10 feb. 2018

Sobras


R. noto, apenas entrar, que era un lugar horrible. ¿una tienda de comida? ¿de comida rapida? ¡Y un carajo! Parecia una factoria, un reformatorio, una carcel. Un-dos, Un-dos, Un-dos. Los empleados realizaban las tareas mecanicamente, con una rigidez de piston. Realizaban sus labores de manera compulsiva, como ratas corriendo por laberintos de laboratorio.
Apenas puso un pie en la sucursal, R. supo que no le gustaria trabajar alli. Era el primer empleo que tenia. Si todos los trabajos eran asi, R. concluyo que no le gustaria trabajar en absoluto. Antes que eso preferia la miseria. Antes que eso, preferia morirse. 
Le dieron su unforme. Consistia en un pantalon de vestir negro, una camisa blanca (el cuello y los puños estaban mas amarillos que blancos), un chaleco color caqui y un ridiculo corbatin.
¿como un ser humano, es decir, un ser con cuerpo y alma, podia vestirse asi todos los dias sin sentir un redomado asco por si mismo? Respuesta facil: no podia. R vio que ahi adentro todos sentian asco por todo, aunque lo ocultaban de forma asombrosa. Por su parte, viendose en el espejo se sentia un retrasado con todas las letras.
¿eso era el trabajo? ¿esa era la via al progreso? ¿asi lucia la vida de un triunfador, de un ciudadano modelo? Se sentia como si lo hubiesen estafado. Sentia que lo habian tomado por un idiota. Tenia ganas de abofetear a alguien, a cualquiera, incluso a si mismo…. pero habia firmado un contrato. Un contrato con un monton de palabras lindas, de palabras importantes, de palabras absurdas; Habia firmado, y lo habían jodido: ahi estaba, sintiendose el imbecil mas grande nacido sobre la faz de la tierra, usando ese ridiculo uniforme de cadete militar.
El trabajo era de una facilidad pasmosa. Era tan sencillo que, hablando en serio, habia que padecer de una imbecilidad innata para realizarlo sin volverse un idiota consumado. Basicamente, consistia en barrer, en trapear, y en vaciar las bandejas de desperdicios en los tachos. Eso era lo que le tocaba a un novato como él. De todas maneras, los experimentados no hacían mucho más: atendían las cajas y servían los pedidos en las bandejas que luego vaciaban los otros. Todo se hacia inmediatamente. No hacia falta hablar, no hacia falta pensar, era casi puro ejercicio fisico.
En el aire flotaba una mezcla de grasa, insecticida y desodorante de ambiente con aroma a lavanda.
R trabajaba, pero no podia dejar de pensar que en todo aquello habia una trampa.
Cuando llego la hora de cerrar, a R. le encargaron cerrar la cortina metalica, y luego sacar las interminables bolsas de residuo llenas de inmundicia. Bajo entonces la cortina y comenzó a sacar las bolsas, y entonces fue que los vio.
Esperaban afuera, agolpados contra la cortina de acero, apelotonados contra el vidrio. Algunos fingian indiferencia. Otros lo miraban fijamente, como si estuviesen a punto de saltarle encima. Otros, al parecer mas experimentados, se mantenian a prudente distancia pero listos a pasar a la accion. La mayoria eran chicos. Nenes y nenas, de cuatro, cinco y seis años. De nueve y de diez. Iban de la mano o sueltos, o una nena de tres años casi a upa de una de las mas grandes, de trece o quince. Todos estaban absolutamente andrajosos. Tenian la piel oscura y mugrienta, quemada por el sol y el asfalto. La mayoria de ellos se mantenia en silencio, pero algunos aun jugaban. Siempre eran los mas chicos. Por otro lado, no solo habia niños. Tambien habia perros, perros flacos y tan mal alimentados como los chicos. Habia tambien moscas y moscones. Tambien habia comadrejas y todo un pequeño ejercito de lagartijas verdosas y de lagartijas pardas. Tambien habia un pequeño pulpo morado, que cariñosamente reptaba por el suelo como una anemona. Y tambien Caracoles, cienpies, polillas, palomas y, detras, muy en el fondo, en las sombras de la parte en penumbras de la avenida, toda una multitud de ratas que roian y olfateaban el aire.
Cuando R volvia a buscar las bolsas, el encargado lo detuvo.
- A esos no los dejas entrar, ¿me ois? Ni entrar ni rasgar las bolsas. Si las quieren abrir, me avisas y los sacamos a patadas- le dijo. R noto que, silenciosa pero ordenadamente, se habia formado una cuadrilla. Seis o siete empleados que hasta hacia quince minutos freian papas o barrian el piso se estaban poniendo ahora cascos antimotin, hombreras, y pesados chalecos acolchados. Dos o tres habian agarrado los lampazos y las escobas y las sostenian en el hombro como si fuesen fusiles. A los tres o cuatro que restaban el encargado les habia dado sendas cachiporras.
- Acordate, nunca dejes las bolsas solas afuera, si no estas lacras las abren y hacen una mugre barbara. Si te llegan a abrir una bolsa, despues tenes que barrer vos la vereda, ¿entendes? - le advirtio el encargado, y agrego: - Si vas a buscar bolsas, siempre dejas un compañero de guardia, ¿esta bien?
R. asintio y fue a buscar más bolsas. Era una estupidez. ¿Que le importaba a él si abrían o no las bolsas? De todas maneras no podia entender como se podía llegar a comer algo de toda la mierda que habia en las bolsas. ¡Si solamente olerlas le revolvia las tripas! Una cosa eran las cucarachas o las ratas, que comian lo que sea. Pero los nenes y las nenas eran seres humanos, o eso se suponia. Al menos eso le habian enseñado hasta entonces. 
Cuando R. saco la ultima bolsa, se inicio una batalla. Las ratas y las polillas, incitadas por las nenas mas chicas (que al parecer tenian el don de comunicarse con ellas) se lanzaron sobre las bolsas mas grasientas. Dos o tres empleados, armados de cachiporras, se lanzaron contra ellas para defender los bultos negros. Inmediatamente, otro grupo de ratas, esta vez acompañadas por los perros y demas mamiferos cuadrupedos, se lanzaron por el flanco derecho, contra otras bolsas. Lograron robar dos antes de ser repelidos. Al menos dos ratas y una zariguella perdieron su vida bajo los cachiporrazos de los empleados. Los perros, si bien eran resistentes a las cachiporras, tenian su punto debil en las patadas y pisotones. Las moscas efectuaban tareas de inteligencia y distracción, y si bien caian a mansalva, eran inmediatamente reemplazadas. Las  pequeñas y silenciosas lagartijas se dedicaban a robar los diminutos pedazos de grasa, carne y papel que se desperdigaban cuando estallaba una bolsa, pero constantemente eran aplastadas, consciente o inconscientemente, por los empleados o los demas animales. 
Las nenas y los nenes mas chicos atacaron en una tercera oleada, con el restante de las ratas y las moscas. Su principal medio de ataque era el ataque psicológico. Sabian que no tenian posibilidades en un combate cuerpo a cuerpo, por lo cual apelaban a generar compasión y confusion en sus enemigos. Pedían por favor, muy por favor, por favor de los por favores. Enseñaban, cual si fuesen muñecas, a sus hermanas mas pequeñas. Mostraban sus manos sucias y sus pies descalzos. Las mas locuaces contaban historias terribles sobre las condiciones de vida del conurbano. Si esto no funcionaba, recurrian a tecnicas de distraccion o disrupcion psiquica mas agresivas: Gritaban todos al unisono, o lloraban o se reian en grupo, orinaban contra los vidrios o directamente en los empleados, tras lo cual eran repelidos a patadas. Los nenes le mostraban el pito a las empleadas y las nenas el culo a los empleados, mientras que otros, los mas rapidos, aprovechaban cualquier momento de distracción o estupefacción para lanzarse a robar una bolsa.
Por su parte el pequeño pulpito morado, escoltado por los caracoles, se habia pegado al vidrio y se dedicaba a chupar la grasa y la nicotina acumulados durante el dia. 
Al mismo tiempo que ocurria todo esto, el grupo de los nenes mas grandes, generalmente los de doce a quince, se lanzaron cuerpo a tierra y penetraron por debajo de la cortina de acero. Tenian la mirada torva y un valor a prueba de todo. Su objetivo era el mostrador: en el mejor de los casos, la caja. En el peor, comida fresca. Corrieron en linea recta, dando alaridos atroces; Pero no llegarian al mostrador, porque en el medio del salon, formando un vallado humano, estaba la infanteria pesada de la empresa. Los empleados de mayor antiguedad, los bacheros y los cocineros, dirigidos por el encargado en persona, defendian el mostrador de los asaltantes. El choque fue feroz, apoteosico. Por desgracia para los atacantes, sus enemigos estaban mejor armados y mejor alimentados. Mientras que los nenes no habian comido nada desde la mañana, los empleados y el encargado habian comido sendas porciones de papas fritas, helado y hamburguesa. Al cabo de cinco minutos, los atacantes habian recibido una paliza proverbial, y salieron corriendo del local tan rapido como entraron.
No obstante, en el descuido de uno de los empleados, un nene, quizas el mas flaco y andrajoso, habia logrado penetrar las defensas y manotear, de un salto, tres o cuatro cajas de hamuburgesas y dos raciones de papas. El encargado tomo nota de la falla del empleado. Se le descontaria del salario.
 Furioso por aquella deshonrosa perdida de los activos de la empresa, el empleado toco la corneta de "a la carga", y levantando la cortina, toda la nomina tomo el frente de la vereda. Las ratas y animalejos que habian quedado fueron brutalmente masacrados. El pulpito logro escapar a tiempo, metiendose en una alcantarilla justo en el momento que caian sobre el las cachiporras. Varios caracoles no tuvieron la misma suerte. El encargado noqueo, a puño limpio, al menos a tres de esos mendigos en miniatura. Uno de los cocineros le habia asestado a una nena de no mas de ocho años un tremendo cachiporrazo en el hombro. Fue un golpe brutal, dado con todo el peso del cuerpo. Tal fue el golpe que la nena no pudo evitar lanzar un alarido que sono mas al aullido de un perro que a una voz humana. Al escuchar el aullido, el encargado sonrio satisfecho. Le gustaba ese cocinero, tenia madera de encargado. La nena escapo a la carrera, casi a los saltos. Tenia una mano aferrada al hombro, una mano que mas bien era una garra. R estaba seguro que el hombro había quedado dislocado.
Desde un rincon, R. miraba la escena con una mezla de asombro y otra de incredulidad. ¿eso era la realidad, o era una mala toma de alguna pelicula surrealista? ¿era algo extraordinario, alguna ridicula festividad empresarial? ¿eran esos niños realmente niños? Embargado como estaba por una sensacion de estar soñando, R. tuvo la tentacion de creer que todos esos chicos eran en realidad habilidisimos actores enanos, especialmente contratados para montar toda aquella faena. Sí, sí, pero, ¿con que objeto? De cualquier manera, todo habia terminado. Los empleados juntaban en una pila las bolsas sobrevivientes, mientras que otros barrian entre maldiciones los desperdicios de la vereda. En la esquina siguiente se veian las luces del camion de la Basura. 
Sin saber bien porque, R. comenzo a reirse. Fue riendose todo el camino hasta el baño, donde se lavo las manos y la cara en la bacha. De repente comprendió por que se reia. Esa escena se repetia todos las noches, en todos los locales de Buenos Aires. 
Las ratas no perdian siempre; Algunas veces ganaban. Y entonces uno podia escuchar las sirenas, podia oler el humo de los incendios. Habia noches, noches de suerte, en que los incendios iluminaban Buenos Aires como un Arbol de Navidad.
Durante las semanas que R. trabajo ahi, esa escena se repitio absolutamente todas las noches. Siempre, a la hora de cerrar, habia que defender las bolsas hasta que llegase el camion de la basura. Ese era el fin tacito de las hostilidades, acordado por ambas partes.
R. descubrio que el encargado llevaba, en una pizarra del comedor, la cuenta de los empleados que daban mas golpes y mas hazañas cometian. Tambien tenia una pizarra donde anotaba las faltas de los empleados. Ahí estaban los Aquiles y los Hector, los Paris y los Nestor. R. también se dio cuenta que el encargado premiaba y castigaba a los empleados según el desempeño que tenían en estas batallas. No importase cuanto o cuan duro trabajase uno, cuan profesional o habilidoso fuese en las tareas, o lo responsable que fuese con las faltas o las llegadas tarde. Para el Encargado, el valor intrínseco, el alma de un empleado, su potencialidad y el trato que se merecia estaban determinados por su desempeño en estas batallas.
Dado su poco interés en erigirse héroe en las carnicerías diarias, R. fue quedando cada vez más en el fondo de la escala social. Los compañeros con los que entro comprendieron la mentalidad del encargado tan rápido como R, por lo cual se esforzaron en destacar en los enfrentamientos. Muchos de ellos, que eran menos habilidosos y hasta mas estúpidos y vagos que R fueron subiendo posiciones mientras que R. se quedaba fregando pisos y limpiando bandejas.
No es que le importase gran cosa. El sueldo era exactamente el mismo. Desde el punto de vista de R., lo mejor era hacer siempre la menor cantidad de trabajo posible. Y como el hecho mismo de las batallas no estaba descripto de ningún modo en las responsabilidades que había firmado en el contrato, R se mantenía constantemente al margen, como mero espectador.
Al cabo de un tiempo, R se canso de toda aquella parafernalia y dejo de ir a trabajar. Lo hizo casi sin pensarlo, de un dia para el otro. No recibió ningún llamado exigiéndole que se volviera pero, al cabo de una semana, llego el telegrama de despido. Era tan impersonal como definitivo. No daba lugar a replica. R. había incumplido el contrato y la empresa lo había despedido. No tenia derecho a indemnización ni ninguna otra cosa. Cobraria los días que había trabajado, y eso era todo. Nada mas ni nada menos.
R. fue directamente a cobrar al edificio administrativo. No volvió a pasar por la sucursal en la que trabajo. No se despidió de los demás empleados. No volvió a ver al encargado.
Un tiempo después, R. volvió a pasar por el frente de la sucursal. Habian pasado algunos meses. Los empleados habían cambiado casi todos pero, no obstante, reconoció dos o tres caras. Para su sorpresa, el Encargado no estaba entre ellas. ¿acaso lo habrían cambiado de sucursal, o seria que lo habían despedido? R. pensó que tal vez, solo tal vez, alguno de los furiosos y harapientos niños se hubiese cobrado venganza en algún enfrentamiento. Sin saber bien porque, R. sonrio ante esta idea. ¿Cómo serían ahora las cosas sin el Encargado?
Como eran pasadas las diez de la noche, R. calculo que no faltaba mucho tiempo para que cayera la cortina y, acto seguido, comenzase la batalla.  ¿el nuevo encargado seria más o menos bestial que el anterior? R. tenía curiosidad por ver cómo, en que formación ordenaba a los empleados. El nuevo encargado era un chico rubio y bajito, de anteojos. R. pensó, algo desilusionado, que no inspiraba ni un tercio del respeto que el encargado anterior. El encargado anterior era un hombre de acción, un hombre de mando. Podria haber sido tranquilamente capataz de esclavos en la construcción de las pirámides o de la muralla China. Podria haber sido capitán de Galera o traficante de esclavos. Comparado con él, el nuevo encargado parecía un oficinista cadete recién salido de alguna dudosa escuela de negocios. En efecto, se acercaba la hora del cierre y en vez de estar arengando a los empleados y repartiendo armamento, el nuevo encargado alternaba entre limarse las uñas con deferencia y hacer algunas cuentas con una calculadora de bolsillo que sacaba y ponía de su uniforme. Al final, dio la consabida orden de bajar la persiana.
Como si fuesen bichos bolitas esperando la caída de la noche, desde los cuatro costados de la esquina comenzaron a llegar los desperdicios, los atacantes, los mendigos de ocho a quince años, con sus consabidos perros y piojos. Una luz de felicidad de encendio en R. cuando contemplo, entre el enjambre, al timido pero hábil pulpito morado, rodeado de su fiel tropa de caracoles.
Pero cuando la cortina de acero bajo solo hasta la mitad, R. supo que algo no andaba bien. Su sospecha se confirmo cuando noto, algo inquieto, que todavía no habían sacado ninguna bolsa. R. miro al encargado: no parecía nervioso. El resto de los empleados tampoco estaba en el animo correcto. ¿Qué ocurria?
Fue entonces que una de las empleadas, una chica que no debía tener mas de dieciocho años y que no debía medir mas de un metro con cincuenta centímetros, abrió la puerta del local con una sonrisa angelical y entonces, uno a uno y en fila, los chicos y los perros fueron ingresando. Luego ingresaron las zariguellas y las comadrejas, y luego las moscas. A las ratas y a los piojos no se les permitio la entrada. Los empleados charlaban entre ellos y hacían bromas. La chica de casi dieciocho años, una rubia de rulos casi hasta la cintura, se dejaba abordar por el nuevo encargado. Uno o dos empleados salieron a la la esquina a fumar un cigarrillo. El resto descansaba o se apoyaba con descaro en el mostrador. Cuando absolutamente todos los mendigos habían entrado, el encargado dio una orden inaudible, y entonces todos, todos menos el encargado y los empleados, se pusieron a trabajar.
Incredulo, R. veía a los sucios y polvorientos nenes fregar el piso, grasoso de todo el dia, con los pesados lampazos. Los perros y las comadrejas lamian la grasa de debajo de las mesas y de los complicados angulos que las sillas hacían con el suelo, angulos normalmente inalcanzables para los lampazos. Las moscas hacían lo propio con los vidrios y los paneles del techo. Los que estaban sobre la freidora eran los mas castigados, y sobre estos las moscas se apelotonaban como avispas en un panal.
Mientras que los nenes trapeaban y barrean, las nenas vaciaban las bandejas y ordenaban las sillas, levantándolas y colocándolas sobre las mesas ya limpias. R. noto que dos o tres nenas (las mas grandes, de catorce a quince años) eran conducidas por los cocineros al frigorífico trasero. R. no tenia idea de que tarea iban a realizar, pero lo cierto es que volvieron a salir bastante mas tarde, cuando ya el resto se estaba retirando.
Una vez que el atajo de miserables había dejado el local reluciente como una bola de cristal, dos empleados los llamaron a formar una fila frente a la caja número uno y ahí, se le entrego a cada niño una hamburguesa al azar, y medio vaso de gaseosa o de hielo, depende lo que tocara en suerte. Los perros y las moscas tenían que contentarse con lo que habían lamido de los muebles o comido del piso, por lo cual no podían emitir quejas.
Una vez que recibieron su pago, fueron echados casi a empujones del local. Las nenas de catorce o quince salieron las últimas.  
Como nadie parecía reparar en su presencia, El pequeño pulpito morado comenzó a trepar el vidrio de la sucursal, decidido a chupar su grasa diaria. Dio una orden invisible y los caracoles avanzaron con él.

9 feb. 2018

La Huida

Se corrio la bola: a la salida le iban a dar al Vasco.
El Vasco, era sabido, algo habia hecho. Algo habia hecho o algo habia dejado de hacer, o algo habia hecho mal, o no del todo bien; La verdad, no importaba mucho. 
Cuando les llegaba la noticia, la mayoria no preguntaba razones. Solamente sonreian, se sonaban los nudillos y decian cosas como "buenisimo" o "mira que bien", y despues seguian con lo suyo. Nadie decia "me sumo" o "no me sumo". Eso quedaba a discreccion, a gusto e inclinacion de cada cual. De cualquier modo, era lo mismo. El que no fuese a darle, iba a ir a mirar. Participante o espectador. El Vasco iba a ser protagonista, y nadie iba a saltar para defenderlo, nadie se sumaria a su causa.
Al Vasco, como siempre, nadie le aviso nada. Bueno, le iban a avisar, es cierto, pero solo diez o quince minutos antes de la golpiza. No sea cosa que fuese a planear algo, que se les fuera por la tangente una vez mas. 
Pero el Vasco, claro esta, se iba a dar cuenta solo, como siempre. Tenia un sexto sentido para esta clase de cosas, para los complots y las emboscadas. 
Con el Vasco todo habia ido de mal en peor. Al principio, lo habian marcado por ser colorado. Alguien, ya no recuerdo quien, habia notado que en las clases de gimnasia, el equipo del Vasco (respetable arquero) siempre perdia, y que entonces el Vasco era mufa, innegablemente mufa. 
Un dia, al Vasco le toco compartir equipo con el Cabeza Ramirez, uno de los matones de la division.
- Vasquito, como lleguemos a perder te rompo el ojete - le dijo el Cabeza antes del partido. El Vasco no contesto. Jugaron contra el equipo del Negro Mendizabal, zurdo picante y habilidoso, que encima se habia elegido para su equipo a "chiquito" Keller, un rubio de metro noventa y noventa kilos, que era un cabeceador tan temible como Palermo y un tirador tan asesino como Batistuta.  El equipo del Cabeza estaba formado por el resto de sus amigos, Jorge, Alan, el rengo Gomez (que con tal apodo no demostraba tener grandes habilidades deportivas), ademas de por algun otro rezagado, ademas de por el mismo Vasco, que indefectiblemente iba al arco. La banda del cabeza era prodigiosa para actividades que iban desde la engullida del asado hasta la maraton olimpica de vaciar botellas de cerveza. Eran unos artistas de la siesta, y respetables peleadores en trifulcas cortas. Lamentablemente, eran pesimos para el futbol. Su principal arma en este deporte era amenazar al contrario y, en caso de que no funcionara, jugar fuerte, lo cual no era otra cosa que pegar una patada atras de otra. Por desgracia, nada de esto iba a servir contra el equipo del Negro y, como era de esperarse, les dieron un baile de la puta madre. 7 a 0.
Segun la concepcion del mundo que tenia el Cabeza, la culpa era del Vasco. No porque realmente pensase que tuviese la culpa, sino porque el ya lo habia amenazado antes del partido. En realidad, el Vasco habia sacado alguna que otra pelota, pero era colorado. Colorado y mufa, y entonces tenia que cobrar, y punto. Fiel a su costumbre, el Cabeza no dijo mas nada. No dijo nada mientras iban a los vestuarios o mientras se cambiaban, y tampoco dijo nada mientras se tomaban una coca antes de salir. Pero a la salida, cuando el Vasco empezaba a enfilar para la parada del colectivo, el Cabeza se le paro enfrente.
- Te dije que si perdiamos te iba a romper el ojete - le dijo el cabeza, guiñandole un ojo -. Perdimos...
- Perdimos porque ustedes son horribles - se excuso el Vasco. Y tenia razon. Jorge, Alan y el resto de matones secundarios, que formaban detras del Cabeza un decorado algo grotesco y panzon, comenzaron a reirse a pierna suelta.
- Este es un vivo barbaro - dijo Jorge burlonamente.
- Hay que darle para que tenga - Dijo Alan y comenzo a caminar hacia el Vasco, pero el Cabeza levanto el brazo como si fuese una barrera.
- No no no - dijo el Cabeza - Esto va a ser un uno a uno.
- Ya te dije que si perdimos es porque ustedes son horribles. ho-rri-bles - El Vasco alcanzo a modular este "horribles" de manera clara, pero acto seguidoo tuvo que esquivar el pesado manotazo que le habia tirado el Cabeza. El Vasco retrocedio dos pasos y midio a su oponente, se esbozaba una sonrisa algo estupida en el rostro. El Cabeza, descendiente de Santiagueños, era al menos una cabeza mas alto que el Vasco. Tenia tambien mas masa corporal, es decir mas grasa, mas panza y mas espalda. El Cabeza sacudio los hombros y le tiro dos tres golpes, que el Vasco esquivo sin moverse un centrimetro de donde estaba parado. Habia abierto las piernas casi a 45 grados, y esquivaba usando la cintura. Sorprendido ante un despliegue tecnico que no esperaba, el Cabeza arremetio, avanzando sin parar, con una serie de manotazos y piñones, que el Vasco esquivaba retrocediendo ordenadamente y manteniendo siempre la distancia que correspondia con un oponente mas grande. Cuando el Cabeza se frenaba para tentarlo a que se le venga, el Vasco se acercaba hasta una distancia prudencial, y ahi esperaba. El Cabeza seguia sonriendo, pero el Vasco estaba serio.
- Veni puto, putito, ¿que te pasa? ¿me tenes miedo que no pegas? - le decia el Cabeza.
- Veni vos - le respondia el Vasco, y entonces el Cabeza atacaba de vuelta, sin resultados. El Vasco se dio cuenta que las cervezas y la alimentacion a base de carne y papa le estaban jugando al Cabeza una mala pasada. Mientras que el estaba tranquilo, el Cabeza respiraba cada vez mas rapido. Entonces dejaron de hablar. El Cabeza, acostumbrado como estaba a fajar a pibes mas debiles o menos agresivos que el, acostumbrado como estaba al patoteo, se dio cuenta de que se habia metido en una verdadero combate, es decir, en una pelea que podia ganar tanto como podia perder porque su oponente tambien sabia del tema. Se dio cuenta que se estaba agitando demasiado y con rabia noto que el costado derecho comenzaba a punzarle. Si las cosas seguian asi, iba a quedar en ridiculo ante el resto de la banda, y no, eso era lo ultimo.
Por primera vez en mucho tiempo, el Cabeza habia sentido el haber rechazado la ayuda inicial de sus compinches. Si se le hubieran ido todos al humo, el colorado de mierde ese estaria en el piso y no esquivandole los golpes. Puta madre, si hasta parecia que le estaba tomando el pelo.
Haciendo acopio de fuerzas, el Cabeza le tiro una combinacion de tres zarpazos seguidos que, si hubieran dado en el blanco, hubieran dejado al Vasco con el culo boca arriba. Desgraciadamente la cabeza del Vasco se movia como una pera de boxeo, debido a lo cual los puños cerrados del Cabeza pasaron a escasos pero suficientes centimetros de su cara.
- ¡dale Cabeza, pegale una al menos! - Se mofo Alan. El resto celebro la broma con risas y onomatopeyas.
Incredulo, el Cabeza lo miraba al Vasco. Lo tenia ahi, a tres pasos de distancia. Parecia tranquilo. No se le habia despeinado un solo de los rulitos colorados que tenia pegados a la cabeza como si fuesen de virulana.
"Ya vas a ver..." iba a decir el Cabeza, pero no dijo nada. En cambio, ataco directamente de frente, con una embestida que casi era un tacle. Si no podia darle a la distancia, entonces primero lo tumbaria. Cuando lo tuviera en el piso ya se podria desquitar.
El Vasco vio venir la embestida. Amago que salia para la izquierda y, cuando noto que su oponente se habia lanzado en esa direccion, uso algun resorte escondido en alguna parte inasible de su cuerpo para enganchar prodigiosamente hacia la derecha. Ocurrio todo muy rapido. Para cuando el Cabeza se dio cuenta el Vasco estaba ya a su derecha. Al cabeza la propia inercia de su cuerpo le impidio frenar. El cansancio le impidio cambiar de direccion. El Vasco se dio cuenta inmediatamente de esto, y ni corto ni perezoso le tiro un arrollador one-two: el primero, preciso como un bisturi, impactó con violencia detras de la oreja. El segundo, que llego instantaneamente despues, se estrello en el tabique del Cabeza. La confusion de este ultimo fue total y absoluta. De todas maneras, el Vasco no le iba a dar posibilidad de rearmarse. Apenas medio segundo mas tarde, antes de que cualquiera de los matones del Cabeza pudiera salir de la magica estupefaccion en la que habian ingresado para asi ayudar a su amigo, un tercer golpe, el mas fuerte de los tres puesto que aprovecho todo el giro del omoplato, cayo directamente en la boca del estomago, cerrandole al Cabeza las vias respiratorias. Presa de una mezcla de rabia, dolor y sorpresa, el Cabeza Ramirez cayo al suelo hecho un amasijo de brazos y piernas. El Vasco, inmutable, seguia con la guardia alta. Tenia una posicion de boxeador clasico que le hubiera encantado a Conan Doyle.
Esa habia sido la primer victoria del Vasco, pero no seria la unica.
Solo unos dias mas tardes, o tal vez la semana siguiente, se volvio a repetir una escena pareida. El detonante fue nimio, que importaba. El Cabeza queria venganza, y cualquier cosa le hubiese dado lo mismo. Esa vez fue mas preparado, en la plazita de la vuelta. La pelea iba a ser casi un calco de la anterior, pero con una diferencia. La primera vez, fuese suerte o fuese caballerosidad del Vasco, nadie se habia enterado de la paliza. Esta segunda vez, el Vasco apunto a los pomulos y a la dentadura, y al dia siguiente el Cabeza tuvo que presentarse a clases con las deshonrosas medallas de sus ojos morados. La voz se corrio como un reguero de polvora. ¿Que te paso Cabezon? ¿te chocaste con la bici? ¿te llevo puesto un bondi? ¿Llamaste a la ambulancia? ¿quien te dio asi, para que tengas?
Los temores del Cabeza se habian cumplido.
En el tercer intento (que no iba a ser la vencida), Ramirez convoco a Alan para un innoble 2 vs 1. El Vasco utilizo entonces la vieja tactica de correr y atacar. Corrio media cuadra. Alan era mas rapido, bastante mas, que el pesado Cabeza, por lo cual llego primero. Rapido como un rayo, el Vasco se dio vuelta y tumbo a Alan en seis o siete golpes, rematandolo en el piso con una patada justo antes de que Ramirez llegase, incredulo, a la linea de batalla, solo para ser apaleado en lo que ya era la tercera entrega de la algo repetitiva saga.
Asi, con el correr del año, el Vasco habia boxeado a todos y a cada uno de los matones del grupo del Cabeza. A fuerza de recibir tundas, habian dejado tranquilo al Vasco. O al menos, eso parecia. En realidad, la bronca no habia desaparecido para nada. Uno podia pensar que, acostumbrados como estaban a molestar gente, la psicologia de los matones tenderia a respetar a los especimenes que, sea por lo que fuese, estaban mejor ubicados en la escala de la fuerza. Lo cierto es que esto habria ocurrido en cualquier otro caso, siempre y cuando su oponente hubiera sido tambien un maton comun. De hecho, asi era como se formaban las bandas de matones.
En el caso del Vasco, esto no era asi de ningun modo, no era asi en absoluto. El problema, en realidad, era que el Vasco no era un maton. Ni siquiera se parecia a uno. Era un chico bajito, de facciones afiladas, pelirrojo como una zanahoria y sin ningun otro signo particular. Podian soportar ser apaleados por otro maton, pero que un chico comun, demasiado bajito, les diese una paliza no una vez si no varias, eso era algo que no podian aguantar. Segun lo veian ellos, el Vasco tenia que cobrar, tarde o temprano, no importaba como. Si hasta el momento no lo habian logrado, no les preocupaba. Ya encontrarian la forma.
 Fue entonces que a Alan se le ocurrio lo de La Paliza, con mayusculas. El razonamiento era claro: si no podian de a uno o de a dos o tres, lo unico que tenian que hacer era aumentar el numero a ocho o a diez, a la division entera, si era posible.
La Paliza, que era todo un experimento de manipulacion social a pequeña escala, comenzo como un juego. La idea era, un dia por semana, elegir alguna victima al azar (que siempre era designada por la banda del Cabeza) para darle una paliza aleatoria a la salida. La regla era que si el elegido lograba escapar dos cuadras, es decir, si llegaba hasta la avenida, entonces al dia siguiente y por una semana tenia el almuerzo pago por el resto del curso. La obligacion de participar era absoluta. Si alguien se negaba a perseguir al elegido, automaticamente se convertia en la proxima victima. Si uno era el que atrapaba o hacia caer al elegido, o el que le daba la primera piña, automaticamente se convertia en no elegible para la proxima redada.
Fuese por la cohesion que la banda del Cabeza ejercia seobre el curso, fuese porque, desde siempre, esa clase de circos romanos mostraban y provocaban los peores (Nietzsche diria que los mejores) instintos de los seres humanos, la realidad es que al cabo de unas semanas el juego tenia ya una adhesion casi total. Tan asi que el Cabeza pronto elimino las recompensas y los castigos, y dejo a libre eleccion la entrada o no entrada. Con satisfaccion, vio que la gente participaba por gusto.
Habia uno solo que no participaba nunca: El Vasco.
Entonces fue cuando corrieron la bola: Esa semana le tocaba al Vasco. Esa semana habia que darle, si o si habia que darle. Muchos pensaron entonces que era la esperadisima venganza del Cabeza. Que el Cabeza volvia, que volvia con todo. El Vasco habia ganado cierta notoriedad por las palizas que le habia pegado a sus enemigos. Se habia convertido en algo asi como un heroe, callado y humilde pero un heroe al fin. Pero pese a esto, no simpatizaba mucho con nadie. Pocas cosas hay mas divertidas que ver caer un heroe, es decir, alguien que constantemente nos recuerda nuestra propia mediocridad. Por esos misteriosos vericuetos de la psique humana, la mayoria simpatizaba con el villano. La injusticia, al menos, no hacia distinciones.
Faltando quince minutos para el timbre de salida, El Cabeza hizo un anuncio: se anulaba el salvataje de los 200 metros. Esta caceria, anuncio, era a muerte. Se acababa cuando el Vasco llegase a su casa o se subiese a un colectivo, si es que podia, o cuando le diesen la tunda correspondiente.
Apenas sono el timbre de salida, el Vasco echo a correr. Corria de manera compacta y uniforme, centrandose en la respiracion, sin mirar atras. Por suerte habia reaccionado una milesima de segundo antes que el resto. Eso le habia permitido una ventana de medio metro inicial por sobre su perseguidor mas cercano, un gordito de apellido Medina. La velocidad, sabia, era esencial. Solo con ella podia dejar atras, bastante atras, a varios pesos pesados como Keller, Villegas o el propio Cabeza. Luego estaba la fuerza. Sabia que gracias a su fama, no eran muchos los que tenian verdadero valor como para enfrentarlo en un mano a mano. Podia descartar a siete u ocho que solo lo corrian por diversion y que, si se diera la vuelta, correrian en sentido contrario. Habia tres o cuatro mas, como Cabrera o Sambala, que si bien eran rapidos como para alcanzarlo, no le durarian mas que unos segundos en un intercambio de piñas. Para vencer en esa carrera hacia falta fuerza, velocidad e inteligencia, y el Vasco las tenia todas.
Despues de todo, habia solo tres o cuatro que podian darle caza: Alan Kossner, el segundo del Cabeza, era uno. El Negro Mendizabal era el segundo. El otro era Peñalva, que por suerte habia faltado ese dia.
Cuando habia corrido casi tres cuadras hecho una rapida mirada atras para inspeccionar: vio que efectivamente Alan y Mendizabal encabezaban la marcha. El resto de la manada estaba casi a media cuadra, gritando y lanzando flechas, botellas, piedras, escuadras, punzones, bombas molotov, floreros, diarios La Nacion y todo objeto que encontrasen por el camino. Varios se habian desbandado. Alguien, haciendo un acopio de sus fuerzas, le arrojo un palo de escoba como si fuese una jabalina. El Vasco sintio pasar el palo justo por arriba de su cabeza, y estrellarse contra las baldosas. Mientras aun rebotaba, lo recogio a la pasada y continuo corriendo. No le vendria mal tener un arma de alcance por si conseguian cercarlo. Mientras pensaba esto escucho los gritos del Cabeza.
Venian cada uno en una bicicleta: El Cabeza, Keller y el rengo Gomez, que era rengo hasta para pedalear. Cuando estaban a dos metros de distancia comenzaron a hacer girar unas pesadas cadenas de eslabones metalicos.
El Vasco incremento su velocidad y torcio en diagonal justo antes de ser arrollado por una de las bicicletas. Un instinto que cabria calificar de gatuno lo llevo a agachar la cabeza justo cuando una cadena pasaba volando por el cuadrante. Las bicicletas torcieron tambien en diagonal pero como es natural, tuvieron que frenar para cambiar de direccion, lo cual le dio tiempo al Vasco para ganar valiosos segundos. Buena suerte: Keller se habia caido de la bicicleta en su torpe intento de freno-contrapedal, y habia arrastrado con el al iracundo Gomez. El Vasco corrio todavia tres o cuatro cuadras, esquivando siempre por los pelos los embistes del Cabeza, que le pisaba los talones a pura puteada. Y entonces, dandose vuelta de repente, asesto un letal palazo en la cabeza del Cabeza, que fue a parar al pasto, fuera de combate y justo a tiempo, porque ya se acercaban a la carrera el Negro Mendizabal y el infatigable Alan, unico sobreviviente de la otrora temible banda de matones.
El Vasco se subio a la bicicleta y los espero hasta ultimo momento. Justo cuando estaban por darle caza, empezo a pedalear. Estuvieron casi a punto de atraparlo por una espacio de media cuadra pero, entonces, el terreno comenzo a ladearse, a transformarse progresiva pero indefectiblemente en una pendiente, en una bajada. Entonces la Bicicleta del Vasco comenzo a alejarse, como impulsada por vientos invisibles.
Soplo el viento, volo una paloma, y el Vasco victorioso agito al aire una boina fantasma. Celebraba su victoria.


4 feb. 2018

La Entrega

Santiago fue el primero en salir. Llevaba un ridiculo gorro de lana tejida. Era pleno verano. Llevaba tambien una no menos ridicula musculosa purpura. Sus brazos, demasiado esmirriados para el talle, le daban una marcada apariencia de espantapajaros.
Marcos y Juan, era sabido, vivian mas cerca. El punto de reunion era una inconfesable entrecruce de calles del partido de Vicente Lopez. Todo habia sido meticulosamente resuelto, y era un maravilloso dia de sol.
Aunque en realidad eso no importaba: el sol, las nubes, el viento. Autos, bicicletas, comercios abiertos. Para los no iniciados, ese martes era un dia como cualquier otro. Cantaban los pajaros, maullaban los gatos en los techos, moria la gente, pasaban los autos.
Era un dia mas y, claro esta, no lo era. Para nuestros amigos, ese martes tenia una enorme X roja marcada en el calendario secreto. Habian planeado cada paso.
La fase final habia empezado el dia anterior. Juan, Alma Mater del grupo, habia ido al kiosko esa incredulidad que es la unica fuerza que llegado el momento permite la accion. "Hacer las cosas como si fuese un sueño", habia dicho Santiago en una de las ultimas reuniones. Como un sueño, un juego, produciendo un cortocircuito entre el acto y su resultado. Actuar era la unica forma de no pensar. Habia tenido razon. Y como en un sueño, Juan habia hecho los arreglos. Narrar las peripecias de la Odisea al kiosko requeriria una historia aparte.
Marcos habia salido el segundo, ya casi bajo el sol del mediodia. Iba de bermudas viejas y con una casaca del glorioso Roma A.C, Club que en realidad no conocia en lo mas minimo. Ajustandose su gorra Nike gris (a esas alturas era una parte inseparable del chico), enfilo pegado a la pared de la fabrica. La pared producia un cono de sombra que duraba toda la cuadra, y Marcos avanzaba por esta especie de tunel como queriendose borrar de la vista de cualquier observador ocasional: como una rata por un socalo o una cucaracha pegada a la pared. De esta manera recorrio los cien o ciento ciencuenta metros que lo separaban de las paredes de ladrillo del cuartel general.
Y en el cuartel general, como es sabido, esperaba el comandante. Tambien iba de remera, el azulgrana del equipo numero uno de cataluña, donde en esa epoca hacia furor, cuando no, un media punta brasilero. Cuando Marcos llego a la entrada, el comandante ya esperaba. No mediaron palabra. Marcos siguio caminando y Juan, como si se estuviese enganchando de una locomotora o colgando de un camion, comenzo a caminar  primero atras y luego a la par. No hacian falta las palabras. Sabian que calles tomar, sabian que señales mirar. Ese tren inexorable en el que ambos viajaban con sus piernas los determinaba en cada gesto y en cada pensamiento no menos que si se tratase de un hecho natural predeterminado, de un huracan o un terremoto. Sabian exactamente adonde iban.
Pactado, decidido, determinado, enzarzado. Una serie de nudos hechos en la misma soga del devenir, bien apretaditos, uno al lado del otro. Santiago, que por esto y por otras cosas era el poeta del grupo, habia ilustrado con esa imagen la exactitud de la planificacion. Porque cuando uno quiere que no se desate el hilo, no hace un nudo: hace veinte. Uno encima del otro, como un paranoico, hasta darle tantas vueltas que el pobre hilo hijo de puta no sabe siquiera por donde empezar a soltarse. Asi pensaba Santiago, que para ser poeta tenia a veces luminosos momentos de una horripilante claridad practica, inhumana y casi industrial.
Y entonces se habia tomado el trabajo de diagramar hasta el absurdo: cada calle, cada giro, que esquina era mas o menos conveniente para pasar o no pasar. Cada vereda, cada comercio intermedio, habia sido estudiado hasta el consenso primero y hasta el hartazgo durante los triunviratos que hacian las noches libres. Y el plan se hubiera dilatado casi eternamente, y hubiese tomado proporciones pantagruelicas o SeveroArcangelicas si Juan, contraparte necesaria y decisiva, no se hubiese hinchado las pelotas en el sano y justo momento para decir "Basta". Y ese basta habia llegado hacia apenas una semana.
Finalmente se habian decidido por un oscuro caseron de dos pisos, ubicado en una locacion confidencial de la calle L... , en el confortable barrio de Olivos, muy cerca del Rio de la Plata.
Asi que ahora caminaban. Punto C. Un viejo arbol de Moras. Escondido en su sombra, Santiago el mistico. Tambien llamado "El ridiculo" por sus detractores. Claro que el gorrito de lana y la musculosa purpura no ayudaban a acallar a los traidores.
La idea habia surgido en la mesa de un pub, la madrugada de alguna noche de la primavera anterior al verano de la caminata. En esa noche fatidica, Marcos se habia sentado frente a Esteban y Juan frente a Santiago. Con una chopera por espada, la mesa redonda habia quedado completa.
Y tal vez fue el nihilismo de esa noche, de todas las noches, rezumando por los cuatro costados, lo que provoco la sombra, el sutil corrimiento de la realidad simple y ordenado a ese otro que es siempre el germen de los mejores y de los peores proyectos del hombre.
La conversacion recaia (mas bien, se revolvia, agonizaba) sobre la paleta de banalidades cotidiana, el archisabido mundillo de chucherias de un grupo de chicos de 15 a 16 años: El futbol, las chicas, el colegio, las vacaciones que llegaban. Sin embargo, entre toda esa banalidad, se desplegaba una sombra, tenue y fina, parpadeante como el filo de un cuchillo.
La idea, como cosa en si, surgio apriori, casi de manera inconsciente y como camuflada entre muchas otras, como si entre una pila de monedas falsas hubiese una verdadera. Y en vez de delatarse groseramente, la sombra se fue insinuando de manera secreta entre los tres, acercandose de un modo ladino y oblicuo, acechandolos con el sigilo y la precision del tigre cuando caza a la gacela.
Y de repente, entre una frase y otra, la idea habia quedado clara (y con ella el plan entero, la completa cadena de razonamintos que emana de la revelacion) y tacitamente comprendida por los tres. Todas las noches siguientes que pasaron juntos, desde esa hasta la ultima, la culminante, fueron como una cuenta mas en la cadena que los acercaba al objetivo. Esa tarde, mientras caminaban al encuentro de Santiago, Marcos y Juan no hacian sino colocar una de las ultimas cuentas.
Santiago, que los esperaba bajo la sombra del arbol, los vio venir de lejos. Caminaban normalmente, como cualquier otro pibe del barrio, como alguien que no tenia nada mas urgente que hacer como no fuera jugar unos partidos de Winning Eleven en la Play.
- Hola - dijo Marcos. Hola por un lado, hola por el otro. Marcos, algo inquieto, pregunto entonces que donde estaba Esteban.
- Nos espera alla - dijo Santiago.
- Habiamos quedado de encontrarnos aca - dijo Juan, evidentemente molesto por la desobediencia de Esteban. - ¿te dijo por que cambio de planes?
- No- contesto Santiago - Pero de cualquier manera nos viene mejor, total tenemos que ir hasta alla de cualquiera manera, ¿no?
En vez de contestar, Juan encogio los hombros. Era uno de sus gestos particulares, como diciendo "bueno, en realidad me importa un carajo". Y como si este gesto hubiera sido un comando, volvieron a ponerse en marcha.
Caminaron los tres casi hasta llegar a destino. Unas tres cuadras antes, Santiago y Juan se frenaron en la vitrina de un kisko. Marcos continuo caminando como si no tuviese nada que ver con ellos. A los cinco minutos, Juan empezo a caminar en la misma direccion y, cinco minutos despues, Santiago cerro la marcha.
Cuando Marcos llego a la esquina acordada, Esteban ya estaba ahi. Iba de jogging y de sudadera gris. Pese al calor del dia, usaba una capucha que le cubria la cabeza. Marcos lo saludo.
- ¿que haces de capucha con este calor, ganso? - le inquirió.
- Por las dudas - dijo Esteban - mira si pasa alguien que conozco. Naturalmente, Marcos le dijo que era un cagon, y en esas estaban cuando aparecio Juan, que no por nada era el mas rapido del grupo.
- ¿y Santiago? - pregunto Esteban.
- Ya viene - respondio laconicamente Juan.
- ¿no se habra echado atras el puto, no? - dijo Esteban.
- No creo - contesto Marcos - vos sabes como es, siempre llega al ultimo.
Confirmando las palabras de Marcos, Santiago aparecio a los cinco minutos. Se saludaron entre todos con una serie de leves movimientos de cabeza.
Ya estaban ahi, no habia vuelta atras.
- Bueno, ¿y ahora? - dijo Esteban - ¿donde es?
- Tranquilo, es aca nomas - respondio Santiago.
- Aca nomas, aca nomas. ¿aca nomas, donde, pelotudo? - dijo nerviosamente Esteban. Odiaba las imprecisiones.
- A mitad de cuadra - sentencio Juan. - En vez de preguntar tanto, vamos de una vez.
- ¿todos juntos? - le pregunto Esteban. Marcos y Juan se miraron entre si. Juan levanto los ojos al cielo. Bien mirada, era una pregunta bastante estupida.
- No - le dijo Juan despues de unos segundos - mira, vamos a ir de la vererda de enfrente. Primero voy yo y nos anuncio. Si veo que esta todo bien, les levanto la mano y ustedes se cruzan.
- Barbaro - dijo Esteban, que odiaba arriesgarse el mismo. Le gustaban los planes que minimizaban las perdidas. Entonces siguieron el plan.
Caminaro hasta mitad de cuadra, justo hasta un taller mecanico que estaba tristemente cerrado. Eran los efectos de la crisis de hacia unos años. Como muchas otras cosas, el pais no acababa de recuperarse. Juan cruzo la calle en silencio, y se paro frente a una puerta de rejas color pizarra. Era una de esas viejas casas con verja y jardin, aunque el jardin habia sido reemplazado por baldosas grises. Una puerta de chapa con vidrios templados no permitia ver mucho mas. Juan toco el portero electrico y espero.
Desde enfrente, los demas vieron como Juan tocaba el pequeño pezon de metal y luego esperaba. Luego de unos segundos, la reaccion de su cuerpo les parecio indicar que alguna respuesta salia del portero automatico. Vieron como Juan ladeo la cabeza y la acerco al portero. Pasaron unos segundos, probablemente Juan estuviera diciendo algo y del otro lado llegaba una respuesta. Juan asintio con la cabeza varias veces, y entonces levanto el brazo.
Como si hubiesen llamado a la carga, los tres cruzaron la calle. Juan les dijo entonces
- Bueno, hay que entrar. Son cien por cada uno, como habiamos arreglado. Denme la guita a mi y yo garpo-. Marcos saco sus cien pesos y se los paso a Juan. Luego le toco a Santiago. Esteban fue el ultimo en ceder el billete, pero antes de hacerlo, hizo una ultima pregunta.
- ¿te explicaron bien como es?
- Entramos, esperamos que pasen las chicas, elegis a una y despues ya sabes - le respondio Juan, de mala manera. Esteban iba a decir algo mas, pero Santiago entonces, con inesperada decision, abrio verja y entro. Camino directamente y dio un par de golpecitos. Claramente se escucharon las dos vueltas de una llave en la cerradura. En el umbral habia una chica de unos veinte años. Iba de jean y blusa azul. Parecia del Norte, Tucumana o tal vez Jujeña.
- Pasen, pasen- les dijo con una voz que parecia un susurro.
Santiago paso. Luego Juan, y despues los demas. La chica los hizo pasar a un salon bastante destartalado. Parecia una casa ocupada hacia muy poco tiempo. Juan y Santiago cambiaron una mirada que traducia alarma. Marcos, por el contrario, estaba mas bien ausente. Se habia bajado la visera de la gorra, como si quisiera pasar desapercibido. Esteban parecia el mas nervioso de todos.
- Sacate esa capucha de una vez - le dijo Juan con un tono de fastidio. Esteban se bajo la capucha. La chica habia desaparecido por una puerta lateral. Al cabo de cinco minutos, volvio a aparecer.
-Bueno, bueno - dijo con su voz susurrante - tienen que ir pasando de a uno. Pasan por esta puerta de aca, y aca al lado estan las chicas. Una vez que se deciden, pasan a los cuartos, ¿si?
Santiago y Juan dijieron que Si. Marcos y Esteban no dijieron nada, pero sacudieron la cabeza de arriba a abajo.
- Bueno - dijo la chica, mirando fijamente a Juan. - ¿quien pasa primero?
Juan espero unos segundos. Parecia deliberar algo.
- Esteban, pasa vos - le dijo Juan.
- ¿yo?- pregunto estupidamente este.
- Si si, ¡Vos, boludo, vos! - le dijo Santiago.
Esteban lo miro a Marcos, que seguia amurallado tras la vicera de su gorra Nike.
- ¿no hay problema, no? - le pregunto Esteban. Tenia la esperanza de que Marcos quisiese pasar primero que el.
- Anda tranquilo - le dijo Marcos.
Como para cortar la deliberacion, la chica lo tomo a Esteban de la mano y le dijo "Veni, que no te van a morder", y asi, de la mano, se lo llevo al cuarto contiguo. Pasaron unos segundos, tal vez unos minutos. En algun momento, a Juan y a los demas les parecio escuchar golpes o algo parecido, algo como un ruido sordo. Afuera ladraron algunos perros.
Pasaron otros cinco Minutos, y entonces la chica volvio a aparecer.
- ¿Listo? - dijo Juan.
- Listo.- dijo la chica, y sonrio.
- Acordate - le dijo Santiago - son cien por cabeza.
La chica no dijo nada, pero continuaba sonriendo. Como para cambiar de tema, les dijo si no querian un mate. Santiago y Marcos no querian, Juan si.

Los padres de Esteban, esa noche, iban a llamar a lo de Marcos. Y a lo de Juan, y a lo de Santiago, ya pasadas las doce. Claro, claro que Estaban sorprendidos. ¿Que Esteban no habia aparecido, que no aparecia por ningun lado? Por supuesto, si sabian algo los llamaban inmediatamente. Pero si, por supuesto, era raro, era rarisimo. Por favor, faltaba mas, buenas noches.




30 ene. 2018

La Fabula

                                                                 I

Miguel escribia historias.
Habia comenzado a escribir recien entrado a la adolescencia, sin saber muy bien por que o para que lo hacia. Escribia en su carpeta, entre clase y clase, pequeñas fabulas esopicas.
En vez de usar animales, utilizaba a sus compañeros de clase como protagonistas. Les agregaba cualidades zoomorficas o los cosificaba grotescamente, fusionandolos con los objetos mas dispares. Asi, Ferreira era "el tejon" y Gonzales aparecia como "el cafetera". Tambien estaban “el ojo de tuerca” y “el culo de estatua”.
Por suerte para Miguel, ninguno de sus compañeros estaba al tanto de sus travesuras literarias.
A medida que las historias se acumulaban en forma de hojas y mas hojas, rayadas y cuadriculadas, Miguel fue cobrando gradualmente conciencia de ser un escritor.
La revelacion le llego el dia que, cansado de tener sus fabulas dispersas en las cuatro o cinco carpetas que usaba para las diferentes materias, se decidio a juntar todas las fabulas en una carpeta vieja del año pasado. Lo sorprendio el volumen de su produccion. En casi 8 meses del segundo año de secundaria habia escrito mas o menos 70 fabulas. Haciendo las cuentas a mano alzada, le daba que escribia casi dos fabulas por semana. Si se tenia en cuenta que lo hacia como un pasatiempo, casi sin darse cuenta y sin descuidar ni los estudios ni los deportes ni las consabidas salidas, era impresionante. Al menos eso le parecia. 
Miguel junto las 70 fabulas, las numeró segun la fecha de composicion y las ordeno una tras otra. Lo que mas lo maravillaba era la facilidad con la que habia escrito muchas de aquellas historias. Habia muchas que estaban basadas en situaciones diarias. Otras eran simples proyecciones de sus deseos, imaginaciones fantasticas que desembocaban en el absurdo o en el ridiculo, que culminaban en la tragedia o en la epopeya, negaciones de la realidad o orgullosas afirmaciones de ésta.
En casi un tercio de las historias aparecia un colorido Papagayo azul. En varias era  el protagonista, pero en su gran mayoria era un personaje secundario, un consejero, y en el resto aparecia cumpliendo una funcion meramente testimonial, como haciendole un guiño al lector, para que este supiera que el; Miguel, el creador, estaba disfrazado entre sus personajes, como en las pinturas de Rafael.
Una vez que las tuvo todas juntas, no pudo evitar releerlas. No recordaba al menos la mitad de las historias pero, una vez que comenzaba a leerlas, rememoraba la anecdota que habia inspirado el relato, o revivia alguna emocion propia del momento de la concepcion. Con otras, sin embargo, le ocurria experimentar un sentimiento de extrañeza, como si las hubiese escrito alguien que si bien era un viejo conocido, no era el; Como si las hubiese escrito una version de si mismo casi identica al que las releia, pero ligeramente distinto.
El resultado general de la relectura completa de sus fabulas habia sido la de una felicidad redonda y risueña. Miguel concluyo que le encantaba lo que escribia. En gran parte, seguia obnubilado por lo que el mismo denominaba "una maravillosa fluidez narrativa".
Para ponerle un broche de oro a su produccion, Miguel escribio una ultima fabula, la numero 71. Se titulaba "El vuelo", y contaba una nueva aventura del Papagayo azul. En la fabula, el Papagayo volaba explorando una parte desconocida de la selva. Mientras exploraba le habia entrado sed. Entonces aterrizo a la orilla de un estanque y tomo agua. Continuo explorando un poco mas y, ya cansado, regreso a su arbol favorito, en el cual vivia. Su arbol favorito era un enorme Peteribi.
En el Peteribi vecino estaba Yaya, una pinzon negro-azulada. Yaya aparecia en otras fabulas. Si alguno de los profesores de Miguel hubiese las hubiese leido, se habria dado cuenta sin mucho esfuerzo de que la personalidad de Yaya no era otra que la de Florencia Bianchi, la rubia de anteojos y corte Bobcut que trimestre tras trimestre se mantenia firme como la mejor alumna de la division.
Al papagayo azul le gustaba Yaya casi tanto como a Miguel Florencia, pero gracias a la magia de la transposicion literaria, el Papagayo iba siempre al encuentro de Yaya apenas la notaba. Charlaban animadamente y en las fabulas donde aparecian ambos Miguel habia hecho el esufuerzo, quizas inconsciente, de darle una continuidad a la relacion de ambos pajaros.
Volviendo a la fabula, Yaya le preguntaba al Papagayo por su ultima aventura, y entonces este se sorprendia a si mismo narrando su exploracion como si fuese el mismisimo Platon en sus dias de Poeta. El papagayo, que normalmente era chillon y algo tartamudo (Miguel pensaba secretamente que era este impedimento biologico lo que le habia impedido al Papagayo ganarse el corazon de la picaresca Yaya) se habia convertido milagrosamente en un orador de la talla de un Ciceron o de un Temistocles. No solo era un orador: Era un Poeta, un Simonides, un Verlaine. Para cuando termino de narrar su aventura, Yaya estaba completamente fascinada con el Papagayo. La voz se corrio inmediatamente por la selva y para ese mismo anochecer el Peteribi se habia transformado en un auditorio. Todos los animales iban a escuchar la historia del vuelo del Papagayo. Habia nacido una nueva estrella. 
La fábula continuaba, claro está, narrando los cambios producidos en la vida del Papagayo desde su misteriosa transformación. Contaba como, de simple pajaro comefrutas, se habia convertido en un artista; Mejor dicho: en una celebridad. No solo ofrecia discursos varias veces por semana, discursos que mas bien parecian funciones, que estaban siempre llenas a reventar, pues nadie se cansaba de oir su inagotable elocuencia e inventiva, sino que el papagayo habia incursionado en el genero del teatro, y mensualmente se representaba en la selva una nueva obra de teatro escrita por el. Naturalmente, la escurridiza Yaya al fin se habia casado con nuestro plumifero heroe, y oficiaba de presentadora en todas sus representaciones.
Conmovido por su propia obra, Miguel puso el punto final. Se sentía enormemente satisfecho. Sentia que había trascendido sus propios limites. La fabula numero 71 era una alegoría del valor, una defensa del coraje heroico. Veia claro la metáfora que había creado: La transformacion le llega solo al que se atreve a lo desconocido. Mediante sus pajaros, Miguel desafiaba al mundo a salir de su zona de confort.
Era en su opinión, sin dudas la mejor fabula que habia escrito hasta el momento. Era también la mas larga de todas, pues el resto raramente sobrepasaba la carilla y media.
Mientras mas analizaba sus fabulas, mejor las encontraba. Percibia ahora todo tipo de conexiones brillantes y de sutiles insinuaciones, de “guiños” (como le gustaba llamarles) entre una fabula y las demás. Llego incluso a percibir un entramado que unia varias fabulas en una serie, en un arco. Intento entonces confeccionar un índice que agrupase las fabulas según su moraleja. Luego, intento agruparlas según que animal era el protagonista. Ensayo también un índice en donde era el tipo de final de la fábula el que decidía su lugar en el conjunto. Al final opto por dejar el orden tal cual habían sido concebidas a través del tiempo. Seria responsabilidad del lector, pensaba, encontrar las líneas comunes de su obra. Una vez confecciono este índice ( a mano, también en una hoja de carpeta, que coloco primera) dio por terminada la obra. Solamente le faltaba el título.
No realizo mayores correcciones. Las faltas de ortografía o los pequeños errores de semántica o concordancia quedarían, en su opinión, para el corrector que se encargase de la publicación. Porque se publicaría, de eso estaba seguro.
Claro que la opinión de Miguel sobre su obra era la análoga a la de una madre primeriza sobre su primer hijo: total y completamente imparcial.
Tal era el apego que Miguel sentía por su volumen de fabulas, que seguía llevando la carpeta a la secundaria. No había escrito ninguna fabula en los últimos días, y su natural estado de observación había sido reemplazado por algo parecido al secreto orgullo de un pavo real, un pavo real con una cola invisible para el resto del mundo, pero innegablemente hermosa para si mismo. Con solo sentir el peso de la vieja carpeta en su mochila, se sentía tan contento como si llevase un barco cargado de tesoros.

                                                        II

A mediados del tercer trimestre, se había puesto de moda el pillaje en el aula de miguel. El juego consistía en robar un objeto de alguien que se descuidase, para luego esconderlo y hacerle pasar a su propietario por los mil demonios. En el mejor de los casos, el objeto era devuelto al final del dia o al dia siguiente. En los casos mas graves, podía tardar varios días o directamente no aparecer. Antes del pillaje había sido el puente chino, y antes la guerra fría. Ese tipo de juegos agresivos iban cambiando de mes a mes.
¿Acaso alguien había reparado ya en la extraña carpeta de Miguel, que siempre llevaba pero que nunca sacaba en ninguna materia? Quizas fue la mala leche de algún curioso, quizás la fatalidad que siempre persigue a los objetos valiosos, quizás fue el resultado de la escala social del aula: Miguel no era un chico muy popular, sino que mas bien tendia poderosamente a lo intrascendente.
Lo mas seguro es que haya implacablemente aleatorio, pero ese dia alguien, nunca se llego a saber quien, aprovecho la ausencia de Miguel en el aula para sacar de la mochila una de sus carpetas; De las tres carpetas que había, el destino selecciono la que contenia el volumen de fabulas.
Miguel nunca llego a recopilar con exactitud lo que succedio. Supo que, por supuesto, abrieron la carpeta. La idea, al parecer, era robarle la carpeta de la próxima materia que, en ese caso, era Geografia. Necesitaban confirmar que habían tomado la carpeta correcta. No poca habrá sido la sorpresa cuando descubrieron que la carpeta contenia un volumen entero de Fabulas.
Automaticamente se corrió la voz. Cada chico y cada chica presentes en el aula recibió una o dos fabulas. Otro fue puesto de centinela y una segunda fue enviada a distraer a Miguel todo lo que fuese posible. 
Pese a todas las ricas posibildades que, piensa uno, podrían surgir del hecho de construir fabulas usando como conejillos a tus compañeros de curso, pese a la opinion que tenia el propio Miguel sobre sus fabulas, lo cierto es que sus compañeros las encontraron bastante aburridas y, hay que decirlo, bastante mal escritos. Cierto es que, como mas tarde diría el propio Miguel, la mayoría de ellos eran (cito al anterior) “una parva de monos idiotas que no tenían la menor idea, no digamos de literatura, sino de lengua castellana”, lo cierto es que un lector objetivo habría encontrado también en las fabulas un contenido bastante ordinario. Las transposiciones y mutaciones de sus compañeros eran demasiado evidentes, demasiado obvias. Las situaciones, demasiado construidas. A nadie le hizo gracia ninguna de las escenas que estaban concebidas como momentos comicos, y nadie se emociono con los momentos que Miguel había concebido como parangones de la tragedia. Las lecciones morales, que tan claras y distintas se aparecían a los ojos del autor, no fueron ni siquiera percibidas por sus compañeros. Y aunque eran lo suficientemente estúpidos para no notar muchas cosas, la mayoría se identifico inmediatamente con el personaje en el que Miguel los había ridiculizado. Haciendo honor a la verdad, Miguel no había sido muy benévolo con la gran mayoría de sus compañeros. De hecho, si uno hubiese hecho un balance de los animales de la selva que poblaban sus fabulas, habría tenido que concluir que, salvo el Papagayo y Yaya, la selva estaba poblada por una parva de animales groseros, estúpidos, ridículos, vanidosos, cuando no sencillamente retrasados. Habia a lo sumo dos o tres animales mas que lucían, en alguna fabula, alguna cualidad positiva. En la mayoría de los casos, los animales eran mecánicamente castigados por su propia estupidez. Los consejos del diligente Papagayo casi nunca eran oídos, y este era siempre testigo de las consecuencias de la obsecacion de sus vecinos. En algunos casos, el Papagayo ni siquiera daba el consejo salvador. Como si fuese un dios Homerico, sencillamente observaba como los demás se dirigían ciegamente a su propia tumba. Cuando terminaron de leer las fabulas, varios compañeros se sonaron los nudillos.
Miguel, el listillo de Miguel, iba a recibir su merecido. Eso era lo que resonaba como un eco entre sus compañeros. No se iban a andar con sutilezas. Iban a darle una paliza. Estaban a punto de ponerse en marcha, cuando alguien (una chica de anteojos, con medias a rayas hasta los muslos y peinado bobcut) dio la voz de alto. Todavia no había terminado de leer su fabula.
-       No. – dijo la chica – Vuelvan a poner todo en la carpeta, por orden y todo.
Si hubiesen estado en Japon, la chica hubiese sido la delegada de la clase. Y aunque no era la delegada (en las secundarias porteñas no hay ni siquiera centros de estudiantes) tenia una influencia abrumadora sobre sus compañeros.
Florencia se ajustó los lentes y empezó a leer. Ella era, tal vez, la única lectora objetiva.
Cuando Miguel entro al aula no noto que hubiese pasado nada. Distraido como era, no noto las miradas (algunas furiosas, otras francamente divertidas) de sus compañeros. Fue solo cuando se sento en su banco que noto, con un terror gélido, que su carpeta de fabulas estaba sobre el pupitre. Estaba seguro de haberla dejado en la mochila. Miguel recordó el pillaje. Si había algo que lo asustara mas que el hecho de que sus compañeros leyeran sus Fabulas, era el hecho de que perdieran o destruyeran tan siquiera una sola de ellas. Con un vacio en el estomago, Miguel se reprocho a si mismo no haber hecho copias o fotocopias de sus preciados relatos. Sin decir una palabra, trago saliva y abrió la carpeta.
No podía creerlo: ¡Todo estaba en orden!
El índice al principio, y luego, como en un autentico libro, la primera fabula, con su correspondiente titulo, y mas adelante la numero dos, la tres, la cuatro, y subsiguientes. Aun sin atreverse a sonreir, pero ya con una sonrisa interna, Miguel iba pasando lenta y disimuladamente las hojas de la carpeta.
Era imposible – pensaba – que no las hubiesen leído. Las habían leído, las leyeron. ¿y entonces? ¿eran tan estúpidos de no encontrarse en los animales de la selva?  Miguel pensaba que era posible. Despues de todo, sus metáforas eran demasiado elaboradas. No obstante, había otra posibilidad (cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco): Que se hubieran encontrado y, asi y todo, hubiesen reconocido su genio. Era descabellado, si. Descabellado, mas no imposible.
De repente, el corazón de Miguel se detuvo. Habia llegado al final. Mas alla del final de la fabula 70, no había nada. Incredulo, Miguel volvió a pasar rápidamente las hojas: ¡Nada! Faltaba “el vuelo”, ni mas ni menos. Faltaba la fabula numero 71.
Indignado, Miguel levanto la cabeza. Supo inmediatamente adonde mirar. El enojo desaparecio para dejar paso al desconcierto. Florencia Bianchi, alias Yaya, lo miraba directamente a los ojos.
Yaya tenia una mano sujetándose los lentes. La otra descansaba indolente sobre la ultima carilla de “el vuelo”. Su dedo índice estaba clavado en el punto final. Miguel entendio que, por la postura de su cuerpo, había estado leyendo hasta hacia unos segundos. Florencia era una lectora critica, tenia que serlo. Seguramente ya lo había leído varias veces. Tenia el habito de releer mecánicamente un mismo texto hasta que había entendido todos los pormenores del asunto.
Miguel lo supo: había comprendido. No sabia bien que, pero había comprendido. Por eso lo había mirado justo un segundo antes de que el levantase la cabeza y también la viese.
Ese instante duro unos segundos, tal vez un minuto. Miguel no se dio por enterado de que sus compañeros estaban sospechosamente ausentes de aquel puente que se había tendido entre ellos en esos segundos.
Fue solo por un instante, pero a Miguel le parecio ver una sonrisa en la boca de Florencia. La percepción, si ocurrio, fue tan rápida que para cuando proceso la imagen, la sonrisa y hasta el rastro de ella habían desaparecido de la enigmática expresión de la chica. Ahora simplemente lo miraba, sin expresión y con sus ojos algo miopes, detrás del cristal de sus lentes. Al instante siguiente, ni siquiera lo miraba. Habia girado la cabeza y miraba directamente al frente. Sin embargo, su mano aun descansaba firmemente sobre la fabula.
Si Miguel hubiese sido el Papagayo Azul, habría volado inmediatamente al pupitre de Yaya, no tanto para reclamarle su preciado manuscrito como atraído por su plumaje negro-azulado. De todas formas, hubiese recuperado su fabula. Bien mirado, era justamente porque no era como su personaje que había escrito la fabula en primer lugar. Ergo, no solo no se levantó a recuperar su mejor escrito, sino que ni siquiera se atrevió a hablar con Florencia en el descanso antes de la ultimo modulo.
Cuando al finalizar la clase, ya resignado, estaba saliendo de la secundaria, Miguel encontró que Florencia ya había salido. De hecho, estaba parada del lado de la calle, justo al lado de la puerta de salida. Por la mirada que le dirigió, Miguel comprendió que lo esperaba. Miguel atravesó la puerta dispuesto a seguir, pero Florencia lo atajo antes.
-       Veni conmigo – le dijo ella.
Miguel no dijo una palabra. Las cosas habían tomado un giro inesperado. No sabía que esperar de todo aquello. Comenzaron a caminar, ella delante, el detrás.
Habrian caminados dos cuadras cuando Florencia freno de impreviso. Paso la mochila al frente y metio la mano vacia en el bolsillo posterior. La mano volvió a salir, pero aferrando varias hojas de carpeta. Comenzo a agitar levemente el manuscrito, sonriendo nuevamente de forma ambigua.
-       ¿No me lo pensabas pedir? – le pregunto con sorna.
-       Estaba esperando a que salgamos para pedírtelo, no quería lios – Mintio Migel. - ¿ Fuiste vos la que me abrió la mochila? – volvió a decir Miguel, intentando adoptar un gesto serio.
La cara de Florencia, imperturbable, demostró que la estrategia había fracasado.
-       No – dijo ella – Pero no tiene sentido decirte quien fue. Da igual. De todos modos casi no llegaron a leer nada. Apenas los vi, les dije que se dejaran de joder… - Florencia bajo la mirada e hizo una pausa. Al cabo de un instante, dijo – No obstante… no pude evitar leer esto.
“Bien” – pensó Miguel – “asi que después de todo, lo leyó. Lo leyó y lo releyó, lo leyó, lo releyó y lo releleyo, lo recontraleleyo, lo rererereleyo…
-       Bueno, dame nomas – le dijo, alargando la mano.
Florencia comenzó el gesto de alargar la suya propia, que contenia las hojas, pero al instante se detuvo. 
-       Escuchame, Miguel… es muy bueno esto que escribistes. Deberias publicarlo, nada mas.
Extendio la mano y le extendió las hojas. Miguel las tomo con una gélida seriedad. Ella, en cambio, ostentaba nuevamente su mohín de esfinge.
-       Nada mas quería decirte eso. Chau.
Con esa lacónica despedida, agito una mano y se dio media vuelta. Miguel espero unos segundos y, pese a que técnicamente ambos tenían que caminar para el mismo lado para tomarse sus respectivos colectivos, comenzó a caminar para el lado contrario, no sin antes devolver a “el vuelo” a su lugar correspondiente en la carpeta.
Esa noche, Miguel leyó varias veces “el vuelo”. Intentaba encontrar aquello que había encontrado Florencia. ¿bueno? No: Muy bueno. Eso había dicho ella. ¿Qué le encontraba de muy bueno? ¿Habia comprendido la moraleja, el sentido moral de la fabula? ¿o lo excelente era acaso al escritura, la forma, su elección de sustantivos, adjetivos y verbos? ¿habrian sido los personajes? ¿el Papagayo? ¿Yaya? ¿o había sido otra cosa, algo mas, algo que solo podía verse a través de los leves cristales de los lentes de Florencia?
Pese a todas las preguntas que podría querer hacerle, Miguel no hablo con Florencia al dia siguiente, ni tampoco al otro. De hecho, no hablo con ella en toda la siguiente semana, ni la subsiguiente. Por su lado, ella no había vuelto a dirigirle la palabra, y seguía imperturbable en la primera fila de pupitres, respondiendo preguntas de historia y resolviendo ejercicios matemáticos con la velocidad de una calculadora científica.
A la tercera semana ocurrió algo. Monteverde, la profesora de castellano, tenia un anuncio que hacerles: Debido a ciertos motivos que Miguel luego no pudo recordar (¿una beca?, ¿la fundación de quien sabe que biblioteca?, ¿proyecto de fin de año?) todos los alumnos de segundo año de la secundaria tenían que realizar una composición literaria. El tema era libre. La única limitación eran las carillas, máximo cuatro. Habría un jurado integrado por profesores, y la historia elegida como la mejor iría directamente a formar parte de un compilado de historias, una por escuela. El resultado aparecería en un compilado editado por la municipalidad y que se distribuiría en todas las escuelas del municipio. Por otro lado, el segundo y el tercer puesto tendrían menciones honorificas.
Monteverde no había terminado de hacer el anuncio, pero Miguel sentía ya la mirada de Florencia, que durante unos segundos lo fulmino con algo que no podía ser otra cosa que un guiño, que una alusión velada. ¿Qué otra cosa podía ser? Ya se lo había dicho antes, incluso lo pensaba el mismo: Su historia era muy buena y tenia que publicarla.
Sin dudarlo, Miguel se presento al concurso con “el vuelo”, su orgulloso caballito de batalla. Si bien no conocía al resto de las divisiones de segundo año de su secundaria, sabia que eran solamente tres, contando la suya. Habia que sumarle las tres del turno mañana. Seis, seis divisiones. No tenia noticias de que hubiese algún literato entre las divisiones de la tarde, pero uno nunca sabe. De todos modos, podía estar seguro de que iba a ganar en su división. Bastaba con escuchar leer a la mayoría de sus compañeros para quedarse tranquilo en ese aspecto. Ademas, el era un escritor bien versado en el arte de la fabula, del relato corto. No en vano había escrito setenta y un relatos. No en vano su carpeta había sobrevivido al infame pillaje.
El dia designado, los resultados se asignaron en la cartelera frente a la rectoría. Según lo planeado por Miguel, el texto ganador era de su división. Contra lo planeado por Miguel, no era su texto el que había ganado.
“El vuelo”, esa obra maestra de la literatura estudiantil porteña, había logrado una mención honorifica. Habia logrado el segundo lugar, había salido segundo.
¿Segundo? Era increíble. Miguel no salía de su asombro. Los textos, el primero, el segundo y el tercero, estaban clavados uno al costado del otro en la cartelera. Tres pilas, cada una con  fotocopias de los cada texto estaban en una mesa improvisada sobre un caballete. Los alumnos podían llevarse la que gustasen. Era parte de la mención honorifica.
Miguel no podía dejar de mirar la cartelera de corcho. A la izquierda, estaba el tercer lugar: “El escritor Malogrado”, de un tal Roberto Tral. Miguel miro el texto y sintió un profundo desprecio. Ponerle “El escritor Malogrado” a un relato que acababa tercero era casi un chiste, una broma. El autor debería haber firmado como Roberto Troll, no como Tral. Siguiendo hacia la derecha, en el medio, se ubicaba injustamente, pero con valeroso estoicismo, “el vuelo”, su fabula, obra que estaba destinada a un futuro tan brillante como su titulo.
Miguel noto con fastidio que nadie le prestaba atención al segundo y al tercer lugar. Los alumnos se arremolinaban en torno al cuento ganador. En cierto modo, era natural, era ese y solo ese el que iba a ver la consagración de la impresión Gutenberguiana. Los alumnos de varias divisiones se agolpaban y empujaban para ver como se llamaba la obra y quien era el autor. Al no encontrar a un felicitado general, Miguel concluyo que el autor premiado no estaba entre los presentes.
Con una mezcla de fastidio y regocijo, Miguel noto que mas alla de esa curiosidad inicial, nadie se tomaba el trabajo de intentar leer el texto ganador. Esos brutos sentían curiosidad por la novedad, pero no eran capaces de explicar por que el primero era superior al segundo. ¿Quién sabe? A lo mejor los profesores que conformaron el jurado no fuesen sino la versión adulta de esos paletos adolescentes.
Pensando estas cosas, Miguel empezó a sentirse mejor. De hecho, si uno miraba el caballete con las fotocopias, veia que sus compañeros agarraban tanto del ganador como de su propio cuento. De hecho, antes de irse, la mayoría agarraba un ejemplar de cada texto. Eso significaba que por mas palurdos que fuesen, le concedían tanta o tan poca importancia a los tres textos.
Pese a que estaba convencido de la injusticia que habían cometido con él, Miguel tenia verdadera curiosidad por conocer que clase de texto había sido considerado mejor que su brillante fabula. Evidentemente, tendría que ser un diamante pulido y perfecto y, si no era asi, ya se encargaría el de quejarse con Dios y con el Diablo para que le hagan justicia.
Tuvo que esperar aún un poco más, hasta que se sono el timbre de fin del descanso. Entraria tarde al aula, que importaba. Tomandose su tiempo, se acerco a la cartelera. A la derecha, estaba el texto ganador. Se titulaba “La cascada”, y su autor era Florencia Bianchi.

                                                           III

Al leer esto último, Miguel no recordaría mas tarde haber sentido un impacto. Si alguien le hubiese preguntado esa misma noche como había recibido la noticia, le habría dicho que no había tenido ninguna reacción. Incluso le habría narrado con que delicadeza, con que precisión de autómata se había tomado el trabajo de quitar el original de la cartelera y, parado donde estaba, lo había leído.
“La cascada” comenzaba con aires de psicoteatro, o tal vez de texto simbolista. La historia comenzaba con una nota a modo de prefacio. En ella, rompiendo los canones de la narración clásica de Sofocles, la autora le hababa directamente a los lectores y, en primera persona, les advertia que su historia era la continuación de una historia anterior, que esa historia anterior, de un autor diferente cuyo nombre no podía revelar, se llamaba “el vuelo”, y que “si el lector tiene la suerte de leer primero esta otra historia, podrá entonces apreciar la suya propia con lujo de detalles”. Luego de esta advertencia, comenzaba la narración propiamente dicha.
Apenas comenzó a leer, Miguel volvió a tener esa sensación del doble, del Doppelganger. Ese texto o, mejor dicho, el estilo y la fluidez que llenaban los párrafos, era la suya propia, pero de algún modo alterada, modificada, pulida. Los lugares, las descripciones, los tropos para personajes y situaciones, estaban brillantemente calcados de “el vuelo”. Pero no era solo un calco ya que, por momentos, el estilo se volvia corto y directo, honestamente cinico, para luego volver a los aires arcaicos de “el vuelo”. El efecto general era el de un chiste bien contado: los pasajes cínicos se reian a carcajadas del resto de los pasajes, y gracias a esto el texto entero resultaba estilísticamente muy gracioso y pulido. Solo quien hubiese leído ambos textos, el suyo y este propio, podía comprender la tomada de pelo. Pero, ¿no había dicho Florencia que su texto era una continuación de “el vuelo”? ¿De qué iba la historia?
“La cascada” continuaba justo donde “El vuelo” había dejado las cosas, es decir, arrancaba en aquel “vivieron felices y comieron perdices” en el que Miguel había dejado al Papagayo y a Yaya. La historia continuaba con este idilio por algunos párrafos, pero poco a poco se iba modificando el carácter valeroso y noble del Papagayo en el carácter vanidoso e irritable de un pomposo Goethe de los pajaros. Al mismo tiempo, se dejaba ver, también poco a poco, como la admiración y el amor de los demás animales (Yaya incluida) no era mas que una adoracion ciega, basada no en la real comprensión y reconocimiento del genio poético del Papagayo, sino en una total ignorancia de la materia. Finalizando la primera carilla, el idilio había sido falsificado totalmente: Lo que quedaba era una parva de animales brutos adorando servilmente a un vanidoso Papagayo que, como el tonto del pueblo, no notaba cuan ridículas eran sus monerías literarias. Y esto era, sin duda alguna, lo peor de todo. En su fabula, Miguel no había escrito ningún discurso o poema para atribuírselo al Papagayo. Simplemente narraba, en tercera persona, la demostración de las increíbles dotes artísticas de su héroe. Florencia había ido mas alla. La mitad de la segunda carilla, y casi la segunda carilla entera, estaba dedicada a exponer una serie de aforismos y de expresiones ridículas que, según ella, eran las magnificas producciones del Papagayo. Y si bien el texto había arrancado con un narrador neutro en tercera persona, a partir de esta parte era Yaya, en primera persona, la narradora-testigo de las comicas exhibiciones del Papagayo. Lo brillante de la concepción de “la cascada” era que mientras que los demas animales eran demasiado estúpidos para comprender las bazofias del Papagayo, este mismo, aunque inteligente, era demasiado vanidoso para reconocer su fracaso.
La Yaya de “La cascada” no era el inocente y lindo pajarito de “el vuelo”. Habia conservado la belleza, la forma de linda pinzona y el plumaje negro-azulado, pero eso era todo. La Yaya de “La cascada” era una cinica y esclarecida ave. No solo se burlaba de la engañada concepción que el Papagayo tenia de ella (Acto que Miguel considero bajísimo hasta en un pájaro) sino que contribuia con altos niveles de hipocresia a reforzar esta falsa imagen, para luego seguir burlándose. No contenta con esto, Yaya daba su mirada sobre el aspecto físico del Papagayo. Asi, mientras el se veia a si mismo como una hermosa ave azul verdosa, Yaya lo veia como “una paloma que se hubiera metido en un frasco de pintura”.
Si bien era cinica y desengañada, lo cierto es que Yaya no comprendia ni una palabra de la poesía del Papagayo, y solo lo alababa para no contrariar algo que no entendia, y tambien para seguir la corriente general. Un buen dia, comenzando la tercera carilla, Yaya recordó que ese dia en el Peteribi, el Papagayo le comento que había encontrado un estanque, del que había bebido. Yaya se pregunto si, cual la manzana del Eden, no seria el agua de aquel estanque el origen de la transformacion del Papagayo. Volo entonces a la parte desconocida de la selva y, al cabo de unas horas, dio con el estanque. Bebio y el pero, siendo los pinzones mas observadores que los loros y Papagayos, noto que el estanque no era natural: mas bien era una represa, y sus aguas afluían de una corriente que se internaba monte arriba. Haciendo fruto de su nueva inteligencia, Yaya siguió la corriente de agua, que al cabo de un tiempo formo un rio y, luego de casi medio dia de seguir el rio, desemboco en otro estanque, este si natural. El costado sur del estanque estaba cercado por un farallón de roca, y de lo alto de este caia, rápida y correntosa, una enorme cascada.
Yaya observo la caída del agua. Chocaba violentamente contra unas rocas, generando espuma y torbellinos. Cerca de la caída, un grupo de grandes rocas dejaba ver la poca profundida del agua. Yaya volo hasta estas rocas y se poso en una de ellas.
La historia proseguia. Yaya encontraba un pez, que resultaba ser una especie de Surubi o de Dorado, no quedaba claro, pero de cualquier manera era un pez mágico. Este pez le revelo a Yaya que bastaba con beber del primer estanque para alcanzar una idiotez rayana en la locura. Era solo cuando se bebia del segundo que uno alcanzaba la iluminación. Yaya bebio del segundo estanque, y volvió a la normalidad. El pez le dijo entonces que la sabiduría era saberse libre de la estupidez, y luego desaparecio.
Al Final, yaya regresa y convence a los animales para que dejen de reverenciar estupideces que no entienden. Entonces los pajaros, bichos, peces y animales de la selva se olvidaron definitivamente de las palabras, y volvieron cada uno a sus cosas propias: los bichos a cavar, los pajaros a piar, los peces a nadar y los animales a correr y esconderse. Solo el Papagayo se obstino en su locura, “narrando y escribiendo todo tipo de fabulas ridículas y envidiosas sobre los demás animales”. Al final, Florencia cerraba el texto diciendo que esta era la razón por la cual loros y Papagayos podían usar las palabras y hacer imitaciones, por mas que no entendiesen realmente nada de lo que decian. Las ultimas palabras del texto decían: “Aunque, claro, también están ciertos seres humanos”.


                                                              IV

Cuando termino de leer “La cascada”, volvió a leerla, incrédulo. La leyó varias veces, cinco o seis como minimo. Luego, sin saber bien lo que hacia, leyó también “El escritor Malogrado”. Despues de todo, había que ser justos. La fabula era una satira entera, de pies a cabeza, de un muchacho que intentaba llegar al éxito literario pasando por todos los generos y posturas intelectuales. Al final, fracaso tras fracaso, terminaba predicando algo como un ascetismo literario, para terminar convertido en un critico obtuso y resentido al que, de todos modos, nadie leia. Aunque la historia era otro claro ataque hacia el, Miguel pensó que de todos modos estaba bastante bien escrita. Una nota en birome roja, sin duda de alguno de los jueces, destacaba el esfuerzo pero remarcaba un parecido con una obra de algún escritor al parecer bastante conocido. Miguel no podía pensar que ese autor conocido fuese otro que el mismo, pero como aceptar que los profesores conocían su obra, aun inédita, era demasiado increíble incluso para su ego, tuvo que descartar esta teoría y aceptar que el tampoco conocía entonces aquel autor celebre.
Como había perdido un buen tiempo leyendo las obras, Miguel iba a entrar tarde a clases. Tan solo pensar en entrar nuevamente al aula y enfrentar las miradas burlonas de sus compañeros (ahora comprendia por que todo el mundo había agarrado un ejemplar de cada cuento) le provoco un nudo en la garganta. Como desde lo ocurrido en pillaje tenia por costumbre salir al recreo con su mochila, Miguel decidio saltearse la clase e irse a su casa. Era viernes. Tenia dos días por delante. Dos días libres de fabulas, libres de humillantes segundos puestos, libres de escritoras como Florencia Bianchi.
No obstante, Miguel uso los dos días del fin de semana para hacer una concienzuda revisión de sus fabulas: el personaje de Yaya tenia que ser eliminado. Tuvo que rehacer decenas de párrafos, modificar finales enteros, pero luego de dos días de trabajo continuo había conseguido borrar de su universo literario cualquier rastro de la existencia de la odiosa Pinzon.
El Lunes se levanto tarde. Habia tenido varios sueños absurdos, de los que era mejor no acordarse.
Si bien Miguel no esperaba que la movida del concurso se olvidase de un viernes a un lunes, la verdad es que no tenia idea de cuan mal estaban para el las cosas en su aula.
Lo cierto es que el plan de Bianchi había sido brillante. Habia convencido a Miguel de que participase del concurso justo con la obra que ella había leído. Si Miguel hubiese elegido cualquier otra de las 70 Fabulas, nada hubiera pasado. Puesto que Florencia no delataba al autor de “el vuelo”, la única manera de que se supiese quien era el autor era que los demás leyeran la fabula con su nombre como autor. Lo maquiavélico, lo realmente enloquecedor de su plan había sido contemplar que los profesores podían llegar a ser complices de la chanza. ¿habian leído ambas historias y habían pensado que era brillante publicar ambas? ¿habrian creido que ambos, Miguel y Florencia, estaban de acuerdo o habían trabajado juntos confeccionando las fabulas? ¿o acaso no notaron la conexión, y la publicación de ambas obras una al lado de otra fue producto de la casualidad? Si este ultimo era el caso, entonces mas alla de la chanza y la derrota, “el vuelo” había llegado por si mismo hasta el segundo puesto. Podian reírse de el, pero era casi el mejor escritor de toda su escuela.
En cambio, si los profesores habían notado la chanza (lo cual era probable, debido a lo explicito de la nota inicial de “la cascada”), entonces cabia pensar que habían publicado su obra solamente para resaltar la obra de Florencia, que entonces les parecería genial sin duda alguna. Publicar solamente “La Cascada”, por mas bien escrita que estuviera, no valia la pena. Sin los datos de su fabula, la de Florencia quedaba con muchos cabos sueltos, sus ironias quedaban injustificadas, sus dardos sin blanco en el cual dar espectacularmente en el centro.
Miguel se dio cuenta que lo inmoral del asunto, que la verdadera burla, estaba en que “La cascada” era verdaderamente genial si anteriormente se había leído “el vuelo”. La fabula escrita por la rubia del bobcut era una maravillosa orquídea, un parasito delicadísimo e interesante, pero a fin de cuentas era eso: un parasito, un hongo. Habia usado a “el vuelo” como abono, y se había salido con la suya.
La existencia de “El escritor Malogrado” solamente era la prueba del alcance que había tenido la genialidad del plan combinado con la pasmosa popularidad de Bianchi. Si chicos de otras divisiones se habían tomado el trabajo de escribir una historia parodiándolo, entonces tenia que ser el hazmerreir de toda la escuela.
Casi sin darse cuenta, Miguel se sentía bastante abatido. Habia dejado su volumen de fabulas en un cajón de su casa. Si bien no había cambiado de opinion con respecto a su obra, no tenia intención de dejar que ninguno de sus compañeros volviese a leer nada suyo. Como para cerrar la paliza intelectual del viernes, el primer recreo del Lunes lo recibió con una paliza mas bien corporal. Los compañeros que habían notado su transformacion en estúpidos animales en las fabulas de Miguel habían suspendido la paliza por orden de Yaya, pero la suspensión era solo temporal.  Una vez que se ejecutara el plan de Bianchi, le iban a dar para que tenga. Vox populi, Vox Dei.
Al dia siguiente, cuando se sento en su pupitre, encontró tallada en la madera la palabra “Papagayo”. Al dia siguiente, y luego de otra paliza (menos copiosa y mas residual) alguien había tachado la ultima vocal, y la inscripción se había transformado en “Papagay”. Como era de esperarse, nadie podía dejar pasar un apodo tan divertido, y desde entonces para todos era Miguel Papagay, Papa gay, sencillamente Gay para los perezosos, y hasta se llego a la curiosa versión de Migay, la cual sonaba particularmente jocosa si se la pronunciaba con acento británico.
Por su lado, Florencia hizo como si nunca hubiese ocurrido nada de todo aquello, y continuaba con su asistencia perfecta y un promedio general que tendia constantemente a las dos cifras.
Hizo, si, cuando se entero que su fabula iba a ser publicada, un intento por modificar el titulo de la historia. Según le explico a los profesores, habían entendido mal la letra del original. Era sabido, y sus compañeras podían dar fe, de que todas sus letras se parecían a la letra c cursiva. Sobre todos u g, tan poco pronunciada, y también su t, de angulos tan curvos y cerrados. Y entonces resulta, señorita Monteverde, que mi historia no se llama “La Cascada”, sino “La Gastada”. Y la señorita Monteverde comprendía, claro que comprendía. Habian leído tantas historias, una detrás de la otra, que fácilmente podían haber tomado una o por una q o una e por una t y, entonces, ¿era imposible tomar una G por una C y una t por otra c? Monteverde era increiblmente estúpida, pero por suerte para Miguel, las historias ya se habían mandado a la editorial que las compilaría y era demasiado tarde para hacer cambios en los títulos.
Florencia rio y dijo que bueno, que no importaba.
Ese era el último recuerdo que tendria Miguel de Florencia Bianchi. No volveria a ver a la chica de medias a rayas y anteojos, pero por largo tiempo soñaría con Pinzones. Particularmente, con la caza de pequeños pinzones negro-azulados.
Al terminar el año, Miguel dejaría el comercial para cambiarse a una secundaria con orientación artística, especialmente orientada a literatura.


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