vez de jugar en el jardín estuviese explorando la luna. Tal vez o, más bien, precisamente por ello jugábamos a la caminata lunar.
El juego consistía en caminar muy lentamente, balanceándonos hora en un pie, ahora en otro, como si experimentásemos la gravedad lunar o estuviésemos bajo el agua. Por alguna razón nos imaginábamos la gravedad lunar como estar sumergidos en agua. Entonces, mientras caminábamos torpemente (no Valia hacer trampa), rebotando, teníamos que encontrar objetos para la misión. Entonces Leti traía una piedrita amarillo verdosa y decía "traje un sapo lunar", y yo traía una bolita y decía que había encontrado el ojo de un marciano. Si la importancia de su objeto superaba al mío, Leti se reía de manera excéntrica y revoleaba los ojos en un paroxismo de divertimento. Daba pequeños saltitos que rompían por completo el ambiente del juego y me decía con los ojos que siguiéramos explorando. En cambio, si mi objeto era superior que el suyo, Leti no decía nada. Apretaba los labios en un gesto de enojo y se daba la vuelta para buscar un objeto que verdaderamente excepcional. Buscaba ganar en absolutamente todos los juegos, lo cual terminaba pasando tarde o temprano por pura voluntad de ella. Porque el que quiere ganar – creo que esto se lo escuche a algún profesor - se esfuerza siempre. Lo que no decía ese profesor es que cuando alguien gana el juego se termina.
A mí nunca me gusto ganar. Es decir, si me gustaba, como les gusta a todos los nenes. Pero lo que a mi más me importaba de jugar con Leti era precisamente eso: jugar con ella. Entonces ella se esforzaba para ganar y yo me esforzaba para que el juego continuara. Y como ella se esforzaba mucho por ganar, yo me esforzaba proporcionalmente porque no lo hiciera (por lo menos no tan fácil, no tan rápido) aunque al final casi siempre terminaba saliéndose con la suya.
Para ganar a lo que sea Leti siempre se enfocaba en sus propias fuerzas. Ganaba en base a llevarse puestas las cosas, a las personas, y muchas veces también a las reglas. Supongo que visto desde afuera era una nena malcriada, una caprichosa. Y yo un obsecuente. Visto desde adentro no era muy diferente el asunto. Pero una cosa es aceptar las verdades de nuestro carácter en el fuero interno y otra escuchar que te las griten a la cara. Por eso, cuando luego de dos o tres victorias obscenamente fáciles Leti me grito que la estaba dejando ganar, (peor que la derrota era la falsa victoria) tuve quizás por primera vez el deseo de ganar. Entonces empecé a mirar.
Así como Leti se enfocaba en sí misma, yo siempre observaba el entorno. Mirar era mi arma. Como la caminata lunar se trataba de encontrar rápidamente objetos raros, mi observar el terreno era un arma para nada despreciable que podía medirse con la rapidez de piernas y reflejos de Leti. Ella podía llegar antes a cualquier objeto, pero para eso tenía que verlo antes. Comencé a rodear la casa barriendo el suelo con atención. Buscaba ver esas algo que pasáramos por alto a simple vista: una chapita, un gusano multicolor, una piedrecita extraña. Y entonces, ahí estaba: la muñeca. Apoyada contra la pared trasera de la casa, casi oculta por un caño de desagüe que bajaba desde la canaleta del techo. Era una muñeca de trapo, sentada casi demasiado recta contra la pared formaba una ele con las piernas, dos salchichas de trapo que se extendían sobre el pasto. Los bracitos caían inertes a los costados. Llevaba un vestido verde hecho de tela y llevaba el cabello - hecho de largos piolines de lana colorada - en dos coletas. Los ojos eran botones, también rojos. La levante y me la lleve caminando, seguro de mi victoria: Había encontrado una Marciana viva.

- Encontré una parte de un robot de exploración - había dicho Leti mientras me enseñaba, orgullosa, un par de tijeras oxidadas y manchadas de tierra. Yo sabía muy bien que aquellas tijera oxidada las había sacado del costurero de la abuela que mama tenía bien guardado en el estante alto del ropero de su pieza. Obviamente Leti había aprovechado que yo había rodeado la casa para entrar a buscarla (lo cual rompía las reglas) y luego a enterrarla y desenterrarla. Decirle tramposa era lo mismo que dar por terminada la caminata y yo, por supuesto, no tenía la menor intención de hacerlo, no después de haber encontrado lo que ahora era mi as en la manga. Entonces saque la muñeca – que llevaba oculta detrás de mi - y se la puse delante del ojos diciéndole que yo había capturado viva a una habitante de la luna.
- Eso no se puede - me había dicho ella en tono de protesta. Yo sonreí y le dije que sí, que se podía. Los ojos de Leti buscaban en la muñeca algún indicio, alguna pista. Rápidamente comprendí lo que pasaba. Creía que yo la había sacado de algún otro sitio, que de ninguna manera la muñeca podía estar ahí en el jardín. Conocíamos todos y cada uno de los juguetes de la casa.
- La encontré al lado del caño del agua - le dije por toda explicación.
- A ver - dijo ella. Y me siguió rodeando la casa hasta que llegamos al lugar.
- Ahí estaba - volví a decirle, señalando el sitio exacto. Leti reviso la zona y luego de unos segundos declaro que estaba bien, que yo ganaba. Luego me miro y me pregunto si le regalaba la muñeca. Ella generalmente no jugaba con muñecas. Pero, por supuesto, yo tampoco. Entonces se la regale.
- ¿cómo dijiste que se llamaba? - me pregunto.
- Marciana - le dije - Porque vive en la luna.
- Entonces es Lunática - dijo ella al tiempo que salía corriendo a dejarla (más bien tirarla, revolearla) a su pieza, entre el resto de los juguetes y peluches que tenía desperdigados sin el más mínimo orden, y por el cual mama siempre la retaba apenas entraba a la pieza. Desde ese día Lunática empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en nuestras vidas.
Todo fue ocurriendo poco a poco, muy gradualmente, tal como se incuba una enfermedad lenta pero finalmente terminal. Pequeños indicios. Pistas. El primer síntoma, justamente, fue lo del cuarto. Un poco después de aquella caminata lunar, descubrí que Leti había empezado ordenar su cuarto. Primero una vez cada tanto y luego, para alegría de mama, constantemente, todos los días. Tanto que empecé a ser yo el que se llevaba, por comparación, las llamadas de atención.
Lo siguiente que paso fue que Leti empezó a cerrar la puerta del cuarto con llave. Esto no le gustó mucho a mama, que luego de varios intentos fallidos de entrar al cuarto tuvo una charla con Leti en la que (nunca supe lo que hablaron) acordaron que, dado que mama tenía una copia de todas las llaves, podía encerrarse en su cuarto siempre y cuando no dejara la llave puesta. Hasta ese entonces la casa había sido para mí una gran habitación en la que pasaba indiferentemente de un cuarto al otro sin mayores problemas, como si las puertas solo fueran aberturas que servían para separar los espacios (el comedor para comer, la cocina para cocinar, el baño para lavarse y los cuartos para jugar y dormir) pero nunca para impedir el acceso. Fue entonces que comprendí el significado de una puerta cerrada.
Recuerdo que, al menos al principio de todo aquello, intente que todo siguiese como hasta ese entonces, es decir, que volviese a ser lo que había sido siempre. Fue inútil. Leti parecía haber obtenido, de la noche a la mañana, un sentido de la privacidad que yo no entendía ni compartía en absoluto.

- Dale, déjame pasar - le decía yo - Juguemos a algo.
- No quiero - decía ella - Andate, que ahora estoy jugando sola.

Leti Ocupada. Leti haciendo sus cosas, Inalcanzable. Leti jugando sola era para mí una realidad nueva y desagradable. Ahora Leti jugaba mucho más sola de lo que jugaba conmigo. Cada día pasaba más tiempo encerrada en su pieza. No sabiendo como reaccionar ante aquella puerta cerrada, terminé por calificarla de egoísta, y empecé también yo a jugar por mi cuenta. Primero con mis juguetes, en mi cuarto. Resulto que me aburria mortalmente. No podía, como al parecer si podía Leti, poner a volar mi imaginación. Lo que a mi me divertía de un juego, creo que ya lo dije, eran los otros. Siempre los otros. Los juguetes, por mas bonitos o raros que sean, terminan siempre por cansarme. Rápidamente pase jugar en mi cuarto a jugar en la calle con el resto de los chicos del barrio, a la escondida y a la pelota. Fue en ese momento – tengo que decirlo, aunque me avergüence – que comencé a desinteresarme por lo que hacía Leti.

Siempre que los chicos me preguntaban por Leti yo les decía que “ahí andaba”, o que no sabía. Otras veces, sin comprender del todo que podía tener Leti de interesante, evitaba la pregunta o respondía alguna barbaridad. Me molestaba la pregunta, era obvio. También me molestaba que mama no se diera cuenta del cambio o que, peor aún, estuviera de acuerdo con él; Que estuviese de acuerdo en cómo Leti había se iba volviendo cada vez más retraída. En ese tiempo creía que la incomodidad que sentía se originaba en el rechazo que sentía por parte de Leti, pero ahora creo que esa incomodidad era de alguna forma premonitoria. En alguna parte de mí, algo me decía que lo mejor era dejar a Leti en su cuarto cerrado. De ninguna manera se me ocurrió relacionar todo esto con la muñeca que encontramos en el jardín. Hasta que vi el altar.

Ocurrió que un día, aprovechando que mama trabajaba toda la jornada, me hice con el llavero que tenía, entre muchas llaves, la de la pieza de Leti. No puedo decir que hiciera todo esto de forma impulsiva. Lo cierto es que la idea de que si Leti pasaba tanto tiempo en su pieza sin dejarme entrar era porque había encontrado algo. Algo que era más interesante que jugar conmigo. Algo que, egoísta como era, no quería compartir conmigo. ¿Realmente tuve yo, un chico de nueve o diez años, aquellas ideas? Quizás no. O al menos, quizás no de un modo claro. Pero si tenia manchas, borrones, oscuridades pensadas a medias que me llevaron a conseguir esa llave como quien tuviera un plan cuidadosamente ideado.
Ya con la llave, espere el mejor momento para escabullirme. Cuando Leti se encerró en el baño, supe que ese momento había llegado. Me arrimé a la puerta de su pieza y comprobé que, como ocurría últimamente, estaba cerrada. No tenía una idea de lo que iba a hacer una vez adentro, pero supongo que dependía de lo que encontrara. Introduje la llave muy quedamente, sin hacer el más mínimo ruido. Y di primero una vuelta, y luego otra. Escuche aun unos segundos, temiendo que de alguna forma Leti estuviese al tanto de lo que ni siquiera yo sabía que haría. La casa estaba en absoluto silencio. Bajé el picaporte y abrí la puerta.
La pieza era exactamente la misma y al mismo tiempo estaba irreconocible. Ni un peluche en el piso. La cama perfectamente hecha. La ropa guardada en el ropero. Todo esto lo vi inmediatamente, apenas entrar. Estaba por inspeccionar más de cerca cuando algo dentro mío me dijo que me detuviese. De algún modo supe que, si tocaba algo, o siquiera daba un paso sobre el mullido piso de alfombra de la pieza, Leti lo sabría. El cómo podía ella saberlo me quedo claro en el momento en que vi el altar. Aquel santuario había escapado a mi inspección inicial, cosa que bien visto era increíble. ¿Había escapado? Cuando recuerdo esa escena tengo que decir que más que escapado, lo que ocurrió era que no estaba allí la primera vez que mire. Como si un velo invisible lo ocultase de miradas fugaces. Ahora comprendo que la idea de que entrar era peligroso me había venido del frio sentimiento de saberme observado. Sobre el estante de la pared Leti solía tener algunas fotos suyas con mama y otras cosas que consideraba bonitas. Todo aquello había desaparecido. En su lugar, ocupando el centro del estante, estaba Lunatica y, a sus costados, estaban apiladas las cabezas de los peluches. Una cabeza de conejo, dos de oso y una de vaca. Mientras miraba asombrado el grotesco cuadro sentí un escalofrió recorrerme la espina dorsal. ¿eso había estado ahí todo el tiempo? ¿había estado ahí todos esos días, jugando con Leti?
Lunatica, entronizada sobre aquellas cabezas, sonreía como una reina despiadada. ¿sonreía? bueno, eso era imposible. Quiero decir, tenía la sonrisa cosida en hilo rojo. Una sonrisa amplia y perversa, la misma que había tenido siempre... ¿o no? ¿tenía ya una sonrisa así cuando la encontré en el jardín? Ahora creo firmemente que no.  Entonces escuche la cadena del baño. Sali de la pieza como accionado por un resorte, cuidando de no hacer el más mínimo ruido, cosa que quizás no pude evitar del todo al darle llave a la cerradura. Cuando Leti salió del baño yo ya estaba en mi cuarto, deseando tambien poder cerrar con llave mi propia puerta.

Esa misma noche, mientras comíamos, Leti no me saco los ojos de encima. Su mirada era fija y ausente a un tiempo. Unos ojos que parecían fríos, sin expresión, ojos que no miraban y que daban la expresión de ser una ventana. Una ventana a través de la cual miraba otra cosa. Era claro: sabia que había entrado a su cuarto. No dijo una palabra en toda la comida, pero cuando mama fue a la cocina a limpiar los platos, dejo los cubiertos y me susurro : No vuelvas a entrar a mi cuarto.

- Estas loca, nadie entro a tu pieza - mentí, más aterrado que enojado.
- Mentiroso. Si que entraste – me acuso ella.
- ¿Y vos que sabes? – me defendí – No podés saber lo que hacen los demás.
- Lunática sabe – dijo Leti, sonriendo de un modo horrendo. Su sonrisa tenia algo de la sonrisa de la muñeca. Fija, fina, apretada como si estuviera cosida. Tuve la certeza de que había una fila de dientes apretados detrás de la sonrisa. Aunque tenia los pelos de punta, no pude evitar burlarme de ella.
- ¿Lunática sabe? Bueno, que lo sepa. Voy a entrar cuando me dé la gana – le espete en todo desafiante.
- Como quieras – me dijo sin modificar la mueca dura en su cara – Pero Lunática dice que, si vos la vas a visitar a mi cuarto, entonces ella te va a ir a visitar al tuyo.  Y vos no tenes llave para encerrarte.
Esa noche dormí poco y nada. Por momentos, a la madrugada, me imagine escuchar pequeños pasos ir y venir por el pasillo. No volví a intentar entrar al cuarto de Lunatica – ya no podía considerarlo meramente el cuarto de Leti – e intentaba encontrarme lo menos posible con ella. Cuando la miraba, no podía evitar ver aquellos rasgos duros y desencajados que ahora iban reemplazando, poco a poco, la conocida cara de mi hermana. ¿Era todo imaginación mía? Ni mama ni nadie parecía notar estos cambios sutiles.
Cada dia pasaba más tiempo afuera, jugando en la calle o en las casas de otros chicos. Como si fuera un espejo invertido, Leti dejo de jugar afuera completamente. Apenas llegaba de la escuela se encerraba en su cuarto, del que solo salía para comer o para ir al baño. Incluso a mama le empezó a preocupar todo el tiempo que pasaba sola.

- ¿No te aburrís todo el día en el cuarto? - le preguntaba en la comida.
- No mami, juego sola - decía ella.
- Sola - repetía ella - ¿pero a que jugas? - volvía a preguntar mama.
- Con las muñecas juego. Hago bailes, cenas, cacerías - decía Leti sonriendo. Mama le decía que bueno, que estaba bien, que ya algún día íbamos a salir al zoológico o a algún parque. Nosotros decíamos que sí. Pero yo sabia que no, que a Leti no le interesaba el zoológico porque, sencillamente, Leti tenia un zoológico dentro de su cuarto. Un Zoológico lleno de cabezas decapitadas. Por mi parte cada vez me integraba más un grupo de chicos de la cuadra con los cuales hacíamos de todo: desde picados contra los del club a excursiones al rio o a los muchos descampados de la zona industrial en la que vivíamos.


En la última época Leti empezó a faltar al colegio. Primero con mentiras. Fiebres inexistentes. Sospechosos dolores de panza. Sueño injustificable. Luego sin dar excusas o haciendo berrinches, verdaderas explosiones de ira y llanto. Y después, cuando ya se le habían acabado las excusas y las enfermedades falsas, comenzó a enfermarse de verdad. Al principio con mama pensábamos que mentía. Pero tuvimos que admitir, sobre todo cuando arranco a temblar y a vomitar, que realmente tenía algo. El doctor dijo que era indigestión, después gripe, después gripe de estación y más tarde indigestión de vuelta. Mama trabajaba y no podía faltar todos los días para cuidarla. La cosa hubiera sido grave de no ser porque al cabo de dos o tres días de “reposo absoluto” Leti se sentía siempre un poco mejor. Llegamos a acostumbrarnos a que se sintiera mal tres o cuatro de los días de la semana. Desde el episodio del Altar yo me había obligado a hacer de cuenta que todo lo que pasaba con Leti era normal. Es difícil explicarlo ahora, donde puede parecer que dejar estar así a una nena que nunca había sido enfermiza era cualquier cosa menos normal. En mi caso, la muñeca de sonrisa cosida era lo que me facilitaba la ceguera. ¿Tenía mama temores parecidos? Ahora creo que si, que los tenía. Temores o bien… otra cosa. Algo más.

Los meses pasaban y Leti estaba cada vez más pálida y más flaca. Un día mama decidio que ya era suficiente y saco turno en una clínica privada del centro. Esa noche nos habló y dijo que si Leti seguía con esos malestares probablemente tuviéramos que internarla. Leti escucho todo sin decir una palabra. Hablaba muy poco y solo para responder a lo que le preguntaban. Era una sombra de su expresividad de antaño. Mama volvió a preguntarle si lo entendía y ella le dijo que si, que lo entendía.

A la mañana siguiente mama no pudo entrar al cuarto de Leti. Habían dejado la llave puesta. Mama estuvo lo que me pareció un rato larguísimo golpeando la puerta y ordenándole a Leti que abriera. Del otro lado de la puerta no llegaba ninguna respuesta, ningún sonido. Mama me ordeno quedarme cuidando la puerta y salió a buscar al cerrajero del barrio, que estaba apenas a dos manzanas. Apoye la oreja contra la puerta y escuche.

No se escuchaba nada. Al menos al principio. En su apuro, mama no había escuchado bien. O mejor dicho, había escuchado buscando una voz, un ruido. Si hubiera escuchado con atención, pegando el oído a la puerta aguantando la propia respiración, la hubiera oído. Mama no había inspeccionado el terreno. Si uno ponía el alma en un vilo, si hacia desaparecer, en puntas de pies, el peso del propio cuerpo, si proyectaba no solo su atención sino todo su ser dentro del cuarto de Leti, intentando llenar todo el espacio, palpando centímetro a centímetro cada rincón del cuarto, podían escucharse, muy quedos, unos pasos ahogados. Secos. Pasos solapados dados por pies de trapo, por piececitos rellenos de algodón. Pasos de muñeca, que recorrían el cuarto, yendo y viniendo, yendo y viniendo, yendo y viniendo. No recuerdo cuanto tiempo me mantuve escuchando, casi hipnotizado de terror por la silenciosa marcha en el cuarto de Leti. Probablemente fueron solo unos minutos, pero el terror gelido que nacio dentro mio aquella tarde se mantiene vivo, en mayor o menor medida, hasta hoy, hasta el punto en que detesto el silencio, en que no puedo soportar la total ausencia de ruido, pues temo que en algun momento oire nuevamente aquellos pasos.

Mama llego con el cerrajero un rato después. Cuando abrieron la puerta, no vieron nada. Es decir, nada fuera de lo común, si no contábamos como fuera de lo común el hecho inconcebible de que Leti no estaba en el cuarto. No estaba detrás de las cortinas. No estaba escondida entre la ropa. No estaba debajo de la cama. No estaba por ningún lado. Mama me miro entre furiosa y aterrada y, antes de que hiciera la pregunta obvia, le dije que nadie había salido del cuarto. Estaba y hasta hoy, estoy seguro de eso. De hecho, la llave estaba puesta del lado de adentro cuando el cerrajero forzó el mecanismo de la cerradura. El cuarto de Leti no tenía ventanas. Como si se tratase de un truco de magia televisado. Un truco pesadillesco, que si producia alguna fascinación era la del terror. Una maravilla macabra. Imposible, era imposible. Mama lo repetia como hipnotizada mientras me sacudia por los hombros, mientras me ordenaba que terminaramos con el juego, mientras le gritaba a Leti – pero Leti ya no estaba, ya no estaría nunca mas – que ya estaba bien, que no era divertido, que apareciera inmediatamente; Yo la miraba y sentia como poco a poco la ganaba el primero el miedo, despues el panico y finalmente, mientras revisaba toda la casa practicamente destrozandola, gritandole al cerrajero que llamase a la policia, la locura. La misma locura que comenzo a ganarme a mi (que me viene ganando desde ese dia) cuando vi, en el centro de la pieza que habia sido de Leti, a Lunatica parada en el centro del cuarto. Su cara tenia aquella sonrisa horripilante, que ahora tenia labios y dientes. Las cerdas de lana colorada habian crecido hasta llegar al piso y giraban, oscilaban lentamente como serpientes y... los botones... es decir, en donde debian de estar los botones colorados... habia un par de ojos humanos... no humanos... que me miraban con una expresión hueca.