28 feb 2012

Fragmento - En borrador y sin correcciones.

Fernando no se iba a olvidar tan facil de lo del estudiante. Generalmente, el no decidia que recordar y que no. Su memoria era como un extraño e ironico duende, el cual coleccionaba todo tipo de vivencias. Estas al parecer – Pensaba el – no tenian ningun sentido o relación. Sin embargo, no se podia evitar a veces la idea de que todo lo que el recordaba y, sorbre todo, sus asociaciones de ideas, seguían algún patron oculto, algún sentido oscuro e inconciente. No conocia esa fuerza, suya y oscura, y sin embargo se identificaba con ella.
Habian pasado unos meses del episodio de la plazita, pero el recuerdo del incidente se mantenia intemporal y vivido (Como la mayoría de los recuerdos, pensaba). Creo que fueron varios los factores que lo llevaron a recordar esa noche. Fernando tenia la mania de intentar rastrear siempre cualquier pensamiento que se le venia a la mente, precisamente por esa sospecha ante toda “casualidad”. “Cuando un pensamiento se nos viene a la mente, es simplemente el eslabon de una cadena. “El sorete que flota nos es tan obvio, pero el culo de donde salio se nos mantiene oculto”. Su propia analogia le causo gracia (esto sucedia a menudo, ya que Fernando tenia un particular talento para las metaforas incomodas o groseras) y solto entonces unas carcajadas bajas y ahogadas. “Bien, pensemos” – dijo en voz baja, a la vez que encendia un cigarrillo – “Para empezar, hace un calor de locos, como ese día. Si, y ademas el nombre de la plaza y la palabra “plaza”. Son dos asociaciones de lo mas común….”. Le daba vueltas al asunto, queria encontrar algo sospechoso u oscuro en su propio pensamiento, soprenderse a si mismo en alguna conspiración. Ese día, por alguna razón, estaba particularmente sombrio. Todo en el era oscuro y silencioso, y había ido a Retiro casi mecánicamente. Había llegado en el tren Belgrano. Le gustaba esa línea. Los vagones eran sarcófagos de lata oxidada. Reliquias bizarras de tiempos de crecimiento industrial. Por alguna razón, sentia una afinidad con todo lo decadente, con todo lo que mostraba la corrupción y el actual estado de desidia en el que creia se encontraba el pais, y por que no, el mundo entero. Había dado un par de vueltas por la plaza, y se había sentado debajo de un arbol, en la extensa pendiente que da hacia juan de garay y avenida libertador. También a la torre de los ingleses. Ese era sin duda otro tema. Un monumento a los conquistadores, a esos piratoas que habian intentado entrar a sangre y fuego en Buenos Aires. A pocos metros de donde yacia la torre, los abuelos de nuestros abuelos habian expulsado a los Ingleses; Pero estos seguían teniendo presencia cientos de años después de ello. Pues la presencia es siempre una cualidad de algo, si, pero una cualidad espiritual. “Si, tan espiritual que ni siquiera es necesario que el objeto este presente. Eso que románticamente se llama ausencia no es mas que la presencia de algo. Si, era obvio, y sin embargo la gente es estupida y no ve ni lo obvio”, Pensaba Fernando, que se había levantado de su sitio y había deambulado casi como un sonambulo un par de metros, hasta quedar apoyado en los barrales de concreto que daban de pleno al monumento de los Caidos en Malvinas. Monumento pequeño, humilde, casi triste, escoltado por esos arcaicos y ceremoniales muñequitos de torta. “Chanchos Burgueses”, Pensaba Fernando. Monumento pequeño que, valga la ironía, estaba a escasos metros de la imponente torre de los Ingleses. Fernando sabia que esos mensajes abundaban por todo Buenos Aires. “Para que siempre sepa uno quien es el que manda. Por que, claro, ¿Cuántas personas pasan diariamente por aca?. A lo mejor uno no realiza en el momento, pero el inconciente debe armar algún día esa siniestra combinación”. Combinacion que Fernando veia tan clara. La tarde era pesada, pesadisima. Un Asco, todo era un asco y el mismo también. Se miro desde los pies hasta donde podia. Una indiferencia hacia todo y hacia todos lo recorria casi con gusto. ¿Hacia cuanto que estaba ahí? Probablemente llevaba todo el día, desde la mañana. Con gusto se daba cuenta, cada vez con lapsos mas grandes, de que el tiempo importaba poco y nada. De hecho, importaba tan poco como el hambre o el frio. Todo se había precipitado hacia la nada con una rapidez tal que solo quedaba vivirlo. Vivirlo aunque fuese todo una mierda. Fernando suspiro y volvio a mirar hacia el lado de la torre: le parecia rara. “Es raro que en un pais tan patriotico (patria, nacional y similares eran evocadores naturales de sonrisas ironicas y tonos despectivos) , pensaba, “es raro que en un pais asi halla un monumento a estos tipos, que intentaron recolonizarnos varias veces”. Volvio a bajar la vista. El piso era (debio ser, en alguna época, en una época en que los trenes no eran Chaperio) blanco, pero estaba sepultado (Como todo, ¿Qué no estaba sepultado de mierda?) del escremento de las palomas. Todo comenzo a dar vueltas lentamente. La conciencia oscilaba con un zumbido que comenzo a sentir detrás de las orejas. Estaba acostumbrado a la debilidad tanto como a la fuerza. Cerro los ojos y le pareció oir notas. Casi se sobresalto, pero en cambio, se mantuvo firme. Volvio a cerrar los ojos. Si, escucho uno, dos, un quinteto de violines (“Philharmonic Hall de New York” ¿Qué? ¿Seguro que era eso?) , acordeones y violines muriendo y renaciendo. Toda Buenos Aires ardia. Se vio en el microcentro. El bajo y el contrapunto y buenos aires entera ardia, era el incencio de Roma. Neron por la 9 de Julio, terremotos y murciélagos gigantes, todo el universo se derrumbaba, agitado por los violines graves y justicieros. Era un tango (recien ahí lo supo). Las llamas roian ahora la torre (¿Bombas?). El sonido era agonico, agudo, desesperado, pesadillesco. El no podia moverse. Atino a mirar hacia arriba y vio un cielo rojizo, infestado de llamas. Todo era cenizas, los edificios, los autos, los bancos. (Y de nuevo los crescendos). ¿Y la gente, y los llantos, la policia y la guardia civil?. Entonces, quizás llamados por su pensamiento, salieron. De todos lados y de ninguno en particular (como es casual en el microcentro porteño), y como si alguien hubiese iniciado un mecanismo (que en el mundo común suele ser el dinero o un simple reloj despertador, un error, sexo sin proteccion, ect) la calle y los edificios se llenaron de esqueletos. Esqueletos vestidos de traje y saco. De camisa y corbata. Esqueletos-nenes, Esqueletos cadetes de estudios juridicos, esqueletos de gorra y campera deportiva, esqueletos que se pavoneaban sensualmente, de jean y top, y hasta pesados esqueletos de señora. Entraban y salian de los edificios con la mayor indiferencia al fuego y a los temblores. Se agolpaban en las esquinas, en las pequeñas veredas, insuficiente para tantos armazones luchando por entrar en las bocas de subte, intentando entrar a locales de comida rapida, empujando para entrar en un edificio. Los huesos se multiplicaban por doquier, ya que la cantidad de esqueletos aumentaba de manera vertiginosa (Fernando incluso penso que llovían del cielo) y todo esqueleto que caia era pisado y por ende reducido a huesos y polvo, por lo que Fernando no tardo en verse en medio de una comedia dantesca en el que miles y miles de huesos  pataleaban y manoteaban en una enorme piscina de huesos. Si, una piscina con edificios y bocacalles.(Sonaba ahora otra musica, violines y contrabajos, chelos y un bandoneon) triste y melancolica en su base, pero con estallidos de furia, como si una persona tratase de sacudirse de encima llamas o terribles espíritus, pero fuese por insante dominado por ellos y cayera en la mas honda desesperanza, para levantarse al momento (o al día, o al año) siguiente para gritar la verdad de su tormentosa existencia. Y las llamas…
Y de repente estaba corriendo. Ya no había esqueletos y todo ardia nuevamente. Los edificios estaban ya calcinados y el centro mismo parecia un viejo carbon que estaba terminando de consumirse. Fernando corria, corria lleno de un extraño vigor, poseido por una fuerza que llenaba todo su cuerpo pero que estaba, animicamente hablando, mas cercano a la tristeza que a la euforia. “Debe ser el orgullo de soportar el ser siendo nada”. Ese pensamiento se le vino a la mente mientras corria (¿hacia adonde, para que?) y no supo si fue suyo o de alguien mas. De repente le pareció que la calle por la que corria era Avenida de Mayo. Comenzo a nevar, o mas bien, de repente todo estaba cubierto de Nieve. Fernando creyo que tal vez Dios se hubiese cansado de ese mundo de asquerosos y recreara con la existencia algún cuento de Dostoievsky. Llego entonces ante la puerta de lo que parecia ser un salon antiguo. Las puertas eran dobles y de bronce, y sobre las paredes de mármol había una docena de placas de estaño y bronce. Entonces sono la musica anterior, ese furioso tango-vals, y Fernando penso en los esqueletos al momento en que la puerta se abria. Salio un esqueleto alto y, como si fuese posible, delicado. Vestia un frac impecable.
- Señor, perdone la espera – Articulo la inexpresiva calavera. Fernando penso en el tono de la voz. ¿había habido voz, o simplemente fue un movimiento vacío de mandibulas? – Señor - volvio a repetir el esqueleto – Perdone usted la espera. Tenemos mesa al fondo. Fernando se descubrio respondiendo.
- ¿Al fondo? ¿Quién esta hoy?
- Nelida Roca – Respondio el esqueleto, y como si fuese algo importantisimo agrego: “Y Eber Lovato también”.  Fernando tuvo un pensamiento: “La Venus de calle corrientes”.
-  Magnifico. Al fondo entonces.
Paso entonces a un soberbio salon que a su vez se comunicaba con otros varios, llenos de espejos y columnas de granito pulido. Esqueletos de vestidos de etiqueta y esqueletos con soberbios vestidos de Gasa y Cola se reunian en mesas de 5 o 6. Todo brillaba con el esplendor propio de los años 20. A Fernando se le ocurrio que podia estar en el Tortoni. Se sento entonces en la mesa y pidio una ginebra. A unas pocas mesas de la suya se elevaba una pequeña tarima que hacia de escenario, y sobre el, danzaba de un modo quebrado y aracnido un esqueleto alto y escultural, que llevaba un vestido de seda negro y acampanado.

Entonces sintio una leve brisa, y se encontro nuevamente en la plaza San Martin. Se hallaba todavía apoyado en la balustrada, sostenido a duras penas por sus brazos. Se incorporo lentamente y noto estar tremendamente mareado. El sol brillaba con sus ultimas luces.
- Por favor, que calor. – mascullo para sus adentros, a la vez que extendia la mirada hacia la parte baja de la plaza. Fernando se había acostumbrado a los delirios, intentaba no pensar demasiado en ellos de la misma manera que intentaba no pensar demasiado en nada.

3 comentarios:

Jora dijo...

Muy buenas observaciones, me encanta este relato y espero ansioso la continuación… Esa visión de una sociedad de esqueletos. ¿Será una metáfora de que la gente está muerta, sin vida, sin nada que les de valor?

Saludos!

Udjat dijo...

Genial. Fue tan dramatico, casi se sentia la musica... fue dramatico, cruel, ironico y tan verdadero. En verdad deberias seguirlo. Detecte un par de cosas como por ejemplo eso de "rastrear el pensamiento" que te habia comentado yo :P , y lo de los esqueletos, fue simplemente magnifico, casi pude verlos y casi pude imaginarme como uno.
Usted no tiene nada que envidiarle a nadie en su redaccion, es todo un maestro... para mi y para muchos otros. Como siempre, un placer pasar y leer.
Te quiero.

Cel.

Lucía G. dijo...

Hola!
Antes que nada, a mí parecer "Rayuela" no es tan bueno como otros escritos de Cortázar, son más fanáticas de sus relatos cortos.
Yendo a los aquí escrito, es increible!, en verdad se siente todo lo que escribiste, me gustó como "musicalizaste" las escenas.
Tiene continuación?
Saludos!