13 jul 2015

La realidad es una pelicula clase B

Juan caminaba por las calles. Caminaba y caminaba, como buscando algo. Buscaba una salida, pero detras de cada esquina, otra calle comenzaba. Siempre habia otra calle, otra esquina, otro semaforo. Nunca una salida.
"Busco una salida", penso Juan; Pero mientras lo pensaba se reia, porque una salida a que, ¿no? Era absurdo y era lo mismo caminar que buscarla frente al televisor o en la cama de algun hospital, en la barra de algun bar o en la silla de cualquier despacho.
Ahora se daba cuenta, como tantas otras veces antes, que todo lo que uno (bueno, no cualquier individuo, pero el si) podia hacer era, de un modo u otro, buscar una salida.
Buscarla caminando era un derroche instintivo, un lujo vital, un beneficio del filosofo o del mendigo, que para el caso era lo mismo. Enfilo derecho por una avenida amplia e iluminada, notoriamente centrica. El aire era frio y humedo, y aunque la lluvia habia parado hacia dos horas, flotaba en el aire una neblina blancuzca, que en juego con el alumbrado de los faroles le daba al cielo un aire irreal. Los aleros de los comercios lo guarecian de las gotas de lluvia que ocasionalmente se desprendian de los arboles. Juan iba pegado a las paredes, como un bicho o un soldado de trincheras. Enfundado en su gabardina raida, escuchaba sus pasos sobre la acera desierta. Las luces que emergian, automaticas y ciegas, desde el interior de las cortinas de hierro, le hacian pensar en cementerios o en museos. Su sombra iba solitaria por delante, marcandole el paso. Aquello era sencillamente perder el tiempo, perderse de todas las cosas y de todas las personas. Pero, ¿que otra cosa podia hacer? Era un dia especifico de la semana, era una hora especifica de la noche. Todo el mundo tenia algo que hacer en ese momento, todo el mundo tenia algo que hacer al dia siguiente. ¿Adonde ir? Cualquier sitio en el que apareciera, irrumpiria en un orden ya fijado con anterioridad, preestablecido, causaria esa incomodidad bien disimulada por los amigos; No habria que hacer ni de que hablar, y al cabo de dos horas estaria sintiendose verdaderamente miserable, para luego escarparse con la mas espontanea de las excusas, seguramente inventando algun pretexto inexistente. Notable paradoja aquella de que la causa de la compania sea tambien la excusa para la soledad. "Exelente frase", penso Juan. Claro que a esa hora cualquiera era poeta. Gran cosa, gran cosa.
Aunque por otro lado la cosa estaba tan mal. En cierto modo, en el mas cierto y honesto de los modos, no habia nada mejor que esa madrugada de vacio absoluto. Al menos era preferible esa angustia, casi un lujo, y no la otra, la de la jaula, la de los dias y los horarios encadenados, estructurados como en una via, días - durmientes, meses- folleto, años - programa, vida - carta de restaurante. Mejor eso que la libertad de gondola, que los momentos anudados sobre la misma soga, cual cadena deductiva que, aceptadas ciertas premisas pequeñoburguesas, le permitia saber a la gran masa de la humanidad en donde estaria al dia siguiente, en que cementerio seria enterrada o el nombre que tendrian sus proximos hijos.
Y mientras se perdia en esos razonamientos circulares, avanzaba en linea recta por la avenida, como un heroe de novela negra. "Ahora salen de ese callejon dos maleantes. Uno lleva pistola y el otro una navaja. Derribo al de la pistola de un puñetazo rapido, y el de la navaja huye. Lo sigo a distancia hasta un edificio de departamentos.". En esa parte del cuento decidio que tenia hambre.
Hambre. Una causa perdida, el hambre. Lo era desde hace siglos y seguiria siendolo mientras el hombre fuese hombre, o al menos hasta que los sueños de socialismo utopico que Bakunin, Kropotkin y el mismo compartian no se plasmasen, magicamente, sobre la tierra. Pero, en todo caso, era una causa perdida a esa hora de la noche, porque mas alla de los tres billetes sucios que albergaba en el bolsillo de la gabardina, estaba el principal impedimento de que el bodegon mas madrugador abriria en no menos de tres o cuatro horas, y Juan tenia hambre en ese momento. La lluvia comenzo nuevamente, como una confirmacion de la imposibilidad, de lo absurdo de todo aquello.
- A mi deberian de matarme en este mismo instante- mascullo Juan, mas para si mismo que para cualquier otro. De todos modos, era imposible. Imposible que me maten primero porque esta calle esta absolutamente desierta, parece mentira que de dia no se pueda ni caminar. Pero ademas imposible porque soy yo, y a la gente como yo nunca le pasa nada. Yo soy como un personaje de Perec. Algo asi como un fantasma. Vivo otras emociones, otras aventuras. Nunca me tocan los peligros de la clase media: nunca me enfermo, nunca tengo accidentes de transito, no sufro robos ni estafas.
Juan se paro en una esquina bastante iluminada, en donde la avenida cortaba con otra avenida. Mirando en angulo de la esquina, penso que era fantastico lo redonda que era. Lastima que estuviera enmarcada en esas porquerias metalicas, especie de barandillas inutiles, como si el cordon no diese a la calle, sino a un precipicio. Pensandolo mejor, era como una confirmacion de su teoria. La calle, el espacio, era el vacio. Vacio bastante bien estructurado, vacio funcionalmente subdividido, pero vacio al fin, no cabia engañarse. ¿Para que, ademas? Y asintiendo a su propia idea, estupidamente conforme con la tautologia, Juan se recosto en la barandilla y encendio un cigarrillo.
- Totalmente de novela negra.
Al cabo de algunos minutos, que tan vez eclosionaron en hora, Juan sintio un lejano clocleo sobre el asfalto, y al cabo de unos minutos tuvo delante de si a una chica joven, pobremente vestida, groseramente provocadora. Le ofrecia, segun entendio, los servicios habituales. Era logico, a esa hora y en una esquina demasiado iluminada.
- ¿Tenes departamento? - pregunto Juan
- No. ¿vos?
- Si, pero no es por la zona, y no tengo auto. No creo que quieras caminar cinco quilometros.- Ante el silencio de la chica, agrego - En todo caso, aunque quisieras, despues de caminarlos yo tendria ganas mas bien de irme a dormir.
- Aca a media cuadra hay un hotel - dijo la chica - Si te parece vamos ahi.
Juan la miro por un instante. Era una chica joven, andaria por los ventitantos. Estupidamente teñida, con esa (falsa) sensualidad popular de lo platinado. La ropa no le quedaba bien. La realidad era una pelicula clase B.
- ¿No tendras por casualidad algo para comer? - solto Juan. La frase se le antojo estupida, y le quedo como dando vueltas. Incluso creyo escuchar algo asi como un eco de su pregunta, rebeverando metalicamente contra los carteles de neon. La chica lo miro con algo que no de decidia entre incredulidad y fastidio.  Ahora es cuando me suelta alguna asquerosidad, penso Juan. Seguro me manda a la mierda, fija.
Juan se quedo con el cigarrillo en la boca, esperando la puteada que nunca llego. La chica simplemente se dio vuelta y desaparecio doblando la esquina. Bueno, era una lastima que no tuviera. El conjuntito plateado con la campera de jean era algo ridiculo pero que de algun modo encajaba. Si venia al caso, su gabardina pulgosa y su blue jean raido, que a fuerza de lavarropas mas que blue era de un grisaceo indefinible, eran tambien ridiculos pero adecuadisimos para la situacion. Juan se descubrio entonces lamentandose un poco por su negativa. Todo daba igual, y entonces tambien daban igual los billetes arrugados y humedos, igual daba gastarselos en comer que regalarselos a una chica a cambio de lo que alcanzase, aunque no fuera mas que una lamida de pija, que mas daba. Al menos le quedaban cigarrillos, y la vista de la esquina le gustaba. Era luminosa y gris, salpicada de varios charcos. Si miraba los charcos, juan podia ver el reflejo de los balcones y de las ventanitas de los edificios. Siempre que caminaba, lo hacia o mirando al suelo o mirando a los pisos altos. Era increible como de algun modo, por aglomeracion urbana o por magia cabalistica, los pisos superiores de los edificios sobrevivian al progreso y a la publicidad. Entonces resultaba que arriba de una infame tienda de ropa de moda se alzaban, como torreones de un castillo, innumerables ventanas grises, llenas de balconcitos o rejas metalicas. Otras veces, si uno alzaba la vista y aguzaba la vision, podia ver, por ejemplo, en lo mas alto de la fachada de un banco, como una pared mas antigua, de color indefinible, se alzaba por detras del reboque nuevo, por encima de los carteles publicitarios, evocando otras epocas; Era como si detras de esa Buenos Aires, que el odiaba,hubiese otra Buenos Aires, mas antigua y por lo tanto verdadera, que el desconocia y por lo tanto temia, pero al menos eso era algo, era el principio de algo.
Mientras pensaba esta otra ciudad, intentando conectar en su mente esos puntos de acceso, forjando en si mismo la ciudad, volvio a escuchar un clocleo, un taconeo que se acercaba, sin prisa y sin pausa, por la misma esquina por la cual la chica habia desaparecido. "Seguramente una compañera", penso Juan. Seguramente la anecdota del "¿tenes algo para comer?" habia ido de boca en boca, y seguro ahora mismo alguna otra chica, tal vez con mejores dotes de persuasion o al menos mas confianza, venia a probar suerte o al menos a reirse un poco. Tal vez venia solo a mirar, a mirar porque estaba siempre eso de ver para creer. Juan le dio la espalda a la esquina, recostandose contra el umbral de un edificio de departamentos. No tenia ganas de repetir la escena. Entonces escuchio una voz conocida.
- Toma- dijo la voz. Juan se dio vuelta y vio a la chica, con campera de jean y conjunto plateado, la expresion ausente, la mano extendida y, al final de la mano, una bandejita de plastico que contenia, aun caliente, una porcion de arroz con azafran y menudos de pollo. En silencio, Juan tomo la bandeja.
- ¿Como dijiste que te llamabas? - pregunto.
- No te dije - respondio escuetamente la chica, mirando ya para otro lado. Juan tenia la bandeja con una mano, con la otra el cigarrillo. Sin saber por que, miraba a la chica. Buscaba sus ojos, un encuentro de miradas. ¿Para que? imposible saberlo. No habia nada que decirle, y era una suerte que ella tuviese la pericia o el desinteres de mantener la cara volteada, mirando el suelo o algo en la otra cuadra, porque si ella lo hubiese mirado, no habria sabido que decirle, nada que decirle salvo un insustancial gracias. Y sin embargo, seguia ahi parada, no se iba. Habia hecho el amague pero seguia parada al lado suyo, lo suficientemente lejos como para impedir la vinculacion, pero lo suficientemente cerca para permitir el cuadro. "Claro, esta esperando a que coma" penso Juan. El arroz con menudos se enfriaba, y Juan opto por darle succesivas pitadas al cigarrillo. La chica le echo una o dos miradas, con autentica curiosidad. A la tercera mierada, sus ojos se encontraron. Como queriendo dar una explicacion, Juan sonrio y alzo el cigarrillo. La chica tambien sonrio. Sonrio y alzo las cejas.
- Hace lo que quieras- dijo la chica, justo antes de darle la espalda y desaparecer nuevamente.
Cuando la chica se fue, juan tiro el cigarrillo y, mientras lo apagaba con el pie, probo un primer tenedorazo de arroz. No estaba mal. No estaba nada mal.

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