30 nov 2013

LAS BASES HEDONISTAS DE LA ETICA

LAS BASES HEDONISTAS DE LA ETICA

“¿Estamos obligados a ser fieles a nuestros errores, aún sabiendo que con esta fidelidad
Dañamos nuestro yo superior? No, no hay tal ley, no hay tal obligación; debemos ser
Traidores, abandonar siempre nuestro ideal”[1]

El objetivo, o más bien la tarea, en esta vida, es ser feliz. Hedonismo, si se quiere. O, mas bien, para ser realistas, cosa de porcentajes. De ahí la creencia en que para la llegar a la felicidad son necesarios sacrificios. Pero, ¿qué quiere decir llegar a la felicidad? ¿Quiere decir, acaso, que podemos llegar a ella de una vez y para siempre, para no volver a salir? Por supuesto que no. La felicidad no es, entonces, propiamente un objetivo. Los objetivos se alcanzan o se logran, y una vez alcanzados, quedan superados precisamente porque adquirimos sobre ellos una propiedad inviolable. Ganar una guerra o un campeonato, esos son objetivos. Requieren sacrificios, pero una vez logrados, somos campeones de ese campeonato o victoriosos de esa guerra, para siempre. Aleo Jacta Est, porque nadie puede cambiar un hecho, ni siquiera el mismo dios, como defendían algunos teólogos medievales.
La felicidad, en cambio, es un hacer. Así lo entendía Aristóteles, aquel filosofo pagano eminentemente ético. La felicidad entendida no como un objetivo, sino como acción, como una acción inseparable de la vida y del movimiento. Nunca se llega a ser feliz de una vez y para siempre, sino que se es feliz solo cuando se actúa y, más precisamente, solo cuando se actúa de cierto modo.
¿Qué papel juegan aquí, entonces, esos sacrificios de los que hablábamos al comienzo? Los sacrificios son sin duda acciones. La vida misma puede definirse como un ininterrumpido obrar, como un incesante devenir de acciones que se suceden una detrás de la otra de modo imparable. Hacer, pensar y actuar son todos modos de acción, de movimiento.
Por sacrificio se entiende o soportar un dolor presente para procurarse un placer futuro, o renunciar a un placer presente para conseguir un placer futuro aun mayor. Una tercera variante sería la de soportar un dolor o privarse de un placer, ambas para evitar un dolor futuro mayor, pero estas son solamente los reversos pesimistas o extremos del sacrificio, y aquí se trata mas bien de los sacrificios en aras de la felicidad, comprendiendo que si bien la felicidad consta de evadir los dolores, consta esencialmente de obtener objetivos placenteros.
Lo importante es que, sea en el caso que sea, el sacrificio es siempre la renuncia al placer. Un sacrificio, pensado como acción, es sin duda definible como una acción no placentera. Un sacrificio es una acción no placentera orientada teleológicamente (es decir, en miras a un fin futuro). El fin del sacrificio nunca está en el sacrificio mismo, sino en los resultados que pensamos nos dará en el tiempo. ¿De dónde adquiere entonces su validez y su sentido el sacrificio? De ninguna parte más que de su efectividad. Los sacrificios inefectivos son sacrificios inútiles, pues producen solo dolor o displacer.
Si dejásemos de lado el planteamiento teleológico de la felicidad, el sacrificio seria solamente una acción displacentera o dolorosa, y seria precisamente la acción a evitar. ¿No seria en ese caso, si pensamos la vida como la suma de la totalidad de momentos vividos, lo cual es idéntico a decir la suma de la totalidad de acciones realizadas, mas lógico creer que la felicidad se logra realizando la menor cantidad de sacrificios posibles? Esta postura es la de hedonismo simple, carente de todo idealismo.
Creer que la felicidad consta de cumplimiento de objetivos, para los cuales pueden ser necesarios sacrificios, es la postura del hedonismo idealista.
La cuestión es la siguiente: ¿es realmente efectivo el hedonismo idealista? o, dicho de otro modo, ¿podemos ser felices en una vida plagada de sacrificios, en una vida sacrificada? Si aceptamos la tesis que dice que la felicidad es una acción, entonces el hedonismo simple choca con el idealista. La pregunta, expresada con más profundidad, podría resumirse en: ¿es el objetivo un contrapeso suficiente para todo el displacer y el dolor del sacrificio? ¿Está justificado?
La solución es, según mi opinión, cosa de porcentaje. Grandes sacrificios solamente quedan justificados por grandes objetivos. De ahí que los objetivos pequeño burgueses o los de la más básica subsistencia no acepten, si se busca la felicidad, grandes sacrificios. Si fuese así, el estado de supervivencia o el de pobreza podrían tomarse por felicidad.
La respuesta a esta pregunta, que coincide con el concepto mismo de realización, se responde en el estado de ánimo del inquisidor.
Los sacrificios y las renuncias tienen sentido solamente en una vida humana, ordenada según fines e ideales, es decir, dentro de un esquema teleológico - ético.
En el resto de la naturaleza, deseo y placer son el norte que inmediatamente guían las acciones de los seres. El hedonismo simple antecede entonces al hedonismo idealista. La vida, librada a sí misma, no está sujeta a ningún sistema moral y, por ende, no está de ningún modo orientada a fines. Los sacrificios son entonces todos artificiales, no fundados en la naturaleza humana, sino en la sumisión a ciertas ideas como principios morales.
¿Cuál es el criterio que valide el uso de tal o cual principio moral? No puede ser otro que este: Que nos acerque, lo más posible, a la felicidad, no entendida esta como la sumisión al mismo principio (pues esto es absurdo) sino según los cánones del hedonismo simple, a saber: como un actuar placentero en primer lugar, y como un actuar no doloroso en el segundo.
La ética idealista debe tener, si quiere conducirnos a una verdadera felicidad, una base hedonista simple. Este hedonismo debe ser la base solida que nos permita cambiar de ideales con la frecuencia que haga falta para conservar nuestra felicidad.
Mas, ¿Qué es esta felicidad puramente hedonista, sino un suplir constantemente nuestras necesidades subjetivas? Una obvia dificultad de todo objetivo a largo plazo es el compromiso al que uno se somete al proponérselo. Dicho compromiso supone una responsabilidad por y ante uno mismo, en primer lugar, y ante los demás en segundo. No obstante, ¿de dónde, de que fuerza podría surgir y mantenerse el cumplimiento de este compromiso, si no es de nuestro deseo de placer?  La coherencia y la felicidad pueden coexistir solamente cuando nuestros ideales o principios éticos, en base a los cuales elaboramos nuestros objetivos, emanan natural y honestamente de nuestros deseos.
Con esto no quiere decirse que debamos renunciar a los ideales para abandonarnos a los deseos meramente fisiológicos. Ante cualquier acusación de Epicureísmo mal comprendido, responderemos con las respuestas que el mismo Epicuro tenia para quien  comparase a su sequito con los cerdos.  Lo que se le reprocha a la ética idealista, fundamentada sea en la noción de deber, sea en la de buen sentido, sea en bases biológicas deterministas, es que los principios éticos no pueden de ninguna manera ser fijos, y mucho menos a priori.
Estos éticas idealistas tienen su fundamento en la creencia de que en la vida interior o universo de hechos internos, existe un núcleo o substancia, conocido como yo o mente , que tiene una facultad activa llamada voluntad, y una forma que lo define de un modo subsistente. Esta forma es, según la postura específica de cada idealismo, o bien a priori, o bien determinada biológicamente, o bien propia de cada sujeto en particular, pero subsistente en ésta. Según esta postura, los principios éticos emanan de la forma de este núcleo o yo, y la ética o lo moral suele definirse como la facultad activa aplicada correctamente, es decir según la forma del yo.
Nosotros estamos en oposición a la concepción de un “Yo” fijo y determinado. Las únicas determinaciones o  “formas” del yo que aceptamos son las biológicamente necesarias, pues negar que hechos como las necesidades de alimentarse y preservarse no deriven en principios éticos de carácter universal, es atentar a un tiempo contra la experiencia y  contra el sentido común.
Los principios que emanan de estas necesidades son, por decirlo de algún modo, el sine qua non (condición necesaria, más no suficiente) de la felicidad, así como el non plus ultra de la pretendida universalidad en la forma del yo.
Aceptar  que existe una forma ya determinada del yo, es ceder peligrosamente la autonomía. Pues de aquí estamos muy cercanos a aceptar que hay principios moralmente universales, con validez objetiva. Este hecho, que los idealistas suelen aceptar en mayor o menor medida, suele contrastar con el hecho de la diversidad de principios éticos aun vigentes, y con las consecuencias que esa variedad produce. Los idealistas, en vez de derivar la infelicidad y los hechos inmorales de la acatación de principios caducos o sin validez subjetiva, derivan estos hechos de un incorrecto uso de la voluntad o de la no acatación a principios con validez objetiva.
El yo no es para nada algo cristalizado, algo estratificado, algo estático de lo que pueda decirse que tiene una forma , sino que es un cumulo de deseos que cambia constantemente, es más bien un conjunto dinámico en perpetuo cambio, del cual no podemos estar del todo ciertos[2].
Es necesario postular la autonomía psicológica si no queremos caer en un absolutismo ético y en una concepción “oficial” de la felicidad, definida por ideales que se supone objetivos.
La sumisión a principios éticos debe emanar de nuestro estado actual, comprendiendo este como la suma de deseos y necesidades psicológicas. Este estado, que bien podemos llamar situación, para enfatizar su carácter dinámico[3], está causado (aunque de modo contingente) por un estado anterior, a la vez que determina (también contingentemente, es decir, que puede hacerlo con cierta libertad creadora) el estado que lo sucederá.  Esta es la verdadera base psicológica, que podríamos llamar de carácter Heracliteo, que existe efectivamente por debajo e inherentemente  a ese yo uno y eleáticamente Semper eadem. Los principios éticos y los objetivos que, a partir de aquellos, nos dictamos, deben estar vitalmente sujetos al cambio de esta base psicológica o, dicho de otro modo, estamos obligados, si de ser felices se trata, a cambiar nuestros principios (y entonces nuestros objetivos y sobre todo nuestras acciones) tantas veces como sea necesario, con tal de que estos se adecuen lo más posible a nuestra situación.
Según lo anterior, entendemos por Vital todo principio que cumpla esta adecuación a la situación. Tomamos prestado el concepto “decadente”[4] para expresar todo principio que no se adecue a la situación, siendo más decadente cuan más alejado esta de nuestra situación actual, tanto en el tiempo como en distancia. Del mismo modo, son morales o vitales los objetivos que surjan de principios vitales, y morales todas las acciones que se realicen por hedonismo simple o teleológicamente según principios vitales. Inmorales, decadentes y putrefactos son los objetivos que emanen de principios decadentes, e inmorales todas las acciones que se realicen en sumisión a una autoridad o a un principio heterogéneo a la voluntad, así como también aquellas orientadas teleológicamente a principios decadentes.
Por autonomía (en el sentido moral) entendemos la capacidad plástica y valerosa de re – estructurar y cambiar constantemente nuestros principios de acuerdo a nuestra situación o estado actual.  Autonomía es la constante revitalización de nuestros principios morales. La decadencia es lo  opuesto a la autonomía, es decir, regirse por principios que, al no emanar de nuestra disposición interna,  no puede decirse realmente nuestra ni obediente a nuestros intereses reales o a nuestra real felicidad. La decadencia o estado de esclavitud nos hace permeables a regirnos por principios “ortodoxos” a la vez que caducos para con nuestras necesidades vitales y, por lo tanto, inútiles. Por lo anterior, se puede decir sin miedo a errar que libertad es sinónimo de autonomía. La única libertad posible es la que emana de nuestra necesidad y nuestro deseo de placer, que entendido correctamente es nuestro deseo de felicidad, tanto a un nivel meramente hedonista (el cual compartimos con todos los animales) como a un nivel mas profundo y complejo, que puede ser catalogada de “espiritual”. No obstante,  es  la dimensión meramente hedonista la más universal y la menos sujeta a cambios, mientras que la espiritual-psicológica es la más cambiante; De las variaciones de estados patológicos y psicológicos se compone la serie de estados actuales (o serie situacional).  Valor es la fuerza propia de la libertad , mediante el cual refundamos constantemente nuestras nociones morales clásicas (justo-injusto, bueno-malo, útil – inconveniente)  según nuestro estado actual. Puede entenderse libertad y autonomía como el valor de seguir nuestra obligación vitalista, es decir, nuestra obligación para con nosotros mismos.
Obligación o “deber” puede entenderse, espejadamente, en su sentido decadente, como la impotencia para valorar el mundo según nuestro estado, que tiene como resultado una adhesión a principios inmorales y una producción de acciones igualmente inmorales y decadentes. La mayoría de los “sacrificios”, en cuanto persigan objetivos caducos y vitalmente decadentes (cuando no muertos), deben entenderse en estos términos  decadentes de la noción de obligación o deber. Por otro lado, cuando los objetivos son vitales, no corresponde usar la palabra sacrificio, pues esta es comúnmente entendida como sacrificio de uno mismo. Las acciones vitalistas pueden distinguirse por el siguiente criterio: una acción vitalista pone siempre al sujeto actuante, en cuanto ser humano, siempre como fin. Nunca coloca a este como un medio para obtener otro fin o un objetivo. Poco importa si este objetivo es auto – impuesto o impuesto por una voluntad ajena.
Una ética honesta, que renuncie a pretensiones de objetividad científica, solamente puede desarrollarse como una introspección psicológica que, pese a quizás pecar de anárquica (o mas bien, de autárquica en cada individuo) esta sin embargo mas cerca de lograr el viejo objetivo eudaimonologico que, según se postula desde tiempos de Aristóteles, es el fin de la ética toda como ciencia practica. Es necesario renunciar a una felicidad universal según principios universales de validez objetiva, para lograr lo único que, como individuos espiritualmente separados, únicos e irrepetibles, está a nuestro alcance: una felicidad individual según la situación propia de cada cual.





[1] Friedrich Nietzsche, “Humano, demasiado Humano”, parág. 628
[2] a lo sumo, podría hablarse de un yo lógico, referencial, sobre el cual estructurar el lenguaje, pero esta noción no tendría referencia a objeto alguno en la realidad, y su utilidad debería demarcarse dentro de los límites del lenguaje y la comunicación.
[3] Respecto de la razón y forma de la serie en la cual podrían entenderse los cambios del yo, comprendiendo a este como una mera sucesión de situaciones psicológicas, mucho se puede hallar en la psicológica desde la revolución psicoanalítica y los posteriores aportes de la psicología analítica. No obstante, la psicológica toda nunca podrá ofrecer algo más que esquemas para una hermenéutica de este devenir de situaciones. Todo intento por determinar, de forma universal y necesaria, la forma de la serie, seria idéntico al intento idealista por determinar a priori la forma del juicio. Una postura vitalista como la nuestra se opone precisamente a este tipo de cierre,  que con la excusa de la objetividad científica termina concluyendo en absolutismos morales de desastrosas consecuencias para los individuos particulares, únicos seres existentes y sin necesidad alguna de tal objetividad, pues “la naturaleza nos lleva a representarnos la realidad de la misma manera que nos hace respirar” (Hume, Tratado sobre la Naturaleza humana, T141, SB 185, D 315)
[4] Usamos este vocablo entendido en el sentido Nietzscheano, sobre todo en Anticristo y Genealogía de la moral

1 comentario:

Jora dijo...

Una publicación impecable!

Lo que queda fuera del planteo es la constante interacción entre los individuos. Si bien la autonomía de re plantear las prioridades personales es individual, vivimos en sociedad y no imaginamos fácilmente una existencia totalmente ermitaña.

El conflicto del sacrificio surge ante la interacción. Podemos tomar como una inversión la acción en pos de un beneficio futuro dentro de la interacción, digamos el trueque para no meter la economía de por medio. Nos organizamos y nos distribuímos tareas, y ahí entra en juego la competencia de cada individuo en hacer determinadas tareas y la demanda, maldita economía... Entonces en la sociedad la autonomía incluye también la capacidad de no necesitar ceder. Y me veo que la problemática apunta al poder individual.