8 sept 2019

Lunatica

Por más que me esfuerce no logro recordar quien la trajo. Posiblemente alguna de las amigas de mama, o tal vez algún vecino. Quizás fue un regalo alguien le dio a papa en la fábrica. O tal vez... es decir, es imposible, pero... muchas veces no puedo evitar pensar que no la trajo nadie; Que, como las calamidades o las enfermedades, vino sola.
Lo que, si recuerdo, aunque vagamente, fue la fecha. Fue en invierno. Llego un día de Julio. Recuerdo que había sol. Yo y Leti (el burro por delante decía mama frunciendo el ceño) jugábamos en el jardín. Como la tarde declinaba hacia bastante frio, por lo cual Leti estaba enfundada en esa campera gris perla que le daba un aspecto extraterrestre, como si fuese un astronauta que en vez de jugar en el jardín estuviese explorando la luna. Tal vez o, más bien, precisamente por ello jugábamos a la caminata lunar.
El juego consistía en caminar muy lentamente, balanceándonos hora en un pie, ahora en otro, como si experimentásemos la gravedad lunar o estuviésemos bajo el agua. Por alguna razón nos imaginábamos la gravedad lunar como estar sumergidos en agua. Entonces, mientras caminábamos torpemente (no Valia hacer trampa), rebotando, teníamos que encontrar objetos para la misión. Entonces Leti traía una piedrita amarillo verdosa y decía "traje un sapo lunar", y yo traía una bolita y decía que había encontrado el ojo de un marciano. Si la importancia de su objeto superaba al mío, Leti se reía de manera excéntrica y revoleaba los ojos en un paroxismo de divertimento. Daba pequeños saltitos que rompían por completo el ambiente del juego y me decía con los ojos que siguiéramos explorando. En cambio, si mi objeto era superior que el suyo, Leti no decía nada. Apretaba los labios en un gesto de enojo y se daba la vuelta para buscar un objeto que verdaderamente excepcional. Buscaba ganar en absolutamente todos los juegos, lo cual terminaba pasando tarde o temprano por pura voluntad de ella. Porque el que quiere ganar – creo que esto se lo escuche a algún profesor - se esfuerza siempre. Lo que no decía ese profesor es que cuando alguien gana el juego se termina.
A mí nunca me gusto ganar. Es decir, si me gustaba, como les gusta a todos los nenes. Pero lo que a mi más me importaba de jugar con Leti era precisamente eso: jugar con ella. Entonces ella se esforzaba para ganar y yo me esforzaba para que el juego continuara. Y como ella se esforzaba mucho por ganar, yo me esforzaba proporcionalmente porque no lo hiciera (por lo menos no tan fácil, no tan rápido) aunque al final casi siempre terminaba saliéndose con la suya.
Para ganar a lo que sea Leti siempre se enfocaba en sus propias fuerzas. Ganaba en base a llevarse puestas las cosas, a las personas, y muchas veces también a las reglas. Supongo que visto desde afuera era una nena malcriada, una caprichosa. Y yo un obsecuente. Visto desde adentro no era muy diferente el asunto. Pero una cosa es aceptar las verdades de nuestro carácter en el fuero interno y otra escuchar que te las griten a la cara. Por eso, cuando luego de dos o tres victorias obscenamente fáciles Leti me grito que la estaba dejando ganar, (peor que la derrota era la falsa victoria) tuve quizás por primera vez el deseo de ganar. Entonces empecé a mirar.
Así como Leti se enfocaba en sí misma, yo siempre observaba el entorno. Mirar era mi arma. Como la caminata lunar se trataba de encontrar rápidamente objetos raros, mi observar el terreno era un arma para nada despreciable que podía medirse con la rapidez de piernas y reflejos de Leti. Ella podía llegar antes a cualquier objeto, pero para eso tenía que verlo antes. Comencé a rodear la casa barriendo el suelo con atención. Buscaba ver esas algo que pasáramos por alto a simple vista: una chapita, un gusano multicolor, una piedrecita extraña. Y entonces, ahí estaba: la muñeca. Apoyada contra la pared trasera de la casa, casi oculta por un caño de desagüe que bajaba desde la canaleta del techo. Era una muñeca de trapo, sentada casi demasiado recta contra la pared formaba una ele con las piernas, dos salchichas de trapo que se extendían sobre el pasto. Los bracitos caían inertes a los costados. Llevaba un vestido verde hecho de tela y llevaba el cabello - hecho de largos piolines de lana colorada - en dos coletas. Los ojos eran botones, también rojos. La levante y me la lleve caminando, seguro de mi victoria: Había encontrado una Marciana viva.

- Encontré una parte de un robot de exploración - había dicho Leti mientras me enseñaba, orgullosa, un par de tijeras oxidadas y manchadas de tierra. Yo sabía muy bien que aquellas tijera oxidada las había sacado del costurero de la abuela que mama tenía bien guardado en el estante alto del ropero de su pieza. Obviamente Leti había aprovechado que yo había rodeado la casa para entrar a buscarla (lo cual rompía las reglas) y luego a enterrarla y desenterrarla. Decirle tramposa era lo mismo que dar por terminada la caminata y yo, por supuesto, no tenía la menor intención de hacerlo, no después de haber encontrado lo que ahora era mi as en la manga. Entonces saque la muñeca – que llevaba oculta detrás de mi - y se la puse delante del ojos diciéndole que yo había capturado viva a una habitante de la luna.
- Eso no se puede - me había dicho ella en tono de protesta. Yo sonreí y le dije que sí, que se podía. Los ojos de Leti buscaban en la muñeca algún indicio, alguna pista. Rápidamente comprendí lo que pasaba. Creía que yo la había sacado de algún otro sitio, que de ninguna manera la muñeca podía estar ahí en el jardín. Conocíamos todos y cada uno de los juguetes de la casa.
- La encontré al lado del caño del agua - le dije por toda explicación.
- A ver - dijo ella. Y me siguió rodeando la casa hasta que llegamos al lugar.
- Ahí estaba - volví a decirle, señalando el sitio exacto. Leti reviso la zona y luego de unos segundos declaro que estaba bien, que yo ganaba. Luego me miro y me pregunto si le regalaba la muñeca. Ella generalmente no jugaba con muñecas. Pero, por supuesto, yo tampoco. Entonces se la regale.
- ¿cómo dijiste que se llamaba? - me pregunto.
- Marciana - le dije - Porque vive en la luna.
- Entonces es Lunática - dijo ella al tiempo que salía corriendo a dejarla (más bien tirarla, revolearla) a su pieza, entre el resto de los juguetes y peluches que tenía desperdigados sin el más mínimo orden, y por el cual mama siempre la retaba apenas entraba a la pieza. Desde ese día Lunática empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en nuestras vidas.
Todo fue ocurriendo poco a poco, muy gradualmente, tal como se incuba una enfermedad lenta pero finalmente terminal. Pequeños indicios. Pistas. El primer síntoma, justamente, fue lo del cuarto. Un poco después de aquella caminata lunar, descubrí que Leti había empezado ordenar su cuarto. Primero una vez cada tanto y luego, para alegría de mama, constantemente, todos los días. Tanto que empecé a ser yo el que se llevaba, por comparación, las llamadas de atención.
Lo siguiente que paso fue que Leti empezó a cerrar la puerta del cuarto con llave. Esto no le gustó mucho a mama, que luego de varios intentos fallidos de entrar al cuarto tuvo una charla con Leti en la que (nunca supe lo que hablaron) acordaron que, dado que mama tenía una copia de todas las llaves, podía encerrarse en su cuarto siempre y cuando no dejara la llave puesta. Hasta ese entonces la casa había sido para mí una gran habitación en la que pasaba indiferentemente de un cuarto al otro sin mayores problemas, como si las puertas solo fueran aberturas que servían para separar los espacios (el comedor para comer, la cocina para cocinar, el baño para lavarse y los cuartos para jugar y dormir) pero nunca para impedir el acceso. Fue entonces que comprendí el significado de una puerta cerrada.
Recuerdo que, al menos al principio de todo aquello, intente que todo siguiese como hasta ese entonces, es decir, que volviese a ser lo que había sido siempre. Fue inútil. Leti parecía haber obtenido, de la noche a la mañana, un sentido de la privacidad que yo no entendía ni compartía en absoluto.

- Dale, déjame pasar - le decía yo - Juguemos a algo.
- No quiero - decía ella - Andate, que ahora estoy jugando sola.

Leti Ocupada. Leti haciendo sus cosas, Inalcanzable. Leti jugando sola era para mí una realidad nueva y desagradable. Ahora Leti jugaba mucho más sola de lo que jugaba conmigo. Cada día pasaba más tiempo encerrada en su pieza. No sabiendo como reaccionar ante aquella puerta cerrada, terminé por calificarla de egoísta, y empecé también yo a jugar por mi cuenta. Primero con mis juguetes, en mi cuarto. Resulto que me aburria mortalmente. No podía, como al parecer si podía Leti, poner a volar mi imaginación. Lo que a mi me divertía de un juego, creo que ya lo dije, eran los otros. Siempre los otros. Los juguetes, por mas bonitos o raros que sean, terminan siempre por cansarme. Rápidamente pase jugar en mi cuarto a jugar en la calle con el resto de los chicos del barrio, a la escondida y a la pelota. Fue en ese momento – tengo que decirlo, aunque me avergüence – que comencé a desinteresarme por lo que hacía Leti.

Siempre que los chicos me preguntaban por Leti yo les decía que “ahí andaba”, o que no sabía. Otras veces, sin comprender del todo que podía tener Leti de interesante, evitaba la pregunta o respondía alguna barbaridad. Me molestaba la pregunta, era obvio. También me molestaba que mama no se diera cuenta del cambio o que, peor aún, estuviera de acuerdo con él; Que estuviese de acuerdo en cómo Leti había se iba volviendo cada vez más retraída. En ese tiempo creía que la incomodidad que sentía se originaba en el rechazo que sentía por parte de Leti, pero ahora creo que esa incomodidad era de alguna forma premonitoria. En alguna parte de mí, algo me decía que lo mejor era dejar a Leti en su cuarto cerrado. De ninguna manera se me ocurrió relacionar todo esto con la muñeca que encontramos en el jardín. Hasta que vi el altar.

Ocurrió que un día, aprovechando que mama trabajaba toda la jornada, me hice con el llavero que tenía, entre muchas llaves, la de la pieza de Leti. No puedo decir que hiciera todo esto de forma impulsiva. Lo cierto es que la idea de que si Leti pasaba tanto tiempo en su pieza sin dejarme entrar era porque había encontrado algo. Algo que era más interesante que jugar conmigo. Algo que, egoísta como era, no quería compartir conmigo. ¿Realmente tuve yo, un chico de nueve o diez años, aquellas ideas? Quizás no. O al menos, quizás no de un modo claro. Pero si tenia manchas, borrones, oscuridades pensadas a medias que me llevaron a conseguir esa llave como quien tuviera un plan cuidadosamente ideado.
Ya con la llave, espere el mejor momento para escabullirme. Cuando Leti se encerró en el baño, supe que ese momento había llegado. Me arrimé a la puerta de su pieza y comprobé que, como ocurría últimamente, estaba cerrada. No tenía una idea de lo que iba a hacer una vez adentro, pero supongo que dependía de lo que encontrara. Introduje la llave muy quedamente, sin hacer el más mínimo ruido. Y di primero una vuelta, y luego otra. Escuche aun unos segundos, temiendo que de alguna forma Leti estuviese al tanto de lo que ni siquiera yo sabía que haría. La casa estaba en absoluto silencio. Bajé el picaporte y abrí la puerta.
La pieza era exactamente la misma y al mismo tiempo estaba irreconocible. Ni un peluche en el piso. La cama perfectamente hecha. La ropa guardada en el ropero. Todo esto lo vi inmediatamente, apenas entrar. Estaba por inspeccionar más de cerca cuando algo dentro mío me dijo que me detuviese. De algún modo supe que, si tocaba algo, o siquiera daba un paso sobre el mullido piso de alfombra de la pieza, Leti lo sabría. El cómo podía ella saberlo me quedo claro en el momento en que vi el altar. Aquel santuario había escapado a mi inspección inicial, cosa que bien visto era increíble. ¿Había escapado? Cuando recuerdo esa escena tengo que decir que más que escapado, lo que ocurrió era que no estaba allí la primera vez que mire. Como si un velo invisible lo ocultase de miradas fugaces. Ahora comprendo que la idea de que entrar era peligroso me había venido del frio sentimiento de saberme observado. Sobre el estante de la pared Leti solía tener algunas fotos suyas con mama y otras cosas que consideraba bonitas. Todo aquello había desaparecido. En su lugar, ocupando el centro del estante, estaba Lunatica y, a sus costados, estaban apiladas las cabezas de los peluches. Una cabeza de conejo, dos de oso y una de vaca. Mientras miraba asombrado el grotesco cuadro sentí un escalofrió recorrerme la espina dorsal. ¿eso había estado ahí todo el tiempo? ¿había estado ahí todos esos días, jugando con Leti?
Lunatica, entronizada sobre aquellas cabezas, sonreía como una reina despiadada. ¿sonreía? bueno, eso era imposible. Quiero decir, tenía la sonrisa cosida en hilo rojo. Una sonrisa amplia y perversa, la misma que había tenido siempre... ¿o no? ¿tenía ya una sonrisa así cuando la encontré en el jardín? Ahora creo firmemente que no.  Entonces escuche la cadena del baño. Sali de la pieza como accionado por un resorte, cuidando de no hacer el más mínimo ruido, cosa que quizás no pude evitar del todo al darle llave a la cerradura. Cuando Leti salió del baño yo ya estaba en mi cuarto, deseando tambien poder cerrar con llave mi propia puerta.

Esa misma noche, mientras comíamos, Leti no me saco los ojos de encima. Su mirada era fija y ausente a un tiempo. Unos ojos que parecían fríos, sin expresión, ojos que no miraban y que daban la expresión de ser una ventana. Una ventana a través de la cual miraba otra cosa. Era claro: sabia que había entrado a su cuarto. No dijo una palabra en toda la comida, pero cuando mama fue a la cocina a limpiar los platos, dejo los cubiertos y me susurro : No vuelvas a entrar a mi cuarto.

- Estas loca, nadie entro a tu pieza - mentí, más aterrado que enojado.
- Mentiroso. Si que entraste – me acuso ella.
- ¿Y vos que sabes? – me defendí – No podés saber lo que hacen los demás.
- Lunática sabe – dijo Leti, sonriendo de un modo horrendo. Su sonrisa tenia algo de la sonrisa de la muñeca. Fija, fina, apretada como si estuviera cosida. Tuve la certeza de que había una fila de dientes apretados detrás de la sonrisa. Aunque tenia los pelos de punta, no pude evitar burlarme de ella.
- ¿Lunática sabe? Bueno, que lo sepa. Voy a entrar cuando me dé la gana – le espete en todo desafiante.
- Como quieras – me dijo sin modificar la mueca dura en su cara – Pero Lunática dice que, si vos la vas a visitar a mi cuarto, entonces ella te va a ir a visitar al tuyo.  Y vos no tenes llave para encerrarte.
Esa noche dormí poco y nada. Por momentos, a la madrugada, me imagine escuchar pequeños pasos ir y venir por el pasillo. No volví a intentar entrar al cuarto de Lunatica – ya no podía considerarlo meramente el cuarto de Leti – e intentaba encontrarme lo menos posible con ella. Cuando la miraba, no podía evitar ver aquellos rasgos duros y desencajados que ahora iban reemplazando, poco a poco, la conocida cara de mi hermana. ¿Era todo imaginación mía? Ni mama ni nadie parecía notar estos cambios sutiles.
Cada dia pasaba más tiempo afuera, jugando en la calle o en las casas de otros chicos. Como si fuera un espejo invertido, Leti dejo de jugar afuera completamente. Apenas llegaba de la escuela se encerraba en su cuarto, del que solo salía para comer o para ir al baño. Incluso a mama le empezó a preocupar todo el tiempo que pasaba sola.

- ¿No te aburrís todo el día en el cuarto? - le preguntaba en la comida.
- No mami, juego sola - decía ella.
- Sola - repetía ella - ¿pero a que jugas? - volvía a preguntar mama.
- Con las muñecas juego. Hago bailes, cenas, cacerías - decía Leti sonriendo. Mama le decía que bueno, que estaba bien, que ya algún día íbamos a salir al zoológico o a algún parque. Nosotros decíamos que sí. Pero yo sabia que no, que a Leti no le interesaba el zoológico porque, sencillamente, Leti tenia un zoológico dentro de su cuarto. Un Zoológico lleno de cabezas decapitadas. Por mi parte cada vez me integraba más un grupo de chicos de la cuadra con los cuales hacíamos de todo: desde picados contra los del club a excursiones al rio o a los muchos descampados de la zona industrial en la que vivíamos.


En la última época Leti empezó a faltar al colegio. Primero con mentiras. Fiebres inexistentes. Sospechosos dolores de panza. Sueño injustificable. Luego sin dar excusas o haciendo berrinches, verdaderas explosiones de ira y llanto. Y después, cuando ya se le habían acabado las excusas y las enfermedades falsas, comenzó a enfermarse de verdad. Al principio con mama pensábamos que mentía. Pero tuvimos que admitir, sobre todo cuando arranco a temblar y a vomitar, que realmente tenía algo. El doctor dijo que era indigestión, después gripe, después gripe de estación y más tarde indigestión de vuelta. Mama trabajaba y no podía faltar todos los días para cuidarla. La cosa hubiera sido grave de no ser porque al cabo de dos o tres días de “reposo absoluto” Leti se sentía siempre un poco mejor. Llegamos a acostumbrarnos a que se sintiera mal tres o cuatro de los días de la semana. Desde el episodio del Altar yo me había obligado a hacer de cuenta que todo lo que pasaba con Leti era normal. Es difícil explicarlo ahora, donde puede parecer que dejar estar así a una nena que nunca había sido enfermiza era cualquier cosa menos normal. En mi caso, la muñeca de sonrisa cosida era lo que me facilitaba la ceguera. ¿Tenía mama temores parecidos? Ahora creo que si, que los tenía. Temores o bien… otra cosa. Algo más.

Los meses pasaban y Leti estaba cada vez más pálida y más flaca. Un día mama decidio que ya era suficiente y saco turno en una clínica privada del centro. Esa noche nos habló y dijo que si Leti seguía con esos malestares probablemente tuviéramos que internarla. Leti escucho todo sin decir una palabra. Hablaba muy poco y solo para responder a lo que le preguntaban. Era una sombra de su expresividad de antaño. Mama volvió a preguntarle si lo entendía y ella le dijo que si, que lo entendía.

A la mañana siguiente mama no pudo entrar al cuarto de Leti. Habían dejado la llave puesta. Mama estuvo lo que me pareció un rato larguísimo golpeando la puerta y ordenándole a Leti que abriera. Del otro lado de la puerta no llegaba ninguna respuesta, ningún sonido. Mama me ordeno quedarme cuidando la puerta y salió a buscar al cerrajero del barrio, que estaba apenas a dos manzanas. Apoye la oreja contra la puerta y escuche.

No se escuchaba nada. Al menos al principio. En su apuro, mama no había escuchado bien. O mejor dicho, había escuchado buscando una voz, un ruido. Si hubiera escuchado con atención, pegando el oído a la puerta aguantando la propia respiración, la hubiera oído. Mama no había inspeccionado el terreno. Si uno ponía el alma en un vilo, si hacia desaparecer, en puntas de pies, el peso del propio cuerpo, si proyectaba no solo su atención sino todo su ser dentro del cuarto de Leti, intentando llenar todo el espacio, palpando centímetro a centímetro cada rincón del cuarto, podían escucharse, muy quedos, unos pasos ahogados. Secos. Pasos solapados dados por pies de trapo, por piececitos rellenos de algodón. Pasos de muñeca, que recorrían el cuarto, yendo y viniendo, yendo y viniendo, yendo y viniendo. No recuerdo cuanto tiempo me mantuve escuchando, casi hipnotizado de terror por la silenciosa marcha en el cuarto de Leti. Probablemente fueron solo unos minutos, pero el terror gelido que nacio dentro mio aquella tarde se mantiene vivo, en mayor o menor medida, hasta hoy, hasta el punto en que detesto el silencio, en que no puedo soportar la total ausencia de ruido, pues temo que en algun momento oire nuevamente aquellos pasos.

Mama llego con el cerrajero un rato después. Cuando abrieron la puerta, no vieron nada. Es decir, nada fuera de lo común, si no contábamos como fuera de lo común el hecho inconcebible de que Leti no estaba en el cuarto. No estaba detrás de las cortinas. No estaba escondida entre la ropa. No estaba debajo de la cama. No estaba por ningún lado. Mama me miro entre furiosa y aterrada y, antes de que hiciera la pregunta obvia, le dije que nadie había salido del cuarto. Estaba y hasta hoy, estoy seguro de eso. De hecho, la llave estaba puesta del lado de adentro cuando el cerrajero forzó el mecanismo de la cerradura. El cuarto de Leti no tenía ventanas. Como si se tratase de un truco de magia televisado. Un truco pesadillesco, que si producia alguna fascinación era la del terror. Una maravilla macabra. Imposible, era imposible. Mama lo repetia como hipnotizada mientras me sacudia por los hombros, mientras me ordenaba que terminaramos con el juego, mientras le gritaba a Leti – pero Leti ya no estaba, ya no estaría nunca mas – que ya estaba bien, que no era divertido, que apareciera inmediatamente; Yo la miraba y sentia como poco a poco la ganaba el primero el miedo, despues el panico y finalmente, mientras revisaba toda la casa practicamente destrozandola, gritandole al cerrajero que llamase a la policia, la locura. La misma locura que comenzo a ganarme a mi (que me viene ganando desde ese dia) cuando vi, en el centro de la pieza que habia sido de Leti, a Lunatica parada en el centro del cuarto. Su cara tenia aquella sonrisa horripilante, que ahora tenia labios y dientes. Las cerdas de lana colorada habian crecido hasta llegar al piso y giraban, oscilaban lentamente como serpientes y... los botones... es decir, en donde debian de estar los botones colorados... habia un par de ojos humanos... no humanos... que me miraban con una expresión hueca.

1 comentario:

Jora dijo...

Buen giro al final. Admito que me desilusioné un poco de que pudiese tratar de un muñeco diabólico, pero el halo de misterio entorno al cuarto fue genial.