26 nov 2013

Aquelarre

Bueno, hoy no va a haber cuento sino, como cada tanto, presentación de alguna banda o aspecto musical. Generalmente suelo decirle critica, pero en este caso mas que una critica es una apología, un rescate o mejor dicho un encomio, puesto que realmente es una de las bandas que, como los Beatles, Led Zeppelin o Pink Floyd, rebozan genialidad y no tienen puntos negativos. De hecho, incluso bandas como Queen y los Beatles tienen, a mi parecer, algún que otro disco pedorro o comercialon, no asi Led Zeppelin.
Esos discos pedorros de las grandes bandas suelen tener como principal causa o la fama de dicho grupo, y la presión de las discográficas, o bien la larga duración de esos grupos. A veces los grupos son como las parejas: duran mas de lo que tienen que durar.
Pero en Argentina, donde ahora abundan muchos grupos que llegan a la década, y hoy dia ya no se les cae una idea (Bersuit, Ataque, La renga, Kapanga, Catupecu, ect) hubo en otro tiempo un panorama completamente opuesto: bandas que duraban 2 o 3 años pero que tenían producciones originales. Esa época fue en la dorada época del 70, en donde lo mejor de la música argentina vio la luz.
La banda en cuestión, que quiero presentarles, es Aquelarre. Vallamos primero con los integrantes:
Los ex almendra, Rodolfo Garcia (batería y voz) y Emilio del guercio (Bajo y voz), Hugo Gonzales Neira (teclados) y Hector Starc, que venia de tocar en un trio (que creo que era tantor…) con machi Rufino (pro invisible) y Black Amaya (pro pescado rabioso). Como ven, son todos músicos de putisima madre, para quien conoce las bandas, que tenían una fuerte influencia del jazz rock y del blues.
La idea de la banda fue de Rodolfo Garcia, que junto con Del Guercio formaban una base rítmica solida y muy variada, llena de quiebres. Los teclados de Neira le daban la onda blusera, y La guitarra de Starc, que es uno de los mejores guitarristas que piso esta tierra criolla, hicieron de Aquelarre la mejor banda sinfónica del genero nacional, y tambien una de las bandas pilares de la década del 70.
La primera presentación oficial fue en el BA Rock, en 1971, y la ultima, en Montevideo en 1978. El pico de popularidad fue con su cuarto álbum, “Siesta”. Fueron, en el año 1976, la primera banda de rock en ir a tocar a Europa, en donde realizaron una gira por España, difundiendo el rock en castellano, cosa que en la misma España no existía (las bandas cantaban en ingles), por lo que es certero decir que Aquelarre fue el padre del rock español cantado en español. La banda tuvo un pequeño reencuentro en el año 1999, donde grabaron un disco en vivo, el ultimo. En el año 2008 se lanzo un box set con todos los discos, libros y material inédito, que hoy dia cuesta un ojo de la cara. Tambien hay algunos vinilos recopilatorios, y especialmente uno que tiene grabaciones de la gira por España, casi inconseguible y con el valor de una moto….
Discografia:

  • Aquelarre (1972)
  • Candiles (1973)
  • Brumas (1974)
  • Siesta (1975)
  • Corazones del lado del fuego (1999)

Musicalmente, Aquelarre es fundamentalmente una banda progresiva y sinfónica, adjetivos que a primera vista nos dicen que lo mas importante de esta banda es la Musica, por encima de las letras y del resto de las cosas. Esto es algo que parece casi obvio, pero que no obstante hoy dia no parece serlo tanto. Dicen que la buena música tiene 3 cosas: Ritmo, Armonia y Melodia. Aquelarre tiene las 3, y tambien tiene otras cosas que no pueden faltar en una buena banda, como ser improvisación, originalidad, capacidad de cambio y reinvención, una identidad musical, virtuosismo individual, y además de eso, tienen una capacidad lirica muy cuidada, que nos recuerda sin dudas a bandas como Vox Dei, Color Humano, Almendra, pero tambien a otras bandas como ELP, Yes y King Crimson.  Mas que eso, fundan una identidad rioplatense dentro del rock sinfónico, lográndose despegar de las enormes influencias de bandas inglesas, que en esa época y ahora tambien proliferan tanto.
Las letras de Aquelarre, a cargo de Garcia y del Guercio, son todas eminentemente poeticas, de un estilo mas bien impresionista y hasta surrealista, que nos hacen acordar a Spinetta. No por nada hay dos Ex Almendra en la banda, y recordemos que Del Guercio y Garcia se criaron musicalmente juntos con Spinetta, cursando todos el comienzo de la carrera de bellas artes. Algunas letras tienen no obstante, dentro de la poesía, criticas sociales (como no podía ser de otro modo en los 70), sobre todo letras como “violencia en el parque”, “arboles caidos para siempre”, “miren a este imbécil”, y otras. Constantes referencias a la naturaleza y a situaciones idílicas o mitológicas son normales en las letras.
La música de aquelarre fue evolucionando hasta su forma mas acabada, con el correr de los discos. En los comienzos de la banda, la impronta es de un corte mas rockero, con un sonido que si bien es cuidado, tiene arranques de rock and roll mas duro. Pese a esto, hay ya una insinuación estética de bases progresivas e fraseos mas que interesantes, que van mas alla de las bases del rock pelado. La Guitarra de Starc es directriz.
En Candiles, el sonido se hace mas pesado, mas doppler, mas bluseado, dándole mas cabida a los teclados de Neira, con un estilo que es muy cercano al de Vox Dei.  No obstante, ya hay melodías sin duda progresivas, como en “patos trastornados”. Los sonidos de órganos y los punteos de Starc se orientan mas a las melodías y no tanto a los solos.
En Brumas es donde se nota el cambio mas notorio del a banda, siendo este ya un disco innegablemente sinfónico, que arrastra todavía un poco la impronta rock – blues de los primeros años. No obstante, en canciones como “brumas en la bruma”, “Milagro de Pueblo” y “Aves Rapaces” podemos ver ya toda la magia de Aquelarre: Letras cuidadísimas y melodías sinfónicas, con una base rítmica impecable y pasajes instrumentales vastos y variados.
Siesta es, a mi parecer y tambien como dice la critica, el mejor disco de Aquelarre, en donde encarnan su verdadero sonido, siendo uno de los mejores álbumes que yo he escuchado. Presenta una unidad tematica y a la vez una riqueza melódica muy digna de oir. Influencias de Yes y ELP sobre todo. El sonido de jazz rock por momentos, y por momentos progresive rock. Con temas de 8 minutos (entre los que esta el que es para mi el mejor tema de la banda, “el hombre cercano”), Siesta es una perla que no pueden dejar de escuchar. Con este disco cierra aquelarre su etapa original.
“Corazones del lado del fuego” no contiene ningún tema nuevo, sino que es un selectivo de su discografía, mostrando la vigencia de la banda casi 30 años después, incorporando los sonidos propios de los 90 sin perder la escencia, y con mas de un pasaje de improvisación genial.

Antes de dejarlo con las canciones que mas me gustan, acoto simplemente que es increíble la falta de reconocimiento popular (no asi en la critica y en los melómanos, gracias a dios) que tiene esta banda. Estando musicalmente muy por arriba de otras bandas como Manal o Los Gatos (y hasta de sui generis y de Pescado) no han llegado a tener el reconocimiento que se merecen, estando a la altura de bandas como Seru o los Redondos en lo que a identidad musical se refiere.
Ahora si las canciones:


25 nov 2013

5 AM

Se despertó. La habitación estaba completamente vacía, en penumbras. Había un silencio liso y perfecto, que llenaba el cuarto. Le volvió entonces la paranoia de estar completamente solo. Solo y escuchando la lluvia golpetear afuera. Sintió entonces, como en una unidad compacta pero a la vez elástica y pegajosa, una sed terrible. Hacia, si, muchísimo calor. No era cosa de sentirlo, y eso era lo raro, pues no tenía calor para nada, sino más bien una sensación seca y áspera que le secaba la garganta. Los cantos de Maldoror seguían sobre la mesa, seguramente sobre la mesa de la cocina, allá abajo, dos metros mas abajo, lejos.
Sintió unas ganas terribles de mear, de ir a la cocina a tomar un vaso de agua, pero estaba el hecho de estar completamente solo y desprotegido. El camino hacia la cocina y hacia el agua refrescante era demasiado peligroso: Veintitrés escalones de madera ruidosa y crujiente, más tres pasos hasta ella,  y luego tres pasos más hasta la heladera. Y luego la vuelta, claro esta. No, demasiados pasos y demasiados ruidos para esa noche, para despertar a lo que fuese (el lo sabia) estaba acechando en la soledad de la casa. Deseo entonces oír un ronquido, una tos, un crujir de cama que le demostrase (pero era imposible) con evidencia científica que el no se hallaba solo. Eso hubiera sido suficiente para romper el hechizo (porque eso era). Había algo maligno, algo realmente maligno y diabólico, algo así como una fuerza perversa manejada a distancia por brujas o por gente muy mala y envidiosa, que ahora le oprimía el cuerpo entero, y que se manifestaba en la enloquecedora expectación de alguna señal, de algún movimiento (pero no, no porque eso era la lluvia y aquello el viento zarandeando con violencia la ventana, y aquello otro era seguramente un gato saltando de chapa en chapa, gato de mierda) que le revelase la catástrofe, la muerte inminente o el rapto infernal.
Entonces se sentó en la cama, agitadísimo, y dirigió una enloquecida serie de miradas, cubriendo con desesperación cada centímetro de la pieza, buscando atrapar con los ojos aquello que le lo oprimía y que ya le provocaba un calambre en el pie izquierdo. Pero nada, no había nada, no era nada, y eso era lo terrible: estar solo y sin que pase nada. ¿Podría acaso esa sensación de peligro, de horror vacui (pero no era eso, el sabia que no) prolongarse indefinidamente? ¿Que pasaba, ahora era cosa de tenerle miedo al silencio y a la soledad cada vez que estas se trenzaran en el aislamiento? ¿Que quería, con esos sobresaltos y salidas abruptas del sueño, con ese insomnio, con esa paranoia, ir a parar adonde, adonde se pensaba que iba a ir a para así? ¿O acaso iba a estar en guardia solo hasta el alba, solo hasta la salida del astro rey, que traía con sigo a todas las hijas de la luz y la razón, a iris y con ella al desvanecimiento de los fantasmas?
El cuarto se hallaba inmóvil, el silencio era perfecto. Empezaba a pensar mejor, a racionalizar, a buscar salidas lógicas, a intentar perderse en algún callejón lógico, que al menos era ya algo de la realidad diurna, pero lo asalto de nuevo la sensación de estar siendo observado, amenazado por algo. Si. Se encontraba dentro de una ratonera, dentro del más horrible cuento de Kafka.
¿no había soñado acaso, con una perfección que lo hacia sospechar de realidad olvidada, de reminiscencia o de otras dimensiones, no había soñado hacia apenas unos minutos (pero no lo sabia entonces, sino que recordaba en ese instante que) con cementerios y misas negras, con misas negras en el propio jardín de su casa, con unas esferas como bolas de billar, todas de colores opacos, que aparecían diabólicamente en el jardín cuando se suponía que nada tenia que aparecer, y entonces el y otros filmaban todo (porque había los medios), cubrían todo ello con fascinación periodística, pese al terror de que las bolas se materializaban y caían al piso? ¿No había también, en cada jardín (pero más en el suyo, que ahora tenía unas rejas góticas grandes y negras, propias de un cementerio ingles)tierra negra y apretada, y tumbas y un cielo opresivo y nebuloso? Si, y entonces había empezado, ya desde ese entonces, había empezado el miedo y una irresistible necesidad de volver la espalda y vigilar, de cuidarse la espalda de las brujas (entonces eran las brujas, y debían ser las 3 AM, horario de las brujas y misas negras) y de los asesinos, de hombres y mujeres malas y golpeadoras, de que todo el mundo se volviese en su contra, intentara matarlo o algo. El miedo entonces había empezado, como un ruido lejano y amenazador en la noche, a perturbarle el sueño ya desde el sueño mismo.
¿Que había pasado luego? Había también otra chica, y nenes y nenas en los jardines, y otras perspectivas que mostraban la misa, en donde había también un estacionamiento y una reja, y bolas que caían. Mas importante que todo era que adentro estaban su madre, su padre y su hermana, siempre durmiendo. Entonces descubrió algo. Con indecible horror recordó ( ¿pero cuando? ¿En el sueño o en ese momento posterior?) Que YA HABIA SOÑADO con la misa negra, con las bolas y con el miedo. PEOR AUN: LO HABIA SOÑADO ESA MISMA NOCHE. Oscuros y misteriosos son los designios y los aberrantes absurdos del sueño, porque de alguna manera, el supo que inexplicablemente había soñado toda esa noche con la misa negra, como quien obsesivamente ve una y otra y otra y otra vez la misma película, la cual se repite siempre con los mismos gestos, los mismos miedos, las mismas traiciones. La repetición suele, en la mayoría de los casos (volvía a llover con fuerza, se oían las gotas castigando las tejas) aminorar el efecto violento de una emoción, pero en su caso, o tal vez fuese el horror de tan incomprobable certeza, parecía que todo conservaba fantasmagóricamente ese miedo telúrico e inexplicable, y entonces se percato, ahí y en cada sueño, de que efectivamente había un miedo loco y telúrico, como de tierra mojada, pero miedo que no era a la misa negra o a las extrañas bolas de boliche, sino miedo a una presencia femenina (sin dudas la bruja) que estaba detrás de esa espantosa magia negra. Recordó otra escena: una filmación aérea de su casa y de su jardín, casi a las 3 AM. El reloj corría y alguien decía frases periodísticas sobre los próximos eventos. Y entonces, como en uno de esos programas baratos de eventos paranormales, exactamente a las 3 AM, se materializaba de la nada una porción escondida del jardín, que antes no estaba y que entonces (comparándolo con la realidad) no era parte de su jardín verdadero, sino un espacio nefasto creado mágicamente por los espíritus de la noche. Había algo de familiar y de intrincado en el diseño, algo que le recordaba a las tumbas y a los cementerios.
¿Que paso luego? No recordaba nada mas, salvo que en otra escena el se hallaba arrojando con violencia las bolas por encima de la reja, cosa que sabia no debía hacer, y llamaba a los gritos a sus padres y hermanos para que vieran todo eso, todo eso que pasaba en el jardín y que era horrible e increíble y hermoso y sobre todo que vinieran porque (esto no lo decía) se sentía enormemente en peligro y no quería estar solo cuando la misa se acabara, cuando se acabara eso que aunque horrible era como un juego y una irrealidad, y entonces apareciera ella, la oscura fuerza que si era real y no seria para nada agradable o caricaturesca, sino horrible y efectiva, mortal. ¿No era acaso ella misma esa presencia que astuta y paciente como una araña, llenaba el cuarto con el mas aparente y desinteresado de los silencios, tendiéndole una trampa como con hilos y cuentos chinos, para que el se levantara, incrédulo o estupidamente envalentonado, para que se levantara de la cama (lecho de paz y amor, único lugar seguro en toda la casa) y se pusiera entonces al alcance de todo tipo de bestias, fantasmas y lobos prestos a despedazarlo?
Subiendo lo pies en la cama, pensó que a lo mejor no. Que a lo mejor era exactamente al revés: un miedo atroz y unas pesadillas especialmente preparadas por ella para mantenerlo en la cama, presa de la paranoia y del miedo pero siempre en la cama. ¿Con que objeto, con que motivo paralizarlo así? ¿Saldría acaso, caricaturescamente, algo de debajo de la cama, o acaso del armario? Esto ultimo casi lo hizo reír, pero la risa fue estrangulada a la altura del estomago, y solo quedo una nerviosidad inútil que pudo eliminar con un silencioso pedo. ¿Seria acaso un súcubo, una horrible y huesuda vampiresa? Pero eran ya las cinco y veintiuno y nada había pasado. El había leído, no recordaba donde, que las brujas y súcubo atacaban siempre a las 3. 3 y 3, tres y trentaitres, pero no a las cuatro, a las cinco y menos que menos a las cinco y ventidos. Esa impuntualidad era imperdonable, y eso no hacia mas que demostrarle, que comprobarle, que efectivamente algo le andaba ocurriendo esa noche, pues también era cierto que la realidad ocurre siempre impuntualmente, y que las leyendas siempre las cuentan los sobrevivientes, y nunca los muertos y torturados, los cuales son siempre el alma misma del terror de la leyenda, y que entonces los datos de los sobrevivientes tienen que ser siempre aproximados, nunca científicamente correctos.
El miedo, que ya devenía un sordo terror pánico, rayante en la vomitiva inmovilidad o en la parálisis del cadáver, era para el siempre una intensidad desesperante, un dolor leve y agudo que le recorría el cuerpo, una paranoia asesina que lo tensaba entero y a sus anchas, listo para dar un horrible grito de autodefensa o para mirar cara a cara aquello que no dudaba, fantasma, ladrón o vampiro, lo aniquilaría apenas cometiera la torpeza de moverse o de quebrar el delicado y pasmoso equilibrio en que todo se hallaba en ese preciso instante. Era imposible respirar ya normalmente. Tenia la garganta demasiado seca y las sienes le latían con una violencia inesperada. ¿Que oía, que pasaba? Nada, absolutamente nada. Deseo entonces oír algo: criminales penetrando la casa, vagos y horribles murmullos en la planta baja, un maléfico ulular extraño, el canto de un cuervo, pero nada. Deseo también ver algo: un anima, una calavera ridícula, una procesión de Walpurguis, con fausto y Mefistófeles, subiendo por las escaleras para despedazarlo, deseo ver la salida del sol, pero nada. Nada, nada nada nada nada nada nada nada nada nada nada nada nada nada nada.
Nada, insoportablemente, opresivamente nada. Era insoportable. La ventana tenia rejas, era imposible salir, saltar e incluso gritar pidiendo ayuda. ¿Que quería, que mierdas quería entonces todo eso, eh? Empezó a proyectar el fin. Hizo toda su fuerza por escuchar que la ventana se abría lentamente, o que la silla se deslizaba o comenzaba a levitar, que algo, una figura femenina huesuda y hedionda, comenzaba entrar por la ventana o a salir de la pantalla del televisor, o escuchar que había pasos, quedos y livianos pero pasos al fin, que subían lentamente por la escalera y luego por el piso de su cuarto, pasos que eran solamente pasos pues nada se veía. Pasos que llegaban elegantemente (y entonces era una mujer) al pie de su cama, y entonces el sentía unas manos o unas garras que, invisibles o inexistentes mas que como una fuerza abstracta, lo estrangulaban en el mas indecible de los horrores. Fingió ver un espectro, un ectoplasma azul y ondulante como una sabana o un ave, que giraba o flotaba silenciosamente en el medio del cuarto, pero era inútil. Todo seguía absolutamente en calma, en silencio, dentro de la noche. Se sentó entonces contra la pared. Al menos podía eliminar así el andar volviéndose y mirando detrás todo el tiempo. El cuarto parecía ser seguro ahora, pero una insoportable ansiedad, algo así como un hilo detonante del terror mismo, lo obligaba a fijar su vista en las ventanas y en la escalera de caracol. ALGO podía aparecer o querer entrar en cualquier momento, y era su deber impedirlo a al menos notarlo. Nada le aterraba más que una discontinuidad que permitiera un horripilante susto, un ataque sorpresa, una burla a su cobardía. Eso era tal vez lo que buscaba la bruja: un agujero, un agujero en su psiquis y en su vigilancia. La muy hija de puta no se mostraría hasta no tener la partida ganada. Pero le seria inútil. El no saldría, nunca más si hacia falta, de su trinchera.
¿Había soñado algo mas? sentía un vago dolor en la nuca y en las extremidades, prueba de que había dormido poco o que no había descansado mucho. Si, sentía una incomodidad espiritual, análoga a sentir un residuo de vomito pendiente, que aun nos ahoga y nos revuelve las tripas, o análogo a ese montoncito de mierda que aun nos queda expulsar con las ultimas pujas de nuestros intestinos, un residuo espiritual de algo que aun le faltaba recordar. No debía perderse en las múltiples y tal vez eternas repeticiones de los cambios en el jardín, de las rejas y las bolas que caían, de los reporteros y los nenes y nenas de los otros jardines. Tampoco en la soledad de esa noche onírica. Había dos cosas que lo inquietaban: La muchacha que en un momento del sueño estaba con el, silenciosa o diciendo cosas que el no podía oír, y también su madre y su hermana que no salían a ver, que no querían salir a ver lo que ocurría. Si, esa cobardía de la madre le molestaba. Recordó entonces que la madre le había respondido a gritos que ella de chica había visto cosas así, pero no. No le había respondido eso, sino que el era el que había pensado eso luego de la respuesta. La respuesta de la madre, clara en absoluto silencio de la noche, había sido que no le interesaban para nada ese tipo de cosas, y que tenía que dormirse para ir a trabajar al día siguiente.
Mentira, rabiosamente mentira. Era cobardía pura, cobardía pura y el lo sabia con total certeza. La madre, que presentía al igual que el que la muerte inminente rondaba esa noche en su jardín, no quería arriesgarse a salir de la casa, a ayudarlo, y pretextaba además los más bajos motivos, pereza y responsabilidad moral, para negarse. La hermana, claro esta, seguía convenientemente los dictados de la madre, y el padre, el único que podía rebatir ese dictamen, dormía pesadamente. El se hallaba atrapado fuera, pues recordó entonces que la casa se hallaba impenetrablemente cerrada por dentro, y que entonces el se hallaba desprotegido y desnudo (aunque era solo la sensación) en el pasillo y el jardín, presa fácil de las brujas y las animas que rondaban. Estaba solo, y nadie más que la muchacha podía ayudarlo.
Pero la muchacha, ¿que quería, quien era? ¿Que hacia ahí afuera, siempre a su derecha y a su izquierda, siempre un poco detrás suyo, en cada escena de perfil o en Angulo, siempre un poco en la sombra, siempre acuclillada o agazapada, exactamente como el y por eso sin duda amiga y compañera, que quería?
Intento entonces recordar a la muchacha, y se dio cuenta de que no tenia ningún rasgo saliente. Pelo negro y largo, muy flaca y menuda, con ropas siempre prácticas y cambiantes según la escena, pero siempre un jean y un sweater, un jean y una blusa, un jean y una remera simple, siempre descalza. Recordó que tenia manos finas y como de alambre. Lo único sobresaliente de ella eran dos cosas: el color gris parduzco (propio de un cadáver, pensó) de su piel, y la atrapante belleza de sus ojos negros. Eso lo detuvo un rato. Los ojos, no eran hermosos ni lindos ni sugerentes ni preciosos ni sublimes ni picaros ni agresivos ni estupidos ni seductores ni felices ni alumbrantes ni inteligentes: Eran bellos y misteriosos, esfingeanos, tortuosos, Kafkianamente tortuosos y tristes, pero no. Se dio cuenta que no eran tristes ni misteriosos, sino increiblemente negros, y que si le habian parecido hermosos era por el delirante brillo que tenían, por la fijeza de la mirada, que pese a las ojeras horribles y a la boca siempre seria y apretada, le daban una belleza innegable  al rostro entero. Pero era una belleza incomoda, ¿que sucedía? Se dio cuenta entonces que eran ojos de loca, si. Ya los había visto en el manicomio de Bolivia y haedo, una vez cuando estaba en primaria y se habian escapado de la casa de marcelito para ver a los locos. Ese brillo y esa estupida fijeza de demente y ido tomaban en los ojos de la muchacha un brillo dionisiaco y demente, totalmente alejado de lo sexual, era tristemente cierto, pero todavía con toda la peligrosa violencia de los locos.
Se percato entonces, como quien nota un nuevo pasaje en el laberinto, o como quien comprende una palabra clarificadora o asocia un recuerdo perdido al gran hilo de la vida diaria, que muy en el fondo, todo el sueño tenia un terrible matiz sexual, y que la muchacha lo excitaba entonces de una manera enfermiza y de ningún modo concebible, como debía pasarle a los dementes que se excitan con animales o con recién nacidos. En efecto, nada había ocurrido en el sueño que no fuese oscuro, silencioso y enloquecedoramente terrorífico, pero precisamente en la desesperación o en la impotencia de verse acorralado por la muerte estaba una de las fronteras de la calentura. ¿Defensa o mecanismo animal? ¿Proyección inteligente del superyo para sentirse poderoso, precisamente en el momento que se mas se sentía como un cachorrito enjaulado?
Sentado en la cama y temblando, se dijo que si. Que había como una libido animal que buscaba también sexualizar cualquier componente que se prestase a ello, y que entonces la muchacha era mas bien objeto y ocasión que causa y provocación de la calentura inconciente, que no había notado en el sueño y que se había confundido e integrado al miedo y a la sensación de desamparo. No podía recordad nada mas del sueño del jardín o de la muchacha, pero al pensar nuevamente en la madre y en la hermana, recordó una escena que estaba completamente aislada del resto, y que no dudo a asociar a un sueño independiente pero que había ocurrido inmediatamente después del otro.
Era solo una escena: El se hallaba en la cocina, próximo al cuarto de su madre y su padre, donde también estaba, por alguna extraña razón, la hermana. Pasaban algunas cosas, las luces se prendían y se apagaban, y de repente TODAS LAS PUERTAS que daban al exterior se hallaban abiertas. Solo, completamente solo, llamaba a toda su familia para que viera aquello, pero nadie respondía. No podía abrir la puerta de la pieza de su madre (volvía a llover) y entonces se disponía a cerrar las puertas de calle una por una. Sentía que, en el sueño pero también en la realidad, la madrugada estaba próxima. De algún modo todo se asociaba al sueño de las misas negras. La siguiente escena saltaba, con la naturalidad de la total discontinuidad, click click, al cuarto de baño. El estaba haciendo pis y luego tiraba el botón, abría la puerta del baño y entonces veía que la puerta del cuarto de los padres se abría sola, despaciosamente y haciendo crujir poco a poco la madera. Tuvo la impresión, muy leve y casi inconciente, de que soñaba y de que esa puerta que se abría ocurría en otro plano lejano y distinto, donde el dormía y donde en esa pieza no había ya nadie.
La puerta quedo abierta en el silencio de la casa, y entonces se sintió acompañado y supo al instante que la muchacha estaba nuevamente detrás suyo. No giro la cabeza, no hacia falta verla para sentirla ahí, detrás suyo, como una presencia que estaba igualmente asustada e intrigada por ese fenómeno inexplicable de una puerta que se abre sola.
- ¿escuchaste, vistes? Le pregunto a la muchacha
- Si, se abrió sola. Y no hay nadie.
- Nadie, nadie en toda la casa, entonces imposible que la abra alguien - Dijo o pensó, que en los sueños es exactamente lo mismo.
- Nadie mas, tenes razón. - La voz de la muchacha era hermosa y familiar, indudablemente joven.
Salio entonces del baño y se acerco a la puerta. Sentía que la muchacha lo seguía, lo acompañaba muy tenuemente desde la derecha. Por alguna razón, tal vez porque sintió o imagino una mano fría y delicada tomándolo levemente de la muñeca, no se atrevió a entrar a la pieza.
¿Que paso luego? No podía recordar ninguna imagen mas, ni siquiera una sola, pero podía sin embargo evocar (recordar seria exigir demasiada precisión) una serie de anhelos o proyecciones, principalmente de su pieza y su cama, y de un deseo ávido y certero que se dirigía hacia la muchacha, hacia la chica que le impedía de algún modo ir hacia la pieza, y también sintió un odio, por la madre y la hermana y por todo un genero de lo femenino de la casa, que se parecía de algún modo inexplicable, por alguna tortuosa conexión de túneles subterráneos, al deseo que sentía por la muchacha y por todo lo amenazante de las misas negras y hasta, ridículamente, las bolas de boliche.
Había cierta filiación natural con la muchacha, cosas como palomas y revoloteos de una conciencia de incesto o de prohibiciones naturales o morales, que mas claras se mostraban cuanto venían con un odio hacia quien sabe que, y también porque eran sin dudas sobrepasadas por el deseo y por las ganas de coger, de revolcarse y coger interminablemente quien sabe porque, con la muchacha aquella, simple excusa, tal vez como un escape de todo aquello, de la muerte y de la parálisis.
Había solo un modo de comprobarlo, y ahora, que los pájaros cantaban los primeros cantos de la mañana, y que la palidez grisácea de la aurora se veía por la ventana, era el momento de realizar esa comprobación. El valor le vino o del cansancio o de los temblores o de los calambres, pero tal vez fuese la sensación de que con el sol el mal finalmente se debilitaba, que el temor a la bruja retrocedía y que con la claridad definida de los espacios y el canto de los pájaros, el aspecto terrible y onírico, propenso a la locura y la esquizofrenia, se retiraba para dejar paso a un terreno solo misterioso. Otra opción era, claro esta, el resto de tensión que le había proporcionado la calentura que le generaba el misterio de la muchacha. Porque claro, había la posibilidad de que todo eso hubiese ocurrido de algún modo , de que la misa negra, las ventanas y el jardín hubiesen sido testigos, también en esta realidad, de algo más que de la luz de la luna y los paseos de los gatos. Poniéndose de pie, noto que pese al ya indudable calor, temblaba como una hoja. Le tomo 5 largos minutos superar los calambres y los temblores en las piernas. Por fin, descalzo  y en calzoncillos, bajo por la escalera de caracol, diciéndose a si mismo que quería un vaso de agua. En esos casos era siempre necesario engañar a la razón con algún pretexto. Era algo que había aprendido de Esquilo y Sófocles: El hombre solo puede ir hacia su destino gracias a una enorme cadena de mentiras y engaños, nunca directamente. Así, medio Edipo y medio en calzones, cagado de calor, se encontró en la cocina, mirando perplejo la inmovilidad de las cosas y escuchando el zumbido de la heladera. Un sudor frió le recorría el cuerpo: Estaba seguro de haber cerrado, esa misma noche, la puerta del cuarto de sus padres.
Por el leve Angulo de la puerta indudablemente entreabierta, no llegaba a verse, desde el filo de la escalera, absolutamente nada. Presa del pánico, pero también de la excitación y del mareo de una razón que vomitaba excusas, casualidades, posibles olvidos y teorías físicas posibles que explicasen el fenómeno, todo a la velocidad del rayo y junto con otras teorías, tesis y antitesis que las negaban y volvianlas a afirmar, tuvo como una certeza física de presencia, de otra presencia. Estupidamente, miro a sus espaldas. Nada, solo una pared de un pálido naranja. Con violencia, giro hacia adelante y se maldijo por bajar así la guardia. Noto entonces que sus manos se aferraban como garras a la baranda de la escalera. Comenzó a sentir que las sienes le latían con violencia, y entonces respiro. Respiro profundamente y cerro los ojos, perdido en una búsqueda de esa sensación de lo extraño que lo había asaltado en el sueño, y luego en la cama y en el cuarto a lo largo de la noche.
Así estaba cuando escucho nítidamente un ruido como de cartón rasgado o raspado, y ese ruido solo podía ser la puerta corrediza del baño, abriéndose o cerrándose. Recordó, aun con los ojos cerrados, haber cerrado la puerta del baño la noche anterior. Entonces abrió los ojos.

Vio entonces que la abertura de la puerta era mínima, del espacio de un puño cerrado, y entonces era natural que solo pudiera verse un brazo o, como estaba viendo entonces, una mano (una mano huesuda y de un color gris plomizo), que abría despaciosamente la puerta corrediza, dejando asomar un perfil, una silueta femenina y de pelo largo, casi oculta por el marco de la puerta del baño y que miraba, sin duda por el Angulo de su cabeza, hacia la puerta entreabierta del cuarto de los padres.

3 oct 2013

Elogio del reloj bolsillo

                                                     

Tengo un reloj de bolsillo, y es mucho mejor que una de esas horribles pantallitas de cuarzo, inmundamente frías e inmóviles. Mi reloj es plateado y pretenciosamente antiguo, y tiene agujas  que giran maravillosamente. Al igual que la mayoría de los de la especie de bolsillo, tiene la forma de un alfajorcito, y al certero impacto de mi dedo pulgar la tapa superior se abre como la corola de una amapola o como una ostra, ente menos romántico pero no obstante guardián de una perla, si se tiene suerte.
Claro que, en el caso de los relojes, estos no exhiben perlas, sino un precioso engranaje lleno de bellísimas rueditas de acero cromado, mundo de minúsculos contrapesos y de monadas inaprensibles que constituyen un mecanismo ajustable que, con el preciso cuidado y el paciente mantenimiento, da la hora de una forma tan soberbia y elegante que no se puede mas que aplaudir y exclamar “oh” y “ah”. Pura belleza de precisión matemática. Mezcla de ingeniería medieval y oscuros secretos alquímicos, parece que para construirlo se hubiesen reunido todo tipo de astrólogos y sabios.
La principal diferencia entre mi reloj de bolsillo y esos gélidos zombies digitales es que mi reloj es integra y esencialmente un reloj; No un reloj por accidente, por modo o por una pasajera necesidad, no señor: la relojidad de mi reloj no es una simple opción dentro de una paleta de funcionalidades igualmente accidentales, propia de ese desorden caótico llamado tecnología, que tantos adeptos ha ganado últimamente entre el vulgo, como no puede ser de otro modo con todo lo que, en esta vida moderna, esta impregnado de un increíble mal gusto. No. Mi reloj es enteramente reloj, con mayusculas. Todo su ser esta planeado, orientado y diseñado para dar la hora. Su ser es ser reloj, y esto es mucho decir. Mi reloj no es un bastarde, no es uno de esos vergonzosos hibridos (ver hybris, del griego, exceso, nunca mejor aplicado) de telefono, camara, licuadora, mejor amigo y tostadora. Gracias a dios mi reloj no es de esos rompecabezas ridiculos, sino un ejemplar de pura cepa. Cada pieza de mi reloj esta ensamblada de una forma nica, cada componente  forma parte de un engranaje unico, existente en un cosmos de regularidad que se expresa  en una circularidad infinta.
Ademas, vean que dentro de los relojes, no es uno cualquiera: Es un regalo, y dentro de los regalos, es el regalo de una mujer. No es cosa ahora de meterse con las relaciones entre el tiempo y el amor (ya exploradas por la literatura), puesto que es sabido que el tiempo es enemigo natural del amor, lo cual pueda clarificar de uno u otro modo el sentido del regalo, su signo. Para probar esto puedo decir que como el amor se funda y solo puede persistir en el instante, entonces el reloj, que solamente sabe de esperas y de recuerdos, donde los relojes siempre estan detenidos y por eso mismo naturalmente nadie los mira.
Porque, a fin de cuentas, ¿Qué es un reloj?. Un reloj es la representación del tiempo, y el mejor reloj es aquel que no solo represente de mejor modo al tiempo, sino aquel que sea, el mismo, una mejor representación temporal. Mientras pienso en esto, el tiempo corre. ¿Qué mejor representación del tiempo que el correr de las agujas, cuando el tiempo es, tal como lo entendian los antiguos, algo fundamentalmente asociado con la fluidez y con el movimiento?. Las pantallitas de cuarzo, tristemente planas y quietas (y mudas de todo tic y de todo tac) no llega a plasmar el verdadero transcurrir del tiempo. Sus minutos, meros cambios en palitos negros, dejan sin representar los restantes cincuenta y nueve segundos de cada minuto, para no hablar de las intercesiones entre esos segundos, que aunque imperceptibles para el ojo humano, no dejan de representarse por el movimiento del segundero en los verdaderos relojes. La representación digital es elitista, casi periodistica, amarillista: solo cubre los sucesos, sin prestarle atención al proceso, a la gestacion, al devenir. ¿Cómo explicarle a esa pantallita que el tiempo es un fluir constante de instantes inasibles, anidados indistinguible e infinitamente uno dentro de otro? Y que entonces, el movimiento continuo y omniabarcativo de la aguja segundero, izquierda derecha, realiza una mimica mucho mas honesta de la realidad ontologica de la sucesión, vulgarmente llamada tiempo.
Es cosa sabida (vox populi) que existen dos tiempos: el sagrado y el profano. Para nosotros, simples mortales, el unico tiempo en el que podemos existir es aquel profano. La eternidad no existe para nosotros mas que poetica o analogicamente. Nuestro tiempo es el devenir que se dice en pasado, presente y futuro.
La aguja, movil a la vez que simple, es una imagen simbólica de ambos  tiempos en uno: rueda y archivo historico, eternidad y sucesión, sucesión en la eternidad. La aguja es en ese instante en el cual gira alrededor del circulo parmenideo, el ser en si. Es el titanico esfuerzo humano por llevar registro de lo absoluto, por volver al infinito mensaurable.
Ahora bien, ¿es cierto que la aguja gira alrededor de los numeros? Veo entonces que la aguja esta quieta, completamente congelada, y que es el circulo  el que prodigiosamente  gira a  su alrededor, y  conforme a su giro los numeros varian lentamente  a su alrededor, y que el tiempo es la conciencia de la aguja sintiendo al circulo (la eternidad), no ya girar, pues eso es solo para la aguja, ser tristemente lineal, sino sencillamente rodearla, y entonces el tiempo es una vez mas, me parece, el transcurrir de la aguja alrededor del circulo, y su saberse en movimiento.
La aguja vacila y , resentida, se detiene. ¿Esta quieta? Nuevamente el círculo gira sin girar, ES. Todo fluye con un movimiento tan uniforme que es la inmovilidad misma, y entonces la aguja percibe nuevamente que ella es la única inmóvil en una eternidad que gira, y que al querer ser aprendida, una vez mas, inútilmente, por la aguja, se transforma en un redondel segmentado en números romanos con una aguja que incesantemente se mueve, que no ha dejado de moverse en el tiempo, sin por eso interferir con la eternidad representada en todo momento y simultáneamente por mi reloj de bolsillo.

1 oct 2013

Una noche en Tribunales



Micaela Maugeri, estudiante de abogacía, se quedo ese día unas horas de mas. Es algo común con los pasantes, a los pobres infelices se los explota todo lo humanamente posible, y Micaela realizaba su pasantía en el edificio de Tribunales. Un Estudiante de abogacía es casi casi un abogado. Sera por eso que casi no da lástima verlos pasarse el día entero revisando informes, leyendo expedientes y llevando café de aquí para allá. Al igual que sucede con el campo de la medicina, en derecho los pasantes son los eslabones inferiores de la pesadilla burocrática, de la cual el edificio de tribunales, ubicado en el corazón del centro porteño, es uno de los principales epicentros. Alguien debería de realizar un estudio comparativo de naturaleza Kafkiana acerca de las tenebrosas relaciones y paralelismos entre la burocracia legal y su prima la de sanidad.
Los pasantes suelen realizar durante días y días jornadas inhumanas, maratónicamente largas, durante las cuales llevan una existencia casi onírica en donde vivir es siempre un estar entre pasillos polvorientos y viejos expedientes. Si comprendemos esta existencia como de subterráneo o de monje benedictino, se comprende bien como estos futuros abogados aprenden aquí la mística facultad de perder el sentido del tiempo casi al mismo tiempo que el gusto por la luz del sol. El amor al trabajo y a la dedicación, ideales que declaman la victoria del protocapitalismo, no emanan sino de este habito adquirido a fuerza de matar todo lo otro que de humano hubo alguna vez en el oficinista, medico o abogado, que una vez convertido a su función, queda inexorablemente abolido como ser vivo. El dicho debería estar inscripto sobre la puerta de cada despacho, oficina y , "de esto no se vuelve".
Particularmente (es decir en el caso que nos ocupa) Micaela venia hacia días subsistiendo en ese estado de autómata y de pseudozombi. Ese viernes (Micaela no tenia noción de que era Viernes, como tampoco tenia noción de que hacia frio o de que hacía casi dos días que no dormía: todo eran pasillos y mas pasillos de empapelados pesadillescos y tareas absurdas) el dia habia sido especialmente agotador. Había todo un torbellino de casos y recasos, de re aperturas y procesos cíclicos o elípticos, de callejones sin salida y puros formalismos, de todo ese gran rizoma que se forma cuando se está en vísperas de alguna elección política o de algún periodo culminante. Micaela lo presentía, de alguna forma lo venia presintiendo desde el comienzo de la semana. No por nada había mas (increíblemente, como si eso fuese físicamente posible, pero había mas) gente que de costumbre. No por nada había recibido una cantidad significativamente mayor de pedidos absurdos y de búsquedas de expedientes viejos y con olor a pis, que siempre figuraban en archiveros de metal herrumbroso, pequeños castillos de la inutilidad, o en algún altillo o habitación destartalada e infestada de ratas y pulgas ("dependencias adjuntas" era el nombre oficial).
Era precisamente en el despacho adjunto 27 en donde Micaela debía ir a buscar un legajo correspondiente al caso de Leinmann y vecinos contra la Sociedad anónima Dietrich. Este despacho adjunto, ubicado en el ala este, era un infecto altillo de un cuartucho que surgía al final del pasillo, de una puerta tan pequeña y disimulada que bien pasaba por un closet o un cuchitril para guardar trapos o para que los lascivos abogados tuviesen sexo con sus secretarias, o bien las abogadas con sus respectivos cadetes.
Le habían solicitado el legajo un poco después del café de maquina (dos monedas de un peso, horrible y semejante a ese liquido que escurren los trapos de piso viejos) y la medialuna ( con gusto a humedad, seguramente del día anterior, traída seguramente por algún hijo de puta de algún bar aledaño, y colocada con una piedad maligna en la bandeja), por lo que el horario del pedido habría sido entre las diez y las once de la mañana. Luego, lógicamente, se sucedieron muchos otros pedidos y llamadas, con sus correspondientes anulaciones (que luego eran nuevamente reclamados) o agregados (que luego eran descartados o sencillamente ignorados), sumados a los intermitentes pero constantes pedidos de remises y tés y cafés y por que no también algún mate (¿Quien ceba mate, che?) y ya que estamos podría irse a comprar unas facturas señorita Maugeri, no no, no se haga problema que por supuesto las pago yo, usted solo va y las trae.
- Claro, como no Dr. Arribalzaga.
E iba. Si, como no, como no, Señor Arribalzaga. Como no, señor gordo hijo de puta, tomador de cocaína olímpico, parasito incurable, como no. Con todo el gusto del mundo, la puta que te pario. A Micaela Maugeri, estudiante del último año de abogacía, le daba terror y también un poco de asco pensar que ella estaba sufriendo todo eso solamente para algún día convertirse en esas momias de traje viejo y cara llena de ojeras. ¡qué caras, por dios!. Era una suerte que la rutina casi militar de los pasantes de tribunales le impidiese casi por completo eso de pensar: Cumplir con todos los pedidos, por absurdos que estos fuesen, requería una precisión y constancia de autómata. Un pensamiento, una idea, una miradita de mas a esa planta o a esa ventana eran una distracción que interrumpía la armonía de ese ritmo fabril. Tales transgresiones eran notadas de inmediato y archivadas para siempre en la memoria de los abogados y directores de sector. Era la escolástica medieval: la individualidad no era algo que estuviese permitido.
Llegadas las seis de la tarde, horario de cierre para los no iniciados, aquel pedido inicial del legajo para Leinmann contra Dietrich había sido olvidado completamente. La memoria es una cosa curiosa, pero esto comienza uno a saberlo cuando la supervivencia depende de su correcto funcionamiento. Es como todo: solo nos interesamos por su funcionamiento interno cuando comienza a fallar. La memoria de Micaela tenia un seguro contra incendios que consistía en acordarse a última hora de cualquier cosa que se olvidara en el transcurso del día. A las 6:35, mientras llevaba una bandeja con café y sanguchitos a la sala de reuniones número siete, recordó el pedido. No es que Micaela fuera una perfeccionista, ni que tuviese una especial pulcritud o sentido de la responsabilidad tal como para no dejar para procesar un lunes un pedido que fue hecho un viernes. Lo que sucedía era otra cosa. El funcionamiento de la maquinal rueda burocrática funcionaba (esto Micaela lo había aprendido al dedillo) fundamentalmente a base de absurdos y errores puros, pero estos errores obedecían todos a una lógica interna, que no obstante era totalmente incomprensible para los simples cadetes y asistentas, e incluso también para los abogados, jueces y fiscales, pero (y esto lo creía Micaela) de ningún modo podía serlo para la Justicia, que era la deidad abstracta y trascendente para la que todos oficiaban de sacerdotes y sacerdotisas. La justicia, que en un plano suprasensible e incorpóreo era, debía ser, sin dudas una armonía de perfecto orden y sentido, se hipostasiaba en el mundo sensible y corpóreo como un caos lleno de suciedad y de todo sentido. Era una completa inversión, una manifestación en espejo y en enigma. Pero incluso dentro de este orden había pedidos y ordenes que debían ser cumplidos con celeridad y precisión, como si la estabilidad del edificio entorno dependiese de ello. No había forma racional de saber que pedidos, de entre los miles que se realizaban diariamente en Tribunales, era de esos pedidos "elegidos". Esto no podía saberse ni por el numero de la orden, ni por originarse en tal o cual oficina, ni por quien ordenaba (los mismos jueces realizaban casi todo el tiempo los pedidos mas absurdos e inverosímiles), ni por ningún tipo de santo y seña en el modo de ser pedido y, sin embargo, cada uno sabía si se le había encomendado un pedido importante o no: Era intuitivo. Cuando a Micaela pidieron el legajo que se ubicaba en el archivero de la dependencia adjunta 27, sintió el inconfundible escalofrió o ráfaga eléctrica corriéndole desde la cadera hasta la nuca, algo que era como una descarga que la sacaba, si bien solo parcialmente y por unos minutos, de su automatismo habitual. Luego era la presión taquicardia de cumplir con el pedido sin desentonar del pachorriento y gris andar general del resto de los cadetes y ayudantas, no fuese cosa que creyeran que ella era una idealista o una trepadora, tratando de destacarse por sobre la media (expresión que tiene, por supuesto, doble sentido).
El destino de estos pedidos, su fracaso sobre todo, tenían consecuencias determinantes para el pobre pasante. Micaela había escuchado muchísimas historias, todas dignas de un sainete o de una tragedia de Sófocles, en donde por las razones mas lógicas o mas increíblemente inverosímiles, algún pobre cadete o asistenta no había podido cumplir en tiempo y forma con un encargo esencial, y entonces le ocurrían las mas increíbles desgracias, que casi siempre eran perder la beca y el empleo, hasta ser expulsado de la facultad o sufrir alguna desgracia familiar o amorosa, llegando incluso a haber historias que terminaban con el suicidio o el loquero para el empleado ineficiente. Si bien Micaela creía que estos últimos casos extremos eran solo mitos y leyendas que servían a modo de metáfora coercitiva, no obstante sentía ella también un poco la presión de finalizar con esa tarea lo antes posible. Ocurría que mientras uno se moviese dentro del caos habitual, podía cometer casi todos los errores imaginables, desde enviar una carta a una dirección inexistente hasta echarle sal al café, sin consecuencia alguna; Puesto que el caos y el desorden eran el estado natural de Tribunales, no se observaba particularmente a nadie, y entonces todo error quedaba o tapado por un fallo ajeno o contrapesado por algún parche rápido, o nivelado por algún tema mas urgente, de modo que la gran bola de ruido y papeleo seguía su marcha impunemente y sin mayores consecuencias. En ese estado natural, del que por supuesto quedaban exentos los pedidos esenciales, reinaba casi un clima cordial y dicharachero (un extranjero diría que es la viveza criolla, y un provinciano, la corrupción porteña) y generalmente los abogados simulaban sostener una buena opinión de todo el mundo, cuando la realidad era que estaban en la mas profunda ignorancia hasta de sus propios casos, y la mayor parte del tiempo se la pasaban masturbándose en sus despachos o teniendo sexo con algún subordinado, si no es que dormían muertos de aburrimiento o completamente borrachos. En el gran templo de la justicia, todo el mundo era inocente hasta que se demostraba lo contrario, y para demostrarlo tenia que existir la voluntad de querer mostrarlo, la cual no existía casi nunca: Salvo, claro esta, en los pedidos esenciales. Cuando algún dependiente comenzaba a demorarse o a cometer la mas mínima imperfección con uno de estos encargos, las miradas de todos los enterados comenzaban a fijarse, impacientes, en el infractor. Y así como antes el cadete podía cometer todos los errores avalado por la uniformidad del caos general, desde que es puesto en el inflexible ojo de algún juez o algún fiscal o tan solo de un abogado o simple despachante, esta sometido a la mas minuciosa de las vigilancias. De hecho, la excelencia requería adquiere tales proporciones a los ojos de los jefes que estos comienzan a ver errores incluso donde no los hay. Micaela lo había visto: Lo que cambia no es la efectividad del pasante sino la perspectiva con la cual se lo juzga. Y de eso era imposible volver: una vez que alguien caía en desgracia con algún superior, podía darse por muerto, burocráticamente hablando.
Micaela no podía creer como justo a ella se le había pasado por alto un pedido de tal importancia, y por eso no dudo, pese a que ya había terminado la jornada, en dirigirse a toda velocidad hacia el susodicho despacho para encontrar el bendito legajo, que era para ella el indulto o la bula papal, y llevarlo a la carrera al despacho del cerdo de Arribalzaga, que era quien lo había pedido. Si se movía con rapidez y celeridad, pero sobre todo poniendo una cara de anciano descompuesto (la expresión de los administrativos por excelencia), estaría aun a tiempo de camuflar su olvido. Si, Arribalzaga había estado toda la mañana persiguiendo a la rubiecita culona que estaba recién ingresada al departamento de archivo, y ese gordo calentón no podía estar seguro de todos sus movimientos. Entonces, pensaba Micaela, si colocaba el legajo debajo de la pila de expediente sin revisar, en el lugar correspondiente a la mañana de hoy, el error era achacable a cualquiera que hubiese pasado por la oficina de Arribalzaga, y este número ascendía desproporcionadamente. Incluso podría culparse al propio Arribalzaga por no ver un informe tan importante cuando el mismo estaba en la oficina.
Encontrar la dependencia adjunta número 27 no fue una tarea tan fácil como se lo imagino en un primer momento: La puerta estaba casi escondida al final de un pasillo y la poca iluminación ayudaba a ocultarla. Había cierta similitud con las puertas ocultas de los castillos. En cuarto era de tres por dos, y exceptuando la luz mortuoria que salía de un foquito parpadeante, estaba completamente en penumbras. Micaela noto entonces que los archiveros de metal verde ocupaban las cuatro paredes, llegando todos hasta el techo y reduciendo aun mas el tamaño del a habitación, de modo tal que el único movimiento posible era girar sobre si misma para ver filas y filas de cajoneras verdes. El olor a encierro de esa bóveda de expedientes era prácticamente inaguantable, una mezcla de olor a orina humana, a humedad (instantáneamente podía pensarse en el moho o en un pantano) y a tabaco barato.
Era un asco, sin dudas un asco. Ese hijo de puta de Arribalzaga se las iba a tener que pagar. Una por una y con intereses, no había duda. Hacia un calor terrible ahí adentro, era insoportable, peor que una morgue, que un sauna barato o un baño de estación de trenes en pleno febrero.
Increíble el olor que hay acá adentro. – pensó Micaela, mientras abría con rabia (¿pero por que con rabia?) una cajonera al azar - ¿habrán usado algún pegamento?. Esto esta todo desordenado, rarísimo que las cajoneras no tengan ni siquiera una mugrosa etiqueta con lápiz, ninguna referencia. ¿Cómo podía alguien encontrar algo esas condiciones? Además, era un asco eso, todas las hojas estaban o húmedas o resecas, como si un plateosaurus hubiese orinado la habitación entera, dejando todo corroído y maloliente. Curioso, no había notado que el aire estuviese tan enrarecido, tan pesado. No… a ver en esa cajonera de allá (que poca luz hay acá, con esa paredes amarillas parece un gran estomago). Micaela dio entonces un par de pasos hacia atrás, sintiendo como un leve bamboleo, como si la existencia se nublara y tirara de si misma desde algún rincón del suelo.
Cuando abrió los ojos, no supo muy bien que sucedía. Lo primero que advirtió fue que la lamparita zumbadora seguía titilando al borde de agotar el límite de su filamento. ¿Dónde estaba? ¿Estaba aun en la dependencia adjunta 27?. Si, indudablemente. La puerta se había cerrado casi del todo, y por la rendija de la puerta entraba la luz casi mortecina del pasillo, una luz como de pasillo de hospital o de escaparate nocturno. ¿Que había pasado? Miro alrededor y vio algunos de los cajones abiertos con un caos de sobres, papeles y cartas
Bueno, era evidente. Quedarse dormida, no era la primera vez que le pasaba. Los baños y esas dependencias adjuntas eran, en todos sus funcionalidades, casi dormitorios oficiales. No obstante, las otras veces habían sido siestas cortas, casi desconexiones milimétricas, micro sueños. Todos los pasantes dormitaban intermitentemente, dos minutos por hora, seis minutos cada cuarenta: Esa era la única forma en la que podían internarse en jornadas de días y días de laboriosidad estupidizante. Entonces, ¿realmente se había quedado dormida?. Trato de decidir esto mientras se ponía de pie, pero no, ni dolor de cabeza ni mareo algunos, así que era difícil que fuese un desmayo, cosa que con ese cuartucho infecto casi sin ventilación no era algo tan raro si se lo pensaba bien.
Cuando salió al pasillo vio que ya era entrada la noche. La oscuridad entraba por el único ventanal al final del pasillo. Que raro, dormir tanto, pensó. Al fin y al cabo, las cosas no habían salido para nada como las había planeado: No solo no había encontrado el expediente, tarea que si bien no era empíricamente imposible (la única variante de imposible que tenía validez dentro del edificio) le llevaría al menos cinco o seis horas, dado el estado de la dependencia 27, sino que además había perdido ese valioso tiempo durmiendo como una burra.
¿Qué hora seria? Maldita era la hora en la que había dejado el celular en la mochila, siguiendo esa costumbre sectaria de no querer ser molestada en el trabajo. Cualquier eventualidad del mundo de afuera le recordaba lo pequeño que era el edificio donde se la pasaba encerrada toda la semana. La verdad, que edificio tétrico, había que ser pava para quedarse dormida, Micaela lo sabía. Tal vez por eso, mientras se apuraba el paso por los pasillos oscuros (y entonces debían ya ser mas de las ocho, porque a las ocho se apagan las luces) esbozaba una sonrisa resignada. Ya no había forma de hallar el informe, de vital importancia, y le causaba gracia ir viendo de que misteriosas y terribles formas iria cayendo sobre ella la maldición del empleado ineficiente. De hecho, ¿querer quedarse después de hora, y escabullirse a buscar un expediente ya tan tarde, no era una ya en si una transgresión, una grave falta al orden establecido?
La puerta de la oficina estaba cerrada con llave. Era una lástima, pero no podría recuperar su mochila hasta el día siguiente. Lo importante ahora era irse, no fuese cosa que nadie la viese en ese estado de desprolijidad y encima sin el expediente… si, lo mejor era irse. Pero, ¿la habría visto alguien durmiendo en la dependencia? Micaela se imagino alguna malvada foto en la cartelera principal y luego muchas y muchas fotocopias (de malísima calidad) replicadas por todos los pasillos, sobre las bandejas de café, mezclándose con los expedientes de modo tal que casi indefectiblemente alguna fuese a parar a alguna cajonera y ella, Micaela Maugeri, pasase a la inmortalidad (pues era sabido que todo papel que iba a parar a alguna cajonera quedaba preservado para las siguientes generaciones, de hecho ella misma había visto expedientes de principios de siglo) no en referencia a algún caso importante o por mención honorifica, sino durmiendo en una dependencia roñosa. Pero no, seguramente nadie la había visto, nadie podía haberla visto, o al menos era muy poco probable, y menos probable era que si alguien la veía tuviese el tiempo y (a esa hora, un viernes) sobre todo las ganas de ir a buscar un teléfono o una cámara para fotografiarla.
Al llegar al ascensor, Micaela comprobó, no sin fastidio, que este no funcionaba. Debían de ser seguramente más de las doce de la noche entonces. Nunca había visto que el ascensor dejara de funcionar. El ascensor era, junto con las cafeteras y las copulas, de los pocos servicios ininterrumpidos del edificio de Tribunales y del palacio de la justicia. Ahora iba a tener que bajar tres pisos por las escaleras. A Micaela no le gustaban las escaleras, eran el lugar mas sucio y abandonado de todo el edificio. Los abogados y hasta las secretarias les tenían un oscuro desprecio, como un desdén aristocrático para ese orden arcaico y cuadriculado que representaban las escaleras pétreas, sucias y húmedas. Era repugnante pensar en las telarañas y en la grasa en el piso. No obstante, de alguna manera tenia que salir de ahí y volver a su casa, y por eso mismo la consternación no fue menor al descubrir que la puerta de salida estaba también completamente sellada. Sellada, si, era el termino correcto, pues las puertas de emergencia eran, por exigencia gubernamental, a prueba de fuego.
Micaela recordó entonces que las puertas eran cerradas siempre a las 10 de la noche. Cerradas desde fuera por el ordenanza del edificio, el cual debería estar, en ese mismísimo momento, roncando a todo pulmón en la portería de planta baja. El ordenanza solía encerrarse en la portería, nadie sabía a qué, la mayoría de las noches. Esto, que en las monótonas tardes burocráticas era motivo de bromas maliciosas o de cuentos de terror, le parecía ahora a Micaela algo por completo terrible, pues era sabido que el muy canalla no atendía nunca el teléfono de la portería (seguramente desconectado) y que entonces ella no tenia manera alguna de contactarse con ese ordenanza del carajo. Las opciones estaban casi agotadas, cuando a Micaela se le ocurrió la solución más obvia (que siempre llega, por supuesto, al final de las deliberaciones, como siendo una tomada de pelo del inconsciente para la razón especulativa). Era cuestión de levantar un teléfono cualquiera y de llamar, no a un compañero, sino a alguna amiga o amigo que viviese en las inmediaciones (y había varios) y que pudiese ir hasta la portería a pedirle al ordenanza que abriera la puerta o habilitara los ascensores.
En vano: Los teléfonos estaban muertos. ¿Cómo era posible? ¿Algún apagón general? No, no tenía sentido: las luces, si bien bajas, de un color amarillento sucio, como haciendo juego con la impresión general de madero que se pudre a la deriva, alumbraban (era un modo de decir) regularmente los pasillos y las salas. Además, los teléfonos funcionaban sin electricidad. ¿Se darían de baja las líneas por la noche? No, pensar esto era aun mas idiota. ¿Por qué lo harían?. No tenía sentido, al fin y al cabo, preguntarse demasiado a razón. Los hechos se estaban dando de un modo tal que la iban encerrando en ese tercer piso del edificio de Tribunales. Eran los hechos, pensaba Micaela, eran los hechos los que la iban acorralando, como una cadena inexorable o una serie matemática de evento que obedecía a una lógica oscura pero despiadada. El desencadenante, ¿Cuál era el desencadenante? Los hechos no la acorralaban a una sin un desencadentante que lo justificase. ¿había sido quedarse dormida? No, eso ya era un efecto… ¿pero un efecto de que? Solamente podía haber una respuesta. Solo un hecho podía postularse como desencadenante: el haber olvidado cumplir con la tarea, el no haber traído ese informe de la dependencia inmediatamente y con toda diligencia. Eso mismo que estaba viviendo debía de ser, sin duda, la tan temida maldición del empleado ineficiente, debía de ser esa especie de maldición de tutankamon de siglo XXI.
Micaela escucho entonces un chillido. Era algo lejano o más bien indiscernible a primera escucha, algo como un chillido muy corto y casi ahogado, como si quisiese silenciarse en el hecho mismo de emitirse. Micaela lo oyó entonces nuevamente, aquí y allá, apareciendo y desapareciendo, y luego varios. El miedo, o tal vez la repugnancia, comenzó a trepársele al cuello incluso unos segundos antes de que su cerebro hiciera en enlace entre lo que estaba oyendo y la memoria de lo que ya había oído en otras oportunidades, o al menos creía haber oído.
Solo entonces se dio cuenta de que las ratas estaban por todos lados, como cucarachas, moviéndose rápidamente, quien sabe desde que cañerías o grutas, para llegar luego a los pasillos y a los archiveros. ¿Qué hacían ahí, las ratas? Seguramente se alimentaban de los expedientes, de los inacabables y kilométricos expedientes, legajos y formularios, que abundaban en los despachos, oficinas, dependencias y oficinas por miles y miles, formando paredes y estructuras de papel blanco, amarillo y verde. Micaela aguzo el oído, y entonces se dio cuenta de que las ratas habían estado ahí desde el principio. Tal vez se habían mantenido calladas en un primer momento, como en una especie de celada propia del ajedrez, y ahora comenzaban a hacerse oír, chillando entrecortadamente desde todos los rincones. Micaela podía oír todo un coro de chillidos, pues adonde dirigiera el sentido del oído, se oían chillidos de ratas y, lo que es peor aún, ruidos de patitas y colas que corren y se arrastran, y ruidos de dientes que mastican y de hocicos que husmean entre las carpetas y dentro de los cajones de madera. Micaela pensó que solamente podrían salvarse los expedientes que estuviesen en archiveros o en cajones metálicos y bajo cerradura.

¿Qué era lo que iba a hacer? No tenía manera de comunicarse con el exterior, y parecía que iba a tener que pasar la noche entera en un viejo edificio apestado de ratas. No podía pensarse siquiera en comer algo, pues el buffet estaría naturalmente cerrado, y las maquinas de golosinas y gaseosas habían sido tristemente abandonadas hacia años, por lo que el edificio era, salvo para las ratas, siempre apetitosas de cualquier materia solida, completamente estéril. Nunca lo había pensado, el orden estéril en que se hallaba el hombre. Una nacía en un mundo que se regía por un orden natural y, ¡paf!, terminaba como un fosforo en una cajita, dentro de un orden euclidiano y cuadriculado, lleno de líneas rectas y paredes lisas y uniformes. Una nacía con todo el tiempo por delante, con una confusa idea de la calidad temporal, y terminaba con algo parecido a la paranoia, que era una capacidad pasmosa y casi increíble para medir y calcular el tiempo.
Micaela reflexionaba precisamente sobre esto cuando sintió que algo peludo y frio le rozaba el tobillo, para sentir luego una sensación de  pequeño tirón. Alcanzo a ver un bulto grisáceo del tamaño de una pelota de tenis; Espantada dio un salto, ¡una rata, tan cerca! Micaela se camino rápidamente por los pasillos, repletos de ratas que corrían en todas las direcciones, y presa luego de una mezcla de horror y como un peso en el estomago que pronto seria nausea, intento, una por una, abrir alguna de las oficinas. Pero era en vano, todas estaban férreamente cerradas con llave. Sintió nuevamente que una rata, grande como un caniche, le rozaba el tobillo con el hocico (¿la habría mordido tal vez, seria el olor de la sangre?) y, ya frenética, comenzó a propinar pisoteadas y puntapiés a su alrededor. Ratas de porquería, bichos horribles, estaban equivocados si pensaban que ella se iba a quedar toda la noche ahí, con el peligro de convertirse en una comida diferente los legajos o a los expedientes.
Mientras avanzaba hacia la parte este del edificio (pues hacia el lado estaba el buffet, lugar que Micaela creía era el objetivo principal del ejercito de ratas), noto que las ratas iban en aumento. Al principio principalmente se las oía, y de hecho cuando despertó, pese a que ya debían estar por todo el edificio, no eran ni siquiera audibles. Pero, ¿Cómo era posible? ¿de donde habían salido tantas ratas? No era aquello un sucio galpón del puerto… ¿acaso habrían desinfectado algún sótano vecino, provocando una migración masiva? ¿O Acaso era que las ratas estaban ahí, en el edificio, también durante el día, escondidas? ¿Estarían acaso escondidas (pero desde cuando…) durante todo el día, en los entrepisos y detrás de las paredes, anidando tal vez en los ductos de aire o en los despachos clausurados? La sola idea de que ella había estado todo ese año comiendo, trabajando e incluso teniendo sexo (por que si, porque una vez ella había, en el baño de la oficina de tal fiscal, pero en fin) en un lugar que era frecuentemente recorrido por las ratas, le revolvieron el estomago. Sintiendo un sudor frio en todo el cuerpo, Micaela se imaginaba el lugar, diariamente pisoteado y defecado por las ratas, con gente que pasaba meses (y años) hojeando y manoseando expedientes roídos nocturnamente. Claro, ahora se explicaba la desaparición misteriosa de muchos documentos y también el inexplicable estado de destrucción de algunos formularios no tan viejos. Pero, ¿y las ratas? ¿No estaban también las ratas, a su manera condenadas al nocturno asqueo? También ellas, si tenían algo parecido al entendimiento, y por su persistencia y organización era obvio que lo tenían, también ellas deberían sentir un asco casi metafísico por tener que caminar, comer, fornicar y defecar en un lugar que durante el día esta plagado de abogados, habitado por abogados, apestado de abogados. Si, Micaela y el resto del personal de Tribunales no podía quejarse ni sentirse víctima: El asco era mutuo, también las ratas deberían estarlo experimentando con su sola presencia.
¿Quién sabia, en ultimo termino, quien era el legitimo dueño y señor del edificio, el verdadero sacerdote del dios de los burócratas? Abogados y ratas, es sabido, son parte de una misma línea en la cadena evolutiva. Faltaban varios eslabones en el medio, lógico, pero Micaela pudo entonces imaginar, tal vez ayudada por su asco, a la rata, habitante primitivo del edificio, y también del mundo, evolucionando milenio tras milenio hasta convertirse, con total coherencia y sin ninguna perdida, en el abogado, última etapa de su condición de raticidad, y por eso mismo tal vez la negación de la raticidad. Si. Los abogados habían traicionado a la especie, habían desertado de su condición de autenticas ratas, y cual judas, habían vendido a sus antiguos maestros de cola y hocico. En otro tiempo oscuro y preadamita las ratas habían correteado día y noche, en una edénica y fagocitante felicidad, por el edificio de Tribunales, que entonces no era el edificio de tribunales sino un templo ancestral y teratológico; El palacio místico de alguna terrible diosa Rata, con los ojos vendados o sin ojos, que sostenía una balanza en una mano y una espada en la restante. Había entonces (aunque ahora también) una sociedad de ratas y una justicia íntegramente ratuna, de lauchas y vizcachas, regida por viejas ratas gordas de toga y muy honorable apellido.
Los abogados eran, sin duda, una raza bastarda que había evolucionado no del mono, sino de la rata, especie mas persistente precisamente por mas maligna. El traje, el portafolio, la engrapadora, la pluma imitación de Parker y el teléfono celular eran esa falsa huida de la naturaleza de roedor, aun presente en los auténticos abogados. No era suficiente para otorgarles plena humanidad, apenas podían ocultar la cola. No obstante, había algo inconsciente en los humanos evolucionados del mono o creados a imagen y semejanza de dios, algo que marcaba nítidamente la diferencia entre el hombre – mono y el abogado u hombre – rata, algo que se transmitía de generación en generación, como un sentimiento inconsciente de odio y asco, de profunda desconfianza, para con los doctorados en leyes.
Al pasar por delante de un archivero alto como una biblioteca vio que, desde arriba, una rata se arrojaba al vacio, directamente hacia ella, que la vio justo a tiempo para hacerse a un lado, pero no para evitar una mordida en el codo. La cosa se ponía grave, pues el chillido de las ratas era ya un griterío inmenso, un aquelarre de chillidos bestiales, y los cuerpos peludos de las ratas ya no corrían rápidamente buscando la complicidad de la sombra, sino que ahora se le mostraban abiertamente, sosteniendo la mirada y mostrando dos ojos amarillos como granos de pus. Micaela tuvo la oscura pero terrible intuición de que las ratas la estaban rodeando. Había una indudable telepatía entre ellas: No procedían como una multitud de seres desordenados y egoístas, sino que en su aparente caos y suciedad, funcionaban en un perfecto orden, muy parecidamente a las hormigas, incluso mejor que ellas, puesto que mientras el sistema de las hormigas se revelaba aburridamente como un orden, el sistema telepático de las ratas tenia una perfección y previsiones tales que se mostraba bajo la apariencia de un caos. Micaela reconoció que las ratas eran entonces oscura e incomprensible superiores a los abogados y a su absurdo y laberintico sistema de justicia. La justicia bursátil de los abogados era sin dudas un laberinto, pero un laberinto artificialmente construido, adivinable con esfuerzo y al fin y al cabo, comprensible para otros al fin de cuentas. En cambio, la justicia de las ratas se movía completamente en las sombras, abismalmente y con la ferocidad de todo lo que es mudo y no habla ni escribe.
Si, sin duda la estaban cercando. Era un hostigamiento progresivo y sutil, una tortura en parte psicológica y en parte física. ¿Cuándo había comenzado? Probablemente había comenzado cuando el ordenanza (¿seria cómplice?) había cerrado las puertas. Sin dudas que valdría la pena investigar entre una posible traición de los porteros y los ordenanzas de viejos edificios en relación a las ratas. Seguramente estas tendrían varias clases de oro persa para tentar la fidelidad de esos pobres y chabacanos seres, casi todos del interior. Después de todo era algo común el que, completamente abandonados al peor estrato social de su especie, tuviesen motivos para jurarle lealtad a la deidad rata, con su espada y su balanza podrida. Entonces había sido desde que las puertas se habían cerrado y, ¿Cuándo lo habían planeado? ¿Cuándo notaron que se había dormido? Era muy posible pero (y esto lo pensaba mientras corría ya por los pasillos) mas bien no parecía que fuese planeado, sino que (corría golpeando las puertas y gritando, puesto que ya la habían mordido dos veces más) lo que había desde antes era una intención declarada, por parte de las ratas (y ahora se le acercaban por grupos, amenazantemente), una intención de guerra declarada, solapada por los horarios fijos de los abogados y la luz del sol (y los chillidos eran ya gritos de odio en un idioma arcaico y pétreo, y parecía que las ratas perdiesen interés por mordisquear los archivos y olfatearan cada vez más su carne), y entonces era obvio que las ratas habían estado esperando la oportunidad para poder actuar impunemente( y al doblar el pasillo y mirar para atrás verifico, presa del pánico, que las ratas la seguían a montones, chillando y echando baba y rabia), impunemente como ahora que Micaela estaba sola y sin la ayuda de ningún abogado y de ningún humano (y hubo que sacarse los tacos alto y correr descalza, porque detrás venían ellas con las fauces abiertas y el lomo gris erizado) Las ratas tenían toda una noche y media mañana para llevar a cabo su ofensiva contra la impía raza bastarda de los abogados (trepando por las paredes, cerrando estratégicamente las salidas) Las ratas atacaban a tambor batiente, orgullosamente, según el plan previsto. Y no había duda de que querían comérsela, que la venganza de seres tan primitivos y resentidos no podía terminar sino con una acción de antropofagia. Micaela recordó entonces, metiendo la mano en el bolsillo, que tenía una llave: La llave de la dependencia adjunta 27. Si podía llegar hasta ahí, y quedaba solo a dos pasillos, podía encerrarse bajo doble llave hasta la tarde del otro día, a la espera de que llegase alguien.
A pura carrera, no reparando ya en nada sino en evitar los tarascones de las ratas que ahora no solo la perseguían sino que le cerraban el paso, llego hasta la puerta de la dependencia 27. La puerta estaba entornada, tan como ella la había dejado, asi que de un salto abrió la puerta y la cerro tras de si, dándole llave a la puerta. Del otro lado se escuchaban, furiosos, los chillidos de las ratas, que inútilmente rasguñaban la puerta. Estaba salvada, gracias a dios salvada de ser reducida a huesos por esos horribles animalejos. Frente a eso, incluso el hediondo olor a pis que llenaba el cuarto era música de Chopin.
Los chillidos, que en un primer momento eran insoportables, fueron aquejándose para convertirse en algo que se asemejaba tenebrosamente a un oscuro y resentido murmullo.
Dentro de la dependencia, segura tras su puerta de chapa y sus paredes de concreto, Micaela Maugeri sonreía, si bien mortalmente cansada y algo alterada, realmente contenta. Eso había sido una victoria, una victoria doble: Victoria ante la raza de las ratas arcaicas, y victoria sobre la raza de las ratas modernas y sus estúpidas maldiciones de pasillo, que empleado ineficiente ni que carajos. Ella iba a ser la primera, si señor, la primera en no cumplir una de las ordenes importantes hasta el absurdo y luego de ello, salir impune, continuar con su carrera, graduarse.
Micaela estaba ya cabeceando, cuando de repente volvió a oir, no sin cierto fastidio, el agudo chillido de ratas. Sin embargo, era distinto, no ya frenéticos y furiosos, sino bajos, como un murmullo que salía de algún lugar indistinguible. Micaela se hecho boca abajo y, bien pegada al suelo, espió por la rendija de la puerta. La tenue línea de luz se observaba sin sombras y sin cortes, lo cual indicaba que no había ya ratas rascando la puerta ni por el corredor. Oyó entonces un ruido metálico a sus espaldas, y en un solo movimiento, completamente lívida, se incorporo quedando de espaldas contra la puerta. Vio entonces que el ruido había sido provocado por una rejilla metálica que había caído del techo. Micaela se dio cuenta entonces que se trataba del ducto de ventilación que (debería haberlo notado antes) recorría todo el edificio. 
Al levantar la mirada alcanzo a ver que del oscuro agujero rectangular salía, como en un vomito o un torbellino de chillidos, garras, colas, dientes y ojos amarillos, una marea de ratas.


Fue extraña, para los empleados del despacho del sr Arribalzaga, doctorado en leyes y respetado profesional, la desaparición de Micaela Maugeri, chica que pese a ser algo olvidadizo a veces, era un ejemplo de compromiso y responsabilidad, como todos los practicantes. Durante varios los empleados del despacho intentaron comunicarse infructuosamente con ella, sea telefónicamente o por carta. Según lo que se sabía, había salido de tribunales un viernes como cualquier otro, luego de cumplir diligentemente con sus obligaciones (y por eso era sospechosa esa desaparición) y luego no se la había vuelto a ver. No fue sino a las dos semanas, cuando el señor Arribalzaga entro en crisis por un legajo faltante para el importantísimo caso de Leinmann contra Dietrich, cuando en la mecánica atribución de culpas se llego a la conclusión, clarificadora a la vez que tranquilizadora respecto a la salud y al empleo de sus compañeros, de que dicho legajo debió ser presentado en el despacho del señor Arribalzaga hacia precisamente dos semanas y cuatro días, y que era precisamente a Micaela Maugeri (que entonces no era tan responsable ni trabajadora) a quien se le había encargado esa tarea crucial e imposible de desoír por cualquier empleado sensato y responsable.
Cuando Agustina Aguirre (Avispada, tacos altos, hermosos ojos celestes, diecinueve años, estudiante inicial de derecho y al parecer destinada naturalmente a la burocracia gracias a poseer el grado necesario de psicopatía) fue hasta la dependencia adjunta numero 27 a buscar el legajo faltante, noto que la puerta se hallaba cerrada con llave. Al intentar colocar la llave, noto que esta no ingresaba correctamente, y que entonces algún gracioso debía haber dejado la llave puesta del lado de adentro y luego cerrado la puerta, que tenia traba automática. Al Luego de llamar a cerrajería, logro por fin abrir la puerta.
Al entrar, no noto nada particular. La dependencia estaba húmeda y sucia hasta la negrura. Al abrir un cajón al azar, percibió un olor particularmente rancio, y entonces descubrió (no sin asco) que los cajones estaban salpicados de excremento de rata. A lo lejos, como desde una ubicación remota, se oyeron chillidos.























Nota del autor: Me decido a publicar este cuento como quien recibe a fin de año uno de esos chocarreros reconocimientos al esfuerzo, que casi siempre constan en una ridícula placa de acrílico o en una lapicera barata que nunca vamos a usar. Digo esto porque reconozco que, como la plaquita o la lapicera, este cuento es, como cuento, narrativa y formalmente muy malo. Si me decidí a publicarlo es mas bien por un capricho fruto de mi terquedad, pues me llevo semanas enteras terminar de escribirlo. No recuerdo haber escrito nunca un cuento con tantos cambios y accidentes como este. Nunca hay que dejar pasar demasiado tiempo desde la inspiración inicial, que en este caso fue mas bien el detonante o el cristalizador de varias corrientes (subterráneas) que venían fluyendo en mi hace un tiempo. Esas corrientes son varias: Por un lado, la fascinación por Kafka y su tratamiento del ridículo y de la formalidad burocrática como un elemento de pesadilla y tortura psicológica. Por otro lado, mi natural desprecio ante los abogados y la burocracia toda, corriente mas antigua que sin duda provoco (en parte) mi admiración por novelas como “El Proceso” o “El Castillo”. Hay además una notable influencia por los terribles finales (terribles no en el sentido vulgar, sino en el sentido antiguo, como aquello que provoca terror) que Horacio Quiroga le otorgaba a sus cuentos. También fue un elemento importante los relatos y anécdotas acerca de hospitales y clínicas (lugares oscuros y siniestros), anécdotas desde las cuales me fue posible trazar el paralelismo, pues mientras ponía como escenario a los tribunales porteños, la verdad es que mi cabeza pensaba constantemente en la facultad de medicina. En este punto es meritorio un agradecimiento a mi amigo Joaquin Armental.
Estas fueron las corrientes que se cristalizaron, y el catalizador y puntapié inicial que me llevo a volcar todo en esta historia, fue (como no puede ser de otro modo) algo trivial: un nombre. Micaela Maugeri es entonces un nombre real. El hecho, mera coincidencia, movió los extraños hilos para crear a la Micaela Maugeri ficcional y a su no muy afortunado final.

Por último y nuevamente, mis disculpas al lector si al leer el cuento han tenido la fastidiosa sensación de estar ordenando una habitación o esperando un colectivo que sabemos va a llegar lleno.  

Miscelanea II

Somos bichos curiosos, posando siempre. Es una pregunta que me realizo a menudo, la de la otredad, y es como preguntarse como estará el nebuloso espacio del inconciente cuando uno esta despierto. Hay algo como de vago, como de difuso, como de significado por esta realidad de “aquí’s y ahora’s” tan aburguesadamente sólida, tan de mate y biscochitos, de diario matutino a voluntad y de subtes hasta estación Callao.

Hay algo que es como una linea en suspenso en una locacion indefinible, de la que siempre estamos esperando una respuesta, una palabra, un sonido, al menos un chasquido, un acople, pero de la que solo percibimos un silencio que nos evoca al aire y al espacio infinito. Espacio que sin embargo no es el nuestro, no es el de nuestro lado de la linea, un lado de tubos telefonicos y de aspiradoras, de plazas con subibajas y toboganes, de Sabados, Domingos y Feriados, en donde todo sigue su marcha y dentro de todo no se vive tan mal. Un mundo donde siempre "a veces", donde generalmente “poco", donde generalmente poco "bastante", y donde a veces "siempre" (pero muy muy a veces). Ojo, tampoco es que aqui se vive tan bien, que estemos cerca del mundo feliz, del soma y del sexo con todas y todos, un desfile de estomagos llenos ni mucho menos. Estan esos negativos de los campos eliseos: kilómetros y kilometros de praderas de chapa y ladrillo hueco, montañas de colchones en estado de putrefaccion, de a pan y agua, Rios de barbituricos en donde nadan peces Espadas Miligrameados, infinitos bosques fabriles de concreto, ect; Y tambien esta la injusticia, los barrios cerrados, lo ridiculo de los asiaticos. Seria mejor que murieran algunos inocentes si con eso pudiesemos matar a todos los hijos de puta. Diezmar absolutamente, cual plaga de Apolo Licio, las filas de los ejercitos de abogados, gerentes de recursos humanos, violadores seriales, vendedoras del mes, Empresarios exitosos que tienen casa de verano en Mar del Plata, pobres infelices y demas pertenecientes al partido de los hijos de puta. Eso es preferible antes de esta hipocresía, vamos.
Sea eso o sea Greenpeace, El ejercito de Salvacion o lo que sea (que mas da), Extraordinary or ordinary, its the same fucking thing. Because, en lo profundo del asunto, good and evil are only basics ways of talk about this side. Y este lado es simper eadem, always the same. In this side of the line, de la linea esa que separa la nada del borde del risco, es como un punto independiente, separado del apeiron.But a funny thing happens with the notion of the infinite if we place a limit, y es que si al infinito le restamos un solo grano de arroz, ya no es el infinito, ya que the mere existence of a limit destroy the unit and the being.
No podemos entonces hacernos los tontos y cortar la conexión, hacer de cuenta que ese vacio en el otro lado de la línea no existe, quedarnos con nuestros aguinaldos y nuestro cajón de medias como la mas sólida de las realidades, olvidarnos de que todas las noches soñamos, y mucho menos olvidarnos que los otros siguen existiendo en otro lado y en otro tiempo


¿Ustedes, los otros, sus ustedes mismos pero mis otros al fin, en donde están? ¿Están ahora?
Yo me veo aquí y ahora, y mi aquí y mi ahora son para mi, todo el aquí y todo el ahora. Sin embargo, especulo, imagino su existencia como maquinas que siguen funcionando ajenas a mis especulaciones. Intento la objetividad pero no me sale. Se que mis imaginaciones yerran de pleno, son solamente literatura, veo los limites de mi vista, que nunca fueron muy buenos, y me doy cuenta de que no puede saber que están haciendo ahora.
Su realidad, si es que puedo darle ese nombre sin menoscabar la mía, se me antoja como un realismo mágico: Se me escapan sus claves, su sentido (ustedes, otros, no pueden tener para mi ningún sentido), sus jerarquías de valores, y sobre todo su continuidad.
¡Cuantos líos, esa continuidad! Y es que no puedo hallarla, no se las puedo sentir, y tengo que suplirla, hacerla, inventarla. La invento hablando con ustedes, y de ustedes, y escribiendo esto mismo. ¿Que es este texto sino un intento por darles el sentido que no tienen?
Su realidad son sotas, ases y doces de espadas, sueltos, juegos sin orden, fotos revueltas, recuerdos verdaderos y recuerdos falsos, todo eso relleno con el aserrín de la literatura, con el dale que te dale del tejer de Penélope.

¡Y sin embargo ahora están siendo! Que existan otros seres por fuera de mi subjetividad, otros seres subjetivos, es para volverse loco, algo como un opio para las posibilidades y las especulaciones. No hay que confundir esto con el chismorreo de señora de barrio, por favor, que es como comparar las charlas de peluquería cuando fallece el hijo de la señora de la esquina, "no somos nada" y "esta con dios", con una charla sobre metafísica en un café a las 6 de la mañana, únicos lugares en los que se alcanza la verdad ultima desde que Justiniano cerro la Academia. Todo un tema aparte el estatuto antológico de los cafés, cuevas donde las otredades mas otras de lo otro se reúnen a comer medialunas.