14 jun 2015

Metonimia

Sintio una leve presion sobre la rodilla y solo entonces abrio los ojos; Solo un poco, pero los abrio. El sol se filtraba perezosamente por la persiana americana, dejando ver las particulas de polvo en el aire. "Toda una constelacion, gira y gira", penso, y volvio a cerrar los ojos. En realidad, la luz solo alcanzaba hasta la mitad de la cama, y el resto todavia estaba en la penumbra grisacea del amanecer. La constelacion de motas de polvo era realmente hermosa. Daba gusto, abriendo solo un ojo, verla flotar en el rectangulo de la luz, como una tonta nube de corpusculos, como una via lactea de basuritas. Parecen un conjunto de amebas, un cardumen, plankton con inteligencia, penso mientras sentia el cuerpo algo mas pesado. "Voy a quedarme dormido de nuevo".
Luego de otro rato, la presion sobre la rodilla derecha lo distrajo nuevamente. El sol no se habia movido ni un poco, y la cara de Mia era tan hermosa y tan gatuna como siempre. Ella se habia acurrucado contra su hombro, completamente dormida. Movimientos enteramente gatunos, de animal domestico, penso. Dejando de lado la constelacion y los muebles, parcos y pocos, se concentro en la cara de Mia. Era siempre muy hermosa, dormida o despierta, con musica o, como en ese momento, en el aburrido silencio de la mañana. Al verla asi, tan indefensa a a vez que tan segura, sintio ganas de cometer el horrible pecado de despertarla. Despertarla con un beso o con un tiron de orejas, incluso con una cachetada repentina. La pierna de Mia se apreto un poco mas sobre su rodilla, y todo su pequeño cuerpo, oscuro y escurridizo, parecio querer buscar un hueco invisible contra sus costillas. Sus rulos negros le cayeron entonces en los ojos y en la cara, y entre riendose y maldiciendola, cedio a la irresistible necesidad de atraerla contra si con el brazo libre. Mia se revolvio toda contra el y produjo un verdadero maullido (cosa increible) para luego quedarse nuevamente en la mas perfecta quietud. Sonreia.
Estaba demasiado comodo como para moverse. Las arañas siempre tienen ocho patas, y hubiera sido muy facil estirar una de esas patas, duras y puntiagudas, recubiertas de pelitos, para cerrar de un tiron la persiana y, no sin crueldad, sumir a la constelacion nuevamente en la nada, en las tinieblas. Solo lo detuvo la modorra que sentia, muy comprensible si se tenia en cuenta el placido calor que provocaba el acolchado. Los muslos y las tetas de Mia, presionadas contra el como un fuego frio, tenian tambien algo de culpa por esa inmovilidad que al parecer duraria aun algunos eones mas. "Zaratustra estuvo una vez bajo el arbol como yo estoy aqui y ahora", dijo en voz baja, sumido en vanas reflexiones. Mia no se movio un centimentro, pero respondio, tal vez ya algo despierta, con un ronroneo de aprobacion o al menos de complacencia. Era una preciosidad, penso. Si el era una araña, largo y peludo, ella era definitivamente un lince. Mientras le echaba los rulos un poco hacia atras, dejandole al descubierto la oreja puntiaguda y el cuello, tuvo un impulso extraño y, sin razon alguna, recordo el fondo del cajon.
Ya su mano dejaba caer uno y luego dos dedos sobre el cuello, para ir bajando suavemente hasta sentir el omoplato, tan fragil, y subir nuevamente hasta casi la nuca, para recorrer casi imperceptiblemente el contorno afilado y como de punta de flecha, de la oreja, y luego dejarse ir hasta el hombro, hasta el antebrazo, ya tan calido, y mas alla, casi en el limite del alcance (pues incluso las arañas tenian limite de alcance), la cintura.
Mientras o, mejor dicho, al mismo tiempo, su otra pata se deslizaba, furtiva y como reptando, hacia la manija del cajon de la mesita, abriendolo casi con repugnancia, recordando la Ballester Molina, arrastrandose entre los obstaculos, tanteando traicioneramente, apartando cajas de cigarrillos, fosforos, revistas, hasta sentir con la punta de los dedos, y luego con la palma, el frio tacto del metal. Al mismo tiempo que sacaba el revolver del cajon pasaba de la cadera al vientre, despertando repentinos maullidos; Enorme conflagracion final, el friosecopeso de un lado, la calidahumedalevedad del otro, un dedo en el gatillo y el otro ya sobre el monte de venus,
Se trataba entonces, en la penumbra del cuarto, debajo y entre las constelaciones doradas de polvo, de buscar, de revolver las patas peludas y los dedos. Comenzo a comprenderlo. Sintio ser un puente entre dos cosas, sintio estar viviendo una metafora, un pasaje que iba desde el clitoris de Mia hasta la bala alojada en la recamara de la Ballester, con un arco que era el mismo, atravesado por corrientes electricas, repentinamente invadido por una rabia que se concentraba en el puño que firmemente sostenia el arma, en el dedo que temblaba sobre el gatillo, que intentaba sentir la bala decisiva y final, bala que solo necesitaba un pequeño pulso... pero no, no porque los pulsos estaban todos del otro lado del puente, en la ribera opuesta del cosmos, en donde, a millones de años luz, atravesando todo el espacio de las constelaciones, su otra mano se movia ritmicamente dentro de los misteriosos orificios de otro tipo de arma, buscando tambien el disparo dentro de la recamara de carne y hueso, sintiendo los gemidos y los mordiscos de Mia, que ya despierta o aun en el limbo lo ayudaba a decidirse por un lado, clavandole las uñas y las rodillas, intentando ejercer (¿pero lo sabria, tendria en sus intuiciones felinas algun leve presentimiento de lo que ocurria en el otro lado?) una presion mayor que la que la sorda consistencia del revolver, medium de algun oscuro demonio nihilista, le demandaba. Eso era la absurda lucha entre el bien y el mal, el tire y afloje en donde, era sabido, la soga siempre se rompia y el mal, que viene solo sin que se lo predique, acababa siempre ganando. ¿que papel jugaba el en esa pugna? ¿Que papel jugaba ella?
La realidad exploto justo a tiempo, con el desagradable estallido de los chillidos fabriles del reloj despertador. Eran las maravillas de la revolucion industrial obligandolos a vivir otro dia, fastidiandolos para sacarlos del sueño y del silencio. Eran los mil pensamientos del dia, las fechas y el implacable correr del tiempo los que, impacientes y algo ofendidos por tanta soberbia eternidad, por tanto despilfarro en cavilacion inutil, golpeaban el pie contra el piso y miraban disgustados hacia la cama. Inesperadamente y aun jadeando, Mia dejo caer, en un remolino de rulos negros, su brazo en un feroz zarpazo sobre el odioso aparato de metal. Demostro su presteza felina al atraparlo en su rabioso chillar para, acto seguido, arrojarlo furiosamente contra el suelo, provocando una ola de carcajadas generales y tambien varios disparos de alto calibre.

No hay comentarios.: